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Liberalismo Selectivo

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Una de las más crueles contradicciones en el discurso neoliberal sobre globalización económica es la que se refiere al tema de las migraciones internacionales.

La ideología dominante en las naciones ricas defiende a capa y espada la liberalización de los movimientos de las mercancías y los capitales pero excluye enfáticamente la posibilidad de que el desplazamiento de la fuerza laboral (y de las personas, en general) disfrute de esa misma libertad. Condena toda acción de los gobiernos de los países subdesarrollados para proteger sus producciones de las consecuencias de un enfrentamiento desigual en el mercado externo, pero rechaza la eventualidad de que la mano de obra se desplace libremente por el mundo según la misma ley de oferta y demanda que reclama para las mercancías, los capitales y demás factores de la producción de bienes y servicios.

Obviamente, en condiciones de absoluta libertad de movimiento de las mercancías en el mercado mundial, vence quien produzca a un menor costo y ese menor costo solo se logra con la productividad más elevada, que es aquella a la que acceden las grandes fuerzas transnacionales que operan en los mercados globalizados.  Mediante una tecnología más eficiente nacida de su superioridad financiera (que, además, les permite ubicar sus filiales productivas en países del Sur), ellas dejan a las economías de los países pobres como único recurso el de competir mediante la utilización de fuerza de trabajo menesterosamente retribuida.

Así como Inglaterra, cuando su flota era la mayor y más eficiente del mundo, reclamaba libertad de los mares -sin medidas de protección que elevaran la competitividad de las flotas de otros países-, hoy los países de alto desarrollo económico reclaman libertad para el movimiento de  las mercancías y los capitales, sin barreras que protejan las producciones de los países de menor desarrollo. "Entre el débil y el fuerte, la libertad oprime", advirtió Juan Jacobo Rousseau, citado recientemente por el presidente venezolano, Hugo Chávez.

Un modelo socio-económico de desarrollo genuinamente capitalista, que enarbole el principio de la competitividad y fije en la puja en el mercado las posibilidades de todas las partes, debía incluir la libertad de movimiento de todos los factores de la producción, incluida la fuerza de trabajo. Pero esta posibilidad ni siquiera se menciona en el discurso neoliberal, porque en tal escenario la ley de oferta y demanda actuaría a favor de los países potenciales emisores de fuerza de trabajo.

Hay que considerar, así mismo, que el proceso internacionalizador de los medios de comunicación, que también caracteriza a estos tiempos de globalización, propicia la difusión en los países del Tercer Mundo de los estilos de vida y pautas de consumo de los países desarrollados, algo que a su vez provoca lo que se ha dado en llamar una "universalización de las aspiraciones" que promueve la migración en busca de espacios que permitan el acceso a las condiciones de vida que se dibujan como las ideales.

Según la concepción neoliberal contemporánea, los Estados nacionales deben desentenderse de la mayor parte de sus facultades económicas y sociales, y cederlas a entidades supranacionales…, pero han de retener sus atribuciones para regular el ingreso y permanencia de los extranjeros en su territorio.

Al rechazarse la  globalización de la migración que correspondería a la extensión de ese fenómeno en otras esferas de la economía y la sociedad, se evita la tendencia a la equiparación de los salarios y los niveles de vida que derivaría de la liberalización del movimiento internacional de la fuerza de trabajo. .

Pero la esencia misma del capitalismo lo lleva a generar la paradoja de un mundo más interconectado que nunca, en el que los flujos financieros, de información y de comercio se liberalizan, en tanto que la movilidad de las personas que el fenómeno estimula se restringe con  fuertes barreras, una de las formas en que la globalización asimétrica profundiza las desigualdades en los niveles de desarrollo, lejos de atenuarlas.

En América Latina, el polo receptor fundamental, Estados Unidos, manifiesta una necesidad objetiva de mano de obra no calificada y selectivamente calificada.  Pero en vez de abrir sus fronteras a la libre afluencia de fuerza de trabajo por la que presionan las leyes del mercado, las cierra, creando, como solución ecléctica, condiciones para la inmigración clandestina, al tiempo que desarrolla programas selectivos para la captación de inmigrantes con habilidades y conocimientos específicos que drenan la fuerza calificada de los demás países del continente.

En reciente comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos, el multimillonario empresario de la informática Bill Gates afirmó que Washington "debería aliviar las restricciones a la inmigración para ayudar a mantener el liderazgo de este país en el sector de alta tecnología" y reconoció que, "durante generaciones, Estados Unidos prosperó ampliamente acogiendo en su seno a los mejores y más brillantes".

