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Frank, un País

Por: Dailene Dovale de la Cruz
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Frank País. Foto: Archivo.

“Ta ta ta”, irrumpe el sonido que antecede las noticias importantes en la radio. Iraida agudiza el oído. Justo ese instante de martes por la tarde se probaba un vestido. Corre hacia la ventana para escuchar la información desde la radio de sus vecinos. Teme. ¡Y tiene motivos! Es 30 de julio, en Santiago de Cuba, una ciudad que se vuelve aún más convulsa durante los últimos días del mes para quienes luchan de manera clandestina contra Batista.

Mataron a Frank País, escucha casi de inmediato, apostada contra la ventana. Es horrible. No llora. Solo atina a preguntar qué hacer. No siente que haya tiempo o energías para nada más. Su martes cotidiano deviene un día inolvidable, por lo triste, porque un joven de 22 años es reducido a un cadáver y ella pierde a un gran amigo.

Según cuenta Iraida Rodríguez, la muerte de Frank ocurre más o menos a las tres, y su velorio inicia a las seis en casa de su novia América Domitrio, con concentración de personas, en su mayoría mujeres.

“Y después como a las dos de la mañana llegó la orden de ascenso, los grados de Comandante y una nota de Fidel. Se le puso el uniforme, el uniforme verde olivo. Su madre, Doña Rosario vistió a su hijo, sin que le temblaran las manos ni nada”.

El noble Mister X

Yo recuerdo tu imagen/ Tallada en lo increíble/ La manera discreta/ De asomarte a las cosas/ El ademán cordial/ Directo, simple de tus maneras cortas/ No sé si alguna vez/ Colérico gritaste/ No puedo imaginármelo siquiera/ Pienso que aún en tu hora más difícil/ Tuviste el temple firme de una roca/ Y esa afilada decisión del rayo.

Ese es el “Retrato de Frank” de Renaldo Infante Urivazo. Uno lo lee en su libro Frank País: leyenda sin mitos y ya empieza a perfilar un carácter dulce, pero fuerte, con sus contradicciones. Y asalta la duda, cómo se forma ese ser humano entre pacífico y valiente.

Frank Isaac País, el hijo de la promesa según su nombre bíblico, nace un día que casi confirma tal predicción: siete de diciembre de 1934, el día de la muerte de Antonio Maceo. Pero ya eso todos lo saben. Pocos conocen de sus padres, el reverendo Francisco País Pesqueira y Rosario García Calviño o de su gusto por sentarse en las escaleras de su casa a observar los movimientos del colegio y el templo —absorto en la música y las voces que provienen de ambos lugares. O de su relación muy estrecha con Josué, su inquieto hermano menor.

A los cinco años fallece su padre, él asume la mayor parte de las responsabilidades y pone orden a las riñas infantiles. En la escuela usa sobrenombres como el Conde de la Nobleza y Mister X y cuando su madre se vuelve repostera para sobrevivir, él aprende a batir huevos con tal de ayudarla.

El maestro

—Frank, ¿ustedes los bautistas no eran abstemios? Ella pregunta una noche en el club Escandall.

—Iraida, estate tranquila — le responde entre risas.

Iraida Rodríguez recuerda a un Frank cuyo rostro no era un símbolo de lucha, ni una mirada sobre la antigua terminal de Holguín; ni su nombre, el de un municipio, sino un joven, estudiante de la Escuela Normal para Maestros que tocaba piano, leía, bailaba y romanceaba como cualquiera.

Iraida me cuenta de ese Frank, en una sala amplia, con retratos en las mesitas de noche y unas escaleras imponentes a la vista. “Soy de Santiago de Cuba. Ingreso en la Escuela Normal para estudiar para maestra en el año 51. Frank estaba ya en tercero. Un día yo llevo las fotos de los quince. Él las vio y se puso a bromear. Por muchas razones simpatizamos y empezamos a relacionarnos, como amigos. Él fue muy enamoradizo, pero conmigo solo tuvo una amistad”.

Ambos comparten el gusto por la música, el teatro. Es él quien le habla de política, la situación en Guatemala o el Realengo 18. “Desde entonces hicimos mucha amistad y conocí el personaje que era Frank, una gente con una capacidad de relacionarse, de una gran suavidad en la expresión, pero muy fuerte cuando debía aplicar determinadas sanciones”.

El conspirador

— Frank, yo vengo de La Habana y no veo ese movimiento. ¿Tú crees que haya suficiente movilización?

— ¡Ay, Iraida! ¡No te dejes engañar! Esa supuesta tranquilidad es aparente , le dice para calmarla en plena calle, durante un encuentro casual.

— Frank, dime una cosa, cómo Fidel ha proclamado que este año seremos héroes o seremos mártires. ¿Cómo lo va a decir? ¿Entonces van a estar preparados? ¿Y si no vienen? ¿No nos fallará también este hombre?

— Oye lo que te voy a decir — le dice serio — Fidel no falla.

— ¿Pero Frank, tú crees?

— No falla, Iraida, no falla.

“Para ese encuentro él ya se había encontrado con Fidel Castro en México. Como tú comprenderás después de eso, sobre todo por la mirada, no tuve falta de confianza nunca más”.

Después del desembarco, ella realiza algunas tareas de la Revolución y observa con espanto que los rebeldes habían sido pulverizados. Así dicen los periódicos en grandes letras. “Es como si hubieran sacado la sangre de adentro del cuerpo”.

Una compañera con quien trabajaba en la propaganda pasa por su casa e Iraida le pregunta consternada: “Teresa, ¿esto qué es?”

— Oye, hay alguien que te quiere mucho que dice que no es verdad, que están vivos.

