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Para honrar la memoria de los héroes

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José Antonio Echeverría. Foto: Archivo.

Hay teóricos y teorizantes del tema de las generaciones. Analizan el comportamiento, las relaciones más o menos antagónicas respecto a sus predecesores —lo que algunos llaman parricidio— el vínculo con el medio y las circunstancias, así como el tiempo de duración de cada una de ellas. Confieso que el debate académico sobre el asunto no me interesa, aunque cuando realizo una mirada retrospectiva sobre el transcurso de mi vida, reconozco que la existencia de generaciones constituye una verdad irrefutable.

Los nacidos en determinada fecha nos nutrimos del ambiente epocal, nos involucramos en determinados conflictos y, en un terreno aparentemente superficial, nos formamos en el entorno modelado por modas y gustos. No significa esto que, hoy como ayer, la vida imponga el confinamiento al diálogo entre coetáneos. Por encima de inevitables diferencias de puntos de vista, dialogué con mis padres y maestros, con mis contemporáneos y, luego, en el andar de la vida, mi círculo se ha extendido a amigos de varias generaciones más jóvenes.

El azar de la cronología me hizo pertenecer a la generación del Centenario, nacida en los alrededores de los años 30 del pasado siglo. Conocía a muchos de aquellos jóvenes, a los que cayeron en el llano y a los que sobrevivieron para proseguir la lucha inherente a toda revolución verdadera.

En la Galería de los mártires de la Universidad, contemplamos las imágenes de los que nos precedieron. Pero no dispusimos de mucho tiempo para meditar sobre sus vidas. En un país en quiebra económica, social, política y cultural, recibimos el golpe de Batista como un mazazo brutal. Por razones políticas y éticas no podíamos permanecer indiferentes. Señalo a modo de acotación colateral que, en un primer momento, el garrote apuntó contra la cultura.

Algunos forajidos se lanzaron contra un inocente programa educativo, conocido como Universidad del Aire, dirigido por Jorge Mañach, intelectual prestigioso, autor de Martí, el Apóstol, hombre de vida política activa, perteneciente primero al ABC y más tarde al Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) que, por su personalidad, se inclinara siempre a la conciliación, aunque no pudiera evitar una polémica célebre con Raúl Roa a propósito de Rubén Martínez Villena, que me parecería recomendable extraer del olvido. Pero me estoy desviando del tema. Vuelvo al asunto que ahora me interesa.

Para los muchachos que, poco a poco, iban pasando a la clandestinidad, la atmósfera se volvía cada vez más asfixiante bajo la dictadura. La muerte los acechaba a cada paso. Podían caer ametrallados o, peor aún, sufrir una agonía atroz bajo terribles torturas. Quizá, los cuerpos lacerados aparecerían en alguna parte. No podían, sin embargo, renunciar a programar acciones, a buscar nuevos y confiables adeptos, a recuperar fondos, distribuir propaganda, acopiar armas, encontrar refugio seguro —lo que a veces no era fácil— para los más perseguidos. Se vivía en perpetuo estado de vigilia.

Éramos muy jóvenes. Los que afrontan la muerte por un ideal aman profundamente la vida. Así sucedía también con la generación del Centenario. Asediados y entregados a la causa, no dejaban por ello de disfrutar instantes de alegre camaradería, de compartir la espera de un nuevo año al que recibían cargado de promesas, de atar noviazgos y, por si el mañana no llegaba, de casarse y engendrar hijos que quizá —como ocurrió en muchos casos— no llegarían a conocer.

Con todo, el futuro significaba una esperanza y se hacían proyectos, se formulaban programas. A José Antonio Echeverría le decían Manzanita y también el Gordo. Hubiera sido un notable arquitecto, pues no dejaba de desvelarse por promover un diseño moderno y cualificado, un espacio urbano hecho a la medida del hombre, de nuestra tradición y de nuestras necesidades.

En el recinto universitario se conspiraba, pero también se mantenía, en oposición a los proyectos demagógicos de la dictadura, un ambiente cultural. Se amparaba el ballet y funciones teatrales que introdujeron entre nosotros, por primera vez, algún repertorio latinoamericano. Cuando de acuerdo con Francisco Franco, Batista propició una llamada Bienal de Artes Plásticas, la FEU acogió la muestra masiva de los pintores que se opusieron a aquel proyecto. Cuando no era posible hacerlo en el ámbito del Alma Mater, se procuraba algún local idóneo.

La memoria histórica es nuestro tesoro más preciado. No podemos malgastarla en la repetición de fórmulas manidas, en efemérides rutinarias, ni bajo mantos luctuosos.

Nuestros héroes están vivos porque como dijo Roberto Fernández Retamar en un clásico poema, a ellos debemos nuestra sobrevida, el haber podido crecer y emprender, a pesar de errores y adversidades, la construcción de un país, de haber formado hogar y familia, de saber que nuestros hijos, con gustos e inquietudes diferentes, pueden andar por las calles sin temor a las amenazas de los esbirros, sin correr el riesgo de morir en la ergástula.

Consecuentemente con la afirmación de vida de que fueron portadores, la Revolución colocó los nombres de algunos de ellos en los clubes de la aristocracia a los que el pueblo no podía acceder. La imagen de aquellos jóvenes inmolados quedaba asociada al disfrute que entregaron a los que estaban por nacer, deleite supremo de la Isla recuperada para el goce de sus recursos naturales, para la diversión de los adolescentes, para el amor, quizá pasajero, que asomaba a sus vidas.

Confieso que no me gustan los monumentos marmóreos, tan fríos cuando posamos la mano en ellos. Prefiero rendir homenaje a los héroes en la voz de Sara González. Quiero sentirlos vivientes y cercanos, esencia de nuestra identidad y de nuestra memoria, para los viejos que preservan el recuerdo de ayer, para los jóvenes que despiertan al mundo y para las criaturas que están naciendo. Integran nuestro patrimonio intangible, para nosotros y para los visitantes de una nación pequeña que, junto con sus riquezas regaladas por la naturaleza, ha sabido construir con las manos y el sacrificio de muchos una historia.

(Tomado de Juventud Rebelde)

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  • ricardo dijo:

    Cada comentario suyo es motivo de orgullo y fortalece los sentimientos patrioticos que debemos multipicar cadqa dia ante la creciente amenaza de una ofensiva contra nuestra cultura, permitame usted felicitarla en nombre del considerable grupo de personas que comentan favorablemente sus articulos y que por diversas razones no tienen la posibilidad tecnologica de expresar sus criterios
    Agradecemos cada uno de sus asticulos porque salen del corazón,

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Graziella Pogolotti

Graziella Pogolotti

Crítica de arte, ensayista e intelectual cubana. Premio Nacional de Literatura (2005). Presidenta del Consejo Asesor del Ministro de Cultura, vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, miembro de la Academia Cubana de la Lengua y presidenta de la Fundación Alejo Carpentier.

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