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El cuento de la buena pipa

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Por Elsa Claro

Handala, símbolo de la resistencia palestina

Concluyendo la primera semana del 2011, circuló una noticia sobre el posible contacto de un enviado especial a Washington del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, con la misión de reavivar las conversaciones con los palestinos, estancadas -si es que hubo avances en algún momento- desde que concluyera la exigua moratoria a la construcción de asentamientos judíos en la ocupada Cisjordania en septiembre pasado.

En simultáneo se difundía que “Excavadoras israelíes han derribado (…) parte del histórico Hotel Shepherd, en el barrio árabe del Jeque Jarrá, en Jerusalén Este, para la futura construcción de una veintena de viviendas exclusivas para judíos. El derribo se llevó a cabo bajo la estrecha vigilancia de un fuerte contingente policial israelí”. La obra es impulsada por el millonario judío estadounidense Irving Moskowitz, afín a la derecha sionista israelí.

Ignoro si fueron sinceras las condenas de  Estados Unidos, Reino Unido y otros países occidentales a esos pasos, pero desde el  ayuntamiento de la Ciudad Santa,  algunos funcionarios usurpadores destacaban la importancia de lo hecho para “fortalecer la huella judía en Jerusalén Este”, pese a ser algo con claro sello de limpieza étnica y, según indicara Yariv Oppenheimer, titular de la organización pacifista israelí Paz Ahora, ” Los colonos, con el apoyo del Gobierno, están dañando el estatus internacional de Israel y destruyendo la opción de un acuerdo de paz”.

No son sucesos aislados. Los avances para continuar la colonización de territorios arrebatados a los palestinos por la fuerza no cesaron y tienen mal testimonio en las expulsiones de familias de sus apartamentos o la destrucción de negocios por parte de demandantes israelíes, basados en turbios ejercicios legales, entre un sinnúmero de actos para extender la presencia judía en Jerusalén oriental o en diferentes trozos de Cisjordania.

La febril y enconada actividad sionista, contrasta con el reciente reconocimiento de un grupo de naciones latinoamericanas a una Palestina con las fronteras de 1967, concordando con la Resolución 242 de ONU, donde se exige el “Retiro de las fuerzas armadas israelíes de los territorios que ocuparon (…) ” incluyendo Gaza, Cisjorania y Jerusalén Este. Si bien un centenar de países, suscribe tal propuesta y alientan a quienes creen cerca la instauración de un estado junto al de Israel, la situación imperante sugiere lo contrario.

Revelaciones recientes, vía Wilileaks, por supuesto, ratifican y hasta amplifican el volumen de los vínculos militares y de inteligencia sumamente estrechos entre EE. UU.  e Israel, que no van a romperse con facilidad. En los cables filtrados hay evidencia sobre el arreglo entre la industria estadounidense de alta tecnología y su semejante judía. Lo indica a las claras la alianza empresarial para producir bombas de racimo o la implementación en territorio israelí de industrias destinadas a elaborar semiconductores, a cargo de Intel, el mayor fabricante mundial (norteamericano) de chips.

Muchos olvidan que el bloqueo a la Franja de Gaza está en vigor desde el 2006, antes de que el Grupo de Resistencia Islámica (Hamaz) ganara las elecciones palestinas y fuera catalogado como terrorista por Israel, con posterior apoyo occidental a tan calumniosa descalificación. Ahora se sabe, asimismo, que muchas notables firmas estadounidenses sobornaron a funcionarios israelíes para que permitieran pasar sus productos hacia Gaza y que en la estrategia judía para el caso, se manejaron esos u otros abastos, buscando que la catástrofe humanitaria no fuera total y les permitiera maniobras de imagen. Combinar politiquería y negocios aparece entre las especialidades de Washington y Tel Aviv, y esto lo reitera.

El poderoso lobby judío cercano a la Casa Blanca y con defensores de calibre en esos altos círculos, opera también en los más terrenales negocios. Por eso, diversas voces autorizadas exigen a EE. UU. que abandone su vestimenta de árbitro en un apócrifo papel de intermediario dentro del enconado dilema, pues es parte y juez de escasa inocencia y menor probidad, por tanto, no apto.
No hace falta mucha destreza para deducir que si la Casa Blanca no financiara y diera protección a Israel desde allí no se atreverían a un par de cosas. Si la administración norteamericana, anterior o actual, escuchara a los organismos internacionales, que le instaron a una sana templanza, no continuara el suministro de armas a los sionistas y no sería cómplice de cuanto hacen en lo referido a los palestinos, los libaneses o cualesquiera otros, incluyendo, no figuradamente, los siniestros propósitos contra Irán. Ya mencionado, dígase que, entre sobrados datos, la adquisición por Israel de un centenar de bombas guiadas por láser, capaces de penetrar bajo tierra y a través de hormigón, indican malas intenciones. Ninguno, a no ser el país persa, demanda tal dispositivo de ataque en toda esa zona.

