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Desde la comunidad: racialidad y raíces étnicas (I)

Publicado en: NosOtros
En este artículo: Antropología, Cuba, Racismo
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Jovenes estudiantes de la Universidad de la Habana, sostienen un encuentro con Moises Rodriguez, y Carlos Serpa, agentes de la Segurida del Estado, que fueron revelados como Vladimir y Emilio, recientemente en el programa televisivo, Las Razones de Cuba.

Estudiantes y profesores de la Universidad de la Habana.

Entrevista con Avelino Víctor Couceiro Rodríguez, profesor, investigador y Dr. En Ciencias sobre Artes

Rosa María de Lahaye Guerra.- Profesor, conozco su trabajo sobre Antropología Urbana, que ha resultado una suerte de guía conceptual para futuros estudios sobre comunidades en contextos urbanos. Hoy quiero que comparta sus apreciaciones sobre la problemática racial en esos espacios comunitarios, a partir de la experiencia de su extenso trabajo de campo.

Avelino Víctor Couceiro Rodríguez.- De una manera u otra, toda la intensa problemática nacional se refleja en el diario convivir de las comunidades metropolitanas. Por supuesto, la rica racialidad, que como pueblo nos caracteriza, y toda la potencialidad que ello brinda, así como los prejuicios implícitos en cuanto a color, han salido a relucir en este estudio de caso: la clásica “china” que ignora el porqué de sus rasgos, pues en realidad es descendiente de… polacos, y el blanco con algún ancestro negro que ostenta o esconde -en ambos casos, por supuesto, evidencia de prejuicios-, aunque también es obvio quien reconoce tenerlo o no sin prejuicio alguno; el “blanquista” (blanco, negro u otros) antinegro (y el anti todo no blanco) y el “negrista” (negro, blanco y a veces otros) antiblanco (y el anti todo no negro, incluso -o no- antimestizos, a pesar de lo comunes que son los mestizos en sus familias) que potencian su marginación “al otro” hasta la violencia más diversa, incluida la agresión física.

También este estudio evidenció manifestaciones racistas no tan clásicas, como aquel evidente mulato que no quiso reconocerse como tal y prefiere decirse negro, pues “el negro es una raza y el mulato ni raza es”, en claro conflicto de identidad; o sobre todo negros y mulatos que miden el grado de antirracismo por la cantidad de relaciones sexuales interraciales; o de negros, incluidos o no los mestizos, que hay en una candidatura o selección cualquiera; aunque también es cierto que hay selectores por dogmas racistas, contra negros o contra blancos, según los terrenos culturales y sociales en general; o en especial entre blancos, hay quien todavía rechaza una pareja interracial, que a veces, es también criticada por negros y mestizos e, incluso, más allá de la multidireccionalidad del racismo, aquellos blancos que, por mostrarse antirracistas o por puro esnobismo, de alguna manera se pretenden negros o, al menos, mulatos; así como aquellos negros y sobre todo mestizos que con mayor riesgo de ridículo, se pretenden blancos por complejo racista incluso contra sí mismos.

R.M.L.G.- ¿Las tradiciones?

A.V.C.R.- Sí, sí… todo lo anterior se entremezcla con tradiciones incubadoras de racismo, por ejemplo, por sectores: en la colonia, las artes y los trabajos físicos (base de numerosos deportes) eran subvalorados y un blanco que se respetara debía ser médico o abogado (siempre que económicamente pudiera, claro está… lo que retaba a la gran mayoría) por lo que el blanco tenía que ser doblemente revolucionario (sobre todo la mujer) para desarrollar sus talentos artísticos (lo que denomino “marginador marginado”), fenómeno que en la República se acrecentó con los prejuicios sexistas; la vida intelectual era inconcebible en el negro y sus descendientes, a pesar de ejemplos cimeros, todo lo cual ha (de)generado dogmas de todo tipo de racismo que, lamentablemente, sustentan áreas culturales privativas de unos u otros.

El marginador marginado se extiende a todas las marginaciones, exigiendo mucho más a quienes, supuestamente, son beneficiados por algún motivo (no siempre tan así) y compensa con menos exigencias a los, supuestamente, más desfavorecidos.

Ello alcanza al plano estético inclusive, de donde deriva “la rubia tonta”, símbolo de belleza, que no siempre es tal belleza, y aun siéndolo no implica escasa inteligencia; la belleza (siempre relativa y gradual) alcanza todos los colores de piel, cabellos y ojos desde su propia naturaleza; solo hay que saberla apreciar, y el negro no requiere de ojos claros ni cabello “bueno” para ser bello, de la misma forma que abundan los cubanos (y otros latinos) rubios, a los que penosamente, desde el imaginario se les ha negado su propia identidad nacional. A los menos agraciados es más fácil concederles talento, decencia o moral, tal vez con paternalismo por no ser tan valorados en el plano sexual: hagan lo que hagan, deben aprovechar las pocas posibilidades que se les presenten.

Se obvia que hay entre estos últimos quienes incuban cargas negativas, como suerte de venganza contra los que no comparten un destino que ven triste y que no saben embellecer. También es cierto que hay quien conoce su propia belleza (o la cree conocer o se la imagina) y se acomoda en ella sin desarrollar otros talentos; pero esto tampoco se puede absolutizar en la identidad.

