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Fernando Martínez Heredia: Un pensador de estos tiempos

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Fernando Martínez Heredia Foto: Emilio Herrera/ Prensa Latina.

Hijo de Yaguajay, a Fernando Martínez Heredia le gustaba contar cómo su papá lo acercó a nuestra historia y, en especial, a las gestas mambisas. Aprendió a leer y escribir con apenas cuatro años, y desde joven comprendió que los héroes no mueren si los hacemos vivir con toda su humanidad, virtudes y defectos, única forma de bajarlos de pedestales inalcanzables y rendirles verdadero tributo. La práctica revolucionaria fue su principal escuela política, mientras su militancia crecía a la par de su patriotismo.

Se tomó muy en serio aquello de “pensar con cabeza propia” —frase acuñada por Fidel—, desafío esencial del socialismo por construir en Cuba, donde los objetivos de libertad y justicia social andaban de la mano. El propio líder de la Revolución y el Che alertaban que los referentes teóricos y prácticos tenidos hasta entonces como paradigmáticos, violaban principios y enclaustraban la dialéctica marxista y a todo el pensamiento derivado de esta en los moldes de un manualismo sectario y dogmático que daba por verdades absolutas los criterios políticos sostenidos en la URSS, demasiado distante de esta isla herética y huracanada.

Se trataba de forjar una nueva conciencia social en un país pequeño y pobre, demasiado cercano a los predios de Goliat, y entre cuyos fundamentos debía ocupar un lugar de primer orden la consecución de la unidad nacional en torno a la proyección antimperialista legada por Martí, Mella, Villena y Guiteras; solo así podrían afrontarse los desafíos del obsesivo acoso estadounidense. Ello no era posible con la camisa de fuerza impuesta por una dirigencia que en aquel socialismo europeo que se llamó a sí mismo “real”, perdió el contacto con las bases populares, burocratizó el trabajo político y renunció a los aportes teóricos surgidos de los retos y urgencias de la segunda ola revolucionaria del siglo xx, en curso en el Tercer Mundo.

Martínez Heredia puso en el centro de su atención intelectual el pensamiento revolucionario cubano y universal —en este último caso, con particular interés en Marx y sus seguidores—, como parte del estudio y análisis de la evolución y desarrollo de la Revolución Cubana —vista como un proceso único desde 1868—, la Revolución de Octubre y el caudal de la experiencia acumulada en las luchas sociales y antiimperialistas en Asia, África y América Latina.

Amó a nuestros próceres y también al pueblo humilde que nunca los abandonó. Su origen social y sabiduría condicionaron que no se dejara arrastrar por las corrientes historiográficas en boga —Cuba incluida— y hurgó en la vida, pensamiento y acción de aquellos sujetos que Juan Pérez de la Riva calificó como “gente sin historia”. No podía desarrollarse la cultura política de las masas sin plantearse tres interrogantes fundamentales: ¿cómo llega a conectarse la vanguardia política con las aspiraciones e intereses de las clases populares?, ¿cómo maduran la nación y su identidad desde el protagonismo de los sectores más humildes en la consecución de los ideales libertarios? y ¿cómo sintonizar los principios doctrinarios con el imaginario popular? Su riguroso método de análisis y una fecunda vida en la que no se permitió la comodidad del gabinete —quizás también para escapar de las estropeadas sillas de las instituciones académicas o culturales cubanas, vaya usted a saber—, le permitieron hallar respuesta a estas y otras interrogantes, y encontrar, sobre todo, nuevos y más complejos enigmas que legó a quienes creemos en la utopía social y lo tenemos por maestro.

