Imprimir
Inicio » Opinión, Economía  »

Democracia y exclusión social: No se trata de administrar la desigualdad, sino de eliminarla

| 9

indigena-boliviaEl tema de la democracia no suele ser abordado por economistas. Sociólogos, politólogos e historiadores son los que frecuentan este tema, aunque es evidente que en el modelo económico tiene el debate sobre la democracia un componente sustantivo. El acceso al empleo es la base principal para disponer de un ingreso y sostener proyectos de vida individual y familiar pues difícilmente se podría participar en la vida política si no hay participación en la vida económica, si se carece de ese punto de partida condicionante de la participación política que es tener medios de vida asegurados por un trabajo estable. El debate sobre la «construcción de ciudadanía»  raras veces toma en cuenta la construcción de empleos estables, remunerados y dotados de adecuadas prestaciones sociales, sin los cuales los ciudadanos que deben mover los hilos de la democracia, no son más que excluidos sociales.

Curiosamente, las tendencias que sobre el empleo desarrolla el capitalismo global de nuestros días son claramente excluyentes de aquel empleo estable. El trabajo tiende a devaluarse, fragmentarse y precarizarse siguiendo el dictado del lucro de mercado que subordina y deforma el uso de las nuevas tecnologías de la información, convirtiéndolas en factores devaluadores de la fuerza de trabajo. Estas tendencias dominantes a escala global llevan implícita la pregunta elemental acerca de si con tal devaluación y exclusión del llamado factor trabajo, el debate sobre la democracia  -muy sesgado hacia el análisis de la dinámica de partidos, de procedimientos y rituales-  carezca cada vez más de base de sustentación y derive hacia una metafísica democrática.

Es necesaria una ojeada a lo que está haciendo el capitalismo global con el trabajo y un recordatorio de la realidad económico-social latinoamericana, para desde allí, plantearnos de nuevo las viejas interrogantes sobre la democracia.

Entre 2002 y 2007 América Latina vivió una cierta época dorada en términos de crecimiento económico gracias a los altos precios de sus exportaciones de productos básicos, lo cual propició un afianzamiento de su perfil primario exportador (reprimarización), pero hizo posible un crecimiento de 26,5%. El ingreso per cápita anual aumentó 18,4% en ese período (Mussi, Afonso, 2008) y permitió que el ingreso anual promedio de un latinoamericano sea de unos 8,700 dólares, algo así como una clase media a nivel mundial.

En 2007, después de ese auspicioso período los pobres alcanzaban no obstante, la cifra de 194 millones, de los cuales 71 millones eran indigentes. En esta extrema categoría se incluían 41 millones de niñas y niños entre 0 y 12 años y 12 millones de adolescentes entre 13 y 19 años.

En las zonas rurales la extrema pobreza se acentúa y afecta al 37% de la población. Entre indígenas y afrodescendientes la extrema pobreza supera entre 1,6 veces (Colombia), hasta 7,8 veces (Paraguay) a la del resto de la población (CEPAL).

La crisis económica global en 2008-2009  impactó a la región y probablemente echará por tierra los avances sociales que aquellos años de altos precios de las commodities trajeron. Por el momento la FAO ha revelado que los avances logrados a paso de hormiga durante 15 años en la reducción del número de hambrientos, fueron borrados ya y que 53 millones de latinoamericanos están desnutridos, incluyendo tres de cada cuatro niños indígenas.

Pero, lo más interesante es el secular problema de la desigualdad en la distribución del ingreso. América Latina no es la región más pobre. Ella es una especie de clase media en esos engañosos promedios mundiales. Pero, lo que nadie discute es que contiene la mayor carga de desigualdad social, de polarización extrema entre riqueza y pobreza.

Se señala que el coeficiente Gini en América Latina supera en dos tercios al de los países de la OCDE. En la región el 20% mas pobre recibe menos del 10% del ingreso total, mientras que el 20% más rico se apropia entre 50-60% (CEPAL).

Esta extrema desigualdad es una poco honrosa «marca de fábrica» que acompaña a América Latina, la define como la región de mayor inequidad social en el planeta y tiene una relación de fundamental importancia con el funcionamiento de la democracia, su calidad y aun su misma concepción.

Aunque esa inequidad hunde sus raíces en el pasado colonial y en los procesos de articulación de las economías y sociedades latinoamericanas a los centros del capitalismo mundial en los siglos 19 y 20, las tendencias actuales del capitalismo global tienden a empeorar lo regresivo en la distribución del ingreso, en íntima conexión con la política neoliberal que ha dominado y aun continúa siendo dominante, a pesar de los esfuerzos por encontrar otras fórmulas.

Las tendencias hacia una mayor desigualdad provenientes del capitalismo global.

El período de relativa estabilidad, con política keynesiana, sociedad de bienestar y no pocos avances en la legislación y práctica laboral, que vivió el capitalismo aproximadamente entre 1945 y 1975, entró en crisis por una combinación de factores que incluyeron el descenso de la tasa de ganancia del capital productivo debido al aumento de la composición orgánica del capital y la consiguiente incapacidad de la demanda para absorber los resultados de las inversiones en tecnologías. Comenzó a registrarse un excedente de capital en relación con sus posibilidades de inversión rentable en las condiciones productivas de aquella etapa: keynesiana en cuanto a política económica y fordista en cuanto a organización industrial.

El capital excedente buscó salidas alternativas para su colocación rentable y las encontró en la inversión especulativa, en el traslado de dólares hacia Europa (eurodólares), en la canalización de créditos hacia los países del Sur, en especial los latinoamericanos, en los cuales no tardaría en estallar la crisis de la deuda externa (1982), y en el gasto militar ocasionado por la guerra en Viet Nam.

Aquella transferencia masiva hacia el sector financiero en detrimento de la economía real se reflejó en un crecimiento más lento y un aumento del desempleo. Esto a su vez sometió a tensión al estado de bienestar, hizo aumentar el gasto público y comenzaron los desequilibrios en la balanza de pagos, en especial en la de Estados Unidos, hasta derivar en el insostenible desequilibrio que hace funcionar esa economía como una aspiradora que apoya su consumismo en gigantescos déficits fiscales y comerciales que son financiados por el resto del mundo, en lo que algunos han llamado el equilibrio del terror financiero.

Esos desequilibrios, apenas iniciales en el caso de Estados Unidos en los años 70, fueron enfrentados por lo general, mediante la emisión de moneda, provocando inflación, y finalmente al reunirse el escaso crecimiento con la inflación, el sistema keynesiano-fordista vivió su crisis final marcado por la estanflación.

