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¿Y los lectores, qué?

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¿Qué es literatura y qué no?

¿Qué es literatura y qué no?

La actualización del modelo económico cubano y la hoja de ruta que los Lineamientos del VI Congreso del Partido se propusieron proveer a tan ineludible proceso, plantean enormes retos a las industrias nacionales, en particular a aquellas que –debiendo rendir cuentas de su comportamiento eficiente–, se conciben para satisfacer necesidades sociales de carácter espiritual. Tal es el caso de la industria editorial, uno de los estandartes del nuevo tipo de gestión cultural que la Revolución entronizó.

Parte del pensamiento nostálgico que pugna por anclarnos al pasado aunque las condiciones sean otras, aspira –y reclama– el mantenimiento de los precios risiblemente simbólicos que tuvieron los libros en nuestra etapa más floreciente, aquella en la que un país de algo más de 10 millones de habitantes pudo permitirse producir entre 80 y 90 millones de ejemplares en un año.

Los estudiantes de aquella época en que “la malta valía 40 kilos y el refresco, un medio”; como acostumbra a evocar uno de mis amigos, destinábamos parte de nuestros modestos estipendios o de la mesada que nos entregaban nuestros padres, a adquirir joyas de la literatura universal, a razón de cincuenta centavos o un peso el ejemplar, si se trataba de las humildes ediciones nacionales, trabajadas con esmero e impresas en un papel producido con bagazo de caña.

Obtuvimos calificaciones sobresalientes en una asignatura denominada “Economía Política del Socialismo”, sin indagar jamás sobre el costo de producción de nuestros libros, hasta que estos comenzaron a desaparecer de las estanterías. Se iniciaba esa década difícil y gloriosa en que una persona medianamente instruida y con buena dicción, disfrutaba leer en voz alta ante un penumbroso círculo de caras amigas, como conjuro mágico contra el aburrimiento decretado por horas de programada oscuridad.

Cuando se reanimaron las librerías, el país ya no pudo sostener las multimillonarias subvenciones que mantenían artificialmente bajos los precios de los libros. Y el paterno “salve” de los que ni siquiera recibían estipendio se tornó insuficiente para adquirir, según los deseos de cada quien, libros cuyo precio fue aumentando poco a poco, hasta alcanzar, a la altura del año 2013, el inquietante promedio de 10.30 pesos por ejemplar.

En el año 2000 surgieron nuevas editoriales, no solo para dar respuesta a autores noveles –los inéditos que a finales del siglo XX ni siquiera habían presentado una plaquette–, también para encontrar, seducir y construir lectores nuevos. Ellas, las cariñosamente denominadas “Riso”, vinieron a aportarle al sector editorial cubano el dinamismo y la diversidad que le faltaba y, andando el tiempo, han contribuido a contornear un modesto y todavía demasiado adormilado mercado del libro.

¿Y qué mercado es ese, al cual nos referimos con inocultable simpatía, como afiebrados por una gripe neoliberal? ¿Acaso la producción editorial se regirá por la oferta y la demanda? ¿Será que aspiramos a instaurar en el sector editorial cubano una gestión empresarial descentralizada, en la que el Estado se limite a estimular el ejercicio de iniciativas individuales o grupales, exigir respeto a los intereses de carácter general y limitar, con su intervención y arbitraje, los excesos provocados por la codicia o la irresponsabilidad?

Esa sería la lectura keynesiana de la palabra “mercado”, un anuncio de la transformación de varias de nuestras editoriales emblemáticas en unidades productivas dedicadas, en primerísimo lugar, a ganar dinero, aunque fuese publicando tonterías y dilapidando en textos prescindibles el papel que el país compra a miles kilómetros de distancia, salvando los inauditos valladares financieros que el bloqueo nos impone.

Pero un mercado no es solo la maravillosa exposición de bienes y servicios en la que puedes mirar todo lo que quieras, pero solo comprar lo que tu bolsillo alcance. Un mercado es también espacio social de fronteras intangibles en el que unos –empeñados en optimizar tiempo, dinero y energías– producen bienes o servicios que han sido pensados para satisfacer las necesidades, gustos y expectativas de los otros; personas que poseen los recursos y los referentes adecuados para seleccionar lo que mejor se ajuste a sus preferencias y aspiraciones.

Pese a los anatemas de Friedrich Hayek, Milton Friedman y otros gurúes del capitalismo desatado, el mercado puede existir con planificación, propiedad estatal y control de precios. Solo que no funcionaría como libre mercado –ese caos cuyas lógicas legitiman tanto el orden como el desorden–; será necesario que su corazón lata al ritmo del de la gente común y que tenga una osamenta socialista. Ese es el reto de la industria editorial en Cuba: diversificar una oferta, todavía etnocéntrica por necesidad y falta de oficio, hasta acercarla a los plurales gustos de una sociedad mucho más conectada con el resto del mundo. Fomentar un mercado con brújula humanista y precios solidarios, donde el que compra también tenga voz y pueda influir con su comportamiento en las decisiones de los productores.

La necesaria racionalidad con que retomamos la producción editorial a gran escala, a principios de este siglo, no nos persuadió de que el sistema editorial cubano debía ser repensado, rediseñado y puesto a tono con los cambios que estaban teniendo lugar en el país. Conservamos las mastodónticas estructuras que, en tiempos pasados, compensaron su inexacta información sobre las necesidades cognitivas de sectores específicos de la población con tiradas tan diversas y masivas que necesariamente debían venir bien a tantas individualidades cultivadas. Mantuvimos un obsoleto, centralizado y centralizador sistema de distribución, que reprodujo la lógica de la libreta de abastecimiento, asignando a cada territorio cantidades de ejemplares proporcionales a su distribución porcentual en el universo de la población cubana.

Rodeados de socialismo por todas partes, como de mar, replicamos, muy a la cubana, la enajenación del productor respecto al resultado de su trabajo descrita por el joven Marx, al reducir el exigente oficio de editor al tratamiento técnico del texto, sin protagonismo en la promoción de autores y obras ni posibilidad de retroalimentación sobre la realización comercial de los libros publicados. Pero estábamos en paz, persuadidos, desde nuestra letrada autosuficiencia, de que nadie más que nosotros sabe –y puede decidir– lo que la gente debe leer. Deseando lo mejor para la gente y empeñados en proporcionárselo, nos olvidamos de preguntarle su opinión de cuando en cuando.

Las personas en Cuba no solo leen para nutrir su espiritualidad, crecer profesionalmente, o materializar la aspiración de atesorar una cultura general integral. También lo hacen para adquirir habilidades y saberes necesarios para el cuidado de menores y enfermos; mejorar su estilo de vida y llegar, en buena forma física y mental, a la ancianidad prometida por nuestras políticas sociales. La gente busca en los libros cómo escapar de la rutina impuesta por la limitada oferta alimentaria a que pueden llegar los bolsillos de la mayoría; y explora soluciones nuevas para enojosos problemas cotidianos que no requieren la intervención de especialistas ni operarios. Que se acuda a la letra impresa para buscar respuestas ante los retos de la vida, es virtud de un pueblo sin analfabetos.

