¡Perdieron!
No lo puede evitar. La oposición venezolana siente pavor.
Intuyen que llegó su fin. Creyeron que porque han sido y son los despojos malamente reunidos de una generación de políticos, aliados incondicionales del imperio, les bastaría para recomponerse y editar magras glorias pasadas .
Para ello contaban no solo con el dinero de Washington, de la oligarquía nacional-de la forman parte- sino con el apoyo incondicional de los propietarios de los medios devenidos hoy derrotados mariscales de la guerra mediática que pretendió engañar a todos inventándose un país virtual, el país del Chacao y de Baruta., de los barrios del este de Caracas.
Como siempre no contaron con la sabiduría del pueblo, con su intuición política, con su experiencia de otear en el horizonte, sin equívocos, las lluvias, las tormentas y las buenas o malas cosechas.
Fue el pueblo el que barrió con su voto a adecos y copeyanos, a aquella alternancia bipartidista que era suma y reflejo de los intereses de la oligarquía financiera, de la burguesía blanca, del Opus Dei de la Iglesia Católica, de lo más corrupto del capital nacional y lo más servil a los intereses de la Casa Blanca.
Aquello sucedió el 6 de diciembre de 1998 y de aquellas urnas emergió el liderazgo de Hugo Chávez, el mismo que ha sido relegitimado como nunca antes en la historia de la democracia representativa mundial.
Desde entonces no ha habido tregua. Las exiguas huestes de los enemigos del pueblo y del cambio, han batallado desde los estertores de su muerte clínica y han perdido una a una todas las batallas.
Y lo peor para ellos es que mientras mayor es su fracaso asi de grande es la victoria de la Revolución Bolivariana, uno de cuyos méritos es haber sido concebida en el claustro estéril y agonizante de un sistema que se ha convertido en su contrario.
Asi fueron testigos atónitos de aquella madrugada del 13 de abril del 2002 cuando el pueblo, arrostrando todos los peligros salió a rescatar a su Presidente secuestrado. Atónitos quedaron cuando tras 63 días de paro petrolero, de sabotaje terrorista contra el corazón mismo de la economía venezolana, reemplazaron en sus puestos a los gerentes y técnicos golpistas y pusieron a funcionar la industria petrolera que no solo regresó a sus manos sino que constituye hoy el sostén económico de los programas sociales.
Lanzados a su penúltima opción, volvieron a las urnas contando con su experiencia fraudulenta y nuevamente este 15 de agosto, fracasaron. No solo no revocaron al presidente Chávez sino que quedó reafirmado como ningún presidente en la historia venezolana.
Y, además, el Centro Carter y la OEA hasta hace muy poco siempre dispuestos a escuchar y apoyar sus malacrianzas y pataleteos, ante lo inobjetable, decidieron ahora defender su honor de "observadores imparciales" y avalaron el triunfo del NO en Venezuela y setenta y dos horas después volvieron a ratificarlo.
¡Fraude! ¡Fraude masivo! gritaron, aunque para decir la verdad las primeras reacciones fueron de los personajillos menores, los de más rango como Enrique Mendoza, el gobernador de Miranda; el golpista Carlos Ortega o el propio expresidente y terrorista consumado Carlos Andrés Pérez parecieron haber quedados congelados y sin capacidad de reacción.
No se les puede culpar. Su amo, el principal opositor, la administración de George W.Bush tampoco dijo nada. Viejas mañas como esa de lanzar una idea anónima a la opinión pública por intermedio del poder mediático les permitió a los opositores vertebrar una reacción común y alla fueron a solicitar una auditoria en el supuesto de que no iba a ser aceptada.
El Consejo Nacional Electoral, los observadores internacionales, el Centro Carter y la OEA y hasta el mismísimo Gobierno aceptaron el reto y entonces fueron ellos, los derrotados, los vencidos los que se han negado a acompañarla.
El reconocimiento mundial a la contundente e inobjetable victoria del presidente Hugo Chávez y de la Revolución Bolivariana, conspira igualmente contra sus nuevas y dilatorias maniobras.
La oposición venezolana y sus verdaderos instigadores, el gobierno de los Estados Unidos están derrotados. Su última opción sería el magnicidio pero a esta altura de la historia deberían saber que hombres como Chávez en Venezuela están allí, esperando en cualquier recodo del camino porque los engendra la injusticia, la exclusión y el propio sistema.
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