Imprimir
Inicio » Opinión, Cultura  »

Recuerdos de García Márquez

| 2

Gabriel-García-MárquezConocí a García Márquez una noche de enero de 1983. Por la época yo había acabado de regresar de Angola, y uno de los caminos de regreso a mi casa pasaba por casa de mi amiga Ada Santamaría Cuadrado. Ese día, que no recuerdo, ella daba una comida para unos amigos y me quedé en su casa, por entonces yo no había cumplido 23 años.

Ada sabía que vendría el escritor y tenía una botella de whisky guardada para él. Me asignó la difícil tarea de ser custodio de la botella, para que los irredentos bebedores de sus amigos, no se la zamparan de un trago. Los demás beberíamos el conocido Bocoy (o Bocuá, como lo bautizamos) en sus dos variantes el de etiqueta verde (aguardiente) y el otro, de una etiqueta beige (carta blanca). No revelaré los nombres de los presentes para que no se sientan acusados por mí.

García Márquez llegó de guayabera, acompañado de su esposa, Mercedes, se sirvió un trago y comenzó a hablar con todos, incluido yo, como si fuésemos conocidos de toda la vida. Yo quería estudiar literatura, después lo hice, y aquel fue un regalo especial que me hizo Ada, y que le agradecí hasta que murió.

Un poco más tarde llegó Pablo Milanés y ellos se sentaron en un rinconcito a hablar, hasta que Pablo, le pidió algo a Lázaro Gómez, y este apareció con una guitarra en la mano. Pablo cantó como, casi siempre ha hecho en su vida, un ángel. Después se recibió una llamada telefónica y los esposos García-Barcha se fueron, no sin antes despedirse de todos y cada uno de los compañeros de farra.

Otra noche, buscando el trago del estribo, terminé carenando en casa de los fotógrafos Mario García Joya (Mayito) y su esposa María Eugenia Haya (Marucha).  Mayito, que había sido director de fotografía de la película “El gallo de oro”, con guión de García Márquez, era su amigo y siempre hizo gala a su apellido, por las tres bellísimas joyas de hijas que tenía. Al poco rato llegaron Ada Santamaría y Eduardo Carrasco con una botella de ron, y cuando ya había pasado tiempo, llegó García Márquez con un microscopio en una mano y una botella de whisky en la otra. Nos miró a todos y soltó una sentencia digna de José Arcadio Buendía: “Cuando dormimos nos vamos pudriendo poco a poco”.

Después de una larga explicación y los saludos, el escritor convenció a Marucha para que pusiera una sábana limpia, organizó una fila; y de uno en uno, fuimos mirando a través del ojo del microscopio cómo “los bichos viven en todas partes, hasta en las sábanas limpias”. Más tarde hizo que me quitara la camisa, tal vez porque era el más enjuto, el menos maduro,  y no hubiera sido de buen gusto que lo hicieran Mayito o Eduardo o él, y mucho menos Ada o Marucha. Nos hizo remirar nuevamente para que descubriéramos una realidad, “los bichitos” nos abandonan en las sábanas, cada vez de que descansamos. Estaban inundadas de minúsculas “cositas”.

Aquella noche tuvimos el privilegio de escucharlo leer, de su voz, un texto que se publicó con el título de: “El oficio de la palabra hablada”, y que en realidad fue el introito a la publicación de la entrevista que su amigo, el periodista italiano, Gianni Miná hizo al Comandante en Jefe Fidel Castro.

Una noche en Roma, en casa de Raulito Roa, durante su etapa de embajador de Cuba en el Vaticano, Gianni de visita, nos contó a los presentes de primera mano cómo fue que se le ocurrió pedirle el texto a García Márquez; que por demás, y para su impresión, se lo mandó en menos de lo que él mismo esperaba, como si hubiese sido un texto que estaba esperando las circunstancias para ver la luz.

A García Márquez me lo fui encontrando en La Habana, en otros lugares y en casa de amigos comunes, me saludaba cariñoso y de vez en cuando, tuve el privilegio de  conversar con él de literatura.

Crecí  leyendo sus libros y crónicas, desde las primeras que buscamos por todo el mundo y que le pedíamos a amigos. Las publicadas en el diario español El País, y que Eduardo Carrasco nos hacía llegar fotocopiadas; las fuimos uniendo de manera que hicimos un cuaderno y pudimos durante años disfrutarlas, releerlas y conservarlas, hasta que “el tiempo se las llevó al carajo”, como el mismo describiera después en “El amor en los tiempos del cólera”.

La última vez que hablamos de literatura y nos reímos un rato, fue una noche en el año 2007, era diciembre, transcurría en La Habana una edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, y estábamos en la residencia de la Embajada británica con un grupo de actores de ese país que había venido a presentar la película “The Queen”. Alfredo Guevara, que estaba presente, nos invitó a ir al cine a ver el film y lo acompañamos. Cuando llegamos estaba García Márquez, sentado en una butaca, esperando como cualquier hijo de vecino para ver la película. Me le acerqué, puso los ojos achinados, y me dijo reconociéndome: “Ño, qué viejo te has puesto”. Ambos rompimos en carcajadas. Alfredo llegó para ocupar su asiento y yo me retiré al mío.

El día que la noticia de que García Márquez no estará más con nosotros nos alcanzó en casa de su amiga Lillian Lechuga; después llegó su otro amigo Raúl Roa Kourí y la conversación giró alrededor de la larga amistad que ambos disfrutaron con el escritor y de anécdotas sobre él.

Escribo estas líneas de mis modestos recuerdos y admiración al autor del inmortal “Cien años de soledad”, al hombre que me descubrió las claves para disfrutar y leer “El hombrecillo de los gansos” de André Gide y “El paraíso perdido” de John Milton.

Se han publicado 2 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • mulata@ dijo:

    Es una unan gran dicha poder leer escritores de la talla del Gabo, su literartura me atrapó en el pre, con esa majestuosidad de “El amor en los tiempos del Cólera”, y hasta hoy lo seguimos muchos.

  • David dijo:

    Hermoso relato Vladimir. Ada Santamaria tenia esa herramienta para unir almas, aun a aquellas que pudiera considerar descarriadas. La quise con vehemencia solo lamento no haber soñado con ella desde que nos dejo desamparados en medio de la bruma, la noche y la lluvia.

Se han publicado 2 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

F. Vladimir Pérez Casal

F. Vladimir Pérez Casal

Filólogo cubano. Colaborador de Cubadebate.

Vea también