Imprimir
Inicio »Opinión, Historia  »

Fidel Castro y esos instantes que marcan

| 9 |

14 Oct 1994, Fidel Castro observa La Habana desde El Morro. Foto: Gérard Rancinan/Sygma/Corbis

Hay instantes en la vida que nos marcan para siempre. Nos influyen. Y hay personas con igual poder, sobre uno y sobre miles. Sobre millones. Fidel Castro es un hombre así. Es, y no digo fue, porque a Fidel no lo vemos en pasado, sino en presente. Vital como el joven que derribó los muros que imponía la injerencia imperial sobre Cuba. Soñador como el hombre que se paró un día en el Country Club de La Habana y visualizó escuelas de arte para el hijo del campesino, del obrero, de la ama de casa. Humano, como aquel que advirtió la necesidad de que la mujer cubana ganara en autonomía y dejara de ser un “adorno” en el hogar o la sirvienta de algún señor, sin derecho a opinión sobre política o temas sociales. Universal, denunciando en las Naciones Unidas las desigualdades de nuestros pueblos y levantando la voz por los Derechos Humanos, los Derechos de la Humanidad.

Un hombre que, sin querer ser profeta, profetizó: “No he venido aquí como profeta de la revolución; no he venido a pedir o desear que el mundo se convulsione violentamente. Hemos venido a hablar de paz y colaboración entre los pueblos, y hemos venido a advertir que si no resolvemos pacífica y sabiamente las injusticias y desigualdades actuales el futuro será apocalíptico.”

Era octubre de 1979 cuando pronunciaba esas palabras ante el XXXIV periodo de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, efectuado en Nueva York. “El ruido de las armas, del lenguaje amenazante, de la prepotencia en la escena internacional debe cesar”, advertía.

Cuarenta y cuatro años después, asistimos a un capítulo terrible de la historia de la humanidad: el genocidio de Israel contra Palestina, que ha cobrado la vida de más de trece mil civiles en Gaza, en menos de dos meses. La prepotencia tiene nombre y nacionalidad, y ordena brutales ataques contra poblaciones civiles, personal e instalaciones sanitarias, organizaciones humanitarias, trabajadores de la prensa. El lenguaje amenazante pulula bajo las banderas de Israel y Estados Unidos, que vierten su discurso de odio al amparo de la narrativa occidental, que ubica al mentor y al discípulo, como corderos débiles ante un enemigo terrible: Palestina. Justifican así su campaña de exterminio, ante los ojos de una humanidad indignada.

Hace apenas unos días, mi niño me preguntaba el por qué de tanta maldad. A sus casi nueve años, percibe lo convulso que está el mundo. Es inevitable que no vea, que no escuche, que no lea. Sabe que no vivimos en la era de las cavernas, pero no entiende que algunos semejantes, en pleno siglo XXI tengan comportamientos tan primitivos. El respeto a la vida es un derecho universal. Ha leído a Martí y lo sabe. La Edad de Oro fue durante mucho tiempo, su compañero fiel; ahora lo es el tomo I de los Cuadernos Martianos. También en la escuela han hecho buen trabajo, y aunque en un aula los niños no están exentos de tropiezos y desavenencias -como en la sociedad-, sus maestras les hablan del respeto, de los valores, de la importancia del compañerismo y la solidaridad.

El acceso a la educación, también se lo debemos a Fidel. Al Programa del Moncada que cumplió en su totalidad cuando la Revolución erradicó el problema de la tierra, de la industrialización, de la vivienda, del desempleo, de la educación y de la salud del pueblo.

Hay instantes en la vida que nos marcan para siempre. Lo recuerdo como si fuese hoy. Tenía apenas catorce años. Era el 2002. En la cuadra, la Federación de Mujeres Cubanas se preparaba para acudir a la Plaza de la Revolución Calixto García: ¡Hablaría Fidel!

