Inicio » Opinión  »

90º aniversario: El ocaso del modelo soviético de socialismo

7 noviembre 2007

Rusia  fue convertida al cristianismo por Bizancio,  no por  Roma;  la  cristiandad occidental y  la  oriental  han  sido antípodas y  por  ello Rusia permaneció  marginada  de  la órbita europea, pese a su cercanía.  Rusia fue periódicamente agredida  por Occidente: por los polacos en 1610, por los  suecos en   1709,   por los  franceses  en  1812,  por   británicos   y norteamericanos  en 1918, por los alemanes en 1941.

La  respuesta de  los rusos, su principal arma defensiva, según una  teoría  de Arnold Toynbee, ha sido apoderarse de la tecnología de Occidente. Ese  fue el camino que señalaron  Pedro el Grande y Catalina,  el mismo  que se ha seguido desde entonces. Sean armas de fuego o la fisión nuclear, Rusia no ha cesado de hacer periódicos esfuerzos  por mantenerse a la altura de Occidente pues cada vez que se  retrasa en  esa carrera sufre una importante derrota histórica. Pedro  el Grande  y  sus sucesores, afirma Toynbee, elevaron a Rusia  a  un nivel occidental  y por ello pudieron resistir y vencer  a  los suecos  y  los  franceses. Después de  la  Revolución  Industrial ocurrida en  el XIX, Rusia se retrasó una vez más  y sufrió  la derrota de 1914. La Revolución de Octubre facilitó la victoria de 1945  sobre  el nazismo y la elevación de la  Unión  Soviética  a potencia mundial de primer orden.  El  legado ideológico de Karl Marx, el Gran  Heresiarca Occidental,  como lo llamó Toynbee, -originalmente  pensado  para sociedades industrialmente desarrolladas-, fue adaptado por Lenin a las necesidades de cambio de una sociedad semisalvaje, morosa y estancada  en  relación  al resto de  Europa.   

Después de  un  breve paréntesis  leninista,  el  poder  soviético fue aprehendido por Joseph Dugashvili, más conocido por Stalin. El imperialismo zarista fue armando el Estado ruso con la absorción de estados limítrofes, buscando áreas de  influencia al  norte  y  al sur,  hacia  los  pueblos  escandinavos  y  los musulmanes,  accesos  al  Báltico, al Caspio, al Mar  Negro,  al océano  Pacífico, al petróleo del Cáucaso, alcanzando la   salida al Mediterráneo a través del Bósforo y los Dardanelos. 

Solamente era posible mantener la cohesión de este gigantesco  rompecabezas mediante  un absolutismo como el de los  Romanov  o  el  de  Stalin quien estableció  un  aparato de  control y mutiló  la creación artística y la indagación  filosófica  y la redujo  a  esquemas maniqueos,  alejados de la dialéctica  de  la vida   real.   

Agotó a  su país  en   un   esfuerzo  colosal   de  implantar reformas. No  todo el período de Stalin debe adjudicarse al  déficit, tiene  apreciables acumulaciones en su haber, aunque ello  no  lo disculpa ni exonera.  De 1928 a 1955 el número  de trabajadores no agrícolas pasó de diez a cuarenta y dos millones, ritmo sin precedente en la historia. La producción industrial  se multiplicó ocho veces, a pesar de que en el periodo descrito  la URSS  sufrió la aniquiladora invasión nazifascista.

El número  de  obreros industriales pasó de 3.9 a 17.6 millones, no obstante los veinte millones de muertos que dejó la contienda. En un lapso asombrosamente breve la URSS dejó de ser un país medieval, abismalmente retrasado, para convertirse en la  segunda potencia  del  mundo.  Ello  demostró  que  aún en   condiciones teratológicas, con el lastre que le imponían sus imperfecciones y los  desastres de la guerra, el socialismo era capaz de acelerar excepcionalmente el desarrollo. 

Stalin diezmó  a  sus   propios partidarios y  erigió un imperio que sobrevivió a su muerte. Pese a  sus errores, finalmente condujo,  a  su patria amenazada, a la victoria sobre el fascismo. Se convirtió en  un  héroe  mítico, custodio de la doctrina y  emblema  de  la nación, de la misma manera que Cromwell o Robespierre.  Transfiguró a Rusia en la primera potencia industrial de Europa y la  segunda del  mundo. 

Tal como ha dicho Isaac Deutscher, Stalin  halló  un país que labraba la tierra con arados de madera y lo dejó dotado de  energía atómica. Nikita Kruschov  denunció  el culto a la personalidad y comenzó la reforma con un nuevo estilo, más  franco  y  desenfadado.  Durante su mandato  se  inició  la conquista del espacio y el diálogo con Occidente, la  explotación de las tierras vírgenes y el cisma con China. Un suave viento  de modernización  comenzó a soplar. Breznev  gobernó durante  dieciocho  años,  la mayor parte de ellos  en el estancamiento, durante los cuales  la Unión  Soviética  se encaminó a su declinación.  Los  índices  de crecimiento se contrajeron progresivamente, los bienes de consumo fueron más escasos y la economía fue engullida por la  producción de armamentos  para  sostener la rivalidad  bélica con  Estados Unidos. 