Por eso me asombra que Ricardo Riverón, un escritor que admiro, sin desentrañar el significado de la expresión “Premio del Lector”, la emprenda con un libro de cocina cuya preferencia popular le ha hecho merecedor de un lauro, entre otros diez títulos distribuidos el pasado año en la red de librerías del país. Tales obras –que vendieron de conjunto 49 290 ejemplares en apenas unos meses–, recibieron ese reconocimiento a partir de sus índices de venta, no de una encuesta. Se evaluó el porcentaje de ejemplares vendidos con relación a su tirada, argucia a la que debe acudir un país que no tiene los recursos materiales, las finanzas ni la tecnología necesaria para reimprimir de inmediato los libros de alta demanda, según estos se agoten.

Aunque la pretensión no fue jerarquizar libros publicados según sus valores literarios –función que cumplen anualmente los Premios de la Crítica–, la selección requirió de un jurado para justipreciar los méritos de obras correspondientes a géneros, temáticas o públicos meta lo suficientemente parecidos como para comparar sus calidades.

Un jurado compuesto por prestigiosos editores, críticos literarios y libreros, otorgó el Gran Premio del Lector a un libro del psicólogo Manuel Calviño cuya pertinencia social resulta significativa: Cambiando la mentalidad… empezando por los jefes; y consideró merecedores del galardón a la valiosa investigación sociocultural de Tato Quiñones (Asere nuncue ita ecobio enyene abakua); y dos títulos de literatura infantil (Doña lechuza y Patriotas cubanos X).

Un héroe que camina modestamente por las calles de Cuba (Reto a la soledad); un patriota y hombre de fe (Monseñor Céspedes se confiesa); así como un carismático y trágicamente desaparecido líder popular (Hugo Chávez: mi primera vida) obtuvieron también, con sus singulares testimonios, el respaldo del público lector. Además de Cocinando con amor, el título públicamente reprobado, el premio reconoció como libros exitosos: 100 preguntas sobre Historia de Cuba, lograda obra de divulgación histórica que Francisca López Civeira concibió para estudiantes, maestros y lectores no especializados; El derrumbe del socialismo en Europa, oportuno análisis de José Luis Rodríguez sobre las fallas cometidas, allende los mares, en la materialización de una utopía a la que los cubanos no hemos renunciado; y El vecino de los bajos, una selección de las crónicas del inolvidable Enrique Núñez Rodríguez.

Como aquí nos referimos al lector y sus derechos, no al linaje literario de los libros de cocina, me ahorraré comentarios sobre la trascendencia del personaje de Francois Rabelais que inspiró el adjetivo “pantagruélico”, vocablo que en castellano solo adquiere sentido en referencia a una comida o libación copiosa; y resistiré la tentación de glosar las páginas de Paradiso en que los rituales culinarios de Doña Augusta alcanzan la cualidad de arte, gracias a la prosa inimitable de José Lezama Lima, un maestro en la investidura literaria de tan alquímico quehacer, a quien Riverón menciona de soslayo.

En los Evangelios pueden leerse diferentes alusiones a la última vez que Jesús y sus discípulos cenaron juntos en Jerusalén. Desde entonces, la cultura que heredamos y reproducimos cada día otorga una profunda significación tanto a la preparación de la comida que será consumida en grupo, como al acto de compartir afectos mientras se paladean sabrosos platos. Reunir a los seres queridos en torno a la mesa, preferiblemente al final de la jornada o durante el merecido día de reposo que los textos bíblicos consagran, ha sido una extendida práctica sociocultural de los cubanos; y aún lo es en familias preocupadas por conservar ciertas tradiciones.

Entre nosotros, es de buen ver el no abordar temas desagradables o provocar discusiones en la mesa, centro de un rito familiar al que debe acudirse con vestuario apropiado. Incluso aquellos que se reconocen no creyentes, planifican cenas con gente muy querida durante las festividades más significativas de la religión cristiana; y en algunos lugares de Cuba, sellamos con una comida más o menos íntima las alegrías o desdichas de bautizos, bodas y sepelios.

Sucede así porque el breviario gastronómico de cada una de las comunidades que pueblan la Tierra, así como los modos de adquirir y preparar los alimentos, están entre los rasgos más perdurables de nuestras culturas. Creo que la mayoría de los 250 millones de nuevos migrantes computados en 2015, podrían renunciar –si el clima, las exigencias comunicacionales o el contexto cultural se los impone–, a vestir las prendas y tejidos más estimados en sus lugares de origen, expresarse en su lengua materna en espacios públicos, o trasplantar sus rutinas cotidianas a la patria de adopción. Pero dudo mucho que dejen de practicar sus religiones, disfrutar la música que les acompañó durante la mayor parte de sus vidas, o degustar sus platos preferidos. Son actos expresivos de nuestras identidades, a los que nos cuesta mucho trabajo renunciar.

Intentando comprender las razones de la presunta abundancia promocional de Cocinando con amor, anoto la excelente labor del telecentro camagüeyano si se trata de colocar noticias del terruño en la a veces caótica corriente de la prensa nacional; y sugiero que el “exceso” de Ediciones Ácana se torna más visible por el “defecto” de la mayoría de los sellos editoriales galardonados, remisos a abandonar el hábito de que la Dirección de Comunicación del Instituto Cubano del Libro asuma la responsabilidad de promover sus novedades editoriales a través de los medios.

No vi la edición del Noticiero Cultural que provocó el disgusto de Ricardo Riverón. Pero puedo comprender que lo dicho, o la forma en que se hizo, bastarían para estimular un ejercicio intelectual determinado. Arquímedes, Isaac Newton y Blas Pascal necesitaron mucho menos que una noticia, previamente elaborada por un comunicador, para construir sus formidables teorías. Pero el periodismo –con mayor razón el periodismo cultural, que no puede prescindir de juicios de valor–, necesita de otras fuentes. En el caso que nos ocupa, esas fuentes estaban al alcance del autor del enfadado texto. Pero él desestimó valorar los resultados del premio en su conjunto, para centrarse en regañar a una institución que no parece ostentar como flaqueza la irresponsable ingenuidad de los voceadores de noticias.

En fin, qué es literatura y qué no lo es; qué debe o no debe promover el sistema editorial; o qué se está leyendo, aquí y ahora, siempre serán temas de debate. Ojalá este comentario sirva para aportar algunos argumentos a una discusión que –por suerte– no tendrá fin entre nosotros.