Las madres, las abuelas, se organizaban para salir temprano. Apenas dormí esa noche. Cuatrocientos mil personas, holguineros y de provincias vecinas, amanecimos en las calles y en la Plaza. Bandera en mano, estábamos allí para condenar el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba y las últimas amenazas de W. Bush, quien era entonces presidente del imperio.

Era la época de las Tribunas Abiertas. Bush había escogido el 20 de mayo para arremeter contra Cuba e insultar a Martí. Aquello era imperdonable. Fidel pronunció un enérgico discurso en la Plaza, ante un pueblo visiblemente conmovido.

“El bloqueo criminal que nos promete endurecer, multiplica el honor y la gloria de nuestro pueblo, contra el cual se estrellarán sus planes genocidas. Se lo aseguro.”, expresó dirigiéndose a Bush.

A medida que avanzaba en su discurso, las fuerzas de la naturaleza se combinaban con una potencia tremenda y caían en forma de aguacero. Fidel no se inmutó. Continuó firme, con una fuerza superior a la del evento natural.

Lo recuerdo gigante. Jamás valoró la opción de un paraguas para guarecerse de la lluvia y rechazó con inmediatez la intervención de su equipo. Fidel fue uno más de nosotros, bajo la lluvia. Sus palabras y su actitud, corroboraban la firmeza del hombre del Granma, de la Sierra, de Girón. Un Fidel mítico por sus hazañas, pero real. Un hombre de carne y hueso que estaba allí, frente a nosotros, reafirmando: “Frente a peligros y amenazas, ¡Viva hoy más que nunca la Revolución Socialista!”.

Entonces, yo no tenía la convicción política para entender la dimensión de lo que había acontecido; pero ese día se quedó grabado en la memoria del corazón, la memoria afectiva, la memoria que mueve las fibras de la sensibilidad por los que sufren y te impulsa a querer cambiar las cosas. La justicia social no es una utopía, es posible alcanzarla, aunque a veces sientas que se escapa; pero una acción, por pequeña que parezca, marca la diferencia.

Y es que Fidel somos todos. Porque Fidel es parte de cada uno de nosotros. No murió el 25 de noviembre de 2016, aunque hoy se conmemoren siete años de su partida física. A Fidel no lo va a matar ni la muerte, porque incluso, después de muerto, continúa regalándonos instantes que marcan.

Se han publicado 9 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • Angela dijo:

    ¡Gracias Fidel!
    Mientras viva te estaré agradecida. Fue mucho lo que hiciste por los desfavorecidos de Cuba y el mundo.
    Estás aquí. Presente en cada éxito de la Revolución Cubana

  • Rafael Emilio Cervantes Martínez dijo:

    Emotiva evocación de una joven que comparto plenamente. Gracias.

  • Israelssp dijo:

    Que bella crónica, es imposible se ponga la piel de gallina

  • Katiuska dijo:

    Bellísima evocación. Abrazo siempre.

  • casi dijo:

    A Fidel se le extraña mucho.
    Viva Cuba

  • mercedes dijo:

    Muy hermosas palabras. Hoy y siempre con Fidel, con Cuba y con los pueblos del mundo oprimidos y en peligro de ser exterminados, como Palestina.

  • Juan Carlos Subiaut Suárez dijo:

