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Copenhague, la agenda ecológica

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Favorecida entre otras cosas por el auge de los medios de difusión, por el protagonismo de la sociedad civil y por la detente; en los años setenta la agenda ecológica se instaló en el espectro político mundial con una fuerza y una pujanza que no existía desde el debut del liberalismo y del socialismo en Europa, la diferencia fue, que esta vez, el punto de origen no eran las mentes de brillantes ideólogos, sino que se trataba de un hecho de masas.

Por primera vez apareció un programa realmente espontaneo, de ancha base y que se colocaba más allá de las doctrinas tradicionales, no obedecía a intereses de clases y, en lugar de por los partidos tradicionales y los políticos de turno, sus banderas fueron levantadas por los movimientos sociales, la comunidad científica, el sector académico, los pedagogos y la juventud ilustrada que comenzaron a hacer política desde abajo. No se trataba de un inicio sino de la culminación de un proceso iniciado con la derrota del fascismo.

Con la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, la humanidad respiró aliviada. Las colosales fuerzas que derrotaron a Hitler se aplicaron a la tarea de la reconstrucción de Europa, la Unión Soviética y Japón, enormes territorios habitados por cientos de millones de personas a los que la agresión y la ocupación nazi convirtieron en ruinas. Nunca antes la amenaza de que la violencia podía hacer retroceder la civilización a la época de las cavernas estuvo tan cerca.

La reconstrucción, que no fue un proceso inocente ni perfecto, trascendió lo económico y lo material para devenir una obra de restauración ideológica, moral y ética. Por primera vez los agresores, los que atentaron contra la paz y cometieron delitos contra la humanidad fueron juzgados y condenados en Núremberg, la ideología nazi fue proscripta y el antisemitismo repudiado. La guerra favoreció la descolonización, condujo al nacimiento de decenas de nuevos estados y a la instalación de un mecanismo de seguridad y colaboración colectiva con base en la ONU.

De la irrepetible coyuntura de la posguerra formó parte el renacer de la democracia, que condujo a la adopción en Europa de constituciones y leyes más permisivas y abiertas que dieron lugar a importantes flujos migratorios, masificaron los sistemas de instrucción y salud pública, favorecieron la cultura de masas y, excesos aparte, convirtieron el confort y el consumo en meta e ideología de toda la humanidad; por aquellos caminos unos pocos pueblos arribaron a los llamados “estados de bienestar” y otros a la “la década prodigiosa”

El auge económico conllevó el crecimiento de la producción industrial, la expansión del comercio mundial, el desarrollo y la mecanización de la agricultura, la construcción de viviendas y edificaciones para todos los usos, la introducción masiva de automóviles, la generalización de los equipos electrodoméstico, la radio y la televisión, los avances en la telefonía y las comunicaciones, así como la extensión de la recreación y el acceso al turismo de las clases populares que impulsaron el desarrollo del transporte, especialmente de la aviación de pasajeros.

Aquella etapa, además de por la Guerra Fría, estuvo caracterizada por la elevación del bienestar, el crecimiento de la población, el aumento de la demanda de energía, agua y electricidad, el incremento de la extracción de petróleo y gas, la producción metalúrgica, las necesidades de maderas y naturalmente, la expansión de las aéreas destinadas a cultivos y pastoreo. Bajo el hacha y la sierra desaparecieron cientos de millones de hectáreas de bosques y selvas tropicales.

La actividad económica, la urbanización, la introducción de nuevos materiales y sustancias, entre ellas el plástico promovieron la cultura de lo desechable, dieron lugar volúmenes de basura y de residuales se volvieron inmanejables y fueron a parar al subsuelo, la tierra, los mantos freáticos, los ríos, el aire y los océanos contaminándolos y provocando la degradación del medio ambiente.

A todo ello se unió la carrera armamentista, la invención y producción en gran escala de nuevas generaciones de combustibles, entre ellos los nucleares, explosivos, productos artificiales y de sustancias químicas y biológicas para usos civiles y militares, la competencia por la “conquista del espacio”, la aceleración de la actividad militar, incluyendo la proliferación de portaaviones y submarinos movidos por energía atómica y guerras como las Vietnam y Afganistán, así como los cientos de ensayos nucleares en la atmosfera, el subsuelo y bajo el mar formaron un curso de acciones que en conjunto impactaron brutalmente el medio natural.

El lado oscuro del progreso fue una colosal acción depredadora sobre la biosfera que hizo peligrar delicados mecanismos de equilibro ecológico y movilizaron a la sociedad.

La enormidad de los problemas ambientales, agravados por la irracionalidad del consumo estimulado por el peculiar funcionamiento de la sociedades de consumo, la escala global de los problemas, unidos al extraordinario potencial político de la agenda ecológica, alentaron la intervención de los gobiernos y tentaron a los políticos que en lugar de apoyar a la sociedad civil y a los movimientos sociales, los suplantaron, los desplazaron y los manipularon.

En Europa donde los partidos nunca habían adoptado un color como denominación, en los años setenta y ochenta surgieron los “verdes”, organizaciones con estructuras y fines tradicionales que tomaron para sí la agenda ecológica. La novedad de esta alternativa era que no se trataba de una fuerza situada fuera del sistema político, como había ocurrido con otras, sino de una entidad integrada al stablishment.

Con variaciones, los partidos verdes, de orientación cercana al reformismo socialdemócrata, levantaron una agenda con fuertes acentos ecológicos, combinada con la defensa de la paz, la democracia, pronunciamientos contra la globalización neo liberal y críticas al autoritarismo, el racismo y la xenofobia, conectándose también con los movimiento feministas. La militancia antinuclear y la defensa de especies en peligro de extinción y más reciente los esfuerzos por la limitación de gases de efecto invernadero, han colmado sus programas. En varios países europeos los partidos verdes han alcanzado representación parlamentaria, incluso alguno de sus activistas han formado parte de los gobiernos.

Mediante esos procesos y también por la complejidad y la escala global de los asuntos medioambientales, las fuerzas alternativas fueron desplazadas, la agenda ecológica, convenientemente manipulada, se convirtió en un elemento de la política al uso, tema para conferencias y eventos internacionales, cometido de la ONU y ocupación de los gobiernos y las fuerzas políticas tradicionales que en la recientemente celebrada cumbre de Copenhague coparon todo el espacio, impidiendo e incluso reprimiendo brutalmente a los representantes de los movimientos sociales que fueron excluidos.

La convocatoria del presidente Evo Morales para celebrar en Bolivia, el próximo mes de abril una Cumbre Social sobre el cambio climático, pudiera ser una oportunidad para relanzar la agenda ecológica, lograr que los movimientos sociales recobren el protagonismo perdido y los debates tengan un sentido más humano y menos mercantil, así como fines mejor definidos que los exhibidos en la caótica y secuestrada reunión de la ONU en Copenhague.

También será una oportunidad para que la comunidad científica y los grandes países emergentes clarifiquen sus posiciones y algunos líderes salgan del closet.

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  • rolf vittorio agostini dijo:

    feliz año nuevo estimadisimo barata! que alegria leerle ahora en internet. estoy en suiza en estos momentos y me he unido al grupo cubadebate en facebook recientemente, asi le encontre. un abrazo: rolf

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Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

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