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El centro de mi pueblo (+ Fotos y Video)

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En el centro de mi pueblo, al igual que en casi todos los de mi país, hay una iglesia. Desde luego que nuestra parroquia, en sus buenos tiempos, era distinta a las de otros lugares. Allí el Santo Patrón es el Nazareno, lo que resulta un privilegio sobre las otras. Las imágenes de aquellas no alcanzan el nivel de este Santo, que fue siempre el escogido por la gente de nivel, de “los blancos”, de “los que tenían un apellido”…

Aquí se juntaba “lo mejor” de nuestra sociedad: los presidentes y sus familiares, los senadores y sus familiares, los representantes y sus familiares, los ministros y sus familiares, los alcaldes y sus familiares, los gobernadores y sus familiares, los industriales y sus familiares, los terratenientes y sus familiares, los esbirros y sus familiares y toda la corte de su séquito…

La iglesia de Arroyo Arenas antes. Foto: Archivo del Autor

La iglesia de Arroyo Arenas, antes. Foto: Archivo del Autor

La iglesia de Arroyo Arenas, después. Foto: Archivo del Autor

La iglesia de Arroyo Arenas, después. Foto: Archivo del Autor

Por ello, si algo caracterizaba a mi pueblo, era su iglesia. Cuando usted viaja por la Carretera Central, de La Habana hacia Pinar del Río y llega a mi terruño, al bajar la loma que lo lleva al puente que cruza sobre el arroyo y mira hacia arriba, verá la majestuosa construcción que se alza sobre aquel promontorio. Su campanario, como todos, está en lo más alto, pero éste alcanza una altura mayor, es algo distinto, imponente.

Nuestra Iglesia fue erigida en 1795, bajo la advocación de Jesús de Nazareno del Rescate.

Todos los viernes, domingos y días de la Semana Santa, era normal ver allí en el parqueo del fondo de la iglesia a aquellos enormes carros negros, con sus choferes de trajes azules, gorras del mismo color con visera negra, corbata roja, zapatos bien lustrados y siempre con la bayeta en la mano sacando brillo al vehículo.

Parte posterior de la iglesia, ahí se puede apreciar el área donde parqueaban los carros de los “señorones,”. La estatua que aparece, no existía anteriormente. Foto: Archivo del autor.

Parte posterior de la iglesia, ahí se puede apreciar el área donde parqueaban los carros de los “señorones,”. La estatua que aparece, no existía anteriormente. Foto: Archivo del autor.

Aquellas señoras que se bajaban con sus elegantes trajes, sus sombreros, sus collares y pulseras de oro, sus velos y mantillas de encajes, solían dirigirse a la escalinata que está a la derecha de la Iglesia y subir sus 18 escalones repartiendo medios, reales, pesetas, echándolos en las manos de ávidos limosneros.

Este material humano daba la oportunidad a las damas para lavar sus pecados y limpiar sus almas. Después de aquel dantesco recorrido, entre aquello que parecía más bien un mercado árabe, con las barandas llenas de trapos de colores colocados por los limosneros para protegerse del ardiente sol, al alcanzar la cima y llegar a la puerta de la Iglesia, las benévolas señoras se persignaban, daban gracias al santo y ya el alma estaba limpia de pecados, no importaba lo que habían hecho el día anterior, ya podían entrar al templo del señor.

Escalinata por donde subían las señoras y se sentaban los ávidos limosneros. Foto: Archivo del autor.

Escalinata por donde subían las señoras y se sentaban los ávidos limosneros. Foto: Archivo del autor.

Pero la iglesia de mi pueblo, en vez de una, tiene dos escaleras, la de la derecha por donde subían las señoras repartiendo limosnas, y la de la izquierda que tiene más escalones, 29 en total. Por aquí, por lo general, subían las mujeres y los hombres humildes, los verdaderos devotos, aquellos que Jesús no expulsó de su templo. Ellos venían a cumplir sus promesas, a quedar bien con Dios. La forma fundamental de pagar estas promesas, consistía en subir aquellos largos y garrasposos escalones, de rodillas. Y no sólo eso, sino subir hasta el frente de la ermita los escalones del portal. Todos llegaban con sus rodillas ensangrentadas. Desde luego, que nunca se vio a ninguna de aquellas damas que subían por la derecha, hacerlo por la otra escalinata. Ellas todas tenían el favor de Dios, no necesitaban de aquel sacrificio.

Siempre, en su gran mayoría, las promesas habían sido hechas para poder lograr la salud de un hijo u otro familiar querido, la cama en un hospital para una operación, un sillón de ruedas para que aquel hijo que había sufrido la poliomielitis pudiera salir a coger el sol o ver jugar a los demás niños.

Escalinata por donde subían de rodillas  los pobres y verdaderos creyentes. Foto: Archivo del autor.

Escalinata por donde subían de rodillas los pobres y verdaderos creyentes. Foto: Archivo del autor.

En la historia de la parroquia de mi barrio hay un episodio que es comidilla de todos los velorios. Cada Semana Santa, el santo de mi pueblo se trasladaba a la Iglesia del pueblo colindante, pero siempre regresaba a su Santuario y esto se hacía en forma de procesión. Cuentan que en una ocasión dos feligreses en complicidad con el cura, fueron sorprendidos destornillando a nuestro santo y metiéndolo en un saco de yute. Su objetivo era llevarlo para la otra ermita y hacer ver, que el señor, milagrosamente y por deseo propio había decidido el lugar que le pertenecía según el criterio de los secuestradores. La cosa siguió igual, cada año, 40 días allá durante Semana Santa y después la procesión de regreso a su santuario, pero viajando en ambas direcciones en hombros de sus devotos, ya no en un oscuro saco de yute.

Lo más interesante que tenía todo esto, era la celebración de las fiestas cada año al retornar el santo. Se organizaban tómbolas, bailes, venta de lechón y cerveza, juegos de azar, circos con monos y payasos, kioscos, adivinos y la invasión de limosneros, entre ellos Paraguayo y Gurumelo, aquellas dos mujeres que tanto nos hacían reír.

Versos que se sacaron entonces por un tal Emilio, chofer de la piquera del pueblo:

“Dicen que el cura cercano
es gallo quiquiriquí…
Se quiso llevar de aquí
al nazareno cubano.”

(Continuará el próximo domingo)

En Video, tributo a la Virgen (1947)

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  • Hugo Izquierdo dijo:

    Precioso, simplemente precioso. Saludos desde Brasil. Soy médico cubano.

    • loqueando dijo:

      Compañero Hugo le devo decir que soy Cubano y que no se equivoca en su comentario porque es preciosa esta construcción, aunque nunca e estado en la habana con ver tales imagenes ya es sufisiente. Soy de Guisa, Granma. Espero que su precencia en este hermano pais ayude a muchas vidas

  • Daniel dijo:

    Gracias a Cubadebate por su variedad informativa y a Pedro Urra por esta serie sobre Arrollo Arenas. Este tipo de artículos agranda la cultura del pueblo cubano.

  • Sachiel dijo:

    En la esquina de la iglesia, por la parte de los humildes, esperaba a mi ex novia, cuando no podia visitarla en su casa, y eso me permitió ver bien su realce. Tambien quedamos en que quizas algún dia nos casaramos allí, pero la vida nos deparó otra cosa. Y pienso que se deba reanimar un poquito más, con tanta tradición acumulada que nos ha mostrado usted ahora.

  • Felix dijo:

    Gracias a Urra por su articulo, me ha hecho rememorar mi niñez y juventud

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Pedro Urra Medina

Pedro Urra Medina

Nació en 1929. Es historiador y columnista de Cubadebate.

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