Quedó abierto el camino para la implantación de la contrarrevolución neoliberal. Ella combinó la centralidad del mercado como árbitro y organizador supremo, con el flujo de capitales cada vez más libres gracias a la desregulación financiera, más abundantes gracias a las crecientes ganancias especulativas y la anulación de la competencia del llamado socialismo real con la desaparición de la Unión Soviética.

Pero, como ha explicado Gilberto Dupas en su excelente artículo «Pobreza, desigualdad y trabajo en el capitalismo global» publicado en la revista Nueva Sociedad 215 (2008), la incorporación de las tecnologías de la información al sistema productivo conformó una economía del conocimiento que impactó el significado de conceptos como valor, capital y trabajo. Si bien el trabajo aumentó en muchos casos su componente de conocimiento, las reglas capitalistas continuaron imponiendo el principio de que a mayor costo del trabajo, menos importancia y respeto hacia éste. Esas mismas tecnologías facilitaron la «flexibilización del trabajo», esto es, su precarización, informatización y escasa remuneración. Se extiende el «micro-miniempresario» que debe autoabastecer su propia comida, transporte, salud, superación individual, en una peculiar variante de autoexplotación.

Con el conocimiento se han abierto paso dos caras del mismo fenómeno. Por un lado, éste se ha depreciado al multiplicarse casi sin costo como software utilizado por máquinas para aplicar patrones repetidos, masificados. Por otro, el conocimiento para conservar su valor, debe ser escaso y tratar de obtener monopolios  -aunque sean fugaces-  en la investigación tecnológica privada para facilitar ganancias extraordinarias mientras dure.

Es el caso de las computadoras, pantallas de plasma y teléfonos celulares que son objeto de campañas publicitarias intensas, de modo que se hacen obsoletos a poco tiempo de salir al mercado y en plena capacidad de sus valores de uso. Es un permanente proceso de inutilización de productos que supone  un enorme desperdicio de materias primas y recursos no renovables, una degradación acelerada del medio ambiente y un voraz consumo de energía.

El trabajo, o bien se precariza y fragmenta, o se devalúa aun incorporando conocimiento, o en los casos privilegiados, sirve como base para una «destrucción creativa»  schumpenteriana, en la que al incorporar los límites al crecimiento dados por la degradación ambiental y el consumo de energía, la destrucción supera con creces a la creación, al incluirse dentro del proceso global de agresión a las condiciones para la vida humana en el planeta.

Como señala Dupas algunas grandes corporaciones aparecen como prototipos de momentos en la historia del capitalismo. En los años 80 fue el auge de la maquila desplazando actividades industriales hacia la frontera con México en busca de sus bajos salarios. El capital global luchaba en dos frentes contra la tendencia decreciente de la tasa de ganancia: inflando una superestructura especulativa desorbitada cuyo estallido conduciría a la crisis global actual, y rebajando salarios, protección al trabajo, recortando servicios públicos y contaminando el medio ambiente para descargar costos.

Si en algún momento el modelo empresarial fue Ford y General Motors  -hoy reducidas a nostálgicos recuerdos y financieramente quebradas- en otro fue Microsoft y ahora el paradigma es Wall Mart, lo que equivale a decir una facturación de 300 mil millones de dólares anuales, más de 100 millones de clientes cada semana, junto a salarios pésimos, explotación descarnada en medio de abusivas e inhumanas condiciones de trabajo.

El modelo neoliberal ha sido de profundo impacto en hacer más desiguales e inequitativas las sociedades latinoamericanas y en degradar el trabajo como fuente de ingreso y actividad creativa y gratificante. Quizás el más grave de todos los problemas del capitalismo global es la poca cantidad y la mala calidad de los empleos que genera. El trabajo fijo, remunerado, «decente» -según la expresión de la OIT-  que es definitivo para la participación social, está no sólo en retroceso, sino en franca crisis. Los empleos de largo plazo asegurados, son cada vez más raros y el trabajo recae sobre tareas o etapas de duración limitada.

Anteriormente, los trabajadores mantenían una sólida relación de largo plazo con sus empresas empleadoras y eso facilitaba un cierto ámbito social que amortiguaba la lucha de clases mediante beneficios en salud, educación, jubilación, que moldeaban una sensación de progreso en medio de sociedades que no vacilaban en llamarse a sí mismas sociedades de bienestar. No mucho de esto llegó a América Latina, que todavía en 1980 seguía siendo en lo esencial abastecedora de materias primas mientras que en Estados Unidos y Europa funcionaba aquel bienestar, pero en cambio llegó con toda velocidad el nuevo paradigma en política económica y sus consecuencias sobre el trabajo.

El neoliberalismo ponía su énfasis en la ganancia a corto plazo, más a tono con su predilección por la especulación cortoplacista que por la ganancia industrial más lenta en el tiempo. Esta tendencia encontró en el avance de las tecnologías de información un complemento perfecto para comenzar a precarizar el trabajo. Las vidas laborales comenzaron a vivir una angustia permanente porque como dice Dupas: «El nuevo capital es impaciente. Los inversores buscan la flexibilidad de las empresas en su secuencia de producción para poder alterar los esquemas a voluntad y tercerizar todo lo que sea posible. En este contexto, los empleos se limitan cada vez más a contratos de hasta seis meses, frecuentemente renovados».[1]

De este modo, el trabajo temporal es el de más rápido crecimiento. La jornada laboral se hace más larga y la depresión provocada por trabajos «flexibilizados» alimenta la propensión al alcoholismo, el divorcio, los problemas de salud, y en especial hace más desigual la distribución del ingreso y se relaciona con otros fenómenos como el incremento de la violencia y la criminalidad. En América Latina la época de oro neoliberal de los años 90 coincidió no por azar, con un aumento de 40% en los homicidios, lo cual convirtió a la región en la segunda con mayor criminalidad mundial, después de África Subsahariana (Banco Mundial, 2008). Son latinoamericanos tres de los cuatro países más violentos del mundo: Colombia, El Salvador y Brasil.

Desigualdad y democracia en América Latina. El modelo económico y su relación con la democracia.

Parecería una verdad de Perogrullo que el modelo económico influye muy directamente en la democracia o en su sucedáneo «la gobernabilidad democrática», pero en la región pueden apreciarse dos etapas de diferente apreciación en cuanto a ella.

Como señala Marcos Roitman en su excelente libro «Las razones de la democracia en América Latina», si durante varias décadas la pregunta que centró la ocupación intelectual fue ¿cómo salir del subdesarrollo?, después de la traumática etapa de las dictaduras militares y la salvaje represión, la pregunta pasó a ser ¿cómo salir de las dictaduras?