Los 11 títulos merecedores del Premio del Lector 2015 fueron los siguientes:

Cambiando la mentalidad… empezando por los jefes, Manuel Calviño (Editorial Academia)

Asere nuncue itá ecobio enyene abakuá, Tato Quiñones (Editorial José Martí)

Hugo Chávez: mi primera vida, Ignacio Ramonet (Editorial José Martí)

Doña lechuza, Raquel Arrinda (Editorial Gente Nueva)

100 preguntas sobre Historia de Cuba, Francisca López Civeira (Editorial Gente Nueva)

Patriotas cubanos X, Ana María Luján (Editora Abril)

Monseñor Céspedes se confiesa, Luis Báez y Pedro de la Hoz (Editora Abril)

Reto a la soledad, Orlando Cardoso Villavicencio (Editorial Verde Olivo)

El derrumbe del socialismo en Europa, José Luis Rodríguez (Editorial de Ciencias Sociales)

El vecino de los bajos, Enrique Núñez Rodríguez (Ediciones Unión)

Cocinando con amor, Jaime López García (Ediciones Ácana)

Se han publicado 48 comentarios



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  • Alejandra Hernández dijo:

    Concuerdo con Zuleica con respecto a la importancia práctica de los libros de cocina en nuestra sociedad actual, y me gustaría agregar que no se puede olvidar que la gastronomía popular es parte de la cultura nacional, y tener en casa un libro de recetas (y esto lo digo no como intelectual, sino como ama de casa), además de su sentido práctico, permite a quien lo posee aprehender los saberes de sus compatriotas, o sus contemporáneos, y ponerlos creativamente en función de satisfacer una necesidad propia y de su familia, Como ahora sé cómo se seleccionaron los premios, me congratulo de haber contribudo a ese premio, porque compré el libro, como compro todos los que se publican sobre este tema.

  • José M. Calero Gross dijo:

    También respeto a ese admirado escritor Ricardo Riverón y no escuché, o leí sus comentarios sobre este asunto. En mi colección de libros, que tiene de todo, puedes encontrar tres libros de cocina – que también son intocables e ” imprestables ” ( por supuesto : Nitza Villapol entre ellos ). En una casa que se respete, no debe faltar un libro de cocina. Yo cocino poco pero lo hago y necesito saber cómo se confeccionan algunos platos, por sencillos que sean : acudo a esos “diccionarios”.

    Mis respetos para el Co. Riverón pero, acudiendo a terceros, creo que ” se le fue la mano “

  • otraopinion dijo:

    Me gustaría leer la mentada diatriba del escritor Riverón, si es que no infringe las normas de Cubadebate. De cualquier manera le agradezco por haber provocado una diáfana y argumentada rendición de cuentas en público de quien dirige la actividad en el país. No siempre tenemos este privilegio.
    Zuleika estuvo muy bien, la felicito. Ojalá todos nuestros directivos se dirigieran así al pueblo, hablando de mercado regulado por el Estado, socialismo, retos, insuficiencias, buenas costumbres familiares, protección a los de menores recursos, freno a la codicia y la superficialidad en nombre del dinero o consultar la opinión de la gente…defendiendo con datos más que con “muelas” los intereses de la mayoría. Gracias.

  • Jula dijo:

    Soy una ciudada común y efectivamente compré más de la mitad de los libros premiados (7/11), incluso más de un ejemplar pues regalé algunos.
    Hubo otros que no están en la lista y “volaron”; ej. Las dos mujeres de Orula, no recuerdo bien el título.
    Agradecería me indicaran dónde leer el escrito de Riverón.
    Saludos cordiales

  • Néstor del Prado Arza dijo:

    Amigos de CUBADEBTE, encontré el artículo de la autoría de Ricardo Riverón Rojas, que de inmediato inserto, no sin antes opinar que hubiese sido muy bueno que el respetado Ricardo Riverón se hubiese documentado un poco más. Yo participé en el acto de entrega de los 11 premios y considero que se dieron elementos respetables sobre esta iniciativa que tuvo el ICL con el respaldo de la mayoría de los responsables de las editoriales que fuimos consultados. Es cierto que para poder pensar con cabeza propia resulta importante conocer el documento que originó la sustanciosa opinión de la presidenta del ICL, también autora reconocida y mujer de pensamiento consecuente.
    ¡Qué libro del año!
    Ricardo Riverón Rojas, 12 de enero de 2016
    En la emisión del mediodía del Noticiero Nacional de Televisión del pasado 9 de diciembre de 2015 emitieron un reporte noticioso que me reafirmó una vez más en mis recientes convicciones de que los ajustes económicos que venimos viviendo los cubanos desde hace algunos años, acaso de manera dolosa van reorientando, paulatinamente y para mal, el imaginario socialista que desde las expresiones culturales, con empeño, privaciones y sacrificios, construimos los cubanos por más de cinco décadas.

    El conductor de las noticias culturales informó que el libro ganador del premio del lector del año 2015 correspondía a un manual de recetas de cocina publicado por la editorial Ácana, de Camagüey. Una entrevista al autor, a quien el generador de caracteres identificó como “el escritor”, complementó el reporte. ¡Era lo que nos faltaba!

    Parece que el proceso de aligeramiento cultural que en nuestro globalizado planeta impone normas de consumo acríticas, facilistas, no pensantes, ha terminado por penetrar y compulsar a las instituciones a “actualizarse” de la peor manera. En nuestro caso esa pérdida de valores de la producción simbólica la recibimos, alegre y casi groseramente, sazonada con el nuevo ingrediente que llamamos “actualización del modelo económico”. Un discurso público, emitido lo mismo en tribunas que en medios masivos, que pondera y prioriza, sin mirar mucho para las profundidades, códigos pragmáticos, deviene por irradiación estimulador de un holograma de capitalismo consumista cuyo costo al parecer no viene mucho al caso calcular.

    Entre otros desconchados, el proceso incluye la pérdida del lector y “la muerte del autor”, de tal suerte que Roland Barthes o Michel Focault, sonreirían irónicamente ante esa nueva neoliteratura materialista con la que los cubanos pretendemos sustituir el “ejercicio de brava disciplina” que constituye la lectura y el estudio por un acto pasivo que solo involucra al 1 % de la corteza cerebral. Creo que nadie me replicará que para escribir un recetario –obviedad despampanante– no se precisa ser escritor. Gracias a vulgarizaciones como la que me ocupa, los libros de autoayuda y los manuales utilitarios –muchos de ellos best sellers en otros sitios del mundo– clasifican entre lo más vendido en el mercado capitalista. ¿Ahí queremos llegar?

    Que me perdonen si le atribuyo culpas a quien no las tiene, pero el premio del lector al libro del año no lo da una corporación privada ni un cuentapropista, lo da una institución cultural cubana, supuestamente apoyada en una política que, sin dejar de ser inclusiva, siempre tuvo muy bien definidas sus coordenadas para activar en el ser humano la capacidad de comprender y hacer suyo el patrimonio cultural gestado por la humanidad precedente y contemporánea en su largo y laborioso devenir.

