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Espacio Virtual del Libro: Aires de poesía y de luz

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Obra de Fabelo.

Hoy el Espacio Virtual del Libro se llena otra vez de versos. La revista La Letra del Escriba nos ha preparado un viaje literario de las manos de los habaneros Antonio Armenteros y Ricardo Alberto Pérez, junto a la espirituana Yenys Laura Prieto.

Así, invitamos a nuestros lectores a recorrer las líneas poéticas que nos dibujan estos tres autores cubanos, en un regalo de lunes para quienes encuentran luz y alimento en un poema.  

Antonio Armenteros

(La Habana, 1963). Poeta, narrador, traductor y crítico literario. Ha publicado los poemarios Nastraienie (2000), La caída (2000), Los estados crepusculares (2002), Casa Québec (2002), La cortadura y el signo (2003) y Kenoma (2013), y el libro de relatos País que no era (2005). Obtuvo el Premio Calendario en 1998, el Premio Abdala en 1999, la Beca Razón de Ser en 2003, el Premio Dador en 2006 y el Premio de Poesía La Gaceta de Cuba en 2007. Estos poemas fueron publicados en la sección de poesía del No.132 de la revista La Letra del Escriba.

Diálogo casi zen

Por ellas. Para M...

Ha estado lidiando con el cangrejo,
directamente en el pecho —me dice—,
y luego muestra unas pelusas que le están
naciendo
en la cabeza: “Es producto de la
quimioterapia”,
explica y continúa: “Debías saberlo”.

Sé que es terriblemente bella como nadie,
a pesar de la caída del cabello y esos ojos.
¡Dios mío, esos ojos!
—Nacemos para morir, polvo somos.
De todas esas cosas dolorosas, conocidas,
habla sin ganas de callarse y más tarde
se anuda un pañuelo florido,
con un gesto que escapa al poema real
haciéndomelo saber de golpe o mejor dicho
sin golpe, hasta mi entendimiento.
—Involucrando toda mi conciencia:
“Antes de los dolores, era tan estúpida,
sigo siendo tan idiota como antes, pero
ahora sé
—es la diferencia— que existen días. ¡Amor!
Días que no tienen precio”. Y calla.

Motel

Nunca dijimos que el monte concluía en la
línea
en la blanca arena
—que los naturales designan: amplia,
apacible, bella—
y lo escabroso del litoral.
Existe una cajita china a la cual llamamos
ventana
una ventana blanca de ternura
y un deseo largo:
¿Enséñame?
A tachar de mi sangre esas imágenes
a priori— evitar estos reclamos
sutiles de la mente.

Canción

Era necesario continuar la historia/el relato,
la función de apresar el mismo gesto
—una y otra vez— con la misma calma.
Los encargados del audiovisual no
entendieron,
no llegan a comprender que en la repetición
de los detalles
se escondía el efecto:
Veían al hombre sudado narrar
—una y otra vez—
el similar relato/ la misma historia con la
anterior duda.

Todo ocurría al unísono, hasta que la luz
parpadeó
y la leyenda... rota en su propia narración
concluye:
Ya no seremos más una ola en el mar.

PartiDuras

Trampas... nunca las he tenido.
Eugenio Móntale

1
He dejado caer mi cuerpo sobre el piso,
como he visto descender la parafina.
El magma existencial de la vela.

Los universos así deben fluir sobre sus
centros,
luego abrirán algunas líneas,
algunos ojos con la ancestral necesidad
de expresar verdades.

6
En el país de los tártaros las mismas reglas
fungen para los vivientes y los no vivientes.
Veíamos al reptil acercarse al pájaro,
y los ojos rasgados se vertebran en el término
fronterizo.
Como se ve, en el país funcionan las mismas
reglas por igual.
La confusión básica es reconocer al viviente
del no viviente.
Como se ve, el pájaro y el reptil consisten/
conviven
en un espectro continuo de complejidad
estructural
—perdón—
de complejidad conceptual.

Árbol del Dolor

La guerra, la guerra, grito con esa intensidad
letal
que el alcohol logra los domingos,
quisiera acercarme al final de su letanía
cotidiana.

La guerra, la guerra y los ojos fugados de los
rostros
y los rostros refugiados en el miedo.
Una flor podría iluminar mis noches
como el dolor concibe el angustioso latir de
los muslos
a la hora de gritar en el mundo tardío:
La embriaguez de la melancolía.

La guerre, la guerra, grito cerrando los ojos,
olvidados los rostros —por ahora—
y un puñado de niños sin manos en la
conciencia
cual navaja hambrienta de claridades.
La бойна, la war, la guerre, la guerra
terrorista, asesina,
y el dolor clavado hasta la raíz,
hasta Beslán grito de un árbol, en un mapa
que se mueve vacilante sin el mundo.

Yenys Laura Prieto Velazco

(Sancti Spíritus, 1989). Poeta y periodista. Ganadora en 2014 del Premio Internacional de Poesía Alejandra Pizarnik, de Argentina. Sus poemas aparecen, entre otras publicaciones, en el volumen El lugar de la ausencia, de Bruma Editores, y en la antología La calle de Rimbaud. Nuevos poetas cubanos, de Ediciones Aldabón. Los textos que incluimos pertenecen a su poemario La Gran Fuga (Colección Sur, 2019), que fuese presentado en la 29 Feria Internacional del Libro de La Habana. Estos poemas fueron publicados en la sección de poesía del número 161 de la revista La Letra del Escriba.

