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Bush en pánico

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  Poco aportó Bush en su publicitado discurso de la noche del lunes  

El primer acto de la nueva ofensiva mediática de Bush II sobre Irak resultó una reiteración del ya conocido "stay the course"(mantener el rumbo). El mismo que "conduce a la cataratas del Niágara" según la gráfica imagen utilizada en el programa estelar 60 minutos por el general Anthony Zinni, ex jefe del Comando Central de Estados Unidos y experto en Medio Oriente. 

Si no hubo nada nuevo en las palabras del emperador, salvo el teatral anuncio de la demolición del centro de torturas de Abu Ghraib, sí lo hubo en el tono, descafeinada la arrogancia de sus anteriores arengas marciales. Sin ruborizarse apeló a la ONU -que antes había amenazado con relegar a un papel "irrelevante" si no le servía de comparsa en la aventura- y, por supuesto, a la "vieja" Europa, para que a toro pasado den la bendición a la ocupación, el saqueo y los crímenes de guerra en Irak.  Es la señal de que todo le ha salido mal en el país árabe y de que ni él ni sus sesudos ideólogos neoconservadores tienen ni idea de cómo salir del pantano. A lo más que atinan es a seguir hundiéndose. ¿Qué tal esta sentencia de Bush, obviamente referida a la imposibilidad de capturar la heroica Falluya, Nayaf y otras ciudades en armas sin dejar piedra sobre piedra?:  "Haremos todo lo que sea necesario -por la fuerza moderada o por la fuerza avasalladora-, para lograr un Irak estable"

Cunde el pánico entre los actuales inquilinos de la Casa Blanca, horrorizados por la amenaza cierta de ver hundirse su quimera nazi casi al nacer, en las próximas elecciones de noviembre. Es evidente la guerra por sacarlos cuanto antes de la escena declarada por el sector "realista" de la plutocracia norteña, consciente del grave peligro de que su conducta fanática empuje al imperio al abismo. Ello explica el tropel de los acontecimientos. La masiva difusión de los videos y del informe del general Taguba sobre la tortura en Abu Ghraib, las revelaciones sobre la intención de atacar a Irak desde la llegada de los bushistas y de las mentiras montadas aprovechando la tragedia del 11 de septiembre, las andanadas contra el mandatario de numerosos ex jefes militares y el reciente giro de importantes medios a una actitud crítica respecto a la conducción de la guerra. Es el caso del The New York Times, que dos días después de que Bush definiera lo ocurrido en el reclusorio de Bagdag como la obra de "unos pocos soldados" destacaba en su primera plana un informe interno del ejército que muestra la tortura y el asesinato de prisioneros como un hecho generalizado a numerosas unidades militares desde el comienzo de la campaña, tanto en Afganistán como en Irak.

El Bush que habló en el Colegio de Guerra de Carlisle, Pensilvania, era una caricatura del triunfal comandante en jefe que declaró el fin de la guerra a bordo del portaviones Roosevelt cuando esta recién comenzaba. Pese a lo complaciente de la audiencia escogida, a duras penas consiguió arrancarle algunos aplausos, acosado por una parte de la elite del poder estadunidense, desacreditado internacionalmente, disminuida su aceptación en casa por el desempleo, el recorte de los programas sociales y el inocultable fracaso en Irak.

Pero no nos engañemos, la pandilla neoconservadora no está dispuesta a entregar la Casa Blanca en noviembre a un "apaciguador" como Kerry y si es necesario recurrirá, como en el 2000, a otro golpe de Estado para impedirlo. No importa que el discurso de aquel sobre Irak y Palestina sea punto menos que una réplica del empleado por su contrincante. Allí está el sorpresivo anuncio, sospechosamente cuando se derrumba la popularidad de Bush, de que se espera una acción terrorista a gran escala en Estados Unidos.

Bush, debe reconocerse, superó su probada capacidad de cinismo al prometer una "completa" soberanía a Irak después que el nuevo gobierno designado por sus bayonetas asuma el 30 de junio. No es improbable que haya logrado engañar a muchos de sus conciudadanos, más cuando es casi segura la complicidad de Europa -que en Guadalajara se niega a condenar las torturas yanquis- en la mascarada. Con algunos afeites, se tragará la desvergonzada resolución enviada por Washington al Consejo de Seguridad de la ONU otorgando impunidad a los ocupantes, que pasarán a ser "invitados"del régimen títere.

Pero quienes tienen más que ningún poder en la Tierra la última palabra sobre el futuro de Bush, y acaso del imperio estadunidense, son los iraquíes, que no tardaron en rechazar el último dictado del emperador.

aguerra12@prodigy.net.mx 

 

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Angel Guerra Cabrera

Angel Guerra Cabrera

Periodista cubano residente en México y columnista del diario La Jornada.