    Como una bofetada a tanto autor de excelencia cayó este acto de ligereza extrema. De nada han valido los esfuerzos por concretar estilos y apropiarse de una cosmovisión elocuente. La dura forja del lenguaje, cosecha de una vida dedicada al estudio y marcada por la angustia ante la página en blanco, además de la brega con la esquiva expresión connotativa y la veleidosa logística ya no son cualidades que el lector cubano aprecia, si atendemos al resultado de la encuesta. Tal sinsentido contradice la existencia de una política educativa y cultural que prioriza el ser sobre el tener, el crecimiento espiritual sobre la acumulación de objetos. Vivimos los cubanos –se evidencia en la calle– momentos de confusión en detrimento de la cultura.

    Me llamó la atención también la magnitud de la cobertura televisiva que tuvo el hecho. Nuestra prensa, tan acostumbrada a seguir el curso de la corriente, aun con solo un reporte noticioso, magnificó más de lo debido el lauro al incluir esa entrevista al autor del manual, no sé si para demostrarnos la veleidad e inutilidad de los esfuerzos y recursos que el país dedica a sostener una estructura editorial que, con pautas como esa, ya comienza a transmutar sus pies en barro.

    Tras una breve indagación posterior supe que los libros seleccionados por el público fueron en realidad once, donde había presencia de trabajos realmente literarios, pero la TV decidió magnificar solo ese título.

    Parece que las actitudes altaneras que no han faltado en nuestro gremio, como tampoco en el de los periodistas, ingenieros, investigadores, deportistas y otros, debe ser puesta a raya, de manera que las reducciones presupuestarias que hemos enfrentado y seguro sobrevienen, la opinión pública las valide en pos de un modelo de sociedad que no sería capitalista, ni falta que le haría, porque su capacidad autodestructiva de conciencia se basta y se sobra para dejarnos en el estado tonto del consumidor de aquellos productos culturales que hoy entontecen a quienes acogen la ligereza como patrón. Ejemplos sobran en las últimas producciones, soneras y no, de la televisión cubana.

    Como en lo económico las medidas instrumentadas para todo el país no son muy originales que digamos, y se corresponden bastante con un espacio signado por la obtención de la plusvalía y el retiro de la subvención estatal a un buen número de programas culturales, nadie con mediano conocimiento las ve totalmente ajenas al tufo neoliberal que tanto daño y pobreza ha generado en el mundo. Contra ese argumento seguramente se puede argüir que esa supuesta plusvalía se redistribuye atendiendo a un criterio socialista, en busca de amparar a los más desprotegidos. Pero, cuidado, las trampas semánticas que desde esa supuesta fidelidad nos acechan no son pocas y todas tienen su costado falaz.

    Nada tengo contra quienes elaboran ese tipo de libros, mucho menos contra ese “escritor” a quien ni siquiera conozco; mucho menos contra la editorial que lo publicó, donde trabajan colegas y amigos que aprecio, pero sí me opongo a que una institución cultural de tan trabajada y cuidada fecundación, como el Instituto Cubano del Libro, le haga juego a tal reducción. Me pregunto, devoto de la estadística-matemática, si la encuesta que condujo al resultado se instrumentó con el rigor que esa disciplina exige.

    Aclaro que conozco valiosos casos de literatura elaborada en torno al hecho gastronómico, en específico en nuestra lengua. Bastaría solo recordar Epopeya de las comida y bebidas de Chile, de Pablo de Rokha, Canto popular de las comidas, de Armando Tejada Gómez, Como agua para chocolate, de Laura Esquivel o, en nuestro entorno más cercano Vino tinto y perejil, de Luis Cabrera Delgado.

    La comida está presente en muchas de las mejores páginas de la cultura cubana, digamos en Lezama, o en el Guillén de “Digo que no soy un hombre puro”, para poner solo dos ejemplos notables, pero en ninguna de ellas se desdibuja el oficio del escritor como elaborador de complejas y, por tanto, ricas propuestas estéticas. ¿Ocurre así con el libro premiado por el lector cubano en 2015? Si la respuesta a esta pregunta fuera positiva, yo retiraría todos mis cuestionamientos en torno al texto y al autor. Y hasta me regocijaría con ese segundo volumen que ya él mismo refirió se sentía “embullado” a preparar. Si la respuesta fuera negativa, igual aplaudiría la existencia de ese tipo de libros, pero pediría, tanto a la institución como a la prensa que, por favor, no mezclen en un mismo plato el arroz con la cañandonga.

    Santa Clara, 6 de enero de 2016.

  • Néstor del Prado Arza dijo:

    Estimados Foristas de CUBADEBATE, para quienes estén interesados en ampliar y profundizar en el tema del “premio del lector”; les sugiero leer este comentario de Bárbara Zas del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas del CITMA.
    Tanto el documento de Riverón como este están publicados en Internet, así que no creo cometer ninguna violación. Esta es una de las maneras de darle vida a lo que CUBADEBATE nos proporciona.
    LEER, INCORPORAR, ASIMILAR…
    Bárbara Zas
    CIPS – Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas de CITMA
    El gran Premio del Lector, Premio instituido por el Instituto cubano del Libro para reconocer lo que en otros contextos, y con una marca netamente comercial, se reconoce como “Best seller”, ha sido otorgado por primera vez en Cuba. Y ese otorgamiento ha recaído sobre el libro de un psicólogo, profesor de profesores, comunicador, colega, amigo: el Profesor Calviño.
    Como se reseñó en una publicación oficial, la investigadora y crítica literaria Cira Romero, presidenta del jurado, alabó el trabajo de Calviño y además declaró que el Premio del Lector “es una experiencia inédita para todos nosotros, hemos sido jurado de muchos eventos pero este tuvo una significación especial”. Este es el premio del pueblo –continuó la especialista– del hombre común, de modo que es para mí una experiencia muy grata formar parte de él, pues deja una mejor idea de lo que se está comprando y leyendo.
    ¿Por qué este impacto del libro de Calviño? El propio autor nos da algunas pistas: “Es un libro oportuno, no oportunista. Es un material que encuentra una discursiva social conductora del concepto. Su máximo valor está en tratar de convertirse en una voz alterna a las personas para entender; y ojalá que para promover, ese cambio de mentalidad sobre todo desde la certeza de que solamente hay un modo de cambiar: ¡cambiando!”
    En nuestra forma conceptual de decir, el libro de Calviño es un “emergente”, una expresión de la necesidad latente de cambiar, de que se produzcan cambios significativos en el país.
    Pero no hay que quedarse en los cambios generales, no hay que esperar por ellos. El libro de Calviño también nos dice que podemos cambiar nosotros, en cualquier lugar en el que nos encontremos, en cualquiera de nuestros roles –como padres, como profesores, como profesionales. Conversando con el profesor Calviño, le escuchamos decir: “Una mentalidad es un modelo epistemológico que parametriza los modos de pensar, actuar y hasta sentir, de los miembros de un grupo social, de una sociedad. Esos modos suponen formas que se repiten en los diferentes espacios comportamentales. El autoritarismo no es solo de los jefes, es también de los padres, de los maestros. Por eso se trata de que todos necesitamos cambiar, abrirnos a nuevas realidades y experiencias, favorecer la aparición de nuevas mentalidades. Y esto puede lograrse, entre otras formas, desanclando modos de proceder y sustituyéndolos por otros que suponen formas distintas de pensar, de percibir, de valorar.
    El libro es, como toda la actividad comunicativa del “profe”, una aventura dialógica, persuasiva y convincente, placentera y argumentada, escrita desde “el compromiso y la esperanza” (Como tituló Calviño otro de sus libros).
    Como ha señalado uno de los “cómplices” del libro, el profesor Nestor del Prado, “este libro nos trae una versión escrita de un ciclo de conferencias organizado por Gecyt, dedicado a construir unas mirada reflexiva, operativa, cuestionadora y propositiva de las prácticas de dirección. La propuesta:
    Alternativas cubanas en Psicología / vol. 4, no. 10.
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    ser jefe, desde otra mentalidad, y no perderse en el intento. Muy por el contrario, lograrlo”. El texto es un animado recorrido por temas diversos, pero centrados en el anhelo de cambiar para hacerlo mejor: las paradojas, la motivación, el trabajo en equipo, el clima laboral, el marketing interno y otros.
    Dos deseos animan la presente reseña: Primero, que ningún profesional de las ciencias sociales, especialmente ningún profesional de la Psicología, que ningún jefe o colaborador, que nadie se pierda este excelente libro. Advierto que será una lectura en extremo entretenida y instructiva. Aseguro que después de leer el libro la mentalidad del lector será tocada por el bien transformador.
    El segundo, que el libro se incorpore definitivamente a todos los intentos de formación de especialistas. Que se incorpore a las mallas curriculares de nuestras universidades. Que sea savia viva en la educación, instrucción y formación de las nuevas generaciones.
    Leer, incorporar, asimilar “Cambiando la mentalidad… empezando por los Jefes”, ¡Vale la pena!

