El cubano loco obsesionado con México

El congresista Gimenez. Foto: Archivo/Cubadebate.
Los “tres cubanos locos” andan desatados. Durante años, Mario Díaz-Balart, María Elvira Salazar y Carlos Giménez se han presentado en el Congreso de Estados Unidos como un bloque cubanoamericano cohesivo: línea dura contra los gobiernos que llaman “totalitarios”, aplauso a las sanciones y defensa pública de medidas draconianas, difícilmente admisibles en un contexto verdaderamente democrático.
En los últimos meses han mostrado una unidad casi monolítica en apoyo de Donald Trump y su agenda, al punto de que el apodo circula entre sus colegas como síntesis del papel de esta banda.
Son en el Congreso un trío inflexible y estridente que ayuda a fijar el tono del sur de Florida y empuja hacia la confrontación en el hemisferio.
Dentro de ese trío, sin embargo, hay un caso especialmente ilustrativo: la obsesión de Carlos Giménez con México. La prueba más reciente llegó este martes en una entrevista publicada por The Floridian, donde Giménez respaldó la orden ejecutiva de Donald Trump que clasifica el fentanilo de fabricación ilícita como “arma de destrucción masiva” (WMD, por sus siglas en inglés).
Su elogio no se detuvo en prevención, tratamiento, reducción de daños o redes financieras. Hizo lo que acostumbra, convertir el problema en un parte de guerra. Dijo que los cárteles son “probablemente peores que Al-Qaeda y el ISIS” y, al hablar de quién “adultera” drogas con dosis letales, apuntó hacia México: “En mi mente, está México; los cárteles mexicanos son los que lo mezclan”.
Llamar “WMD” al fentanilo reconfigura el marco desde salud pública y crimen organizado hacia la excepcionalidad de la guerra. En esa lógica, México deja de aparecer como un socio complejo con el que coordinar acciones –con tensiones inevitables– y pasa a ser un responsable preferente al que se le atribuyen, por contigüidad, la violencia, la muerte y la amenaza. El país se reduce a un estereotipo funcional, a un territorio de cárteles. Ese encuadre no intenta comprender el circuito completo del fenómeno; busca legitimidad política para endurecer posiciones y para señalar un “afuera” culpable.
El exabrupto del “cubano loco” es ya un patrón en su discurso político. Giménez lleva años instalando a México como villano permanente de su guion hemisférico. Cuando habla de narcotráfico, el argumento no se limita a perseguir redes criminales, sino que deriva hacia imputaciones políticas amplias, como si la complejidad institucional mexicana, la corrupción transnacional o la propia demanda del mercado estadunidense fueran detalles secundarios frente a la utilidad de señalar un culpable.
La obsesión se vuelve más transparente cuando Giménez intenta trasladar el cerco contra Cuba al corazón de la relación con México. A finales de octubre envió una carta a altos funcionarios de la administración pidiendo que la renegociación del tratado USMCA/T-MEC se use para obligar a México a “terminar su inquietante relación” con el gobierno cubano, suspender envíos de petróleo a La Habana y frenar lo que denomina “tráfico” de médicos cubanos, presentado como “esclavitud moderna”.
En el mismo paquete acusó a México de “instrumentalizar” la migración hacia Estados Unidos y encadenó esa acusación con el eje Cuba-Venezuela de su agenda. Llegó al delirio de asegurar que la propuesta comercial del gobierno de Claudia Sheinbaum es un intento de convertir el principal acuerdo económico regional en un mecanismo de alineamiento ideológico.
Al señalar a México como el lugar donde “se mezcla” el veneno, Giménez convierte una discusión sobre crimen organizado en amenaza nacional y en señalamiento geopolítico, útil para sostener una agenda de presión. México deja de ser interlocutor y pasa a ser “canal” que hay que cerrar: combustible, cooperación médica, posiciones diplomáticas; todo puede reetiquetarse como “complicidad” con Cuba.
La obsesión de Giménez con México, entonces, es menos una política de seguridad que una política de cerco expandido. No describe la complejidad de un mercado criminal transnacional; sostiene un guion donde Cuba es el centro y México el terreno de presión más útil.
Si esa lógica se impone en Washington, cualquier debate serio sobre cooperación, salud pública y responsabilidades compartidas quedará subordinado a la dramaturgia de este psicópata.
(Tomado de La Jornada)
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Excelente escrito, la fauna anticubanos y antimexico tienen que hacer algo para poder justificar el dinero que reciben.
México está en la mirilla de los halcones desde hace rato. Lo consideran su patio más trasero. Si dominan México se facilita mucho el logro de sus intenciones.
Porqué catalogamos a Mario Díaz-Balart, María Elvira Salazar como cubanos locos cuando ellos no son cubanos, ni siquiera cubanoamericanos. Ellos, al igual que Marco Rubio, nacieron en EE.UU y su único vínculo con Cuba son sus padres que si eran cubanos. De crer en esta designación para ellos (cubanoamericanos) tendríamos que aplicar la designación de muchos grandes cubanos como cubanoespañoles, entre ellos a Martí, Fidel y Raúl. A ningún cubano digno se le ocurriría llamar a Martí cubanoespañol. Entonces porqué llamamos a esta lacra como cubanoamericanos. Recuerden que Trump es hijo de inmigrantes alemanes y nadie lo llama alemanamericano.