 APARATOS MENTALES

1

Mantenerlos atados. Sumergirlos en agua fría. Someterlos con golpes a la obediencia. Todo eso intentaron para ajustarlos a la norma. Locura. Del latín vulgar “delirare”. Desviado del surco recto. Término agrícola. Una cabeza para plantar o podar algo. En ciertos manicomios utilizaban un dispositivo rotatorio donde hacían girar al paciente a una velocidad vertiginosa o le marcaban el cráneo con un hierro al rojo vivo, con el fin de expulsar las ideas anormales. Ser normal. Buscar la medida exacta sobre una superficie dura o sobre una superficie blanda. Fría y caliente. Una cabeza en poda. Imágenes maceradas con garrotes. Enderezar surcos. Enderezar hombres. Enderezar ideas.

2

Pienso en lo inútil de sostener este hilo. El laberinto es un tejido interior que construye mi capacidad de recordar. Vengo de matar a mis hijos, de confundirlos con una hiedra, de aniquilar un rebaño de ovejas en espera del enemigo. Soy un personaje absurdo, una imagen nueva del miedo. Cada viaje es distinto. He amordazado la confianza con el deseo de permanecer al abrigo de estas paredes. La cuerda miente en su misión de unir dos puntos contrarios, el encierro del cuerpo y el encierro de las ideas. Ese desconocido que cae en mí lleva un puñado de tierra entre los ojos como marcas de duelo. Debo volver a un lugar, pero el hilo no existe sino en mi cabeza, una que he taladrado con la disyuntiva de los epitafios y las floraciones. Este hilo no sirve para coserme la cicatriz ni me indicará cómo escapar de la sátira. La velocidad de la lógica no me alcanza pero sí la velocidad del instinto. Esto no es un elogio de la locura, es solo un hombre que confunden con un animal.

3

La noche tiene una hoguera en su centro que baila. Y tú no has olvidado aquella mirada roja empujando con seis instrumentos de cuerda contra tu cara bajo el fuego de tus estructuras mentales. Cada síndrome que has acumulado es una llama. La promesa de amar al traidor o de observar su hoguera sin parpadear. Mientras el arco se tensa ahogas el árbol conyugal con cinco nudos. No mover un músculo para salvarlo y aún así pintar sus ojos sin pensar en la asfixia. Has querido alguna vez ser el traidor, no tener el valor de amparar. Entre ramas partidas entras en la noche de Schönberg, como un desollado que se escurre con serenidad.

CERSIS

En el árbol de Judas
un hombre se confunde con otro,
hojas verde glauco en forma de corazón.
Las hojas secas permanecen colgadas largo tiempo,
la madera se tuerce si el viento arrecia.
Adentro el hombre aguarda.
Las semillas no se propagan con facilidad
por el letargo impermeable de su cubierta.
Su raíz central sufre con los trasplantes.
Un hombre logra doblarse como el cersis,
sostener vástagos dañados por las heladas
pero negará la mano
de quien le muestre la tierra a plantar
como un prodigio.

Los rebrotes logran crear otra imagen,
una nomenclatura abstracta de la traición.
Cualquier hombre puede romperse hacia adentro
con el fruto interrumpido de su cabeza
pudriéndose al sol.

CABECERAS

1

La cabeza de Yayoi Kuzama quiso escapar de un cielo difuso con habilidades de cactus o bonsái. Bajo los cristales del invernadero descubrió la primera mancha en su rostro. La mácula se expande en un paisaje enfermo con facilidad. Una mente no se puede limpiar con ardides sino comprimiendo las diminutas figuras que acechan en el pan, la casa, los emblemas. Pudo dejarse consumir si no hubiera rellenado el lienzo. Puntos negros y blancos. Rojos y blancos. Una mujer acostada sobre lunares se disuelve en ellos, hasta adquirir capacidad de recta en el espacio, atravesada por innombrables puntos. De la infancia, Kuzama cosecha jardines con forma de falo. Como mujer se atreve a posar desnuda en medio de los jardines para entender al fin la imagen separada de la imagen, el cuerpo ajeno al cuerpo, padre y madre, una combinación de lujuria y dolor. Bajo la elipsis de la noche dice “la Tierra es un pequeño polka dot entre millones de cuerpos celestiales”. Yayoi Kuzama comenzó a colorear la mancha en un cuarto infinito. Asegura la puerta con ella adentro para que su cabeza no sea más que un lunar, en el espejo íntimo del mundo.

2

Bajo el número de inventario 94-120, colección Egipto, observamos una hermosa cabeza del Dios Amón. Labios sonrientes, piel lisa y de suaves contornos. Su rostro luminoso expresa el resurgimiento de su culto después de la revolución
monoteísta de Akhenaton. La vida religiosa y política intentaba retomar viejas normas. El pasado suele ser lustroso. Ignoramos cuánta sangre lleva en su piedra. Parece un amor inofensivo pero toda devoción implica un acto de desprecio. Cabezas serenas aguardan desde los museos, un sombrío esplendor.