Desde la dirección del Departamento de Filosofía y la revista Pensamiento Crítico, palpó, estudió y participó en numerosos ámbitos y problemas de nuestra América, desde la misión internacionalista que le asignó la Revolución. En aquella volcánica década de 1960, pudo entrevistarse con varios de los más destacados dirigentes revolucionarios latinoamericanos que visitaban La Habana de modo clandestino o se entrenaban en cursos de guerra de guerrillas, como parte de su apoyo a las tareas del comandante Manuel Piñeiro, el legendario “Barba Roja”, responsabilizado por Fidel con la atención a los movimientos de liberación nacional en América Latina. Conoció y entabló relaciones de amistad con el salvadoreño Roque Dalton, el nicaragüense Carlos Fonseca Amador y el chileno Miguel Enríquez, entre tantos. El alcance de sus razonamientos no está determinado por los resultados de una cultura libresca, sino por el intercambio permanente, el contraste de ideas y una célebre capacidad de escuchar. Nunca pareció un profesor de Filosofía y, si lo meditamos bien, no lo fue. Era un revolucionario que se enfrentaba al aula para forjar a los nuevos combatientes internacionalistas que necesitaba la Revolución.

Nunca pudo comprender que, a finales de 1971, fuese cerrada la revista Pensamiento Crítico y se desintegrara el Departamento de Filosofía. La coyuntura internacional e interna se tornó muy compleja; estas páginas no alcanzan para detenernos en ello y razonar qué se hizo bien, qué se hizo mal. Personajes que se aprovecharon de las circunstancias lo discriminaron durante ocho años y le hicieron tragar buches amargos. No guardó resentimientos, pero no olvidó. A Rebeca Chávez le dijo: “…cuando se mira retrospectivamente hay sacrificios y logros insuperables; derrotas por montones y silencios. Omisiones y zonas oscuras”. Fue todavía más directo: “Yo soy culpable de todo lo que digo, no soy inocente. El cierre de la revista Pensamiento Crítico, fue un acto feísimo e irrespetuosísimo. Pero digo esto no por darle importancia ni nada, sino por ver cómo entendemos el problema. Nunca estuve desconectado, ni en un retiro, ni en un limbo” [1]. Tuvo la ayuda de José Miyar Barrueco (Chomi), Jesús Montané, Carlos Rafael Rodríguez, Manuel Piñeiro y Armando Hart, todos muy cercanos a Fidel. Por eso, en 1979, cuando triunfó la Revolución Sandinista, fue designado para cumplir misión en Nicaragua.

No flaqueó ni perdió la fe. Era un cimarrón, símbolo levantado por el triunfo de 1959, y por eso sentía orgullo de su amistad con Alberto Lescay Merencio, filósofo y cimarrón como él e importante exponente de nuestra vanguardia artística. Hizo énfasis en que el racismo fue disminuido y desprestigiado por las grandes jornadas y conquistas de la Revolución, que le quitó gran parte de sus bases, pero este flagelo que tanto daño puede hacer a la nación consiguió sobrevivir y en las últimas dos décadas ha encontrado asideros que le permiten cobrar fuerza.

Al advertir que “…el enfrentamiento al racismo ha echado mano más de una vez a la noción del cimarrón, en la afirmación del cubano negro y la disposición a protestar y defender activamente derechos”, lo considera una resignificación positiva, pero aboga por que el cimarrón sea al mismo tiempo el cubano rebelde “…que no acepta que decline la sociedad socialista de justicia y libertad que creamos entre todos con la Revolución”. Y para no dejar resquicio a la duda, añadiría: “Para ello es necesario manejar la formación histórica de este individuo indómito que desde el último peldaño de la escala de una sociedad terrible, supo integrar una identidad y una resistencia muy particulares a una visión y una causa nacionales, a un país que fuera para todos” [2].

Hombre de pueblo y de su tiempo en un país en revolución, Fernando llegó a compartirlo todo, incluso hasta sus últimas incógnitas sobre los desafíos de la Revolución, surgidas de sus lecturas de cuanto nuevo conocimiento apareciese, sin discriminar a los más jóvenes —por quienes sentía verdadera devoción— y, en especial, de su observación directa y permanente en el bregar por cualquier espacio de intercambio con la gente común a lo largo de toda la Isla; de ahí su indiscutible liderazgo moral y poder de convocatoria entre distintas generaciones de cubanos. Nada lo amilanó, dada su valentía y honestidad intelectual, marcadas por una raigal vocación martiana y marxista. Fue capaz de exponer los argumentos con tal altura, que resultaba imposible ofenderse con él. Y fue consecuente, a lo largo de toda su existencia, con su visión de la crítica y la polémica como oportunidades de crecimiento.

