Patria
La tarde, la conversación, el libro sobre la mesa, el olor de la hierba recién cortada, el gesto simple de la niña, se entrecruzan frente a mi mesa momentos antes de sentarme a escribir estas cuartillas, y aun siendo cosas tan diferentes, cuando se miran desde el ángulo de ese concepto escurridizo que llamamos Patria, terminan entrelazadas, como si fueran representaciones de una materia común.
La conversación es elemental. Él me cuenta que había cumplido nueve años cuando lo arrancaron de Cuba. No tenía ideas políticas, dice, pero sí sabía lo que era la Patria. "Uno ya sabe lo que es cuando aprende a hablar, cuando reconoce un olor, una luz, una calle que te da conciencia de ti mismo... Eso probablemente explica que, aunque casi toda mi vida solo he escuchado el inglés a mi alrededor, siempre sueño en español."
La sensación de Patria la lleva adonde quiera que va, como una brújula que lo guía a veces a conciencia, otras sin que se dé cuenta, pero invariablemente hacia un mismo punto en el horizonte. Le recuerdo lo que en las páginas de Juventud Rebelde, en una entrevista reciente, comentara Cintio Vitier, quien se negó a definir lo indefinible: "Patria es lo mínimo y lo máximo. Un olor y una catástrofe. La Batalla de Las Guásimas y el sabor de la guayaba."
No sé a qué edad me transporta exactamente, pero ese aroma a hierba que entra por la ventana mientras conversamos, revive algo más que una nostalgia; convoca a la sala de mi casa y a este diálogo la geografía donde nací y me crié, Sancti Spíritus. Viene a mi memoria un territorio particular, un olor, unas sensaciones que no solo me pertenecen, sino a los que pertenezco. Huele a hierba cortada y sé, con toda certeza, que no podrían darme otros campos y otras tierras algo que equivalga a la majestad irregular de esas calles donde me veo de niña, intrigada por las casas coloniales y las lívidas luminiscencias de las farolas sobre el empedrado y las aguas negras del Yayabo, que al caer la tarde parecen detenidas bajo el puente que atraviesa el río.
Este pensamiento lo interrumpe ahora la risa de una niña. Cuando me asomo, ella juega con el perro que vive debajo de la escalera del edificio y que ha envejecido al cuidado del vecindario, mientras los niños pasaban del círculo infantil a la escuela primaria, y luego a la secundaria. ¿Estarán en el futuro de esa niña y en su noción de la Patria esta tarde de tierra húmeda y de juegos interminables con aquel dulce y maltrecho animalito? Es probable. "Somos del tamaño de lo que vemos y no de nuestra altura", como escribió el portugués Fernando Pessoa, autor del ejemplar que está sobre mi mesa -el Libro del desasosiego-, abierto en una página que es en verdad el pretexto que desata toda esta reflexión.
Pessoa afirma, y es bueno no olvidarlo, que hay también hombres vulgares que viven sin preguntarse de dónde vienen, sin saber más de sí que lo elemental para seguir andando, sin que les importe a dónde van. Esos jamás se enterarán de que tienen Patria, aunque mueran frente a la ventana que los vio nacer, solo oigan pasar las aguas de un único río, o tropiecen todos los días de su vida con las mismas piedras que les muestra el camino.


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