3

Hubo quien aseguró que la cabeza de Ana Bolena trató de hablar después de ser separada de su cuerpo. Ana murió decapitada por su imposibilidad de tener hijos varones. A Ana le enseñaron que de ella lo más importante era el útero que debía ser dócil. Le pusieron una larga fila de amantes para conjurar el crimen. Los amantes: su trabajo, ciertos viajes al interior de sí, las ganas de huir, de no sostener el músculo atrofiado de una casa. El rey: un horario pactado para la siembra, semillas a plantar en el cielo doméstico bajo un aire de misiles. Al colocarse en el tajo, en el segundo en que cayó la cuchilla, Ana escuchó el ruido de la amoladora. La cabeza quiso decirnos que la cacería no cesó.

EN LA BASE DEL GRAN ÁRBOL

Pieter Brueghel nos mira con terror.
La crueldad es un párpado que nos acaricia penetrando
la hostilidad.
Bajo un cielo de sangre y ceniza he venido a guiar a mi ejército
de mujeres.
Solo una de ellas no ha sido derrotada y avanza al frente
con su desproporcionada cabeza.
Su sexo ha sido borrado para no caer en las supersticiones.
Las cicatrices de mis mujeres son el infierno.
A la boca del infierno canto con mi boca.
Mi enemigo —la boca y el ano por el mismo orificio—
no me verá ceder aunque a mi alrededor estalle un
ejército
y el enemigo adentro de mí sea un insecto con patas
delicadas,
cebándose con mi falta de voluntad.
Soy la loca Meg cuando los párpados de madera
me enseñan el terror de perpetuar el gesto en posición
de combate,
la mano tensa, la prohibición de observar hacia atrás.
Desde la base del gran árbol el único rostro que mira
directamente
ha comprendido su total fracaso y nuestra duda.
Estar detenida en el lienzo me ha dado una tregua.
Si el enemigo está adentro
debo emplear armaduras más grande
que mi enemigo.

Ricardo Alberto Pérez Estévez

(La Habana, 1963). Poeta, narrador y crítico. Entre otros libros de poesía ha publicado: Geanot, Trillos urbanos, Vibraciones del buey, Oral B, ¿Para qué el cine? y Vengan a ver las palomas de Varsovia. Ha merecido premios como el Nicolás Guillén, el de la Crítica, el David y La Gaceta de Cuba. Estos poemas fueron publicados en la sección de poesía del No.156 de la revista La Letra del Escriba.

 Flores Violetas en Atacama

a Raúl Zurita

¿se construye como memoria?
Lo que desborda el lenguaje
consigue mutar a la naturaleza.
(...)
No dejes que huya la pregunta
permítele anclarse,
erosionar,
redonda como una bola de competir
capaz de reconocer su igual
en la caída.
Solo la imagen,
el verbo dentro del agujero,
la alerta de su presencia
podrá enfrentar
a ese raro monstruo
que describe el tedio.
El hombre sabe
que han esparcido veneno
en su centro.
La salamandra me sigue pareciendo
el reptil que indica lo divino,
transparentar
es la acción de la idea
contra su imaginario.
Tengo la mente
compuesta por dunas
donde el viento
provoca una arenisca;
versiones del reflujo
y la inercia,
no me lamento,
aprovecho la confusión
como destino,
me nutro de las diatribas
de lo que se fragmenta,
y también de lo que se fermenta.
Aprendí a recolectar
eso que queda
y va cayendo en la vasija.

Iba en busca de tus vértebras,
inclusive de aquellas
que fracturaron a porrazos,
peregrinando detrás del zumbido
de un insecto o un muerto.
Encontré una escultura dinámica,
la hermosa descripción
de lo que significa
resistir.

Devuélveme la percepción

microbio, fantasma,
cosa que se mueve sin cesar
y atrofias la plenitud
de estar
en el reverso de
donde moran los otros.
Pero se abre el telón
y en ese instante veo,
congratulo la pompa;
y del cabello oscuro
se desprende el olor
que me retuerce,
hace rasguño en la membrana
y su ilusión…

La brillantez de unas células que fluyen
ante otras que han quedado pasmadas
después de que el rabillo
de su ojo
saltó.
Al extenderse van dejando
el escenario opaco,
lo que conmueve es el trayecto,
de aquello que germina
si encuentra a su adversario;
pero aquí es la intemperie
quien le ofrece un protagonismo,
vaya que caso,
la luz del lente puede fecundar,
volverse intermediaria
de fantasmas,
imprescindible que su apariencia
se transforme,
le nazca un brillo
a superficie
capaz de hacer de catapulta,
abrupto instante
para el ojo
que permite filtrar
la injerencia
de una hoja de segueta.
Es denso
y escurre, raya como un vidrio,
respira
en forma de lombriz.

La piel exhibe sus constelaciones
en el momento
de la intervención…
huele a óxido
se ha derramado, peregrina,
búsquenle un nombre
que no indique
a las cosas comunes.

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