La primera pregunta suponía un intento más abarcador de explicar en la historia, la economía, la política y en la cultura como síntesis de todo lo anterior, el modo en que se había conformado la estructura y relaciones de subdesarrollo y dependencia de esta región. Esta pregunta implicaba el debate sobre la salida del subdesarrollo. Se trataba de explicar el subdesarrollo para dejarlo atrás, de identificar los obstáculos al cambio social para superarlos. En ella, la democracia era parte componente inseparable de las reflexiones sobre las formas de dominación económica, política, cultural de las clases dominantes y de proyectos diversos para transformar aquella realidad.

En esta perspectiva de pensamiento que abarca tanto a los teóricos de la dependencia como a los que desde la interpretación de procesos históricos intentaron explicar la realidad regional, o incluso en figuras independientes como Raúl Prebish, la democracia no era un fin en sí mismo, sino un componente orgánico de una interpretación del subdesarrollo y de un proyecto explícito o implícito para salir de aquel estadio.

Después de la dolorosa experiencia de las dictaduras militares, en los años 80 se inicia una etapa en la que la obsesión por salir de las dictaduras se traduce  -no sin cierta lógica a partir de las brutales experiencias vividas-  en obsesión por reflexionar sobre la democracia como un fin en sí mismo, despejado de contenido socioeconómico, de dominación clasista y vista en términos de la vía para dejar atrás las dictaduras. Según Agustín Cuevas: «se pasó del modo de producción capitalista al modo de producción democrático».[2]

Este cambio en el modo de reflexionar sobre la democracia implicó exaltar a ésta como un valor abstracto, intemporal, universal, más allá de sociedades concretas, diferentes todas, y capaz de actuar como un valor normativo en sí mismo para todo tiempo y lugar. La democracia dejó de ser parte de una interpretación histórica de sociedades vivas, divididas en clases, sujetas a relaciones de dependencia y escenario de inequidades y dominación social, necesitadas de transformación, siendo la democracia un componente de esa transformación, y respondiendo ella a una pregunta esencial que le otorga su sentido trascendente, esto es, ¿para qué la democracia?, para pasar a ser estudiada y entendida como un valor universal y destacada casi exclusivamente como opción favorable en comparación con las dictaduras precedentes y en algunos casos como justificación de transiciones democráticas que conservaron importantes espacios de protección a los dictadores y dictaduras anteriores.

Una figura tan lúcida como el desaparecido René Zavaleta dice al respecto: «La sociedad civil en esta fase gnoseológica es el solo el objeto de la democracia; pero el sujeto democrático (es un decir) es la clase dominante, o sea su personificación en el Estado racional. La democracia funciona entonces como una astucia de la dictadura. Es el momento no democrático de la democracia (….).  Sostenemos, por tanto, que la separación entre el estado político y la sociedad civiles es el hecho equivalente, en la política, al fetichismo de la mercancía: dentro de la mercancía o igualdad está la plusvalía o desigualdad y dentro de la autonomía del estado-democracia está la dictadura burguesa».[3]

En otras palabras, se separa la democracia del problema fundamental de la dominación política de las clases dominantes y se convierte ésta en un conjunto de reglas procedimentales, de reglas de juego «neutrales» e iguales para todos, aunque en la abstracción «todos», se esconda una dosis de desigualdad, exclusión e injusticia social, que desde abajo, desde las bases mismas de la sociedad, reclamen de la democracia no ser simple procedimiento o reglas para cosas tales como alternancia política,  respeto a las mayorías, libertad de expresión, sino instrumento de transformación, camino abierto al cambio social.

Concebida como valor universal, abstracto, como conjunto de reglas procedimentales o como ritual democrático, la democracia se desvincula por definición de cualquier proyecto de transformación sociopolítica, pues en su pretendida universalidad e intemporalidad, la transformación sólo podría existir dentro del espacio de valores establecidos por el ritual democrático universal.

De aquí se desprende otro paso: sería difícil plantear críticas sobre el contenido real en términos de justicia social y acceso verdadero al poder político en las democracias existentes si estos cumplen con los procedimientos democráticos. Es el paso de la democracia a algo sutilmente diferente que es la gobernabilidad democrática, más interesada en reproducirse como gobernabilidad que en plantearse el contenido real de la democracia en términos de justicia social y verdadera igualdad.

No parece casual que abunden más las investigaciones sobre la pobreza que sobre la desigualdad, a pesar de ser ésta el talón de Aquiles de las democracias electorales latinoamericanas, pero en la matriz de pensamiento liberal que es la base de las democracias representativas, la desigualdad es aceptable si se cumple la regla de la igualdad de oportunidades «ciudadanas», pero en la terca realidad la igualdad de oportunidades entre el 20% «más rico» y no menos del 50% «más pobre» de los latinoamericanos es una burla o una estafa.

La gobernabilidad democrática entendida sólo como definición jurídica procedimental tiende a ignorar el sentido de las relaciones sociales bajo el capitalismo globalizado, neoliberal y transnacionalizado que es el real en América Latina. Éste produce explotación, desigualdad, exclusión y virtual negación de la participación, pero las desigualdades quedan legitimadas como consecuencias inevitables de unas reglas del juego basadas en libertades individuales e igualdad formal bajo la categoría neutra de ciudadanos.

El cientista social Hans-Jurgen Burchardt ha hecho un interesante balance de la relación desigualdad-democracia.[4] Y ha concluido que «a casi tres décadas de la recuperación de la democracia, la mayor participación política no se ha traducido en participación social. Esto plantea nuevas interrogantes a la teoría de la democracia».

En el mencionado artículo se constata que los déficits democráticos de las democracias son extensos, a tal extremo que se habrían llegado a plantear la existencia de no menos de 550 subtipos de democracias para unos 120 regímenes formalmente democráticos a fines del siglo 20. Pero más allá de la extensa lista de déficits, una de las conclusiones es que «aunque se produzca con cierta regularidad la alternancia entre las élites políticas, la participación es baja y, por lo tanto, no alcanza para controlarlas. Las élites con frecuencia se aislan de la sociedad y se enquistan en el poder. Esto significa que, contra lo que sostiene la teoría de transición, la celebración de elecciones libres y la existencia de una estructura institucional adecuada no conducen en forma lineal a la democratización política. Los fenómenos detallados anteriormente no serían «dolores de parto» para avanzar en la construcción de la democracia liberal, sino que deben ser entendidos como características de un desarrollo propio».[5]

Se ha planteado la expresión «ciudadanía de baja intensidad» para caracterizar las democracias latinoamericanas, pero qué es esto sino el reflejo de la extrema desigualdad y las múltiples formas de discriminación que de allí se derivan y se alimentan de un modelo económico excluyente per se y que considera ciudadanos con iguales derechos al opulento  -que entre otros factores reproduce su opulencia en el acceso al conocimiento-  y el hambriento que reproduce su hambre en el no acceso al mismo, y esa brecha en América Latina no se está achicando, sino está creciendo (CEPAL, 2007).