Que lo diga su compañera de la vida y de los sueños revolucionarios: Esther, que no es su viuda, y comprendo su irritación cada vez que la llaman así. No se puede ser viuda de alguien que no ha muerto, de alguien que nos habla desde una obra plena, cargada de sabiduría —y también de advertencias y premoniciones— en esta era neoliberal que, como un día él nos dijo, “…tantas veces parece estar a merced de los lobos y los cerdos” [2].

Conversé con Fernando por primera vez en 2014. Conocía su obra, y su pensamiento dejó profunda huella en mí; lo quería desde siempre, pero nunca hasta aquel instante tuve el privilegio de su atención. Me encontré de pronto frente a un hombre tierno, cariñoso, impresionante por su sencillez. Aprendí de él que la erudición no debe ser sinónimo de aburrimiento o pedantería bien organizada, y que, a cinco siglos del encontronazo con el Viejo Mundo, resulta vital la defensa de un pensamiento anticolonialista en el que nos va la vida. Para este filósofo del pueblo, para este pensador de los descamisados, existe una relación inevitable entre la obra intelectual y las posiciones ideológicas, sea o no consciente el autor, aunque siempre dejó claro que, en general, no existen lenguajes inocentes ni mucho menos una historia inocente, y la historia reaccionaria que nos intentan vender los herederos del autonomismo y el anexionismo tiene mucho que ver con la colonización de las mentes y los sentimientos.

A los defensores de la vuelta “natural” al capitalismo, Fernando les dejó un razonamiento meridiano en la entrevista concedida el 10 de diciembre del 2016, al periódico mexicano La Jornada:

“Cuba no puede regresar al capitalismo porque la mayoría de la población saldría perdiendo y es esa mayoría la que tiene una inmensa conciencia política, sabe manejar armas de fuego y más. Son demasiadas cosas para que no se dé un regreso. El capitalismo en Cuba sólo podría existir subordinado a Estados Unidos, es decir, para lograr hacer el capitalismo aquí hay que ser un traidor a la patria” [3].

Le encantaba escuchar la voz de los actores a través de las huellas que dejaron cuando no imaginaban que un día devendrían históricos. Para él era importante reconocer que la vida de un país la levanta el pueblo desde el sudor y la sangre, las alegrías y las tristezas, los desvelos y los sueños; nadie tiene historia hasta que no es capaz de forjarla por sus propios esfuerzos, a partir de sentimientos, intereses, creencias, pasiones, motivaciones, aprensiones, audacias y argumentos. Rechazaba la pretensión de ver la vida en torno a una figura —por extraordinaria que esta pudiese ser—, sin dar voz a los que no la tienen.

No pocas veces insistió en que nuestro socialismo tiene una profunda necesidad de apelar al patriotismo, hilo conductor de la hazaña protagonizada desde el 10 de octubre de 1868, y de nada sirven los rituales formales, vacíos. A lo largo de siglo y medio, nuestra lucha evolucionó hasta concentrar en un solo ideal los sueños de libertad y justicia social desde un pensamiento revolucionario radical. Hombres y mujeres aprendieron a vencerse a sí mismos, a educarse en la acción y los sacrificios, a amar y construir, a crear un mundo nuevo; nada puede modificar esa condición esencial. Por eso llamó a reivindicar un patriotismo de honda raíz popular, comprometido con la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes proclamada por Fidel. De acuerdo con Fernando, el nacionalismo sin apellidos suele ser manipulado para servir a un régimen contrario a las mayorías, convertido en una función de la dominación capitalista; por eso abogaba todo el tiempo por un patriotismo popular de justicia social.