  • Ricardo Riverón Rojas dijo:

    En primer lugar, paso el link de mi artículo publicado en Cubaliteraria, para que quienes piden leerlo puedan saber a qué se refiere la compañera Zuleica. http://www.cubaliteraria.cu/articuloc.php?idarticulo=19138&idcolumna=37.

    Mi estimada y también admirada Zuleica, me hago la misma pregunta que tú, ¿y los lectores, qué? porque si la condición de lector y la de comprador fueran equivalentes, entonces no me lo preguntaría. Que vendieran más de 49,000 ejemplares de ese manual no me dibuja un lector a la altura de los que hemos formado con tantas décadas de promoción de la lectura y el consumo de la literatura. A la pregunta de qué es literatura y qué no, me respondo que los manuales utilitarios (los libros de cocina entre ellos) son libros para usar, no para leer, salvo excepciones, que algunas de ellas las consigno en mi artículo. Igual lo sería uno, muy útil y necesario, que nos enseñara cómo reparar las ollas reinas, y nunca se me ocurriría situarlo entre los libros de lectura. Si existiera un premio de libro más vendido, y no el premio del lector, como lo presentaron en la edición que cito de NTV, mi artículo no hubiera existido. Igual tampoco lo hubiera escrito si no hubieran presentado el que elaboró el manual como “el escritor”. A ti misma te he escuchado quejarte de cómo se trata la literatura en nuestros medios. Si no quieres dar tu voto a favor de que esa es una pésima manera de tratarla, bueno, al menos reconoce mi derecho al pataleo.
    Coincido contigo en que no son estos los tiempos en que un libro valía 0.40 pesos (como mi primer libro), pero sí son los tiempos de darle a los productos culturales el valor que merecen, incluso más, porque ningún cambio en lo económico, que tan bien analizas, cambia la esencia de lo que es un lector.
    En conclusión, no me retracto de mis argumentos, porque no puedo callar cuando veo que se truecan conceptos culturales y los medios sobredimensionen tales aberraciones. A ti misma te oí, en la constitución del Premio de la Crítica dados en 2015, quejarte de la manera en que los medios tratan la literatura. Si darle al premio del libro más vendido la jerarquía de libro más leído, y a su autor la de escritor no lo es, deberé matricular nuevamente en la secundaria.
    Como compañero, como colega, te sugiero que cambien el nombre de ese premio, y que nuestra área de promoción negocie con la ICRT las principales prioridades para la divulgación.
    Te comento de paso que he recibido, de varios escritores, mensajes de solidaridad por el artículo.
    Y como última cosa, insisto en que quiero y respeto a los colegas de Ácana y al autor del libro, que hizo su trabajo, y lo hizo bien, y no es responsable de lo que critico.

    • Maruja dijo:

      Al final lo que pasa es que el premio recayó en un autor de…. “PROVINCIA” publicado por una Editorial del…. “INTERIOR”

      • A.R.Salvador dijo:

        No, Maruja, no.Ricardo Riverón Rojas fue el fundador de Ediciones Capiro en Santa Clara. Durante su gestión la convirtió en la mejor editora provincial del país, y la que más publicó a autores de provincia. Por favor, el tema es muy interesante y necesario, no lo manchemos con feas conjeturas.

  • A.R.Salvador dijo:

    He leído atentamente ambos textos. Cierto pensador dijo que empezamos a ser verdaderamente humanos no cuando inventamos las vasijas de barro, sino cuando empezamos a ornamentarlas con dibujos y cenefas. Otro, sin embargo, dijo que fue cuando se inventó la mesa: algo que no solo propicia compartir el alimento, sino también señalar que el semejante no se come. De esta última acción proviene la palabra compañero: cum panis en latín (compartir el pan) De modo que entiendo a Zuleica, pero también entiendo a Riverón. Y no es equidistancia, es que, excepto en las matemáticas, cualquier otra verdad es muy relativa.
    Ciertamente, un país pobre como Cuba, que padece graves limitaciones financieras, está obligado a buscar variantes que permitan compensar el costo de su inversión cultural. Una de ellas, cómo no, es la publicación de libros utilitarios. Pero, ¿a qué llamamos eficiencia en la cultura? Voy a poner atención sobre un aspecto: somos uno de los países con menor consumo per cápita de papel en el mundo, diez veces menos que cualquier país de África subsahariana. Ciertamente, es costosos el papel, nuestras fábricas llevan años paralizadas, etc. Sin embargo, somos unos de los países con alto índice de desarrollo humano en el mundo, con niveles culturales y educativos impensables en África. Pregunto entonces ¿Ha sido un error vender esos libros baratos? ¿Somos ineficientes por ello? ¿Cuál es el modelo cultural que estamos pensando?
    Vuelvo y repito ¿Qué significa la palabra eficiencia en la cultura? Si se viene a ver somos los escritores quienes, hasta ahora, hemos puesto la eficiencia económica. Una resma de 500 hojas de papel cuesta unos 6 o 7 CUC, pero, en el precio del libro, ese gasto se incorpora como si fueran 6 o 7 CUP. En cambio, al derecho de autor del escritor se le aplica la tasa de CADECA. Ocurre entonces una paradoja kafkiana. Lo que pesa en el precio del libro no es el papel y otros carísimos insumos importados, sino el derecho de autor que aparece multiplicado por 25, y, vaya cosa, es el componente que casi siempre se quiere reducir. Pero un libro se escribe muy lentamente, el autor tiene que investigar, pagar la impresión de los originales, comer, vestir, sufrir mucho para publicar; y lo que cobra por su libro es mucho menos que lo que cualquier negociante mediocre gana en una semana. Vayamos entonces a otro aspecto de la eficiencia cultural. Si el negociante viste y come como un príncipe y el escritor no tiene para comparar zapatos, ¿a quién imitará la juventud? ¿Cuáles serían sus paradigmas? ¿Querrá alguien pensar, pasar noches de desvelo corrigiendo el lenguaje, tratando de transmitir sentimientos elevados? ¿Será bueno eso para la sociedad?
    En fin, saludable es siempre la polémica. Cuesta poco y hace más eficiente la cultura. Esperemos que un día su oferta supere la demanda. Por ahora, aparece muy raramente. Esta ya es algo.

