Santo Domingo a pie de calle

Avenida 27 de febrero y el monumento a San Martin, en Santo Domingo, la capital dominicana. Foto: Roberto Morejón/Jit.
El avión toca tierra y la primera impresión es el ruido. No el de los motores, sino el que viene de afuera: bocinas, voces, motores de todo tipo. El aeropuerto internacional Las Américas es un edificio funcional, sin mayores pretensiones. Ventiladores en los techos, sillas de plástico, gente que espera y gente que parte.
Salir es encontrarse con el tránsito. No hay otra manera de describirlo. Los carros van y vienen sin respetar rayas ni señales. Los motoristas se desplazan entre ellos en una especie de slalom caribeño. Las guaguas se detienen en medio de la vía para recoger pasajeros. Los vendedores ambulantes ofrecen café, agua, dulces, periódicos. Todo ocurre al mismo tiempo, en el mismo espacio, y funciona.
El viajero que llega de Cuba nota las semejanzas. Las calles, los postes de luz torcidos y los enjambres de cables, los edificios con fachadas que piden pintura conviven con otros modernos y suntuosos. Pero también percibe diferencias. Aquí los colores son más vivos. Las casas se pintan de amarillo, azul, rosa. No hay un patrón: cada quien pinta como quiere o como puede. Eso da a la ciudad un aspecto de mosaico, de piezas colocadas sin orden pero con intención.
Santo Domingo no se presenta bonita. Se presenta como es. Y eso tiene mérito. No engaña a quien llega. No busca parecer lo que no es. Muestra sus grietas, sus edificios inconclusos. Pero también muestra su movimiento, su gente, su historia. Hay que caminarla para entenderla.
La Zona Colonial es el centro histórico. Se llega por calles angostas, muchas de piedra, que han resistido el paso del tiempo. Allí está la Catedral Primada de América, la más antigua del continente. Los turistas se toman fotos en la entrada. Los vendedores de collares y pulseras se acercan. Los niños persiguen palomas en la plaza. No hay silencio. Hay vida.
En esa zona, tan parecida a La Habana Vieja pero a menor escala, hay museos, iglesias, plazas. También restaurantes, bares, tiendas de recuerdos. No es un lugar congelado en el pasado. Es un barrio donde la gente vive y trabaja. Por eso no parece un museo. Por eso se siente auténtico.
Por la noche la música invade las calles. Los bares abren sus puertas. Se escucha merengue, bachata, salsa. Los dominicanos no esperan invitación.
Fuera de la Zona Colonial la ciudad cambia. Las calles se ensanchan, el tránsito se vuelve más denso, los edificios más altos. Las avenidas principales, como la 27 de Febrero y la John F. Kennedy, son vías de ocho carriles por donde circulan todo tipo de vehículos. Los tapones —como llaman los lugareños al intenso tráfico en las horas pico— son diarios. La gente lo sabe y lo acepta. No se desespera. En los carros se escucha música, se conversa por teléfono, se come.
Las guaguas son el transporte más usado. Camionetas que llevan pasajeros en rutas fijas, aunque sin paraderos establecidos. El que quiere subir levanta la mano y el vehículo se detiene. El que quiere bajar toca el techo y el vehículo se detiene de nuevo. No hay horarios, ni mapas, ni sistemas de información. Todos conocen su ruta porque es la que usan cada día.
Los motoconchos son motoristas que llevan pasajeros. Por unos pocos pesos te llevan a cualquier lugar, rápido y sin esperar. No siempre usan casco. No siempre respetan las señales. Pero son eficientes. Cuando el tránsito se detiene, el motoconcho sigue avanzando.
Santo Domingo da la impresión de no haber sido planificada. Creció sin mapa. Por eso tiene calles que empiezan y terminan sin aviso, edificios inconclusos. Eso la hace difícil de entender para el viajero, pero también menos predecible, más viva.
El viajero cubano encuentra en Santo Domingo muchas cosas conocidas. En las calles aparecen nombres familiares: Máximo Gómez, José Martí. Los bustos y placas recuerdan la historia compartida. Durante las guerras de independencia de Cuba, muchos patriotas vivieron en la isla vecina. Los dominicanos lo recuerdan. Aquí se firmó el Manifiesto de Montecristi.
La gente pregunta de dónde vienes y, cuando dices Cuba, sonríe. Dicen que somos primos, que hablamos parecido, aunque dejan claro que son mejores que nosotros en béisbol y voleibol femenino. Hay algo real: el acento es parecido, el modo de hablar es parecido, las expresiones se entienden sin traducción. El cubano no necesita explicar lo que dice. El dominicano lo entiende.
La comida también tiene similitudes. El arroz con habichuelas es el plato de todos los días. El plátano, frito o hervido, acompaña casi todo. El sancocho es una sopa espesa que se come los fines de semana. Los sabores no son idénticos, pero se parecen. El café se toma fuerte y dulce. El pan se parte con la mano.
El béisbol es el deporte que une. Los dominicanos hablan de peloteros como los cubanos. Conocen las estadísticas, recuerdan los juegos importantes, comparan jugadores. No importa si el equipo es grande o pequeño. Lo que importa es el juego.
La señora Emely, que nos llevó en su Uber, es una mujer de casi cincuenta años que se gana la vida conduciendo porque, según ella, nadie la contrata a su edad. Con su pequeño automóvil, que paga y le da sustento, nos mostró su ciudad, orgullosa de ella y de su cultura.
Mientras avanzábamos por las avenidas, Emely hablaba de su rutina diaria. Contaba cómo el tránsito, aunque caótico, se convierte en parte de la vida, y cómo cada día es distinto porque nunca sabe qué historias encontrará en sus pasajeros. Para ella, manejar no es solo un trabajo: es una manera de estar en contacto con la ciudad, de escuchar sus voces y sentir su pulso. Con una sonrisa, decía que Santo Domingo puede ser agotadora, pero también generosa, porque siempre ofrece algo nuevo.
Nos relató además cómo la ciudad ha cambiado en los últimos años. Recordaba cuando muchas calles eran más tranquilas y los edificios menos altos, y cómo ahora el crecimiento parece no detenerse. Sin embargo, aseguraba que, pese a los cambios, la esencia dominicana sigue intacta, Para ella, esa mezcla de modernidad y tradición es lo que hace que Santo Domingo conserve su carácter único.
Santo Domingo no es una ciudad que se entienda con una foto. Hay que caminarla, oírla, probarla. Cuando uno llega, queda prendado de algo. No se sabe bien qué, pero queda. Tal vez sea la sensación de haber estado en un lugar que, sin ser el propio, se parece bastante.
Es una ciudad que se ofrece sin disfraces, con sus contrastes y su vitalidad. Tal vez sea la sensación de haber estado en un lugar distinto, que al mismo tiempo resulta familiar. El viajero que llega no encuentra una ciudad armada para el turista, sino una ciudad que vive para sus habitantes y que permite que el visitante se asome a esa vida sin mayores filtros.
El cubano reconoce esas cosas sin necesidad de que se las expliquen. No hace falta más. Santo Domingo se queda así, sin adornos, como una ciudad que no promete lo que no tiene y que, por eso mismo, no defrauda.
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