Una entrevista concedida al periodista español José Manzaneda en 2016, deja muy claro su pensamiento al respecto. La cito en extenso:

“Yo les decía a mis compañeros del Consejo Nacional de la UNEAC hace unos meses, que el capitalismo sueco puede tener cosas buenas y malas, pero sin dudas es sueco; el capitalismo cubano no podría ser cubano, tendría que ser norteamericano-cubano, es decir, para Cuba no hay una posibilidad de capitalismo autónomo. Entonces, de entrada, la disyuntiva no puede ser: bueno, vamos a seguir introduciendo cosas del capitalismo, vamos a hacer lo que antiguamente algunos llamaban un socialismo de Estado, que es un tránsito hacia que una cantidad de funcionarios se conviertan en empresarios, etcétera, no es factible, eso no es factible en Cuba.

En Cuba no es factible que digamos: sí, vamos a hacer un capitalismo, pero no va a ser neoliberal, ustedes verán que vamos a tener una política social muy buena. Nada de eso es factible.

Podría ser, incluso, que algunas personas hasta lo crean, de buena intención, y digan: si hacemos un pluripartidismo, por ejemplo, y un sistema democrático de elección de personas, vamos a evitar que haya corrupción, que los pobres empiecen a pasar hambre, etcétera. Eso, desgraciadamente hay demasiados ejemplos en el mundo de que no es posible, ni siquiera en Estados Unidos donde casi 4 millones de personas no tienen donde dormir, y le tildaron de comunista a este presidente que está terminando porque trató de que una parte grande de los 52 millones de personas que no tienen posibilidad de una asistencia médica correcta, tuvieran algo.

Es decir, nosotros por lo menos tenemos, y en Cuba creo que eso es de lo más importante, una población con un grado de conciencia política que posiblemente sea un récord mundial y eso sí es una cosa muy, muy valiosa. Y por esto es que yo digo muy claramente: no hay nada intermedio, creer que hay algo intermedio es confusión; se trata de o el capitalismo, o el socialismo” [4].

Nada tiene de extraño su lealtad a Fidel. De este hombre-símbolo destacó su capacidad de partir de lo imposible y lo impensable para convertirlos en victoria, mediante la práctica consciente y organizada, sustentada en un pensamiento crítico; el no aceptar jamás la derrota y mantener la determinación de luchar cualesquiera sean las dificultades; su disposición de enseñar y aprender con los compañeros y con las masas; su vocación de educador, elemento fundamental para que el ser humano se levante por encima de sí mismo. A Fernando le apasionaban los locos cuerdos, juiciosos: por eso amó entrañablemente a Marx, a Martí, a Guiteras, a Gramsci, al Che, a Fidel…

A todos los que nos sentimos sus discípulos nos deja la tarea de contribuir a la defensa y desarrollo de la cultura nacional y el socialismo cubano, preservando el espíritu y la sensibilidad de la Revolución que su generación trajo victoriosa hasta aquí, y prestando particular cuidado a los sectores con mayores dificultades en las condiciones actuales de desarrollo económico del país, en especial, a los segmentos más vulnerables.

Toda su vida defendió a quienes se levantan temprano para trabajar el campo o marchar a las fábricas, las escuelas, las casas de cultura o los terrenos deportivos, por mencionar algunos; a los de pelo blanquecino por el paso de los años, angustiados frente al progresivo encarecimiento de la vida; a la “gente de abajo” que la herencia de cuatro siglos de colonialismo y neocolonialismo, así como nuestros propios problemas e incapacidades mantienen en desventaja o sumergidos en ambientes marginales. Entre sus más grandes preocupaciones estaba el deterioro del sistema escolar, que, entre otras consecuencias, ha afectado el conocimiento de nuestra Historia y, algo peor, la mengua del orgullo de ser cubanos, capaz de menoscabar la capacidad de resistencia y combate que brinda fuerzas al socialismo criollo frente a Estados Unidos —imperio al que Fernando calificaba como el mayor enemigo de Cuba y de la humanidad— y también, cómo no, frente a nuestras limitaciones y desaciertos.