En el estudio de caso realizado, las historias de vida han sido esenciales para intimar con respecto a la compleja y variada (en apariencia hasta contradictoria) actitud y forma de pensar en cuanto a racialidad entre los integrantes de una misma comunidad urbana, de la que aquí solo se abre el más pequeño de los abanicos posibles y que ha llegado a detectar niveles de agresividad (gestual, oral y hasta física, en ocasiones de alta violencia y peligrosidad, con resultados fatales que trascienden la franca delincuencia) contenida o explícita, sobre todo, entre algunos negros y mulatos con prejuicios contra los blancos, a quienes insultan como “desaguacatados” mientras más rubios son, como si el sabor (aluden al aguacate) acompañara exclusivamente a los colores de piel más oscuros.

Con tan espinoso tema, sin embargo, no se preocupan por el anonimato y llega a verse como “orgullo de raza” incluso, y a sufrirse en algunas parejas interraciales (más o menos encubierto) en que la posesión sexual (extensible más allá) asume una psicología con estereotipos de género (apenas sin diferencias entre parejas hetero u homosexuales, pero interraciales) de relaciones entre poseedor-poseído, esclavo-esclavista, venganza-redención (en otras ocasiones, la curiosidad a veces simple, a veces morbosa y hasta racista, por “el otro racial”, y hasta la racista necesidad de demostrar que no se es racista) que, por fortuna, en otras muchas parejas interraciales (o no) no asoman y parecen mantenerse en el sano y puro cobijo del amor. Es una de las líneas que mi investigación devela para futuros estudios más profundos en estas y otras comunidades, y que sobrepasen lo epidérmico de algunos enfoques ya obsoletos y simplistas sobre la racialidad, aquí contextualizados.

En un país donde por ley la raza no puede ser obstáculo para nada, se limita el impacto urbano que puedan tener las diversas manifestaciones del racismo, al haber desaparecido legalmente las asociaciones por razas. Por ello, afortunadamente, mayor trascendencia que la miseria moral racista tiene a escala urbana nuestra riqueza racial vista como color de la piel y otros rasgos raciales para evadir como sugería Ortiz, “el engaño de las razas”. En las comunidades que hoy conforman el municipio Plaza de la Revolución y que fueron el estudio de caso, predominan blancos hacia el centro y el sur, excepto en La Dionisia, La Casilda y La Timba, donde abundan mestizos y blancos al igual que en el norte, seguidos por negros y en mucha menor escala, “chinos” (casi siempre descendientes mestizos) y otros, pues típica del carácter metropolitano y cosmopolita es esta riqueza racial que identifica a Cuba, y que se evidencia en sus habitantes y en los visitantes cotidianos que inundan sus calles.

R.M.L.G.- La investigación contempló el análisis de proyectos comunitarios.

A.V.C.R.- Claro. Vimos algunos proyectos comunitarios que acuden a determinadas raíces, pero de otras regiones cubanas y no de estas comunidades concretas que así tergiversan, a menudo de forma exotista, al adulterar la verdadera raíz de esta comunidad e impostar raíces individuales a escala urbana, lo que se interrelaciona con el análisis de los conflictos de identidad de cada sujeto.

En este estudio afloraron quienes insisten (aun de forma inconfesa) en ganar espacios para el negro por el mero hecho de ser negro y no por sus valores humanos y sociales como individuo, o fundamentan su color de piel para cometer desafueros abusivamente (y acusan de racista a todo el que no se los permite) en detrimento de la imagen social de dicha raza, o pretenden vivir de la raza exóticamente, aliados al eurocentrismo como opción supuestamente turística y hasta antirracista, cuando en verdad devela un profundo racismo contra blancos y negros distintivamente. Estos son resultados que obtuve con un colega (Jorge Perera Fernández) allá por el año 1998. Aquel trabajo se titula: Introducción a la demografía para los estudios de identidad comunitaria en el municipio Plaza de la Revolución: única monografía integral especializada sobre el tema, para la cual se contó con el concurso del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana, los Comités Municipal y Provincial de Estadísticas, Recursos Laborales, Educación, etc. En los censos se ha verificado que metodológicamente se imponen reservas (margen de error) por las insuficiencias y, a veces, prejuicios o incultura antropológica (llaman mulatos a cualquier mestizo, o negros a los mestizos, etc.) en las fuentes informantes y encuestadoras.

Destáquense aquellas influencias aún más negativas del virulento racismo norteamericano por las vertientes de la nègritude caribeña más que del Rastafari en sí, como culturas de difícil inserción en la historia del racismo cubano. Siempre me gusta enfatizar las diferencias entre el racismo cubano y el estadounidense, menos traumático el caso de Cuba donde, por fortuna y lógicamente, su importación no promete perspectivas.

Se han publicado 4 comentarios



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  • Olavo dijo:

    No quiero apresurar conclusiones, ni hacer generalizaciones, pues no tengo estadísticas, pero es la primera vez que leo tanto y tan seguido sobre este tema. ¿Qué esta pasando? Porque tengo 60 años y siempre conviví con esta situación y sólo ahora se ve la ofensiva.
    Ojalá este sea el principio del fin.

  • Elizabeth dijo:

    Muy bueno, muy bueno.

  • Carlos Alberto dijo:

    No estoy muy seguro de que se pueda decir que no hay razas, si hay racismo. Es difícil el trabalengua científico este.
    Y es cierto como se dice en esta entrevista que la comunidad es la mata a donde hay que ir a buscar el condimento, si se quiere entender de racismos y de prejuicios.

  • Bless dijo:

    Yo creo que somos 1 sola raza, la RAZA HUMANA.
    Dios les Bendiga mucho

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Rosa María de Lahaye Guerra

Es doctora en Ciencias Filosóficas y antropóloga cubana. Actualmente es profesora de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Tiene varios libros publicados, entre ellos “Yemayá a través de sus mitos”, en coautoría con Rubén Zardoya.

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