    • Elio Antonio dijo:

      Hola A.R.Salvador:-)

      Estoy tratando de echar andar un proyecto cultural en Guantánamo. Quisiera intercambiar algunas ideas con usted. Mi dirección de correo es: elioa@infosol.gtm.sld.cu

      Saludos;-)
      http://desdeguantanamo.cubava.cu
      http://elioantonio.cubava.cu

    • Eduardo González S. dijo:

      Este debate está en candela y sólo intentaré apagarlo echándole gasolina. El que suscribe ha intentado dejar para los jóvenes y niños sus recuerdos, venturas y desventuras de tres misiones internacionalistas en Angola. Aquella reflexión del Generalísimo lamentando no se hubiera despedido a “los valientes soldados españoles con la pompa y solemnidad que merecían” (cito de memoria), todavía retumba en mi mente cuando he visto cómo son tratados los que fueron nuestros adversarios en el mundo editorial cubano. Cuando un proyecto de libro mío fue evaluado en cierta editorial me fue criticado que me refiriera a cierto piloto sudafricano que había demostrado ser “resuelto, agresivo y altamente profesional” porque era un demérito. Cuando afirmé que todas las fuerzas combatientes en Angola habían derribado aviones tripulados por cubanos, que divulgar eso “era dañino”. En cambio, si el enemigo es adjetivado con abundancia no importa que se sea injusto o se mienta. Tengo un libro cubano de autor respetable, donde se refiere a Savimbi como “Jaguar transfigurado en totí” olvidando autor y corrector (¿corruptor?) que con ese epíteto es tratado el negro de forma discriminatoria en el refranero popular cubano. Nadie duda que Savimbi fue un traidor a su pueblo.(Un libro nuestro con una frase de aliento racista). Pero como adversario era obstinado, corajudo, exigente, valiente, buen organizador y esto lo hacía un oponente formidable. Nuestras editoriales quieren divulgar todas las verdades pero con la condición de que sean simpáticas. La guerra de simpática no tiene NC. La visión que más abunda es que el enemigo huía despavorido cuando el cubano se ponía en pie. Que todo salía siempre bien, que nadie se equivocó nunca. Es probable que los que ostentan el poder de veto ante un original, jamás hayan arriesgado una uña en combate y su idea del tema es maníquea y superficial. Por hoy es suficiente.

  • september dijo:

    La contradicción sigue siendo fuente de desarrollo. Leyéndo el artículo y los comentarios aprendo y aprehendo. La verdad tampoco es absoluta y no es que me haya entrado por la filosofía, sino que que la autora del artículo y el criticado comentario exponen argumentos válidos. Me sumo a A.R.Salvador. La economía es lo primero, no solo porque satisface necesidades básicas; también las más elevadas. El premio del lector, expresa lo que compra el cubano hoy, esa es la realidad. Y lo que no compra (o accede de alguna forma), no lo lee. Ojalá en el best seller coincidieran intereses menos básicos (absolutamente necesarios) pero no fue así ¿qué hacer?

  • Casandra Leal dijo:

    Mucha tela por donde cortar en esta polèmica que ojalà se enriquezca con muchas màs opiniones. Es un asunto viejo entre los gustos populares y las consideradas obras de valor artisticos porque los conceptos de unos y otros van variando y la llamada postmodernidad propicia el todo vale de novela brasileña.De manera que valen las adertencias sobre el economicismo aplicado a la cultura artìstica, que no es la ùnica, aunque goza de grandes privilegios y por otra no se pueden olvidar las exigencias de la economìa si queremos recursos para propiciar cultura. Se trata de establecer eqilibrios tomando ademàs en cuenta que vivimos la era audivisual donde cualquiera nos cuenta su novela diaria en Facebook.

  • Carlos Manuel dijo:

    ¿Y los lectores, que?
    Un oportuno artículo de Romay, sin dudas aclara que no es un premio institucional, sino avalado por el propio lector, ese que lo compró, sin dudas para leer e instruirse. Ricardo Riverón, como diría un amigo, se tiró sin todos los elementos a una piscina sin agua y trató, sin lograrlo, de desmeritar el libro de referencias culinarias. Dice el refrán popular que el amor entra por la cocina. La critica desenfrenada solo provoca las reacciones que se leen en Cuba debate sobre este tema, u otros, de ahí que Cuba debate es sin dudas una excelente plataforma comunicacional. De Romay, solo no coincido plenamente con el término mercado para la comercialización de libros y menos Obtuvimos calificaciones sobresalientes en una asignatura denominada “Economía Política del Socialismo”, me refiero a las comillas.
    La fiebre de lectura y las propias ferias del libro han sido sus contribuyentes, junto a precios módicos y asequibles nos situaron en una posición cimera en cuanto a acceso a literatura universal y cubana de calidad. ¿Utopías? Bueno, si en la trasmisión de la cultura, del afán por la lectura se introducen conceptos de la economía empresarial, entonces dada nuestras realidades económicas empresariales llegaremos un día en que estaremos dentro de los países de menos lectores promedios del mundo y eso ya es la antítesis de las utopías. Este país tiene que revolucionar la economía empresarial industrial, agrícola pecuaria, de los servicios, de las investigaciones que aporten alto valor agregado a nuestras producciones y servicios y todo ello para tener entre sus propósitos salvar la cultura, nuestra identidad. En lo anterior hay más telas para cortar, que tijeras para hacerlo.
    Fidel, discípulo aventajado de Martí, en los días aciagos del periodo especial, enarboló que la cultura era lo primero que se debía salvar y luchó como el gladiador que es a brazo partido por lograrlo. Ni un pasó atrás. Lo que se retroceda en un día se requiere años y generaciones para recuperarlo. En muchos de los ámbitos y espacios vitales o no de nuestra sociedad se esconde agazapado una diversidad de pensamiento y entre ellos sin querer descubrirse del todo, los neo neo liberales, la repetición de la palabra neo no es por gusto, los anexionistas, pero somos mayoría los Fidelistas, los revolucionarios, los que junto a Fidel queremos salvar la cultura y para salvar la cultura debemos azuzar a los empresarios y sus de arribas para que sean eficientes y aporten ganancias que subsidien lo mejor de la literatura, del arte y la cultura en general, de igual forma que el pueblo en su papel de dueño debe pedir cuentas a funcionarios y empresarios asociados a la cultura de la utilización de los recursos puestas a su disposición.
    .