Otra de sus recomendaciones está asociada a lo que definió como “guerra cultural imperialista”, campo de batalla en el que acontecen profundos cambios en la producción y consumo intelectual y artístico: “…hay que lograr que operen a nuestro favor y no en contra nuestra, y rechazar la solución suicida de tratar de impedirlos. Y en la coyuntura cubana estamos viviendo una fuerte lucha de valores entre el socialismo y el capitalismo. En esta situación, los jóvenes llegarán a ser decisivos” —aseveró mientras llamaba a la Asociación Hermanos Saíz a mantenerse como expresión del sector en la cultura y a convertirse en ejemplo de lo que puede conseguirse con organización, conciencia y moral. “Es decir —subraya—, ser reconocida como vanguardia por esos jóvenes e influir en una cultura que no se contraiga al sector que identificamos por ese apelativo, sino que se extienda a todas las cubanas y los cubanos” [2]. Estaba convencido de que solo desde la inteligencia colectiva y la participación popular se puede construir el consenso en la edificación del socialismo y alertó que la nueva cultura ya no cabe en los moldes del capitalismo e implica una nueva concepción de la vida y el mundo. Y en ella la crítica es una oportunidad.

Conocí acerca de la Casa del Caribe de su voz. Nunca lo escuché hablar con tanto calor y admiración de otra institución cultural cubana. Esta es su casa. Luego vine y conocí a Orlando Vergés, otro imprescindible entre los discípulos de Joel James y Fernando, con quien me hermanan la pasión por el Caribe y nuestra cultura negra, mulata, china, blanca, entrelazadas todas en un haz superior: lo cubano. Y también, cómo negarlo, el cariño y la lealtad a ese hombre que esta tarde nos ha convocado.

Fernando, Nganga, aquí estamos tus hijos para develar un busto por el que fluirá tu sangre, que no podrá ser de bronce —aunque pudiera parecerlo—, porque tu obra y tus sueños son tan intensos que lo transformarán en carne y fuego, en pasión.

*Palabrasdel autor leídas para develar el busto de Fernando Martínez Heredia en la Casa del Caribe, Santiago de Cuba, 13 de enero de 2018.

Notas:

[1] CHÁVEZ, REBECA (2017): “Conviene que haya herejes”, La Gaceta de Cuba (La Habana), Ediciones Unión, noviembre-diciembre.

[2] MARTÍNEZ HEREDIA, FERNANDO (2015): A la mitad del camino, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.

[3] MUÑOZ RAMÍREZ, GLORIA (2016): «Incorrecto, hablar de un antes y un después de Fidel», La Jornada, México, D. F., 10 de diciembre.

[4] MARTÍNEZ HEREDIA, FERNANDO (2016): “Entrevista a José Manzaneda, coordinador de Cubainformación”, diciembre. Disponible en: http://www.cubadebate.cu/especiales/2017/08/28/martinez-heredia-algo-intermedio-es-confusion-se-trata-de-o-el-capitalismo-o-el-socialismo-video/

(Tomado de La Jiribilla)

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  • jose dijo:

    Llegue tarde a la obra de Fernando pero cuando lo lei por primera vez me volvi adicto a todo lo que dijo y escribio. Hombre honesto, consecuente valiente y sobre todo dueño de una verdad irrebatible. Me preocupa porque una obra de tal dimension es tan poco debatida cuando tanto se necesita de ella sobre todo para los jovenes

  • mirtha.rodriguez dijo:

    Un cubano que puede ser descrito con una sola palabra PARADIGMA, y que se nos fue cuando nos seguía siendo imprescindible.

    Mirtha

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Ernesto Limia Díaz

Ernesto Limia Díaz

Historiador y Licenciado en Derecho. Autor de los libros “Cuba entre tres imperios: perla, llave y antemural” y “Cuba Libre: la utopía secuestrada”.

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