Durante tres décadas de democracias electorales no se ha cumplido en la región el supuesto de que a más democracia más justicia  -y no sólo justicia en cuanto a derecho, sino justicia social-  y a más justicia más democracia. Por el contrario la desigualdad y por ende, la injusticia social creció en esos años.

Vuelve a plantearse la interrogante acerca de la compatibilidad entre una relación social básica capital-trabajo que en esencia produce y reproduce desigualdad y la democracia en tanto no sólo ritual de reglas de procedimiento en instituciones correspondientes, sino entendida ésta como participación, control sobre los gobernantes, transparencia en la gestión pública, verdadera igualdad.

Burchardt llega a la conclusión, desde una posición que no es anticapitalista, que «democracia y mercado no necesariamente tienen efectos sinérgicos: pueden, de hecho, volverse contradictorios».

Por su parte, James Petras, desde una posición anticapitalista radical, plantea que la democracia es dependiente de la hegemonía y la solidez de la propiedad capitalista y que este sistema tiene una visión instrumental de la democracia, lo cual se ilustra con numerosos ejemplos históricos en los que el capitalismo global, su centro hegemónico (Estados Unidos) ha apoyado dictaduras  -como en América Latina-  o democracias electorales según coyunturas evaluadas como favorables o desfavorables para los intereses hegemónicos.[6]

El déficit democrático de las democracias liberales latinoamericanas y no sólo latinoamericanas ha inducido a poner énfasis en la relación entre democracia e igualdad social y a incluir algunas dimensiones socioeconómicas que hacen más complejas la ecuación de la teoría liberal, como la capacidad de decisión económica, las oportunidades y las competencias (Sen, 2003).

Pero, no obstante, la teoría liberal ignora que las capacidades de decisión económica, las oportunidades, los talentos no se establecen a partir de libertades individuales formales, sino que están condicionadas por el medio social concreto y que «por tanto, la reducción efectiva de la desigualdad debería producirse no a través de posibilidades individuales o de la democratización en el acceso, sino mediante la promoción económica y el empoderamiento de las comunidades más pobres y los sectores subalternos».[7]

El ciudadano abstracto e irreal de la teoría liberal es un ser humano que puede tener derechos teóricos, pero necesita hacerlos efectivos, y para eso tiene que poseer recursos que lo hagan capaz de reclamarlos y hacerse escuchar. Los que no tienen recursos, tienen sólo un derecho inalcanzable que no llega a conectar con su vida real. La ciudadanía se hace realidad participativa y derecho operativo sólo a partir de poseer los recursos para poder demandarlos y ejercerlos. La concepción de ciudadanía  -hija predilecta del liberalismo doctrinario-  no es más que una abstracción vacía o peor aun, el encubrimiento de la desigualdad real bajo el manto de la igualdad formal, sino va acompañada de un reconocimiento de la desigualdad social y de acciones para combatirla.

El debate sobre la calidad de la democracia parece a veces ignorar la verdad elemental de que para garantizar democracia, participación, control de los gobernantes, buen funcionamiento de las instituciones, en suma, verdadera democracia, no basta con que exista igualdad formal de derechos jurídico-políticos y cumplimiento de los procedimientos y rituales democráticos, sino que los actores sociales posean recursos similares, o al menos, que no existan entre ellos las abismales diferencias que hoy caracterizan a la región.

No basta con reconocer la igualdad en el derecho al voto, a la expresión, a la asociación, etc., si las elecciones son competencias mediáticas costosas, si la expresión es monopolizada por las grandes empresas que fabrican opiniones, si la asociación requiere mucho dinero para establecerse y aun más para hacerse escuchar, si la carencia de instrucción elemental bloquea el diálogo político más allá de banalidades propagandísticas, y si el desempleo y la pobreza favorecen el clientelismo y la compra-venta de votos.

Es imprescindible ir más allá de las igualdades y derechos formales, para actuar en la transformación de la exclusión social mediante la promoción del empleo, la efectiva redistribución de la riqueza, el acceso a la educación, a la salud, a la cultura, y esto con mayor intensidad y premura mientras más desfavorecidos, pobres y excluidos sean los grupos sociales de que se trate.

Las famosas «asimetrías de poder» no son más que una expresión académica suavizante para aludir a la enorme injusticia y exclusión social que lastra a las sociedades de la región y mutilan en ellos la democracia, aunque existan multitud de partidos, funcione el parlamento, los tribunales de justicia, etc.

Democracia y gobiernos que proclaman el socialismo del Siglo 21.

En años más recientes, la crisis de pobreza, informalidad y desigualdad desatada por el Consenso de Washington en la región, unida a la vaciedad y carencia de inclusión social en las democracias electorales, produjo el hecho político relevante de la victoria electoral y el acceso al gobierno de fuerzas políticas con proyección antineoliberal, un fuerte sentido de nacionalismo democrático-social, políticas de independencia frente a Estados Unidos y fuerte crítica al accionar de sus gobiernos.

En Venezuela,  en Bolivia y Ecuador, se proclama el avance hacia el socialismo del siglo 21 a partir de gobiernos elegidos en procesos electorales de la democracia liberal y que se desenvuelven desde entonces dentro de ellas, dentro de sus reglas y límites.

Surgen varias preguntas en relación con este resultado impensable hace apenas una década, cuando el pensamiento único parecía todopoderoso e incapaz de perder elecciones en las estructuras democráticas adaptadas a su conveniencia y en las cuales sus candidatos ganaban invariablemente, llevando al gobierno variantes menores en la aceptación esencial de la liberalización contenida en el Consenso de Washington.

Tan profunda fue la crisis generada por aquella política de modernización subordinada, de «inserción en el mercado mundial» y de ascenso al Primer Mundo, que los votantes desbordaron la apatía por las elecciones y al votar por Chávez, por Evo Morales, por Rafael Correa, reflejaron el rechazo a la demagogia anterior, utilizando el vehículo electoral que había vuelto a funcionar dentro de la matriz neoliberal.