Los empresarios estadounidenses que explotan la mano de obra de inmigrantes no calificados lamentan la proscripción legal del ingreso de inmigrantes, pero compensan la desatención oficial de sus intereses sacando beneficios del incesante arribo de trabajadores indocumentados con derechos marcadamente deprimidos.

Los perdedores son siempre los inmigrantes indocumentados, perseguidos y súper explotados. Ante ellos se levanta el reto incluirse en las redes predominantes de las relaciones económicas y sociales, o quedar excluidos de ellas con sus consiguientes cargas de marginación y pobreza que pueden extenderse a lo largo de sus vidas y las de sus descendientes.

Para los gobiernos y oligarquías del Sur, la emigración es un factor de descompresión de las tensiones que derivan del desempleo y una fuente de ingreso, aunque sea artificial e insegura. Las transferencias de dinero fresco de los emigrantes hacia sus familiares han llegado a representar una parte significativa del producto bruto de sus países de origen y mejoran sus balanzas de pagos.

Pero el éxodo de trabajadores jóvenes y la dependencia que surge de las transferencias de dinero, pronto se convierten en obstáculo para el desarrollo del país emisor de migrantes.

El círculo vicioso es claro: La crisis económica suscita el éxodo, las remesas de los emigrantes atenúan durante cierto tiempo sus efectos económicos inmediatos, pero a mediano o largo plazo la crisis se ahonda porque no han cambiado las condiciones que la provocaron.

Aunque en algunos países de nuestra América Latina el aporte de dinero fresco proveniente de la emigración ha evitado el estallido de convulsiones sociales, se ha seguido acumulando pólvora para estallidos aún mayores.

Estados Unidos se ve situado ante la alternativa de soportar la gigantesca marea migratoria resultante de un siglo de saqueo hasta la ruina del continente, o cerrar esta válvula de escape en una región amenazada de violentas explosiones sociales.

En los propios Estados Unidos, la situación se puede tornar compleja y peligrosa porque en el fondo de este escenario está, además, la existencia de prejuicios étnicos, religiosos, de género y de identidades nacionales, agravados por la competencia entre inmigrantes y nacionales en el mercado laboral, factores todos generadores de conflictos que amenazan convertirse en fuente de asonadas sociales.

Washington juega con candela y agrava la situación al resistirse a la formulación de acuerdos migratorios que consideren los reclamos de las naciones emisoras a favor de una migración ordenada y segura, ajustada a los intereses, tanto de los receptores como de los emisores.

También lo hace cuando inserta en sus políticas migratorias cínicos programas de aceptación de refugiados políticos, reales o simulados, que convienen a sus propósitos políticos de dominación. La Ley de Ajuste Cubano (Cuban Adjustment Act) promulgada por Estados Unidos para promover la emigración ilegal de cubanos como parte de sus propósitos subversivos contra la Isla es prueba de un irresponsable manejo del tema migratorio por las administraciones estadounidenses que antes se había hecho patente en la "Operación Peter Pan", de la CIA, que sacó de la isla en la primera mitad de los años 60 del pasado siglo a catorce mil niños, cruelmente separados de sus padres.

La migración, un fenómeno surgido con la humanidad como elemento formador de civilizaciones mediante la interacción y mezcla de culturas, en las condiciones del neoliberalismo ha estado plagada de xenofobia, con agravantes discriminatorios por motivos de raza, género y credo que agudizan el dolor de la pobreza, su móvil esencial.

No importa los obstáculos impuestos a la interacción de las identidades culturales, la transculturación es un hecho inevitable que imprime los valores de las identidades que llevan consigo los inmigrantes a las culturas receptoras.

Pero la migración debe ser un derecho de las personas y no una imposición determinada por las insoportables desigualdades del capitalismo.

La lucha por la independencia y la justicia social gana cada vez más  batallas bolivarianas en nuestra América y, más temprano que tarde, la unidad de nuestras naciones hará posible que los pueblos no tengan, como única alternativa de los saqueados frente a la exclusión, la capacidad de emigrar.

La globalización de la economía, que se impone inexorablemente por sí misma, no ha llegado necesariamente para servir los intereses de los poderosos, como pretenden los ideólogos del neoliberalismo, ella forma parte del devenir histórico que marcha hacia la conformación de un mundo mejor, único y solidario, que pasa por el desarrollo de relaciones internacionales equitativas y justas.

Manuel E. Yepe Menéndez es abogado, economista y politólogo. Se desempeña como Profesor en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana. Fue Embajador de Cuba, Director General de la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina,  Vicepresidente del Instituto Cubano de Radio y Televisión, Director Nacional fundador del Sistema de Información Tecnológica (TIPS) del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Cuba y Secretario del Movimiento Cubano por la Paz y la Soberanía de los Pueblos.

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Manuel E. Yepe

Manuel E. Yepe

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.