La  ineficiencia, la corrupción, el mercado negro  y  el descontento aumentaron  como nunca antes. El Partido  perdió su capacidad de movilización de las masas. A la despolitización del  pueblo se añadió el descreimiento de los intelectuales y  el cinismo de la burocracia. Lo más grave: en esos años se produjo una  especie  de  segunda revolución industrial,  la  revolución informática,  y la URSS no ajustó su paso a los nuevos tiempos  y se fue  quedando rezagada.

Andropov entendió  la necesidad  del cambio,  pero  no tuvo tiempo de implantar sus  reformas;  apenas pudo  alentar la nueva mentalidad en  algunos  discípulos, como Gorbachov. En el breve año del gobierno de Konstantin  Chernenko, quien  enfermo  y casi inválido asumió el ocaso del  sistema,  el deterioro de la URSS alcanzó el borde del abismo. La elección  de Gorbashov  era  la  señal esperada para  conducir  a  la  nación soviética hacia una nueva modernización. Pero los cambios fueron implantados con torpeza y descuido de la vertiente política.

El  socialismo  solo podía satisfacer las necesidades materiales y espirituales  del hombre  mediante  un sistema de administración dinámico  y  ágil, pero el “socialismo real”  se hacía mas retrasado y lento.  Las repúblicas periféricas,  y sus masas subdesarrolladas, habían constituido  solamente una joya ornamental  de  la  corona  rusa  y nunca  formaron  una   parte articulada de un cuerpo único y  se desató un  nacionalismo recalcitrante, al  ascender  Gorbachov al poder, en 1985. Yeltsin, quien había sido miembro del todopoderoso Buró Político  en  tiempos  de Breznev, y  alcalde  de  Moscú,  donde demostró una transitoria energía y eficiencia, fue expulsado  de sus  cargos  dirigentes en el Partido, en tiempos  de  Gorbachov. 

Hizo una gira por los Estados Unidos donde dejó anonadados a  sus anfitriones  por  los  excesos de su vida privada y   propició un colaboracionismo incondicional. Las  elecciones  que confirmaron en el poder a Yeltsin fueron  un  ejemplo   de ingerencismo,  manipulación  y  embaucamiento. El  gobierno   de Clinton tembló ante la posibilidad de que una derrota electoral propiciaría el renacimiento de la Unión Soviética y el retoñar de la Guerra Fría.   Habría terminado el ámbito unipolar y la capacidad de Estados Unidos  de imponer su voluntad al resto del mundo.

El capitalismo  que  Yeltsin construyó en Rusia fue  una  mezcla  de bandidaje,   saqueo,   corrupción,    despojo indiscriminado, inmoralidades  y  violencia, en un  neoliberalismo salvaje  como manera de incrementar la polarización de  la riqueza, aumentar la ganancia de quienes tienen  y la miseria  de quienes no tienen. Después del informe de Jruschov  al  XX Congreso del  PCUS, en 1956,   los comunistas  se preguntaban  ¿cómo  pudo ocurrir  todo esto?, ¿los mecanismos de vigilancia  del  Partido, qué hicieron?, ¿qué dispositivos prevé el sistema para  impedir estas  alteraciones?, ¿dónde estaban los responsables de  impedir que esos excesos ocurrieran?, ¿qué hizo la dirección colectiva?  

Este  cúmulo  de  desaciertos, unidos  a  las circunstancias   históricas  de su origen,  condujeron a  las dramáticas sacudidas  que  propiciaron la quiebra  de  un modelo defectuoso de socialismo, no del cuerpo doctrinario íntegro. El modelo de  comunismo  soviético ha  sufrido una  crisis  de  imagen.  El fracasado  prototipo ruso de socialismo arrastró, tras de sí,  la ideología  marxista y las experiencias positivas del  leninismo.  Cuando  se habla hoy de marxismo se piensa en las violaciones estalinistas de la legalidad socialista y se ignora el monumental legado ideológico que entraña: Se necesita una remodelación semántica, hay que buscar un acondicionamiento  de  imagen, una  reconversión, nuevas fachadas  y  procedimientos. Pero sobre todo el socialismo debe hacer un profundo autoanálisis de  sus errores y proceder a una rectificación de principios. El  pueblo ruso, que favoreció el cambio  está experimentando ahora una fuerte reacción nacionalista.

Quizás, entonces,  Rusia  pueda recobrar algo de  sus perdidos  lustres. Henry  Kissinger ha señalado que  los imperios que  caen,  generan dos  causas de  tensión: los intentos de  sus  competidores por aprovechar  la  debilidad  del  antiguo centro  imperial  y  los esfuerzos del imperio decadente por restaurar su autoridad en  la periferia. Es muy probable que los Estados Unidos, que ya han iniciado su declinación bajo Bush, vean la desaparición de su hegemonismo en la segunda mitad del siglo XXI. No es  la primera vez  que  esto  ocurre en  la  historia. 

Los poderosos imperios romano, bizantino, austrohúngaro y otomano también se  desmembraron y  perdieron su eminencia. Es de esperar que algo similar  ocurra otra vez y un modelo perfeccionado de distribución homogénea de la riqueza y satisfacción de las necesidades humanas pueda prevalecer sin los errores de su primer intento.

Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.