“Esas cosas me quedaron como tú comprenderás para toda la vida. Luego nos volvimos a ver. Pequeños incidentes, quizás. Lo veía en un carro pasar y decía ¡ay mi madre, qué pasará con este hombre, qué hace este muchacho aquí!”

El líder

Es 30 de noviembre de 1956, las cinco de la mañana, Frank — armado de ametralladora — parte para la casa de Santa Lucía y San Félix donde establece el Cuartel General. A esa hora, los complotados de la cárcel de Boniato ejecutan su plan de fuga. En su casa, Augustín y Josué besan a Rosario y casi como una disculpa esbozan: “Vamos con Frank”. Ella rezará por los tres.

Ese día Santiago completo apoya a los revolucionarios, cura a los heridos, esconde a los hombres armados, guarda las armas y uniformes de los perseguidos y prestaba su casa. Inclusive, algunos se disfrazan de bomberos para poder salir sin ser reconocidos. “Era hermoso el espectáculo de un pueblo cooperando con toda valentía en los momentos más difíciles de la lucha”, dice Frank. Solo tiene 21 años y consigue organizar todo un pueblo.

También sus decisiones despiertan polémica. En una ocasión publican en un periódico un ajusticiamiento realizado por los revolucionarios. “Era una persona que se había robado las armas. Le habían dado el dinero para comprar las armas y se las había apropiado. Frank fue quien dio la orden: fusilamiento. Otro joven, compañero nuestro de la Escuela de Artes y Oficio, deportista, fue quien le dijo a Salas Cañizares: “Ese es Frank”. Luego le hicieron una visita, tocaron a la ventana y lo ajusticiaron. Había que ser justos. No se podía hacer barbaridades, ni ser crueles por gusto, pero tampoco se podía perdonar la traición”.

Un reloj antiguo suena. Iraida pausa la conversación por varios minutos, detiene el reloj pero no su memoria, esa sigue casi intacta, quizás influya algunas notas inéditas escritas en el pasado o que para ella, Frank fue un ser extraordinario.

El recuerdo

“Supongo que ya te habrás enterado de las últimas noticias, hasta la pluma me tiembla cuando tengo que recordar esa semana terrible… Fue nuestra semana terrible, nuestra Fernandina. Todas las cosas tan detalladamente planeadas, tan bien distribuidas, todas salieron mal, todas fallaron, unas tras otras venían las malas noticias hasta parecer que nunca terminarían”.

Así escribe Frank en una carta a Fidel. En ella detalla cómo iba la lucha en la clandestinidad, pide el número de armas, municiones y uniformes necesarios, da un repaso a los errores y aciertos cometidos. Y se trasluce su preocupación por el más pequeño detalle y la impotencia que sentía cuando todo fallaba.

“La bomba de tiempo, tan cuidadosamente preparada y colocada falló al caerle agua unas cuantas horas antes; las granadas de mano fallaron; el segundo frente tan secretamente preparado fue abortado y perdimos armas y equipos por más de 20 mil pesos y la vida de un compañero; aquí perdimos tres compañeros más sorprendidos cuando iban a realizar un trabajo delicado y que prefirieron morir peleando antes que dejarse detener, entre ellos el más pequeño que me ha dejado un vacío en el pecho y un dolor muy mío en el alma”.

La carta es escrita el cinco de julio de 1957. El treinta de junio su hermano Josué es asesinado y Frank, en medio de su dolor, no puede imaginar que morirá tan pronto, y tan joven.

Tiempo después, ya con una Revolución triunfante, Iraida lleva a sus hijas chiquiticas al museo de la casa de Frank, en Santiago de Cuba.

— Mami, mira, esa eres tú, — le dicen al encontrarla en una foto. Ese día sus pequeñas conocieron a Doña Rosario y se sintieron orgullosas de su madre y del buen amigo que tocaba el piano, contaba chistes y tenía una de las más hermosas sonrisas.

Hoy Iraida admite que no le queda ninguna imagen de ese tiempo, solo se encuentra en los museos santiagueros. “¡Soy un objeto museable!” dice entre risas y me entrega el libro escrito por Renaldo Infante. Dentro hay una pequeña foto vieja, de tonos sepias con el logo del Movimiento 26 de Julio. En la portada Frank esboza su eterna sonrisa.

Recuerdo entonces el lamento de una amiga el 30 de julio de 2019. “Para quien no entiende su grandeza: cuando fue asesinado Frank tenía mi edad. Yo no he hecho nada, él hizo historia”. Yo tengo 23.

La Tarja que recuerda el luar donde fue asesinado Frank País, en Santiago de Cuba. Foto: Rosa Miriam Elizalde/Cubadebate.

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Callejón del Muro en Santiago de Cuba

Se han publicado 4 comentarios



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  • anaira dijo:

    En memoria a esos grandes hombre que tan jóvenes hicieron historia y dieron sus vidas por nuestra patria, nos corresponde a los que hoy vivimos defender nuestra patria y la revolución

  • Ivan dijo:

    Felicitaciones por el artículo, muy hermoso y necesario. Es muy importante recordar cómo eran nuestros Héroes antes de convertirse en leyenda y más importante aún, que los jóvenes de hoy los recuerden así, como seres humanos que tuvieron el coraje de asumir las consecuencias de sus decisiones, decisiones que los convirtieron en Leyendas, y como cantó el poeta “…los muertos de mi felicidad…”.
    ¡¡¡Gloria eterna a esos valerosos jóvenes que lo dieron todo por nuestro país!!!

  • Colibrí97 dijo:

    Gracias por este artículo.

  • ra dijo:

    Hermoso su artículo, se deberá tocar mas por la TV para que se siga conociendo la historia y no quede solo en los libros y museos.

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