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Continuidad histórica, dignidad y coherencia revolucionarias

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Por Stella Calloni, Febrero 2008

En Cuba a  57 años del Asalto al Moncada

Enviamos este  Prólogo de Stella Calloni (escrito para una edición argentina de La Historia me absolverá de Fidel Castro, publicado por la Editorial Punto de Encuentro)

Para analizar lo que significó la acción revolucionaria del 26 de julio de 1953, es necesario trazar una breve introducción sobre los momentos anteriores en Cuba.

El 10 de marzo de 1952 Fulgencio Batista dio un golpe militar apoyado por Estados Unidos, lo que sumió al país en un retraso enorme y una profunda postración. La crisis política devino en la feroz dictadura de Batista. Aunque el pueblo cubano había tomado conciencia de lo que estaba sucediendo, como víctima que era del terror de esos tiempos, no había una fuerza política con capacidad para enfrentar y derrocar a la dictadura.

A poco tiempo de la llegada de Batista, Fidel Castro, un joven abogado, recibido en 1950 y que se ocupaba de  defender a los pobres, ya denunció en carta pública (1952) la ilegalidad del golpe y llamó al pueblo a luchar. “La hora es de sacrificio y de lucha. Si se pierde la vida nada se pierde. Vivir en cadenas es vivir en oprobio (…) morir por la patria es vivir” decía entonces.

En su carta a Batista, Fidel Castro le advertía que el golpe llevaría a la corrupción, a la represión, a la tortura, a la muerte de muchos cubanos y que después sucedería la reacción del pueblo que lo arrojaría del poder, como sucedió.

Escribió Castro entonces en su carta-alegato, del que sólo transcribo párrafos: “Atada de pies y manos, la nación contempló el desbordamiento del aparato militar que arrasaba la Constitución. Poniendo vidas y haciendas en los azares de las bayonetas(….) las más elementales garantías fueron suprimidas de un borrón. Como un botín fueron repartidas todas las posiciones administrativas del Estado entre los protagonistas del golpe. Cuando el Congreso pretendió reunirse acudiendo a la convocatoria ordinaria fue disuelto a tiro limpio”.

El alegato del joven Fidel Castro era un insólito desafío para la dictadura. Ya estaba al frente de un grupo de jóvenes, con fuerte inserción en el movimiento estudiantil y en sectores sociales y ante la gravedad de la situación política, se comenzó a preparar como un primer paso, el ataque al cuartel “Moncada” en Santiago de Cuba y el del cuartel “Carlos Manuel de Céspedes” en Bayamo.

Esto se produjo el 26 de julio de 1953, cuando al amanecer más de 150 jóvenes atacaron esos Cuarteles. En esos momentos, el cuartel Moncada -llamado así como homenaje a Guillermo Moncada, mayor general del Ejército Libertador- era el más importante fuera del área metropolitana de La Habana.

Fidel Castro Ruz, encabezaba a los jóvenes combatientes y aunque la acción del Moncada no triunfó, fue una victoria política tan importante, que en esas horas comenzó el proceso revolucionario que cambiaría la historia en Cuba y en América Latina.

Castro y sus compañeros asumieron la vanguardia del  pueblo en su lucha contra la tiranía. Los jóvenes del Moncada habían encontrado sus fuentes en la prédica revolucionaria de José Martí. La magnífica obra martiana había dejado el gran fundamento moral para la lucha y legitimaba la acción armada.

En su histórico alegato: “La historia me absolverá”, Fidel Castro recordaba “…De igual modo se prohibió que llegaran a mis manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos. ¿O será que yo dije que Martí era el autor intelectual del 26 de Julio?”.

Batista respondió al Moncada con la terrible represión del movimiento: 52 revolucionarios murieron asesinados y 18 fueron detenidos y enviados a prisión, entre ellos Fidel, Raúl Castro y Juan Almeida comandantes luego de la revolución triunfante seis años después, entre otros compañeros de extraordinaria trayectoria.

El histórico juicio

En el libro “El Juicio del Moncada”, la escritora cubana, excelente cronista, Marta Rojas, relata todo lo sucedido desde el mismo momento en que el grupo de jóvenes revolucionarios intentó tomar el cuartel Moncada. Todo fue providencial desde ese día 26 de julio de 1953, cuando la entonces recién egresada periodista Marta Rojas, se encontraba cubriendo los tradicionales carnavales de Santiago de Cuba y junto al fotógrafo de la revista  Bohemia, Panchito Cano, se vieron conmovidos al escuchar un tiroteo, que muchos atribuyeron a los fuegos artificiales de los festejos.

