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Historias del Hotel Nacional

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Hotel Nacional de Cuba. Foto: Cortesía del hotel.

Como todo gran hotel que se respete, el Nacional tiene su suite presidencial, la 240. Pero no hay en ese celebre establecimiento hotelero cubano más suite presidencial que la 412. En ella, hace ahora 92 años, Manuel Márquez Sterling, prestó juramento como Presidente de la República de Cuba.

Es un hecho insólito, pero no único. Otro suceso muy similar tuvo asimismo el Nacional por escenario. Un suceso que apenas se conoce y no se registra en las historias del hotel. Resulta que también allí Carlos Manuel de Céspedes fue proclamado Presidente de Cuba.

Veamos los detalles de ambos acontecimientos ahora que el Hotel Nacional de Cuba cumplió 95 años de fundado.

Se alquila

Corramos hacia atrás la máquina del tiempo. Es 12 de agosto de 1933 y La Habana está que arde. El dia anterior, pasadas las cuatro de la tarde, el general Gerardo Machado dirigió al “Honorable Congreso” una solicitud de licencia que equivalía a una renuncia. Incapaz ya de contener a la oposición, su petición puso fin a ochos años de dictadura. Por órdenes del embajador norteamericano lo sustituye el general Alberto Herrera, jefe del Estado Mayor del Ejército desde 1922 y recién nombrado Secretario de Estado; un Presidente tan provisional que no llegó a sentarse en Palacio y que duraría en el cargo hasta las once de la mañana del día 12.

A esa hora ya se había hecho pública la solicitud de licencia de Machado. A las nueve el dictador había abandonado el Palacio Presidencial, y en su finca Nenita esperaba, con sus paniaguados, el permiso de salida del país que le otorgaría el embajador norteamericano. El pueblo “visita” el Palacio y coloca en una de sus puertas de entrada el cartelito de “Se alquila”. “Visita” también las residencias de los machadistas más connotados que, si bien se han puesto a buen recaudo, no pueden impedir que sus bienes sean destrozados por la ira popular.

Algunos esbirros y altos funcionarios no consiguen escapar. Otros lo logran por puro milagro. Villa Miramar, la fastuosa residencia de Carlos Miguel de Céspedes —nada que ver con el otro Carlos de esta historia— donde hoy se encuentra el restaurante 1830, queda en ruinas, y lo mismo sucede con la del alcalde habanero Pepito Izquierdo y los secretarios de despacho Octavio Averof y Octavio Zubizarreta, en San Francisco esquina a Delicias, en la barriada de Lawton, que, incendiada, no volvería a ser casa jamás. El hidroavión en el que huye Orestes Ferrara es tiroteado por los estudiantes que quieren darle caza, y el brigadier Antonio Ainciart, ex jefe de la Policía, disfrazado de mujer, vaga de escondrijo en escondrijo y se suicida a punto de caer ya en manos de sus perseguidores.

Es ese el clima en que Carlos Manuel de Céspedes se empeña —vicios del tránsito constitucional— en que el Congreso lo proclame Presidente. Era hijo del Padre de la Patria y hasta poco antes, como embajador, había representado en el exterior al gobierno machadista. Había sido nombrado secretario de Estado —presumiblemente por Herrera— y como tal le correspondía sustituir al mandatario, como preceptuaba la Constitución de 1928, que eliminara el cargo de Vicepresidente.

Pero, ¿qué parlamentario encontrar a esa hora en la que ellos también se escondían como ratas y dónde reunirlos? El Capitolio no era lugar seguro, aunque el pueblo no había “visitado” el Palacio de las Leyes.

Céspedes, sin embargo, logró su propósito. No se sabe cómo consiguió que cuatro senadores y siete representantes a la Cámara, conscientes de su “responsabilidad histórica, se concentraran en el Hotel Nacional, pasaran por alto la bobería del quórum, reformaran a la carrera la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo y lo proclamaran Presidente.

Se había salvado el tránsito constitucional. Al día siguiente, el capitán Mario Torres Menier, jefe de la Aviación, que el 11 había pedido cara a cara a Machado la renuncia, quitó de la puerta de Palacio el cartelito de “Se alquila”, limpió los destrozos de la víspera y preparo condiciones para la toma de posesión de Céspedes.

Poco tiempo estaría en la Presidencia. Duró hasta el 4 de septiembre cuando el golpe de Estado encabezado por un sargento llamado Batista borró de la escena a Céspedes, Torres Menier y a toda la oficialidad, y colocó a cabos y sargentos en las jefaturas de los institutos armados.

¿Y el general Herrera? El embajador de EE.UU., que tenía residencia oficial en el Hotel Nacional, lo amparó en esa instalación hotelera hasta que lo sacó del país.

