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Los niños se despiden, pero regresan

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Los niños se despiden, de Pablo Armando FernándezEn el panorama de las letras cubanas está cumpliendo su 45 aniversario el libro “Los niños se despiden”, que vio la luz en 1969, novela con la que el escritor ganó el Premio Casa de las Américas un año antes.

Con esta obra, Pablo Armando Fernández (Central Delicias, Las Tunas, antigua provincia de Oriente, Cuba, 2 de marzo de 1929) recreó un imaginario  mito de las raíces cubanas, con su caudal de luchas, resurrecciones, flujos de habitantes y creencias familiares.

“Los niños….” es también poema largo en prosa, un torrente de palabras, que caen sobre el lector, donde, como anuncian los Proverbios (18:21), “…la muerte y la vida están en poder de la lengua…” , de los hablares, de las palabras, lo cual es cierto; tan es así que, cuando un hombre escribe (que son las palabras usadas para pasear) inunda el blanco de las hojas con sus vivencias y sus secretos, y lo emborronado justifica lo contado, al punto que uno puede ser también condenado por las palabras, dichas o escritas. Recuerden al otro poeta que las pone a flotar, eternas, las hace prisioneras de un ventarrón, y pensamos en las que no escribimos, en las que dijimos, en las que partieron un día. Convendría, tal vez, a algunas de ellas traerlas de vuelta a su prístina desembocadura, para redecirlas o readecuarlas, u olvidarlas, y algo de esa alquimia hace Pablo Armando en “Los niños…”, al salir a rescatar las palabras que un día se dijeron en los portales o en las calles del central Delicias, de Las Tunas y de Nueva York.

Pablo Armando, en el texto, experimentó con la visión muchas veces prodigiosa de uno de los personajes, Alejandro, el protagonista, y como poeta que también es, aumenta el grado lirismo experimentando, narrativa y narratológicamente, con las imaginarias “Deleite” y  “Sabana”, con la “isla sin mitos” de Manhattan.

Pablo cuenta lo que vivió, re-creando, tomando al lector de la mano y conduciéndolo a un onírico espacio de islas, con destinos de islas, las mismas que conoce y en las que soñando y amado.

La búsqueda de un conocimiento abarcador del mundo, de un espacio idílico natural marca los movimientos del personaje principal, sus despedidas y regresos, en la identidad consolidada del autor – protagonista, lleno de emociones que a veces es el propio Pablo Armando y en otras ocasiones su otredad.

Pablo Armando, Premio Nacional de Literatura, escritor, como el mismo se considera, estudió en Delicias y en 1945 se va a vivir a los Estados Unidos, donde estudió en el Washington Irving High School de Nueva York y asistió a algunos cursos en la Universidad de Columbia. Es en esa inmensa ciudad donde Pablo Armando conoce a su eterna novia, devenida en musa y más tarde en esposa y compañera, María Julia González Santos (Maruja) y el autor de “Los niños se despiden”, cambió su vida y en 1959, regresó a Cuba.

“Los niños…” es un texto de bienvenida a Cuba, desde el que ascienden y descienden a la realidad escrita, poetas y héroes cotidianos de los libros de historia, por ilusiones espirituales de los personajes, y lo hacen a veces de manera radiante y otras de regreso del panorama y de la soledad de sus destinos.

El libro es también una larga crónica de y en familia, de recuerdos de los tiempos que han cambiado para siempre, y que son también remembranzas de lo que fuimos y una explicación de dónde venimos.

Pablo Armando tiene una larga vida intelectual que incluye su tiempo como subdirector del periódico Lunes de Revolución (1959-1961) y secretario de redacción de la revista Casa de las Américas (1961-1962) y, entre 1962 y 1965, como consejero cultural de la embajada de Cuba en Gran Bretaña. El escritor ha asistido, y aún lo hace, a encuentros y festivales literarios en casi todo el mundo, es un viajante incansable, y muchos de sus artículos han aparecido en importantes revistas literarias nacionales e internacionales. Como jurado, ha sido miembro de importantes concursos y premios literarios, entre los que se destacan el Premio Casa de las Américas y el Premio Cervantes, entre otros. Ha escrito poesía, novela, teatro y ensayo. Su obra transita por un intimismo social importante reflejando sus vivencias y las de su pueblo.

Pero Pablo Armando es también un fiel y dulce amigo que cobija a todos con el don de su palabra y su perdón, uno de los más grandes que he conocido, de una sencillez y un pausado, meditabundo y cotidiano donaire.

Lo conocí por los tempranos años 80, en casa de Ada Santamaría Cuadrado, en un cumpleaños que Ada le celebró a Pepe Rodríguez Feo con sus amigos. Pablo estaba acompañado de Maruja y a una pregunta nos habló, a mi hermano y a mí, de “Cumbres borrascosas”, la novela que más le gusta y también de las hermanas Bronte; nos recordó el famoso verso de Emily: “The soul to feel the flesh, the flesh to feel the chain”, que se quedó flotando para siempre en el aire.

Heathcliff, Catherine y Edgar, Hareton Earnshaw, la señora Dean, Hindley y su esposa Frances,  la granja de los Tordos. La historia de las dos familias que viven en la zona, los Linton y los Earnshaw. La amistad a escondidas y el amor apasionado, una historia de borrasca entre cumbres.

Aquella noche, una vez que se terminó la comida, acompañamos a Pablo y Maruja hasta la casa de 20; y continuamos libando un refinado scotch que se acabó y dio paso a un nacional ron peleón que desgarraba la garganta; entonces entre el pausado fumar – dejó el cigarro hace muchos años- nos preguntó, qué van a hacer. Con algo de asombro respondimos, nos vamos a la casa, son las 3 de la mañana; y Pablo Armando pidió de favor que lo acompañáramos a la farmacia. Accedimos, al inicio sorprendidos y, después seguimos conversando y deambulando por medio Miramar, desde la calle 20 y hasta 42 y 1ra; al llegar a la “botica” nos explicó, es que las muchachitas están en la escuela al campo y hay que comprarles almohadillas sanitarias. Estallamos en una carcajada, hicimos la cola y continuamos hablando de Heathcliff, Hareton y del fantasma de Catherine.

Pablo en Cuba y fuera de ella escribe, pero como ha confesado no hubieran podido ver la luz “En el vientre del pez” ni “Otro golpe de dados” ni el “Libro de los héroes”, en otro lugar que no fuera esta Isla.

La amistad de Pablo Armando es talmente barroca que me ha otorgado el título nobiliario de “príncipe”, sin tener sangre azul y menos aún peculio.

“Los niños…” tiene trampas, si se descubren te hacen pensar en Cuba; su hija Teresa las conoce, las descubrí un poco yo también leyendo la novela, tal vez por eso cuando una noche desde Cerdeña me llamó a Roma, para auto convencerse de qué hacer, le respondí sin titubear: lee de nuevo “Los niños se despiden”.

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  • CESAR MAZOLA ALVAREZ dijo:

    Muy bueno el escrito y me alegra mucho el saber de Vladimir y por los caminos que anda, ¿y Camilo? ¿y Alina?
    A Adita no se le olvida como tampoco a Aida se les lleva como dice la canción Under my skin. Son una constante.
    Un abrazo

    Mazola

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F. Vladimir Pérez Casal

F. Vladimir Pérez Casal

Filólogo cubano. Colaborador de Cubadebate.

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