    • Ricardo Riverón Rojas dijo:

      Amigo, se equivoca usted, no devalúo el libro sino que non estoy de acuerdo don que se le de el premio del lector, más cuando, como apunta Zuleica, se da por reportes de ventas. Si fue así, ¿qué evaluó el jurado? ¿Evaluó o tabuló? Si ese libro vendió 49.000 ejemplares o más fue porque por lo menos editaron 50,000. Ese mismo año se editó El Monte, seguro en una tirada menor. Hagan 100,000 de ese o de Había una vez, y entonces veremos. Poner a competir, por rating de ventas a un libro con tirada de 50,000 con otros de 1,000 es como poner a correr a un niño con Usain Bolt. Sigo pensando que darle categoría cultural a un hecho mercantil es un error de política cultural. Lo otro de que me quejo es de la cobertura mediática que tuvo. No se necesitaban muchos más datos que la noticia para hacer las refelxiones que hice. Y a la que dice que mi artículo es porque se trata de un libro de provincia, le recuerdo que yo vivo en una, Villa Clara, donde he vivido siempre y he desarrolado toda mi obra. Me da alegría que mi reflexión provoque estos intercambios respetuosos. Lo peor fuera la indiferencia.

      • Eduardo dijo:

        Estimado Riverón:

        Solo una aclaración, que puede aportar un poco de contexto a lo dicho:

        Zuleica no dice en su artículo, que se vendieron ” 49.000 ejemplares o más…” de ese libro en específico, entre otras cosas, porque por lo deteriorada que está la capacidad de publicación en Cuba, por los factores económicos que ella aborda en su escrito y que son de todos conocidos, eso es muy díficil.

        Lo que dice Zuleica, es que: “… diez títulos distribuidos el pasado año en la red de librerías del país. Tales obras –que vendieron de conjunto 49 290 ejemplares en apenas unos meses–, recibieron ese reconocimiento a partir de sus índices de venta, no de una encuesta”.

        Es decir: 49 290 es la cifra del total de los 11 títulos, no únicamente del título al que usted se refiere.

        Un saludo a todos los que están siguiendo este interesante tema.

        Eduardo Pérez.

  • Ivan dijo:

    Coincido con Riveron.No creo que los libros de recetas sean para leer, son mas bien de consulta.Me parece increible que sea elegido como premio del lector.Este fenomeno de auge de libros banales(sin animo de ofender)me pone a reflexionar muy en serio a cada rato.¿Que mensaje podemos leer en el hecho de que el pueblo de preferencia a un liobro de cocina por delante de otros de sobrada calidad en las librerias del pais?Cada vez son menos las personas(sobre todo jovenes)que prefieren los best seller(casi siempre libros vacios a mi juicio)a los clasicos u otros autores de talla universal.Se lee mas Cincuenta sombras de grey que Los miserables entre la juventud cubana.La literatura hueca gana terreno, no se trata de prohibir, cada cual que lea lo que quiera, pero no podemos elevar a la categoria de obra literaria o premio tal o mas cual a un mal libro.Saludos

  • b1shop dijo:

    Es una pena que “escritores de altas cumbres” subestimen al libro como transmisor de conocimiento. En estos tiempos de cambios tan necesarios de conocimientos prácticos para los trabajadores por cuenta propia, cooperativas no agropecuaria y otras figuras económica es subestimado un libro de recetas de cocina, quizás sea que descubrimos que el encumbrado vocabulario de una poesía postmodernista no es de fácil entendimiento por todos pero si se premia el rico sabor de una receta escrita, compilada, novedosa del Camaguey.

    Quiere decir, Sr Ricardo, que los libros científico-técnicos, aquellos donde el “¿escritor?” describe los fenómenos de la naturaleza, innovaciones, etc… no tienen el derecho a considerarse como parte de la literatura que puede aspirar a un premio?

    ¿Quiere decir, Sr Ricardo que las tradiciones culinarias de una región o país no son parte de la cultura?

    La verdad, considero que esto es una perreta sin sentido porque el premio se le dió a una editorial de Camaguey y no de Santa Clara.

    • Ricardo Riverón Rojas dijo:

      Para el señor b1shop (lo trato de señor porque él no me trata de compañero): De hecho esos premio existen, que son los premios de la crítica para los libros de ciencia y técnica. Si alguno de ese perfil hubiera sido el premio, yo no hubiera dicho ni esta boca es mía. Insisto una vez más en que mi tesis no es que no se publiquen, y hasta se premien esos libros: es que la venta no constituye un criterio atendible para dar reconocimientos de carácter cultural. También me mantengo en que la TV sobredimensionó el hecho. Sobre mi supuesta perreta porque se premió un libro de Camagüey y no de Santa Clara, tengo el gusto de comunicarle que en la última edición del Premio de la Crítica Literaria fui jurado, y en ese premio se alzaron con el galardón (con mi voto a fvor, por supuesto) dos autores camagüeyanos, el Dr. Luis Álvarez Álvarez y Armando Pérez Padrón. Ningún autor de Santa Clara lo obtuvo, así que mi supuesta perreta no es tal.

  • chipojo dijo:

    A estas alturas: ¿puede decirse que el culpable de que este libro de recetas de cocina esté entre los premiados es el público por haber comprado 49000 ejemplares? ¡Cosas veréis!.

  • perreta intelectual dijo:

    para mi que leo de todo, porque mi padre me enseñò a leer de todo para poder diferenciar la buena de la mala literatura, les digo que leyendo libros de cocina aprendì a cocinar, antes de hacerlo propiamente. Lo que quiere decir que coincido 100% con los criterios de Zuleyka Romàn. Basta de perretas intelectuales y a escribir, a trabajar querido, cada cual en lo que sabe, sin comparar salarios, a este paìs lo que le hace falta es gente de trabaje màs y que critique menos. El gusto del lector lo dan las ventas, estudien mercado y lean libros de cocina, eso da cultura general integral.

    • Ricardo Riverón Rojas dijo:

      ¿Y qué hace usted criticando en horario de trabajo? Yo soy jubilado y mi trabajo es escribir y publicar mis crítica y también mis elogios cuando eso procede.

