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Cambio climático y rechazo

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Cambio climáticoVisceralmente, solo los que son sobornados o no tienen sensibilidad no se dan cuenta del fenómeno del cambio climático. Miro la bahía de San Francisco después de una noche de lluvia y veo a los pelícanos que se zambullen y a las garzas reales enganchando insectos, miles de lavanderas y aves marinas y costeras chachareando y echando miradas. Casi me olvido de los osos polares en peligro, de insectos de mal aspecto amenazados con la extinción.

Respiro el aire limpio y borro de mi mente -bueno, casi- el hecho de que los Andes y el monte Kilimanjaro no tienen sus habituales coronas de nieve. Un gotero de temor se desliza desde mi cerebro hacia los sentidos periféricos de que la casa donde vivo pudiera desaparecer -bajo el agua-en veinticinco años.

Más o menos cada mes, algún periódico o revista cita un estudio científico siempre más ominoso que el anterior acerca del hielo que se derrite en Groenlandia, la subida de los océanos, y pienso: “¿Qué puedo hacer yo?” ¿Reciclar más, comprar bombillos eléctricos más eficientes, usar menos el auto y en general reducir mi huella de carbono, la cual no puedo ver y mucho menos comprender?

Hasta algunos republicanos admiten que ya no pueden ignorar o calificar de tonterías la sombría conclusión climática de la abrumadora  mayoría de los científicos del mundo. La pandilla de Rush Limbaugh-Glenn Beck-Sean Hannity exhorta a los discípulos -radioyentes y televidentes- a comprar más Hummners tragadores de gasolina para la carretera y a reírse de los que alertan contra el calentamiento global.

Ataquen este mito liberal alardeando de su nuevo SUV, dicen ellos. Dejen las luces encendidas y cómanse una costilla. Dejen que los defensores de árboles comunistoides y vegetarianos sufran con el tofu y la raíz de ginseng del libre comercio. Los verdaderos norteamericanos -los cristianos, no los de turbante- saben que Dios cuidará de nuestro especial país. Por eso es que Él desea que todos llevemos armas de fuego y disparemos a cualquiera que viole la propiedad privada -la cual, si me acuerdo del Génesis, en otros tiempos le perteneció a Él; es decir, si la Biblia tiene razón.

Me pregunto acerca del futuro de las ciudades cuando veo los edificios monstruosos que identifican el horizonte de Nueva York, Chicago, San Francisco y otras ciudades alrededor del mundo. Me pregunto si se produce algo que valga la pena -o que siquiera se piense en ello- en las oficinas del piso 40 o 60 que requieren enfriamiento o calefacción las 24 horas, 7 días a la semana.

Cada día laboral millones de corredores, negociantes de derivados, contadores y abogados de corporaciones conducen o toman trenes desde los prósperos suburbios hacia el centro de la ciudad para jugar con el dinero de otras personas. Los ejecutivos de publicidad y sus ansiosos subordinados inventan cómo vender un número infinito de productos que no se relacionan con las necesidades básicas humanas, pero que contribuyen enormemente con la huella de carbono.

Con la publicidad, la vanguardia de las ventas usa a ingeniosos graduados universitarios como proponentes de la filosofía corporativa; cada individuo que escucha o lee un anuncio es alentado a que se crea que es la persona más importante del mundo. Si todo el mundo piensa que dedicarse a mejorarse a sí mismo comprando cosas producidas por el complejo corporativo y servido por otras agencias corporativas, la economía florecerá. ¡Magia!

Los bancos, por supuesto, financian estas actividades y muchas otras que no nos atrevemos a discutir-y el aparato político las representa. Fiestas, parlamentos y las infinitas agencias gubernamentales suponen que la gran corporación representa el mejor y único interés de la nación y del mundo, el principio y fin de toda política, la más alta forma económica de organización -no la esencia de un motor destructivo cuya propia existencia amenaza ahora la vida humana del futuro.

Si prevalecen las actuales nociones de la buena vida -ciudades, autos, camiones, autobuses, aparatos- y del “desarrollo”, los gases de invernadero continuarán multiplicándose y el cambio climático procederá a ritmo acelerado. Al menos eso es lo que dicen los científicos.

En 1997, representantes de la mayoría de las naciones se reunieron en Kioto y acordaron luchar contra el calentamiento global.  Ciento cuarenta naciones ratificaron el tratado de Kioto, pero Estados Unidos se negó a firmarlo porque las grandes corporaciones demuestran una y otra vez que tienen el mejor Congreso que el dinero puede comprar.

Al igual que los ruidosos de Fox y otros de la radio y TV derechistas patrocinados por grandes compañías energéticas, el propio cabildo de la energía se burló de los representantes de EE.UU. en Kioto cuya tarea era la de encontrar  una manera de que Washington se uniera a otras naciones para limitar la producción de CO2. Clinton, dijo el cabildo, “ya había escogido la más extrema de todas las opciones presentadas a él por un panel de expertos. Luego envió al extremista medioambiental Al Gore a que exhortara a los negociadores de EE.UU. a ‘ser flexibles'”.

En 2010, Estados Unidos, responsable del 36,1% de los niveles de emisión de las grandes potencias industriales en 1990, aún se niega a firmar un acuerdo para reducir las emisiones globales de gases de invernadero que llevaría a la “estabilización y reconstrucción de las concentraciones de gases de invernadero en la atmósfera a un nivel que evitaría una peligrosa interferencia antropogenética con el sistema climático”.

En 2010 en Cancún los representantes de las naciones se reunieron otra vez y no obtuvieron un consenso significativo para dar pasos serios a fin de reducir las emisiones de gases que los científicos dicen que destruirá el entorno necesarios para sostener la vida humana -en algún  momento en el futuro”. No es probable que se logre próximamente un acuerdo legalmente vinculante para combatir el cambio climático, aunque las naciones pueden tomar medidas para reducir las emisiones globales de gases de invernadero”, dijo el negociador de EE.UU. Todd Stern. (Bloomberg, 14 de diciembre de 2010.)

Nunca, gritaron los negativistas -dirigidos por el dinero de las compañías de petróleo y gas.

Así que Feliz Año Nuevo para todos, y den un paso en el río Egipcio en Washington.

El nuevo filme de Saul Landau, Por favor, ¿quieren ponerse de pie los verdaderos terroristas? tuvo su estreno en el Festival de Cine de La Habana.

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  • Miguel dijo:

    El siglo pasado teníamos por regla, que la especie humana un día dejaría de existir; pero que la tierra perduraría, en cambio hoy nos asecha otra realidad y es que si no actuamos pronto, ni siquiera la tierra sobrevivirá al paso del tiempo y al daño que le hacemos cada vez que viramos la espalda y no hacemos caso a lo que nos dicen los nuestros especialistas a nivel mundial, que por supuesto, no llegaron a serlo vendiendo frituras en una esquina.

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Saul Landau

Saul Landau

Saul Landau es un escritor, periodista, realizador de documentales y académico estadounidense cuyo trabajo se ha centrado en gran medida en América Latina.

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