En efecto, ¿podrán estos gobiernos avanzar hacia el socialismo del siglo 21, lo cual supone dejar atrás al capitalismo, actuando dentro de la estructura institucional y jurídica de la democracia liberal? ¿Podrán ellos ir transformando desde adentro esas estructuras dotando sus principios democrático-igualitarios abstractos con contenidos de justicia social que los trasciendan y conviertan en verdaderas democracias participativas?

Estas preguntas trascienden las posibilidades de un breve artículo y requieren respuestas complejas que no serán dadas sólo por la teoría, sino por la unión entre ella y una práctica política que no tiene manuales preestablecidos y debe ser «creación heroica», nunca «calco y copia».

Entre otros muchos factores a tener en cuenta en este complejo desafío político y teórico, se encuentra la necesidad de consolidar una base económica compartida (ALBA) que ofrezca el sustento indispensable del proyecto político y permita que estos gobiernos no sean desalojados mediante elecciones en las que las necesidades materiales insatisfechas estimulen una derrota. La crisis económica global actual plantea a estos gobiernos un desafío porque los desgasta en tanto gobiernos debido a los estragos financieros que provoca, pero al mismo tiempo da la posibilidad de enfrentar la crisis protegiendo con prioridad a los más vulnerables y demostrando así la naturaleza diferente de ellos respecto al modo oligárquico tradicional de descargar los efectos de las crisis económicas. Sólo la práctica política de los próximos años podrá responder a esas preguntas, aunque la experiencia de años recientes muestra que estos gobiernos y aun más, el movimiento social de base popular que ellos encarnan, sería capaz de conjugar democracia y justicia social, colocados fuera del capitalismo y trascendiendo la democracia liberal, llenándola de un nuevo contenido participativo y multicultural.

Mientras tanto, llama la atención la crítica a que se les somete, acerca de la pérdida de calidad democrática en ellos, de tendencias autoritarias que estarían manifestándose, aunque se trata de gobiernos elegidos mediante elecciones consideradas democráticas, con la presencia de observadores internacionales, medios de comunicación oligárquicos abiertos y en pleno funcionamiento e incluso un gobierno como el de Chávez que ha batido records en cuanto a elecciones efectuadas y no sólo elecciones, sino plebiscitos con capacidad de revocar al Presidente, los cuales no existen ni han existido en los países que no reciben críticas y que por tanto, estarían cumpliendo a pie juntillas los parámetros democráticos consagrados.

Las críticas se basan en la teoría liberal que prioriza el ritual y los procedimientos y se mantiene dentro de los límites de la ciudadanía abstracta, la igualdad de derechos entre desiguales y la libertad de expresión de los grandes dueños de empresas mediáticas.

Es singular que los gobiernos de izquierda mencionados reciban críticas por diferenciarse de los que siguen el modelo liberal oligárquico y las críticas sean más acres, mientras mayores dosis de inclusión social producen o intentan introducir.  Pero, la carencia de inclusión social ha sido precisamente la que ha vaciado la democracia liberal y la ha sumido en reconocidos déficits  que tienen en la indiferencia de los votantes -el partido de mayor votación es la abstención–  su síntoma más evidente.

Parecería que la única forma de satisfacer a los críticos de los gobiernos de izquierda es volver estrictamente a la democracia ritual que al fracasar hizo posible la llegada al gobierno de los que ahora critican.

A la comunicación entre gobernantes y gobernados que se establece en las experiencias comunitarias ensayadas por Chávez o en el peculiar modo de comunicación y respeto entre Evo Morales y la población indígena, se las descalifica calificándolos como populismo.

La expresión populismo se identifica como demagogia o en la mejor variante, como reducción de la calidad democrática, tendiente al autoritarismo.

Pero, como señala Burchardt, el populismo puede ayudar a superar crisis sociales mediante la construcción de un imaginario colectivo en torno a nuevos valores, establecer la comunicación entre gobernantes y gobernados que la democracia representativa nunca logró, y actuar como vehículo de una amplia movilización política que ya va haciendo parte de una ampliación de los derechos democráticos.

El populismo, en tanto apelación al «pueblo» no define una orientación política per se, sino solamente el propósito de accionar por definir el bien colectivo, sin que esto implique la opción por un sistema político específico.

Gobiernos militares de la etapa dictatorial fueron tildados de populistas y lo fueron también los gobiernos emergidos de elecciones que aplicaron los ajustes estructurales neoliberales en los 80 y 90, por lo que llamar populistas a los gobiernos de izquierda actuales expresa no sólo un intento de rebajarlos a priori, sino un desconocimiento de la verdadera carga conceptual del llamado populismo.

Más que descalificar a los gobiernos que proclamaron su propósito de construir el socialismo del siglo 21, sería  necesario replantearse el viejo problema de la relación entre libertad de mercado y democracia.

Si la concepción de democracia no incorpora a ella la noción de equidad social, reducción de las desigualdades sociales que hacen de la democracia letra muerta, el bello concepto seguirá siendo un formalismo en tanto igualdad político-jurídica, carente de significado real para los muchos excluidos en la distribución del ingreso.

La democracia no puede limitarse al discurso liberal sobre la igualdad de todos ante la ley y los derechos individuales inalienables, en tanto la libertad de mercado  -o los monopolios del mercado-  generan exclusión social en la base misma de la pretendida democracia. No basta con la igual político-jurídica, si no va acompañada de la inclusión social, y ésta es incompatible con la abismal desigualdad latinoamericana.

La validez formal del derecho básico de libertad no puede quedar en la declaración solemne, pero intrascendente, sino que debe promover la inclusión de los excluidos, mediante su ascenso intelectual y económico, lo que supone renunciar a entender falsamente la igualdad como una realidad y asumirla como un objetivo prioritario del estado, sin el cual no tendrá éste verdadera legitimación democrática. Lo anterior implica reconocer que el sistema social engendrador de las desigualdades debe ser transformado, pues no se trata de administrar la desigualdad, sino de eliminarla.

Éste es el núcleo duro, a mi juicio definidor de los proyectos para construir el socialismo del siglo 21. Más que llamar populismo en sentido despectivo a estos proyectos, sería justo entenderlos como proyectos encaminados a encontrar el vital eslabón perdido de la democracia liberal: la justicia social en tanto inclusión de los excluidos y el establecimiento no sólo de una democracia política formal, sino de una democracia participativa, social, con significado real para todos sus actores.

