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Archivo CD: Ignacio Agramonte, el hombre que va a la guerra

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Retrato del Mayor General del Ejército Libertador Ignacio Agramonte y Loynaz, expuesto en su casa natal en Camagüey. Foto: Rodolfo Blanco Cue / AIN

Retrato del Mayor General del Ejército Libertador Ignacio Agramonte y Loynaz, expuesto en su casa natal en Camagüey. Foto: Rodolfo Blanco Cue / AIN

Confieso que, como buena parte de mis coterráneos, siento un cariño inmenso por Ignacio Agramonte. Nunca me he creído inmune a la seducción legendaria de su figura, y me alegro de ello. Siento que me permite una perspectiva especial. No será una declaración muy científica y mucho menos académica, pero pido dispensa como cualquier hija de vecino. Tal vez solo necesitaría evocar en mi favor algunas anécdotas preservadas por amigos y compañeros de armas que mimaron su recuerdo o, ¿simplemente? la imagen de la varonil belleza del héroe y ese amor sin límites que profesó a Amalia Simoni.

Quienes se hayan acercado a la biografía como género historiográfico saben que allí está uno de sus principales riesgos: la seducción que el personaje acaba siempre por producir en el investigador; aunque también existe otro – tal vez hasta mayor -: el de erigir con palabras esculturas de mármol o de bronce, las cuales, desde su ineludible aliento de perfección/veneración pueden mas que acercar, alejar. En consonancia con ello tampoco tomo partido con quienes – un tanto situados en el extremo opuesto-, anuncian biografías de héroes “humanizados”; pues considero que estos alcanzaron esa dimensión, precisamente, porque pusieron sobre sus hombros toda la carga de humanidad que les fue dable. Otra cosa sería la construcción, digamos, de imágenes de carne y hueso, pero – y la conjunción es crucial – sin que “hiperbólicos de la desmitificación”, como con agudeza los nombró Roberto Manzano, se emprenda una búsqueda per se de imperfecciones, debilidades y errores, sobre las cuales sustentar un balance de lo “humano” en estos protagonistas especiales de la Historia.

El horizonte estaría en lo perfectible, en concebirlos cercanos. No creo que en el discurso historiográfico cubano exista otra personalidad más paradigmática – en tanto conjunción de rasgos positivos -, que la del Bayardo camagüeyano y empleo este apelativo, en alguna ocasión cuestionado, por aquello de “caballero sin miedo y sin tacha”. En realidad, Ignacio alcanzó a vivir tan poco tiempo – y por demás la muerte lo alcanzó en plena gloria -, que es difícil hallar sombras en su vida, lo cual no implica el olvido de que, como todo hombre, ascendió sus escalas. Dominar un carácter susceptible, impulsivo y apasionado, fue tal vez uno de sus mayores retos. Pocos como José Martí para comprenderlo, y así se aprecia cuando escribió que Agramonte con la guerra, había domado “de la primera embestida la soberbia natural”; para concluir que acaso no hubiera existido “otro hombre que en grado semejante haya sometido en horas de tumulto su autoridad natural a la de la patria![1]. En esa lucha consigo mismo reside uno de los más sólidos pilares de su ejemplaridad, no expuesto todo lo necesario en los textos dedicados a su figura, muchos de ellos en el sutil límite de la apología de una vida que tuvo, es innegable, todas las condiciones para ser su objeto.

Cualquier acercamiento a la personalidad del héroe camagüeyano debe explorar sus orígenes familiares marcados por dos rasgos claves, eran criollos – camagüeyanos en particular – y adinerados, aunque sepamos que en vísperas de la guerra las bolsas paternas no estaban tan holgadas como antaño.
Europa y España eran para sus mayores, un referente en las historias familiares. Los Agramonte ya llevaban ocho generaciones en Cuba y los Loynaz, cinco. Emparentados para la fecha con los más importantes apellidos de la ciudad: Miranda, Recio, Zayas Bazán, de la Torre, Agüero, Duque Estrada, Bringas, entre otros; formaban parte de ese complejo fenómeno socio cultural identificado como el patriciado camagüeyano. Las redes familiares, junto a haciendas y profesiones, les habían permitido labrar fortunas y ocupar importantes responsabilidades públicas. Varios fueron abogados y el padre de Ignacio alcanzó el título honorífico de Regidor Fiel Ejecutor del Ayuntamiento de Puerto Príncipe.

Foto familiar de los Agramonte Loynaz. Museo Casa Natal Ignacio Agramonte.

Foto familiar de los Agramonte Loynaz. Museo Casa Natal Ignacio Agramonte.

La casa natal del héroe – marcada entonces con el número 5 de la calle Soledad – continúa siendo el mejor argumento del linaje familiar. En una ciudad cuyo centro histórico se destaca por la irregularidad de su trama y edificaciones de una sola planta, la enorme casona esquinera de dos plantas, entrepiso, patio central con tinajones y escudo de armas en la fachada sobresale no solamente entre los inmuebles circundantes.

La familia Agramonte-Loynaz debió ser la típica familia cubana, “verdadero taller en que toma parte activa, con sus trabajos y sus pasiones, el cabeza de familia, la esposa-madre —el alma de la casa— los hijos que comienzan a despuntar, los amigos, los socios y parientes[2]. De la descendencia del matrimonio Agramonte Loynaz, solo cuatro llegaron a la mayoría de edad: Ignacio, Enrique, Francisca y Loreto. A sus hermanos Enrique y Panchita lo unieron especiales lazos de afecto, tanto, que en su época de estudiantes en La Habana ejerció sobre el primero, al que apenas le llevaba dos años, una tutela casi paternal.

