Copenhague: la otra Torre de Babel

Barack Obama, como supuestamente se vería en el año 2020, se disculpa en un texto que dice: "Lo siento. Podríamos haber detenido un cambio climático catastrófico... no lo hicimos". Greenpeace colocó carteles con el mismo formato en el aeropuerto de Copenhague, dedicados también a Dimitri Medvediev, Gordon Brown, Angela Merkel, Stephen Harper, Nicolas Sarkozy, José Luis Rodríguez Zapatero y Luiz Inacio Lula da Silva.
Después del Diluvio, según narra el Génesis, los descendientes de Noé pretendieron construir una torre que los llevara hasta el cielo. Jehová malogró el proyecto al hacer que los constructores hablaran diferentes lenguas y dejaran de entenderse. Si lo que hoy se conoce por “comunidad internacional” no logra entendimiento cuanto antes para detener el efecto invernadero, la humanidad habrá de sucumbir entre las convulsiones de un clima enloquecido y terrible.
Cuando faltan apenas 72 horas para dar inicio a la Cumbre de Copenhague, la buena noticia es que Barack Obama ha dicho al fin que asistirá a la cita. La mala es que Estados Unidos piensa comprometerse a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 17 por ciento, tomando como base sus emisiones del año 2005.
Esa meta, han señalado los observadores, resulta ridícula, pues equivale a disminuir solo el cuatro por ciento de las emisiones que se tenían en 1990.
El resto de los países que han estado refiriendo sus propósitos a esta última fecha, según lo establecido en el Protocolo de Kyoto, y cuyos porcentajes, por lo tanto, expresan esfuerzos más significativos, temen ahora que Estados Unidos, un verdadero “chico malo” del desastre climático, saque ventajas competitivas al hacer menores sacrificios que los demás.
Se afirma que, como consecuencia de no atenerse al Protocolo de Kyoto, Estados Unidos incrementó sus emisiones de carbono en cerca del 20 por ciento a partir de los niveles de 1990, mientras los países de la Unión Europea reducían los suyos en dos por ciento.
La reticencia estadounidense a asumir compromisos ambiciosos y a la par de los otros países desalienta obviamente al resto de los mayores contaminadores.
Según cálculos de 2007, los que más contaminan son China (21 % del total de emisiones), EE.UU. (20 %), Unión Europea (13 %) e India (5 %).
Para colmo, Estados Unidos también lidera la tendencia a comportarse en las conversaciones sobre el cambio climático con la psicología del que va a comprar o a vender en un zoco marroquí, como si se tratara de gastar lo menos posible y ganar lo más que se pueda.
Un ejemplo del desmadre mercantilista está en la propia propuesta que Obama lleva a Copenhague. Según se afirma, el compromiso descansa en el esquema del mercado de crédito de carbono, instrumento financiero que se presenta como la panacea para alcanzar una solución al problema del calentamiento global.
Los ambientalistas de todo el mundo aseguran que los créditos de carbono son permisos para contaminar. Quien los compra, adquiere una coartada para no reducir su propia contaminación, mientras paga para que otros produzcan de manera más limpia.
La insistencia en el mercado como solución para que los ricos cumplan sus obligaciones puede alterar la gran prioridad: que los países industriales reduzcan los gases invernadero de sus propias economías.
“El mundo industrial comenzará a comprar créditos de carbono forestal baratos al mundo en desarrollo, sin cambiar su matriz energética ni sus sistemas de transporte, que son los que contaminan el ambiente”, dijo a Tierramérica Marcelo Furtado, director de campaña de la filial brasileña de Greenpeace.
“Las naciones ricas pueden estar haciéndole un gran favor al planeta al proteger los bosques tropicales, pero en un aspecto más amplio, el ambiente no se beneficia porque no han reducido sus emisiones de gases”, añadió.
El llamado mercado de carbono es una muestra más de falta de entendimiento en torno a la responsabilidad sobre el fenómeno del cambio climático.
Los países que menos han contaminado históricamente (entre ellos, por ejemplo, los países africanos, de América Latina y muchos asiáticos) exigen a los mayores contaminadores un mayor compromiso, pues los impactos que los menos contaminantes van a sufrir (y ya están sufriendo) no han sido en lo fundamental causados por su culpa.
En el sitio web Observatorio de la deuda en la Globalización, se indica que, desde el año 1890 hasta la fecha, Estados Unidos encabeza la lista de las regiones históricamente más emisoras (333 gigatoneladas), seguido de la Unión Europea (276) y muy lejos de China (104) o la India (31).
Tampoco los líderes mundiales del capitalismo quieren reconocer plenamente la importancia del tamaño de la población en cada país. Estados Unidos, que tiene un poco más de 300 millones de habitantes, emite 18,7 toneladas de CO2 por persona, mientras China con 1 330 millones de habitantes, e India con 1 147, emiten 4,6 y 1,2 toneladas de CO2 per cápita.
¿Debe pedírsele a India y a China el mismo esfuerzo que a Estados Unidos y a la Unión Europea, esta última con emisiones de 7,8 toneladas de CO2 por habitante?
Y qué decir sobre la inmensa mayoría de los ciudadanos de África cuyas emisiones no llegan siquiera a una tonelada por persona.
Estos últimos, y otras naciones pobres de Asia y América Latina, que jamás han sido fuentes significativas de contaminación, no deben solo ser ayudados financieramente para que participen en la lucha contra el calentamiento global, sino que, como demanda Bolivia, deben ser compensados por los países más industrializados, los cuales impactaron la atmósfera común de todas las naciones.
Sin duda este será otro tema de difícil debate. ¿Cuántos recursos serán transferidos de los ricos a los pobres? ¿En qué medida contribuirá cada uno de los países industrializados? ¿En qué proporción recibirán fondos los países pobres y sobre la base de qué parámetros?
En fin, casi puede apostarse a que la reunión de Copenhague será una Babel, un diálogo de sordos, en los que el egoísmo predominará sobre la razón y dejará para después la salvación del planeta.
Se sabe que muy próximo en el futuro hay un punto de no retorno y parecería que no se supiera. Quizás sea porque la naturaleza, a menudo tan sabia, es incapaz de castigar con justicia a los emisores y, por ahora, casi siempre disemina los impactos del clima sobre los más pobres y vulnerables. Y eso engaña a los ricos.
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Periodista cubano, colaborador de Cubadebate y uno de los fundadores del programa de la televisión “Mesa Redonda”.
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A pesar de lo ocurrido en la Torre de Babel según se narra en la Biblia, hoy podemos vencer las barreras del lenguaje y comunicarnos en diferentes idiomas. Eso permitirá que en Copenhague se entiendan todos los participantes aunque pertenezcan a culturas disímiles. Es bien sabido el historial de hechos grotescos que tienen quienes han desfilado por la presidencia de los Estados Unidos; no obstante confiemos que la opinión pública mundial y la razón, persuadirán al señor Barack Obama a tiempo para decidir por la preservación de la vida en el planeta.
Así como cuando nos proponemos un fin esperando que este ocurra de la mejor manera, recemos por que la Cumbre sea provechosa, que lleguen a un acuerdo común las representaciones de los países participantes y los acuerdos se cumplan por el bien de la humanidad.