Bibliografía

  • Banco Mundial: Poverty Reduction and Growth. From Vicious to Virtuous Circles, Banco Mundial, Washington, D.C., 2006.
  • Borón, Atilio A.: Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2000.
  • Borón, Atilio A.: Estado, capitalismo y democracia en América Latina, CLACSO, Buenos Aires, 2003ª.
  • Chomsky, Noam: «Los dilemas de la dominación» en Borón, Atilio A. (comp.) Nueva hegemonía mundial. Alternativas de cambio y movimientos sociales, CLACSO/Editorial de Ciencias Sociales, Buenos Aires/La Habana, 2004.
  • Houtart, Francois: «Un socialismo para el siglo XXI. Cuadro sintético de reflexión». Ponencia presentada en las Jornadas «El Socialismo del siglo XXI», Caracas, junio, 2007.
  • Martínez Heredia, Fernando: El corrimiento hacia el rojo, Letras Cubanas, La Habana, 2001.
  • Meiksins Woods, Allan: Democracy against capitalism, Cambridge University Press, Cambridge, 1995.
  • Pinto, Aníbal: Chile. Un caso de desarrollo frustrado, Editorial Universitaria, Santiago, 1957.
  • Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, Aguilar/Altea/Alfaguara/Taurus, Buenos Aires, 2004ª.
  • Regalado Álvarez, Roberto: «La izquierda latinoamericana hoy» en Cuadernos del Cea, La Habana, 2005.
  • Sen, Amartya Kumar: Sobre ética y economía, Alianza, Madrid, 2003.

[1] Gilberto Dupas: Pobreza, desigualdad y trabajo en el capitalismo global. Revista Nueva Sociedad No. 215. Mayo-junio 2008.

[2] Agustín Cuevas. «Las democracias restringidas de América Latina». Planeta. Ecuador. 1988.

[3] René Zavaleta: «Cuatro conceptos de la democracia» en Julio Labastida: Los nuevos procesos sociales y la teoría política contemporánea». Siglo XXI. México. 1986. Pág. 302. Citado por Marcos Roitman.

[4] Hans-Jurgen Burchardt: Desigualdad y democracia. Revista Nueva Sociedad 215. Mayo-junio 2008. Pags. 79-94.

[5] Hans Jurgen Burchardt. Artículo citado. Pág. 81

[6] James Petras: Democracia y capitalismo. Transición democrática o neoautoritarismo.

[7]Hans-Jurgen Burchardt. Artículo citado. Pág. 89.

*El autor de este ensayo, Osvaldo Martínez, es el director del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial

Se han publicado 9 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • OLIMPIO RODRIGUEZ SANTOS dijo:

    Muy interesante el articulo del cual infiero que en la medida que los ciudadanos participan de la vida económica de un país con mas y mejores aportes económicos mayores serán sus derechos en la vida política.
    A lo cual y extrapolándolo a las condiciones actuales en que vive el mundo, podríamos decir que los ciudadanos de aquellos países que están sin empleo (en penuria) son excluidos de la democracia al punto que sus decisiones apenas se tienen en cuenta y de ahí que las elecciones sean marcadas también por la pobreza cuando las cifras de votantes no llegan ni a un 50%.
    Cuando el trabajo se va diversificando en diferentes formas de propiedad privada, el control estatal debe ceder espacio al control privado lo cual implica nuevas asociaciones de trabajadores con intereses comunes.
    El Estado en Cuba debe beber de esta experiencia latinoamericana y liberarse de personal improductivo; dándole oportunidad de producir lo cual seria más avance para el país y más democracia.
    El conocimiento ciudadano y la planificación pueden lograr un sostenido avance con el desarrollo de la creatividad congelada.
    De no hacerlo, se corre el riesgo de no poder asumir los elevados costos de un sistema de salud, seguridad social y educación y perder lo que tanto ha costado levantar a lo largo de muchos años, cayendo en el foso en que está sumida América Latina.

  • AQUILES ADRIANZA LOPEZ dijo:

    La discusion sobre el tema de la democracia en america latina nos coloca en la necesidad de ampliar el compas de la participacion en el debate, el pobre pueblo latino americano con las experiencias de la Republica Bolivariana de Venezuela, Ecuador, Bolivia, asume su condicion de sujeto mediante la participacion, este es un proceso lento en el que ha influido la alfabetizacion politica de los «ciudadanos», saludamos este trabajo sobre la democracia y la pobreza. lo difundiremos

  • aira dijo:

    Excelente articulo! Interesantemente hoy sale en La Jornada de Mexico un ejemplo concreto de lo que discute aqui Martinez.
    Dos lugares con similar numero de poblacion en condiciones tan extremadamnete opestas: La Colonia Juarez del Distrito Federal (DF)y Cochoapa El Grande en Guerrero.
    Dice el periodista de la Jornada:

    «Un viaje de ocho horas en vehículo desde Cochoapa el Grande, Guerrero, hasta la delegación Benito Juárez, en el Distrito Federal, equivale, en términos de calidad de vida, como trasladarse de Zambia a Estados Unidos. Del piso de tierra a duelas de madera fina o mármol. De largas caminatas bajo el sol en la montaña para llegar a un centro de salud, a la posibilidad de elegir entre un médico privado o uno del servicio público. De los desiertos y pedregosos caminos de tierra a anchas avenidas atestadas de vehículos.»

    «En la comunidad de mayor miseria en el país
    En el municipio mixteco Cochoapa el Grande, Guerrero, la mayoría de las casi 3 mil viviendas tienen piso de tierra y sólo 674 están conectadas a la red de agua potable. Cuando es temporada de lluvias, el pueblo queda frecuentemente aislado y las calles se vuelven un lodazal. Los servicios médicos son muy limitados, aunque acudir a la clínica es un requisito para recibir ayuda del programa Oportunidades Foto Jesús Villaseca
    Esperanza de vida de sólo 40 años en Cochoapa el Grande
    En Guerrero, la pobreza brutal que políticos ocultan
    Dos médicos para 16 mil habitantes; están desnutridos 60% de niños
    De 2 mil 834 casas, la mayoría de madera y lámina, sólo 11 tienen drenaje
    Abismal contraste en niveles de bienestar con la delegación Benito Juárez

    dejo el link al articulo para aquellos que esten interesados en leer completamente los articulos…..

    http://www.jornada.unam.mx/2011/02/15/index.php?section=politica&article=002n1pol

    saludos

  • Juan Castro dijo:

    La desigualdad …

    La desigualdad social es otro de los grandes flagelos impuestos por los neoliberalistas dado que es parte de la expoliación que hacen los paises imperialistas aprovechando su ignorancia, pero tarde que temprano empezarán a despertar.