    Hoy, cuando conmemoramos el séptimo aniversario de la partida física de Fidel, y celebramos en nuestro interior el haber compartido su tiempo, instantes que nos han marcado, incluso para aquellos que nunca tuvieron la dicha de una conversación directa o un acercamiento físico y tuvieron que conformarse con verlo a la distancia, escucharlo, leer sobre Él o conocer de su protagonismo en varias anécdotas contadas por esos privilegiados.
    Hay varias anécdotas personales que cuentan que el Comandante, siempre muy ético, respetuoso, de hablar bajo y sin alterarse, respetando siempre a su interlocutor, en especial si eran féminas, con las cuales era muy galante, tenía sus lógicos momentos de “encabronarse” como buen cubano y decir sus palabrotas, que expresaban, mejor que nada, su estado de ánimo ante la situación. Por supuesto, nadie quería estar presente, y mucho menos ser el causante del “encabronamiento”.
    Es muy conocida la anécdota de cuando Girón, varias veces los compañeros trataron de alejarlo de la primera línea de combate, preocupados por su seguridad.
    En los relatos de los episodios de las heroicas jornadas en las que una invasión mercenaria intentó cercenar el sueño emancipador de Cuba, sin tener en cuenta que al frente de su defensa otra vez estaría Fidel.
    Antes del asalto fina a las posiciones mercenarias en Playa Girón, el Líder asignó para cada tanque a un comandante, y él se fue a meter en el tercero. Entonces la gente saltó como un resorte:
    «–¡Tú no, Fidel, tú no vas!
    –¡Yo sí voy, aquí mando yo!
    –¡Tú no, Fidel, tú no!
    De acuerdo con uno de los presentes en ese momento, el final de la discusión entre el Comandante en Jefe y la tropa terminó así:
    «Y la respuesta de Fidel fue una respuesta que dejó impactados a todos. La forma en que Fidel nos dijo enérgicamente (y soltó dos o tres palabrotas no publicables) que él era el jefe de la Revolución, y que él, como jefe de la Revolución, tenía el derecho de combatir y de entrar en Playa Girón igual que lo iba a hacer el resto de los compañeros (…) la gente se calló, allí todo el mundo se calló». Y Fidel partió en el tanque
    Otra de ellas, relatada por un testigo presencial, ilustra lo expresado:
    Un hecho infortunado ocurrió el 23 de junio de 2001. Ese día, tras casi tres jornadas de intenso trabajo, en las que el Comandante en Jefe apenas había descansado ni se había alimentado adecuadamente, sufrió un desmayo en el Cotorro;
    El periodista Lázaro Barredo, quien ese día había escuchado el reclamo de altos dirigentes del Partido y de la Asamblea Nacional del Poder Popular de que Fidel debía descansar por lo menos siete horas, y acatar ese acuerdo en su condición de militante, narró su encuentro horas más tarde con Raúl y el propio Fidel.
    Según contó entonces, cuando el General de Ejército supo de la preocupación que existía respecto al descanso del Jefe, esbozó una sonrisa, se viró hacia donde estaba el Comandante y le dijo: «Fidel, debes escuchar este cuento de Lázaro…
    «(…) El Jefe de la Revolución le preguntó qué cuento era el que Raúl decía que yo le iba a narrar, y con cierta timidez le respondí: no es nada importante, Comandante, pero él me insistió en que le contara. Le relaté lo acontecido en la Asamblea Nacional esa mañana. Fidel me miró de manera risueña y me espetó: Tú sabes qué, Lázaro… (pronunció una palabrota y, seguidamente) de eso nada, como voy a dejar que a esta altura de mi vida me vengan a gobernar y decirme lo que debo hacer, cuando tengo tantas cosas que hacer todavía, de eso nada…
    «Me eché a reír. Pero me quedó esa sensación de que el Comandante no renunciaría jamás a su estilo de trabajo, y a esa idea de consagrar su vida a la Revolución y a su pueblo».

  • d dijo:

    Qué falta nos hace ahora!!, para Cuba y el mundo!.Qué haría o diría ahora con todo lo que está pasando en todas partes?!

  • el estudiante dijo:

    Frente a tanta mediocridad en todas partes, Fidel siempre sigue brillando

Se han publicado 9 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Daylén Vega Muguercia

Daylén Vega Muguercia

Periodista cubana. Realizadora audiovisual. Directora General de la Casa del ALBA Cultural y el Centro Multimedial y de Prensa del MINCULT. Integrante del proyecto Mujeres Al Sur. Colabora con Cubadebate y otros sitios digitales.

Vea también