Para la libertad
Es cómoda la posición de exigir y fiscalizar desde el sentido común. Vestirse de juez en las luchas contra la injusticia evidente y lo mal hecho es lucrativo al ego, porque siempre hay público para aplaudir al que dice "lo correcto" y seguidores para llorar al mártir de las causas sublimes.
El héroe de las circunstancias adversas no es un erudito acusador, sino un consecuente que las supera con la práctica.
Enraizados a una sociedad moderna cada vez más sectaria e iracunda nacen
los revolucionarios de café, los epígonos de la verdad, los iluminados que traen respuestas y soluciones; los mismos que se autodefinen guardianes de lo valioso mientras recorren el mundo expectantes, buscando un nido exento de riesgos que certifique su posición de elegidos.
La consecuencia es la virtud que nos acerca al ideal de «persona nueva» y
buena, pero sabernos el camino no significa entenderlo, ni pensarlo es la
condición inmediata de conseguirlo.
Ciegos y acríticos podríamos decretar que hemos erradicado el racismo, la homofobia, el machismo, los prejuicios, el divisionismo, la burocracia, el oportunismo, porque somos testigos de cuántos se manifiestan públicamente en su contra, pero a muchos supuestos paladines del bien los desnuda la cotidianidad y las lógicas fanáticas en las que se desenvuelven. Luchar por la igualdad de derechos o contra el arribismo político, por ejemplo, no es digno si con el acto nos sentimos titanes para después abandonar la causa cuando no sea ventajosa.
Abundan las reuniones con el propósito de subvertir un mal en el mundo donde no son bienvenidas aquellas personas que no padecen el problema, porque, tácitamente, el no ser víctimas directas les exime de combatir al lado de quienes le duele. En la búsqueda de la inclusión somos excluyentes, discutiendo sobre el bien hacemos de villanos.
El prejuicio es una sombra amarrada a varios sujetos y grupos sociales en la Cuba versátil de este siglo; cada cual con su verdad, ajeno y predispuesto a la de otros. Proliferan debates frívolos, desde la inexperiencia y las pasiones individuales, que no trascienden de la necesidad de hacer catarsis o llamar la atención. Atacar personas y no ideas es síntoma de intolerancia, y desde esa postura solo construimos muros infranqueables, incluso, para las soluciones.
Si traspasamos la corteza de los seres humanos, incluida la nuestra, es más fácil llegar a ser ciudadanos justos, conscientes y responsables, a entender la práctica ajena y propia. No necesitaremos alzar ni engolar la voz para imponer criterios, ni utilizar el sarcasmo, porque el respeto se construye respetando.
No aspiremos a una sociedad mejor con nosotros mismos, cambiemos primero la forma de actuar. Arrancarnos el egoísmo, la inconsecuencia y convertir las causas en un solo proyecto, ayudará a construir la realidad que merecen las esencias.
*Han pasado cinco años desde que escribí estas cavilaciones, como lanzadas dentro de una botella a un mar profundo y bravo. Ahora vuelvo a enrollar el mensaje y lo dejo tímidamente en la orilla, esperando que a alguna ola le sea útil. Para la libertad es un poema de Miguel Hernández musicalizado por Joan Manuel Serrat.
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Genial! Pero, ¿cómo enfrentar esta complejísima situación tan bien descrita?