La colaboración directa o interesada por una parte, y la virtual docilidad ¿o flaqueza? norteamericana hacen que la jefatura israelí se sienta libre de actuar incluso si deja en descrédito a su valedor estadounidense. Se discurre de la negativa judía a suspender los asentamientos que siguen robándoles suelo a los palestinos, o en la tácita disposición de los militares sionistas a no ceñirse a ningún tipo de límites en sus planes hostiles contra sus vecinos.

Hay una obvia insolencia de Israel, potenciada por su actual gabinete, evaluado como el de mayor agresividad entre los muy beligerantes. Puede que la calificación se eleve tras la renuncia de Ehuk Barak a la jefatura de los laboristas para crear otro partido y tan ligado a la derecha en el poder de Netanyaju, que este le dejó su cartera en le gabinete y hasta dio entrada a otros correligionarios del ex premier israelí.

Eso por una parte y de otra está la postura ¿pusilánime? de EE. UU. pasivo ante “los preparativos militares israelíes para una nueva guerra en Oriente Próximo (que) están en pleno desarrollo” según las filtraciones, suscritas por congresistas norteamericanos o formulados a las claras ante preparativos como la construcción de hospitales bajo tierra, super blindados, concebidos para funcionar en condiciones extremas bajo ataque, a solo kilómetros del Líbano.

En Washington se sabe que proliferan leyes y medidas de carácter discriminatorio contra los árabes residentes en Israel. De entrada están obligados a jurar lealtad a la ideología sionista y al judaísmo israelí, colocando esa condición por encima de la propia. En varias zonas hay regulaciones que prohíben alquilar casas a los palestinos y aldeas de escasa población están autorizadas a contar solo con ciudadanos judíos. En el 2009 se activaron 10 normas, acentuando las tendencias racistas que sobre los palestinos se aplican, pero aquellos que aseguran ser los paladines de los derechos humanos no se fijan, no protestan, por esas anomalías incalificables.

¿Se pude confiar en negociaciones, congeladas por enésima oportunidad, tras la invasión israelí a la Franja de Gaza a finales del 2008? En septiembre del 2010 y con escaso ánimo, recomenzaron apenas durante un par de semanas. En cuanto venció el plazo de la moratoria parcial, fíjense, parcial, pues nunca fue plena, que ralentizara la construcción de edificaciones judías, Israel se negó por completo a frenarlas.

Y no pasar por alto que cuando Ariel Sharon decidió entregar la Franja de Gaza en el 2004, no lo hizo concediendo nada para ese millón y medio de palestinos a quienes tienen encerrados por mar, pues las aguas territoriales están custodiadas por la armada israelí, la misma que interceptó ayudas humanitarias, como las del buque Mavi Marmara, sometido con desmesura. Por tierra actúa la infantería, lo mismo para impedir el ingreso de alimentos que la salida de quienes habitan en ese enclave convertido en cárcel a cielo abierto. Cielo, por cierto, al cual tiene acceso la aviación judía, pero para agredir, como lo demostró en la operación Plomo Fundido.

Siempre se dijo que Sharon daba ese consuelo físico para alivio de tensiones y sobre todo, para enmascarar la apropiación de cuando quedaba en la Cisjordania no ocupada, endulzando con la aparente donación cualquier crítica. Los acontecimientos lo confirman. Podría añadirse que Tel Aviv, sus actuales dirigentes, no pretenden entregar ni un milímetro más de lo saqueado, habida cuenta de que continúa adueñándose de espacio físico y poder

En tanto, se burla de quienes, ingenua o ladinamente,  ofrecen incentivos del tipo brindado por Obama, o pasan por encima de la virtud sin bochorno, haciendo creer que emprendieron esfuerzos donde solo hay, si acaso, pantomima política.

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  • OLIMPIO RODRIGUEZ SANTOS dijo:

    “Hijo de gato caza ratón” y es que Israel se ha convertido en un peligroso felino alimentado por una ideología que rememora los tiempos que los Estados Unidos le arrebataron parte del territorio a México y ahora tratan a los ciudadanos de este país como enemigos no dejándolos entrar a su territorio y plácidamente desestabilizando a través de la frontera con un negocio que engendra la violencia entre los mejicanos.
    La prepotencia de Benjamin Netanyahu, con los palestinos y con el propio antiguo amo (Estados Unidos) se ha dejado ver en numerables ocasiones. Porque aunque hijo de gato caza ratón, los sionistas han aprendido tanto que no se conforman con el espacio físico de su territorio y amenazan al mundo árabe y a los propios Estados Unidos. Tienen dinero y el dinero manda.
    Esta desmesurada ambición de los colonos se parece mucho a la historia de Estados Unidos con México y por que no con Puerto Rico y Cuba.
    Mientras la industria militar sea una fuente importante de divisas los palestinos tendrán que resistir, porque las naciones unidas nada hacen contra el o los amos que hoy merodean el capital.

    EL HIJO GATO PRETENDE SOBREPASAR AL PADRE Y LO INTENTARA MIENTRAS LAS ARMAS SIGAN EL DESARROLLO QUE LLEVAN.

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Elsa Claro

Elsa Claro

Periodista cubana especializada en temas internacionales.

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