    • Ricardo Riverón Rojas dijo:

      Como veo que este debate ya está perdiendo altura, salgo del mismo. Creo que todo lo que se diga al respecto será sobreabundar gratuitamente. Saludos a todos los que han intervenido hasta aquí y a quienes lo hagan después, no importa lo que digan. Ha sido bueno discutir públicamente. Riverón

  • Rafael dijo:

    ¡Qué bueno que por fin el lector en Cuba, el que compra libros, el que busca en las estanterías de las librerías y ávido lee los textos de la contracubierta, esperanzado en hallar un libro que de alguna manera cubra sus intereses, independientemente de si se considera o no LITERATURA, tiene un premio! Claro que es muy útil promover la LITERATURA pero resulta muy útil también reconocer lo que más se busca en las librerías, pues son éstas, instituciones culturales, pero también venden.
    ¿De qué nos vale que en las librerías muchos libros se llenen de polvo sin hallar un lector? Está bien que se publique para todos los gustos y necesidades, que se le de al papel el empleo objetivo y necesario para seguir publicando DE TODO.

  • Ricardo Riverón Rojas dijo:

    Tiene razón usted, Eduardo Pérez, hice una mala lectura. De todos modos, 49920 entre 11, da una tirada promedio de 4538, que si esa hubiera sido la tirada del libro premiado, estaría por encima del promedio de los libros que se compran para leer, lo cual como usted comprenderá, establece una competencia muy desigual y desventajosa para los libros que no son de amplia demanda por no ser utilitarios. De todos modos, lo que creo importa más es que la venta no es un indicador para medir la preferencia de los lectores. Creo que ese libro debió recibir el premio del libro más vendido, o si se quiere, el más popular, no el del lector.

    • iho dijo:

      Mis saludos: no me gusta intervenir en este tipo de polémicas, pero en ocasiones es necesario hacerlo. En su última intervención en el debate, el compañero Riverón escribe: “establece una competencia muy desigual y desventajosa para los libros que no son de amplia demanda por no ser utilitarios”. Creo que ahí está el tema de su disgusto o, en buen cubano, el pollo del arroz con pollo. ¿Cómo aspirar a que el lector -al que le niega la “autoría” del premio- pueda a su vez premiar, con una compra de algo que no va a leer o no le interesa o no le ayuda en nada?. Este es el mismo debate relacionado con el consumo de los medios. En la realidad económica actual de nuestro país, la gente guarda su dinero para cosas que considera necesarias y útiles. O lo guarda para ir a la fiesta que es la feria del libro. Lamentablemente, para una buena parte de la población, ávida de lectura, de información actualizada, de necesidad de superación, el dilema es ¿qué compro?, ¿por qué lo compro? y ¿para qué lo compro? Ese es dilema a la hora de adquirir también un libro, cuyo precio en ocasiones rebasa en 4 veces o más el salario promedio de un trabajador, por muy interesante, por muy instructivo, por muy bueno que sea el autor, dejando entonces para que algún buen amigo se lo preste o procurar una versión “fusilada” o “escaneada” en la red. Por lo demás, creo que es un buen intento estimular a los autores (sean o no escritores según su rígida definición). Estimular para hacer mejores obras, no hacer lo que la gente quiere leer (como pasa a veces en los medios, que ponen o hacen lo que la gente quiere ver u oir, estimulando el facilismo y a veces -muchas- la vulgaridad). Creo que lo mejor es, agradecer la iniciativa del Instituto Cubano del Libro, recomendarle nuevas vías para perfeccionar este reconocimiento y trabajar porque el libro sea una forma cada vez mayor de acercamiento a la cultura universal. Creo que, al final, con este debate, ganamos todos. Un saludo afectuoso.

      • Elio Antonio dijo:

        Hola:-)

        Creo que el debate ha sido o está siendo interesante. Una vez más, unos creyendo que tiene la absoluta razón, dejan de comprender. Los que creen haber entendido las palabras de Zuleica, no entienden las palabras de Riverón, aunque éste, haya hecho suficientes precisiones en varios momentos.

        Comprendo que debemos desarrollar la cultura del debate y esta, se logra debatiendo, como se ha hecho aquí; rozando el respeto a la opinion de los otros.

        Mi aprecio y saludos para todos;-)

        http://desdeguantanamo.cubava.cu
        http://elioantonio.cubava.cu

    • Elio Antonio dijo:

      Hola Riverón:-)

      Estoy tratando de echar andar un proyecto cultural en Guantánamo. Quisiera intercambiar algunas ideas con usted. Mi dirección de correo es: elioa@infosol.gtm.sld.cu

      Saludos;-)
      http://desdeguantanamo.cubava.cu
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  • Pedro Perez dijo:

    Por favor Riveron? basta de semanticas innecesarias, se llama o se denomina “Del Lector” sencillamente porque el lector en su sana e independiente voluntad de adquisicion se decidio por esos titulos, o es que acaso cree Ud que lo adquirio pero no lo leyo???Son los lectores devenidos compradores los que determinan la aceptacion de un titulo por su nivel de ventas y/o adquisicion, no existe otro metodo de medir y evaluar dicho asunto.

  • Omar Fernandez dijo:

    En fin, que si galgos, que si podencos… he leido el articulo de Zuleika y el del compañero escritor de Santa Clara, Rogelio Riveron, y, francamente, me han parecido mas atinados, comedidos y razonables los conceptos emitidos por la primera, independientemente de la responsabilidad o posicion de cada quien… creo que el compañero Riveron se dejo llevar mas por la passion que por la razon en sus juicios sobre el referido libro y su premio… de hecho, si nos detenemos en su articulo, da la impression de que no ha leido el texto al cual se refiere… y en cuanto a la cobertura mediatica, es unica y exclusivamente culpa de nuestros periodistas… en este caso, pudiera decirse que funciona ademas el deseo inconfesable de todo periodista de provincia de clasificar en los medios nacionales, sea la noticia que sea, ademas del valor en si mismo del premio, cuestionable o no, no es el tema… si el primer texto del que se hablo fue del de cocina, por encima del texto del profesor Calviño, por ejemplo, es responsabilidad unica de nuestros periodistas y comunicadores, que dejaron pasar la oportunidad… se sabe que las noticias de provincias raramente se incluyen en las emisiones nacionales del NTV, a veces por situaciones bien ajenas al trabajo de los trabajadores de los medios… en este caso, influye incluso la labor del Primer Secretario del Partido en Camaguey, que la ha hecho saltar a los primeros planos noticiosos, favorablemente, por suerte para los camagueyanos… y si la venta o no de un texto no es indicador para medir preferencias, no se cual podria ser… ah! y estamos en horario laboral, pero, por razones que aun no tengo claras, me han botado de mi centro de trabajo, asi que…

  • Kire 2016 dijo:

    Hola visito casi diariamente librería y los libros de Jaime A López ya están todo agotados no solo Cocinando con amor que no es su único titulo publicado y me podria perguntar el porque DÍAS COMO HOY, OTRA GALAXIA OTRO SUEÑO siguen muertos en los estantes de las librerías ya siendo una perdida pues están rebajado de precio ya hace un tiempo.Hay que vender y no es un sueño de otra galaxia.

Se han publicado 48 comentarios



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Zuleica Romay

Zuleica Romay

Intelectual cubana. Ganadora del Premio Casa de las Américas en 2011

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