El presidente accidental

Los acontecimientos de precipitan con la caída de Céspedes. Tras el golpe, Batista pasa en una noche de Sargento Taquígrafo a Sargento Jefe de las Fuerzas Armadas y cuatro noches después es ya Coronel. El gobierno colegiado —Pentarquía— da paso a la presidencia del doctor Ramón Grau San Martín. Los oficiales privados de sus cargos, pero no de sus grados, se refugian con la anuencia del embajador norteamericano en el Hotel Nacional, donde convalece de una delicada intervención quirúrgica el coronel Julio Sanguily, el depuesto jefe del Ejército, e intentan desde allí la restitución de Céspedes, que salió de Palacio sin renunciar. Se cierne sobre la Isla la amenaza de la intervención norteamericana. “Por mí no se derramará sangre en Cuba ni habrá intervención extrajera”, dice Céspedes con mucha dignidad. Batista, a cañonazos, desaloja del Nacional a los oficiales amotinados, y a la salida del hotel, ya rendidos, diez de ellos son asesinados a mansalva. Crecen las desavenencias entre el Coronel y el Presidente Grau. Guiteras impulsa las medidas más revolucionarias del Gobierno de los 100 días. Es intervenido el pulpo eléctrico, propiedad norteamericana, y el 15 de enero de 1934 Grau decide suspender el pago de la deuda externa. Es el fin. Al día siguiente, presionado por Batista, Grau presenta su renuncia.

Carlos Hevia, sustituto, no goza del respaldo del Coronel. A las dos de la mañana del 18, renuncia, abandona el Palacio Presidencial y deja acéfala a la República, pese su compromiso de aguardar la llegada de Mendieta, escogido por Batista para Presidente.

Es así que alguien recuerda Márquez Sterling, a la sazón secretario de Estado del gobierno dimitente y, por ende sustituto del primer magistrado, que a esa hora de la madrugada dormía plácidamente en la suite 412 del Nacional. Es uno de los grandes periodistas cubanos de todos los tiempos y un hábil diplomático que, en 1913, siendo embajador en México, trató en vano de salvar la vida del presidente Madero.

Tocan a la lo puerta de la habitación para ofrecerle la Presidencia. Se niega a aceptarla. Pide a Hevia, por teléfono, que regrese a Palacio. No lo convence y reclama entonces la presencia de Federico Edelman, presidente del Tribunal Supremo de Justicia, y de algunas figuras de la oposición. Consulta, oye conejos…

El entonces dibujante Mario Kuchilán, testigo presencial de la escena, contaría después que a las 5:30 de la mañana llega a la 412 el presidente del Supremo. Está de acuerdo con la fórmula del triple play: Hevia-Marquez-Mendieta. Aparentemente se salva la dificultad que horas antes parecía insalvable. Empieza a planearse la transición de poderes. Todo marcha… En eso llega un soldado con un mensaje urgente. Trae un sobre que contiene la renuncia de Hevia y una carta de Batista en que “estimo que es a Carlos Mendieta a quien corresponde entregar la Presidencia”. Márquez no se molesta en leer la carta. Él sabía bien, por el embajador norteamericano, a quien “debía entregar la cuestión entre civiles”.

Los “patriotas” de la oposición proponen fórmulas cada vez más inviables y parece que la reunión no terminará nunca. Se corta la electricidad y cunde el pánico entre los reunidos; recuerdan el cañoneo reciente del hotel. Márquez Sterling no espera más. A la luz de las velas que los camareros llevan desde la sala Taganana jura la Presidencia ante el titular del Supremo. Son las 6:10 de la mañana del 18 de enero. Será Presidente hasta las doce meridiano del propio día cuando, ya en Palacio, traspasa el cargo a Mendieta.

Se han publicado 4 comentarios



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  • Francisco Alvarez yero dijo:

    Bianchi siempre nos aclara, puntos oscuros de nuestra historia reciente. Gracias Maestro!

  • Jorge dijo:

    Ahí pasaron su Luna de Miel mis Viejos en 1974
    Con todos los hierros
    Y les salió económico
    Claro para la Época

  • Yumi dijo:

    Es realmente hermoso e instructivo leer cada letra suya, gracias Maestro, debemos saber de dónde venimos para saber hacia dónde vamos.

  • Alejandro dijo:

    Gracias Bianchi por recordarnos el desparpajo de la politiquería nacional durante la "democracia" liberal burguesa. Ojo con el poder del Embajador norteamericano en esos tiempos narrados con objetividas por el historiador, una alerta para quienes servilmente le hacen el juego al Gobierno de los EEUU en nuestros días y apoyan el retorno a el estatus neocolonial.

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Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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