En su ciudad natal recibió la mejor educación que podía lograrse en ella, pero en 1851, siguiendo una práctica muy extendida entre los lugareños, sus padres decidieron enviarlo a estudiar al extranjero. Eligieron Barcelona. Tenía apenas 10 años, regresará en 1857 y matriculará casi de inmediato en la Universidad de La Habana. Por fuerza tuvo que aprender a valerse por si mismo, en íntima camaradería con condiscípulos pertenecientes a una generación “modelada en buena parte en plena adolescencia y frescura juvenil, por la influencia de los grandes cambios producidos en el mundo a partir de la gran conmoción europea y mundial de 1848”. [3]

Las escasas fotos conservadas de Agramonte nos comprueban las descripciones hechas por quienes lo conocieron. A una presencia física de varonil belleza se añadía el ser muy pulcro en el vestir y en sus modales. Aurelia Castillo diría que se distinguía por “su educación esmeradísima, por su trato respetuoso, por su seriedad”, resaltando como nunca permitió que “ni la sombra de una mancha […] pasase sobre el limpísimo cristal de su honor”, actitud que lo llevó a retar a duelo a personas que consideraba habían ofendido su dignidad; tenía en fin, —recuerda Ramón Roa—, un carácter de “ignescente susceptibilidad […] que de recto saltaba á lo impulsivo[5]. Y como si fuera poco, dotes de orador, facilidad de palabra como diríamos ahora. Pensar que llevaba sobre los hombros la mezcla de apellido, presencia física, inteligencia y educación, que tantos petimetres ha creado. ¿Habrá pasado nuestro Ignacio, inadvertido en alguna ocasión? Difícil. Algo de ello debió intuir Martí para escribir que “a los pocos días de llegar al Camagüey, la Audiencia lo visita, pasmada de tanta autoridad y moderación en abogado tan joven; y por las calles dicen: «¡ése!»; y se siente la presencia de una majestad […]”. [6]

Así era el hombre que va a la guerra. Con acierto Mary Cruz escribió que El Mayor en la contienda:

Va a chocar contra personalidades tan fuertes como la suya —aunque quizás no tan puras—, y va a vencer, venciéndose a sí propio en lo que de negativo o egoísta ha tenido.

Descubrirá en su personalidad cualidades insospechadas, y será capaz de estructurar un Estado en la manigua, y de transformarse en soldado y hacer de hombres apocados un ejército.[7]

Hago estas precisiones porque estimo son importantes para aquilatar el complejo proceso de formación del gran jefe militar que llegó a ser y en el cual tuvo que moldear rasgos de su personalidad, de un modo que en otras circunstancias tal vez no hubiera sido necesario. A veces la frecuencia del empleo de una frase nos distancia su significado, como pudiera ser el caso de la hermosa imagen martiana de que Ignacio Agramonte era un “diamante con alma de beso”.

En la carta de despedida que Manuel de Quesada le escribiera el 20 de enero de 1870, este le hizo una verdadera profesión de fe:

La etapa que comienza a recorrer la Revolucion, será difícil; sea U. constante y firme como hasta aquí. Calme U. las pasiones adonde quiera que las vea surjir, y propenda a la union de todos los cubanos, unico medio de vencer a un enemigo que ha sabido unirse para combatirnos. En fin, amigo mio, siga U. siendo el modelo de los jóvenes y la admiracion de los viejos, y no dude que llegará a adquirir un nombre preclaro […] [8]

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[1] José Martí: “Céspedes y Agramonte” en sus Obras Completas, t. 4, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 361.

[2] José Miguel Rueda y Ana Vera Estrada: “La sociedad y la familia en el Caribe”, Ana Vera Estrada (compiladora y redactora principal): Cuba, cuadernos sobre la familia, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p. 5.

[3] Ramiro Guerra: Guerra de los Diez Años, t.1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1972, p. 96.

[4] Aurelia Castillo: Ignacio Agramonte en la vida privada, Editora Política, La Habana, pp. 2 y 3.

[5] Ramón Roa: Ignacio Agramonte Loynaz. Breves conceptos sobre su vida escritos con motivo de la inauguración de su estatua en la ciudad de Camagüey el 24 de febrero de 1912 (Editor Jorge Raa, La Habana, 1912).

[6] José Martí: “Céspedes y Agramonte” en su Obras Completas, t. 4, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1972, p. 361

[7] Mary Cruz: El Mayor, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, p. 96.

[8] Carta de Manuel de Quesada a Ignacio Agramonte, San Juan de Dios, 20 de enero de 1870 en Elda Cento Gómez: De la primera embestida. Correspondencia de Ignacio Agramonte, noviembre de 1869-enero de 1871, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p. 286.

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  • Sergio dijo:

    Fue una pérdida que quizás no fue superada nunca en el curso de la guerra de los 10 años y su vacío militar y político fue sólo llenado, más adelante, por Martí, Gómez y Maceo,

    Honor a quien Honor merece.

  • Jose R Oro dijo:

    Formidable escrito de la eminente historiadora Elda Cento Gómez, da gusto leerlo, no solo por la informacion sino por el elegante uso del idioma. Muchas felicidades!

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Elda Cento Gómez

Elda Cento Gómez

Profesora e historiadora camagüeyana. Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba. Presidenta de la Unión de Historiadores de Cuba. Autora de varios libros, ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Historia en 2015, la Distinción por la Cultura Cubana y el Reconocimiento La Utilidad de la Virtud.

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