    Con saludos
    Juan Castro
    Mexicano…

  • Francisco A. Dominguez dijo:

    Hay que ir más allá de democracia liberal o democracia popular o democracia participativa. Democracia solamente hay una y se basa en el principio jurídico que nadie puede ser juez en su propio caso. Tengamos en cuenta que los gobernantes tienen una responsabilidad ante su pueblo, para quien trabajan (o así dicen), por lo tanto su trabajo debe ser juzgado periodicamente. Para eso se inventaron las elecciones, que son un método sumamente defectuoso. Mejor sería un juicio auténtico, con un fiscal, un abogado defensor, y de jurado el pueblo, incluyendo penas de cárcel para los gobernantes más ineptos y rapaces. Obviamente, para ello se necesita una sociedad plural, donde exista una oposición auténtica, porque solo faltaría que el fiscal sea del mismo partido que el gobernante. La impunidad es la causa de que haya tantos problemas en el mundo.

    Las elecciones se podrían dejar para encontrar el reemplazante, pero no pueden ser competitivas, pues la competencia prácticamente asegura la victoria del mal. Nada de publicidad, nada de dinero en elecciones, nada de campaña electoral. Y si los partidos son importantes para el juicio, no así para la elección. Esta puede ser no partidista. Se pueden añadir filtros, como un debate anterior televisado que vaya eliminando candidatos (los modelos de democracia deliberativa serían muy bueno para esto, como demostró la elección para candidato del Partido Socialista Griego a la alcaldía de Atenas en 2006), y llegado el final, a lo mejor solo tendríamos que darle un sí o un no, al candidato elegido en el debate… que si gana el favor de los votantes entonces se tendría que someter al juicio de rigor en dos o tres años.

    ¿Sería presidente hoy Obama? ¿Hubiese sido Bush reelegido? ¿Se hubiesen adueñado otros del poder, como si el derecho a tenerlo fuera eterno?

    Después podríamos hablar de extender la democracia a los centros de trabajo, a los diferentes departamentos de gobierno… hay mucho que hablar sobre este tema, pero en lo que no podemos dejar de creer es en la democracia auténtica, en la que el pueblo tiene el poder, y decide entonces de donde salen, por quien pasan y a donde se destinan los recursos.

  • Rodobaldo Brunet Leyva dijo:

    UD. dice en:
    Democracia y gobiernos que proclaman el socialismo del Siglo 21.
    “En años más recientes, la crisis de pobreza, informalidad y desigualdad desatada por el Consenso (yo agregaría, Concierto) de Washington en la región, unida… y el acceso al gobierno de fuerzas políticas con proyección antineoliberal, un fuerte sentido de nacionalismo democrático-social, políticas de independencia frente a Estados Unidos y fuerte crítica al accionar de sus gobiernos.”
    Esta pudiera ser una forma de ver el problema, pero la realidad, la cruda realidad. Es que el capitalismo se renueva y readecua, de ahí, su supervivencia. Digo más, está demostrado que el pedestal filosófico del capitalismo actual, es el Marxismo, ya en sus variantes de Max Weber (le recomiendo ECONOMIA Y SOCIEDAD o La Historia del Capitalismo) y su aparente enfoque místico de las relaciones socio económicas del sistema. De John Kenneth Galbraith y sus estudios sobre las Políticas Económicas y sus efectos sociales, que acendró toda la teoría, rediseñando la praxis en modo cuasiaxiomático, incluso hoy. O John Maynard Keynes, primer Barón Keynes y su “Teoría general del empleo, el interés y el dinero” básicamente respecto al salario real, que trazó y marca la pragmática del capital hoy. O nos apliquemos con más ahínco a descifrar los códigos de Antonio Gramsci y hagamos honor a su frase “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos» con el que nos insta a la acción intelectual de cuya ausencia se quejaba el inmenso Carlos Rafael Rodríguez Rodríguez. Valorando incluso, las ideas de la moral de la emergencia y los criterios de su definida “ práctica” del argentino Arturo Andres Roig.
    De modo que hagamos el óptimo uso como propietarios, del legado, del Trío Imbatible- Finisecular del XIX y principios del XX-
    Entonces y sólo entonces estaremos en potestad de aportar soluciones teóricas ante el único “banco de problemas” que debemos considerar en la inmediatez cotidiana, a la que DEBEMOS tributar el intelecto, los que de algún modo, pudiéramos ayudar a nuestra realidad nacional. Que además, se lo debemos como justo impuesto a cuanto ha invertido en la formación que tenemos. Contraponiendo al demostrado Concierto de Washington, la mejor gestión desde el pensar y el hacer. Le garantizo que tendrá para los muchos que nos observan, la mejor aquiescencia.
    Lo otro, al decir del Patriarca de la economía corriente nacional…” es emborronar cuartillas”
    Le sugiero con todo el respeto que UD. merece: amplíe sus fuentes bibliográficas.

  • Francisco A. Dominguez dijo:

    Uno de los libros que me han enseñado más sobre el sistema norteamericano se titula «La ironía de la democracia» de Thomas R. Dye y L. Harmon Zeigler, para los cuales mientras «los símbolos de la política norteamericana se extraen del pensamiento democrático, la realidad… puede ser mejor entendida desde el punto de vista de la teoría elitista:

    «Una élite son los pocos que tienen poder; las masas son los muchos que no lo tienen. Poder es decidir quién recibe qué, cuándo y cómo; es la participación en las decisiones que disponen a que se destinan los valores de una sociedad. Las élites son los pocos que participan en las decisiones que le dan formas a nuestras vidas; las masas son los muchos cuyas vidas dependen de las instituciones, eventos y líderes sobre los que tienen poco control…
    Las élites no resultan necesariamente de conspiraciones para oprimir o explotar a las masas. Al contrario, las élites pueden enfocarse en el bien público y estar profundamente comprometidas con el bienestar de las masas. La participación en la élite puede estar relativamente abierta a individuos ambiciosos y talentosos de la masa, o puede estar cerrada a todos excepto a lideres corporativos, financieros, militares, cívicos y gubernamentales. Las élites se pueden regir por la competición o el consenso; pueden estar de acuerdo o no sobre la dirección de la política nacional o internacional. Pueden formar una piramide, con un grupo en la cima que ejércita el poder en muchos sectores de la sociedad; o si son plurales, las élites pueden dividirse el poder, con grupos separados tomando decisiones claves en diferentes áreas. Las élites pueden responder a las demandas de las masas y ser influenciadas por los resultados de las elecciones, o pueden hacerle oídos sordos a los reclamos de la masa y ser no afectadas por las elecciones. Pero tanto si las élites están preocupadas por el bien público o el interés propio, son abiertas o cerradas, competitivas o consensuales, piramidales o plurales, den respuesta a las masas o no presten atención a sus reclamos, son las élites y no las masas quienes gobiernan a la nación moderna.
    La democracia es el gobierno «por el pueblo», pero la responsabilidad para la sobrevivencia de la democracia se apoya en los hombros de las élites. Esta es la ironía de la democracia: las élites deben gobernar sabiamente si el gobierno «por el pueblo» quiere sobrevivir. Si la sobrevivencia del sistema norteamericano dependiera de una ciudadanía activa, ilustrada, informada, la democracia en Estados Unidos hubiese desaparecido hace mucho tiempo; porque las masas en los Estados Unidos son apaticas y están mal informadas sobre política y tienen un sorprendentemente débil compromiso con los valores democráticos -dignidad individual, igualdad de oportunidad, el derecho a disentir, libertad de expresión y prensa, tolerancia religiosa, correcto uso de la ley. Pero afortunadamente para estos valores y para la democracia estadounidense, las masas en los Estados Unidos no lideran, sino siguen.»

