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La salud del sistema

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La resistencia al proyecto del presidente Barack Obama para reformar el sistema norteamericano de salud, el más caro del mundo desarrollado y no por ello el más eficiente y que no ofrece cobertura a unos cincuenta millones de personas, es decir a la sexta parte del país, es surrealista.

En momentos en que la estafa de que son objeto la sociedad, los individuos y el gobierno, norteamericano por diferentes factores involucrados en los servicios de salud, alcanza límites delirantes y el Estado, tal y como le corresponde, se dispone a actuar en defensa de la sociedad y promueve una legislación apropiada, desde todas las estructuras sociales se levanta una reacción que fractura al Congreso, a los partidos políticos y la clase médica y divide a la sociedad.

El descubrimiento científico de Carlos Marx mejor comprendido por los capitalistas europeos, es que al calcular el valor de la fuerza de trabajo, expresado en el salario, se incluye, no sólo el dinero imprescindible para que el obrero reponga las energías empleadas en el proceso productivo, sino también lo necesario para sostener a su familia. De ese modo se asegura la reproducción de la fuerza de trabajo.

La moderna industria capitalista requiere de masas de obreros calificados, sanos y motivados, lo que exige facilidades para acceder a escuelas y universidades, acceso a la alimentación, los servicios de salud y condiciones de vida y trabajo confortables y saludables. Las políticas sociales  vinculadas al estado de bienestar no fueron dadivas, sino inversiones.

    La instrucción y la salud pública son las demandas y las conquistas sociales más antiguas y decisivas de los trabajadores y su prestación eficiente es el principal indicador de la calidad de la vida y del bienestar de todas las naciones y, aunque en ninguna parte se ha llegado a la perfección, con la excepción de los Estados Unidos, no existe ningún país desarrollado que muestre un cuadro crítico en esos rubros. 

La atención médica básica es un problema que los países capitalistas desarrollados resolvieron, como mínimo hace 60 años, mediante la combinación de obligaciones públicas y privadas. En Europa Occidental, Japón, Australia y otros países, el ejercicio privado de la medicina convive con diversas modalidades de desempeño del Estado, instituciones de tipo cooperativo y mutualistas.

En todas partes funciona también la industria farmacéutica privada que, de muchas maneras, sin perder su status capitalista ni omitir las leyes del mercado, se ensambla a los sistemas existentes y, de un modo u otro, permite el acceso de los ciudadanos a los medicamentos que necesitan. Auque en todas partes, en los servicios de salud asoman imperfecciones, en ningún país  desarrollado presentan el desastre económico, organizativo y moral presente en los Estados Unidos.

Por su factura y contenido y por emplear códigos que acuden más a las emociones que a la razón, la propaganda puesta en circulación por los detractores de la reforma sanitaria, recuerda los perfiles propagandísticos del anticomunismo visceral de los años cincuenta, sólo que ahora intenta hacer creer que Obama es un socialista que se trata de “nacionalizar” los servicios médicos y que, de aplicarse su propuesta, los individuos perderán la libertad para escoger el médico o la institución con quienes prefieren atenderse.

Por estos caminos se ha llegado a sugerir que las autoridades pudieran decidir cuando ha llegado el momento de retirar a los pacientes terminales las ayudas extracorpóreas que los mantienen con vida, incluso que administrativamente se descartarán los casos en que por padecer afecciones incompatibles con la vida, no merece la pena gastar recursos y que del mismo modo, se ha determinará qué embarazos es preciso interrumpir. 

El asunto trasciende las apariencias, pues si bien, para el presidente, la reforma de salud se ha convertido en una especie de Rubicón; para la sociedad se trata de un test que pudiera indicar hasta dónde es posible cambiar a los Estados Unidos cuyo pueblo, que también forma parte del imperio, no parece dispuesto a ceder un ápice en lo que a su estilo de vida se refiere ni a sacrificar nada, no ya en nombre de la preservación del planeta y la supervivencia de la especie, sino incluso en nombre de su propio bienestar.

En el fondo también se trata de una excusa perfecta de la derecha ultra conservadora para erosionar la popularidad del presidente, reducir su capacidad de convocatoria, derrotarlo, desalentarlo y desmoralizarlo, como eficaz recurso para doblegar su voluntad, paralizarlo e impedirle cumplir sus promesas y su programa de cambiar a los Estados Unidos, por cierto para bien de Estados Unidos.      

Con el apoyo de los pobres, los negros, los emigrantes, los hispanos, los jóvenes, parte de la clase media y la intelectualidad avanzada, un afro americano derrotó a McCain y Sarah Palin, binomio con el cual se pretendió continuar el nefasto esquema imperial montado con Bush y Cheney. Hacer fracasar la reforma de salud significaría introducir una cuña para separar al presidente de su base social. Ojalá no ocurra tal cosa. Lo que es malo para Obama no es necesariamente bueno para el mundo.

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Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

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