    De esto hablaban los autores en 1970, y en 2011 podemos decir que nada ha cambiado. Por una parte está la gran masa apática que no hace nada ante el desmantelamiento progresivo de los beneficios sociales alcanzados a lo largo del siglo XX y el abuso descarado del poder por parte de las élites para abarrotarse los bolsillos en perjuicio de los intereses de la nación. Y por otra está esa otra masa de débil compromiso con los valores democráticos que en nombre de esos valores esta dispuesto a pisotearlos.
    Al final del libro, del análisis de la historia norteamericana desde la teoría elitista, los autores dan sus respectivas recetas. Dye dice: «El gobierno por las masas ni es posible ni es deseable… Creer que hacer el gobierno de Estados Unidos más accesible a las masas lo hará más humano es enfrentarse directamente a la evidencia histórica y de las ciencias sociales… Más que nada, Estados Unidos necesita una élite capaz de actuar decisivamente para preservar la libertad individual, la dignidad humana, y los derechos a la vida, la libertad y la propiedad. Nuestros esfuerzos deben dirigirse a asegurarnos es establecimiento de un orden humano, decente, tolerante y benevolente.
    El elitismo es una característica necesaria de todas las sociedades… Ha habido muchos movimientos de masas, de izquierdas y de derechas, que le han prometido entregarle el poder al pueblo… Pero invariablemente han creado nuevos sistemas elitistas que son al menos tan malos, y ciertamente no más democráticos que los sistemas anteriores. Las revoluciones vienen y van, peros las masas siguen sin poder. La pregunta, entonces, no es cómo combatir el elitismo o darle más poder a las masas o conseguir la revolución, sino cómo construir una sociedad ordenada, humana y justa.»

    Ziegler ofrece una opinión contrastante:

    «La estructura social y el curriculum formal de la escuela opera de tal forma que convierte en inválidos políticos a los jóvenes. No solo se les priva del derecho a participar, sino que se les enseña un montón de cosas sin sentido sobre el proceso político. En su vida privada como en la instrucción formal se les lleva a pensar que la política tiene poco que ver o nada con la resolución de problemas. En sus conflictos con la autoridad el resultado en la mayoría de los casos es la conclusión del conflicto por la autoridad. Además, no se les permite a los estudiantes manifestar soluciones alternativas para resolver el conflicto particular.
    ¿Cómo la democracia participativa puede tener éxito si la escuela actua como un agente despolitizador? … Claramente la mayoría de los estudiantes desean más voz en las decisiones sobre los curriculums, los maestros, las reglas de la escuela, y el uniforme. Sin embargo, aceptan la disciplina como justa, generalmente no se oponen a los códigos de la vestimenta, creen que sus maestros son buenos, están satisfechos con el curriculum, y en general, no cuestionan la benevolencia de la administración de la escuela. Lo que emerge entonces es un deseo de participación sin un claro entendimiento del significado de la participación. No es sorprendente entonces que cuando los estudiantes de nivel universitario pueden satisfacer finalmente sus demandas de participación, muy pocos aprovechan la oportunidad de participar…
    …Debemos educar a los niños desde muy temprano sobre la necesidad de participación en las decisiones…»

    Todo esto quede para reflexionar, como el hecho de que en este sitio una noticia de béisbol consiga decenas de comentarios y un artículo tan instructivo como este solo alcance después de dos días 6 comentarios.

  • Liliana dijo:

    Me pareció muy interesante el artículo al abordar problemáticas que en general no son tratadas «desde» la diversidad.

    Quisiera realizar la siguiente consulta:
    Integro el equipo de documental Proyecto CultuSur http://www.proyectocultusur.com.ar dirigido por el cineasta Jorge Jäger. Las dos últimas producciones, “Memoria de una piedra sepultada” y “El lenguaje de los Andes” presentadas en el año 2010, están referidas a los pueblos originarios y forman parte del proyecto audiovisual y multimedial “Somos los de esta tierra”.

    La responsabilidad histórica que asumimos con el campo popular nos ha llevado a empeñarnos en el intento de difundir masivamente las producciones mencionadas y otras anteriores como «El vino, el pan y la rosa», producción multimedia sobre la obra del poeta santafesino José Pedroni para un acercamiento a la cultura regional; “Me llamo Brandazza…me secuestra la policía”; “San Lorenzo” indagación de la verdad histórica en la fosa común de la ciudad de San Lorenzo. Por estas razones y apelando a la solidaridad cubana por medio de CUBADEBATE, les solicitamos datos para abrir nuevos canales de difusión para estos trabajos.
    Agradeceremos vuestro apoyo para que estos productos no queden encerrados en pequeños círculos.

    Para mayor información: ver Jorge Jäger en Google.

  • Aspasia dijo:

    Aborda nudos importantes de la problemática política social.
    Es hora de que el fuego de la verdad medular de los pueblos originarios recorra el continente. Los 500 años de ignorancias y falsedades que silenciaron las gargantas han concluído y la potente voz de la Awyayala, la América profunda, dice que ha vuelto a ocupar su lugar, ha vuelto a proponer y reclamar respuestas

Se han publicado 9 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Osvaldo Martínez

Osvaldo Martínez

Economista. Presidente de la Comisión de Asuntos Económicos del Parlamento cubano y director del Centro de Estudio de la Economía Mundial, en la Isla.

Vea también