“De ninguna manera podía imaginarme en ese instante, que había comenzado a ser testigo excepcional de uno de los más grandes acontecimientos de la historia de Cuba y de América: el asalto al Cuartel Moncada por Fidel Castro y otros compañeros”, escribió Marta Rojas.

Si he elegido esta referencia de Rojas es porque ella se convirtió desde ese momento en la más importante cronista de los hechos que iban sucediendo, logró acercarse a las prisioneras Haydeé Santamaría y Melba Hernández, y pudo describir con extraordinaria precisión lo sucedido y los entretelones de una lucha heroica contra el dictador Fulgencio Batista.

Pero también en su libro nos permite acceder a lo que fue la comparecencia de Fidel Castro, quien en un momento toma tal autoridad que prácticamente se convierte en una especie de fiscal para sus interrogadores y fiscales.

¿Cómo fue aquel lugar donde juzgaron a Fidel Castro y sus compañeros? Recurrimos al testimonio de esos momentos. El 21 de septiembre habían comenzado el gran juicio contra el grupo de sobrevivientes del Moncada. El 16 de octubre debía ser juzgado Fidel Castro, cuando ya se habían leído las condenas a Raúl Castro Ruz, Juan Almeida, Haydee Santamaría, Melba Hernández y a otros compañeros.

El escenario preparado para el juicio contra Fidel fue el Salón de Actos de la Escuela de Enfermeras del Hospital civil Saturnino Lora.

Escribe Marta Rojas: “El 16 de octubre hacía un calor sofocante en Santiago de Cuba y más aún en la pequeña salita de las enfermeras atestada de muebles; en una habitación cuadrada de unos cuatro metros de largo por cuatro de ancho, y en la misma había un esqueleto dentro de una vitrina, objeto de estudio de las enfermeras, otra vitrinas con libros, un retrato de Florence Nightingale, dos escritorios: uno a la derecha de la entrada de la habitación y detrás de ese buró tres sillas. Ahí se sentarían los magistrados. A continuación de los magistrados había una mesita de centro y una butaca, era el puesto del fiscal; al extremo de la mesa de centro tenía sus papeles el secretario de Tribunales.

“Frente a ese rústico estrado del Tribunal, a la izquierda de la entrada de la habitación fue colocado otro buró de madera color caoba y detrás de él cuatro sillas para los abogados, Baudilio Castellanos y Marcial Rodríguez, el acusado Poll Cabrera y la hija del magistrado Mejías, (…..). a continuación colocaron una mesita y una silla que ocupó Fidel. Cerca de esa mesita estaba la cama Fowler, para el acusado Abelardo Crespo Arias convaleciente de una herida en el pulmón. En seis sillas de tijera nos sentamos los periodistas. Los escasos espacios vacíos los llenaron los escoltas. Nunca estuvo tan apretada la justicia como aquella mañana de octubre”.

Rojas describe las dificultades puestas a los periodistas y fotógrafos aquel día donde la acción de un fiscal logró que finalmente se registrara este valioso testimonio.

“Fidel llegó entre sus custodios-el teniente Vicente Camps y capitán Pedro Rodríguez Medrano- a las 9 en punto de la mañana, vestía un traje de lana azul marino, camisa blanca y corbata negra. Estaba bañado en sudor y llevaba las manos esposadas. En el trayecto por el corredor interior de la sección de pensionistas, hacia la salita de las enfermeras, lo interceptaron dos muchachas, María Antonieta Figueroa y Nilda Ferrer, maestra y empleada de comercio, respectivamente. Ellas querían expresarle la solidaridad de los estudiantes y de la población santiaguera. Este gesto sorprendió a Fidel e inquietó de tal manera a los guardias que cerraron la herradura que, como extraña formación “protegía” al acusado, quien con una mirada paralizó el avance de las muchachas hacia él”. En ese momento Fidel Castro estaba protegiendo a las jóvenes de las inevitables furias de Batista.

Cuando finalmente se inicia el juicio se le pregunta a Fidel si él fue parte de la insurrección armada contra el gobierno a lo que respondió afirmativamente y en el marco de las preguntas que se le hacen, toma la palabra para denunciar el asesinato de otros dos compañeros, acusar a un sargento batistiano y a otros miembros del ejército por los asesinatos del 26 de julio de 1953.

Es asombroso en aquel juicio como Fidel interpela a los testigos de cargo. Vale la pena transcribir el diálogo donde  el acusado interroga al comandante Andrés Pérez Chaumont, uno de los grandes esbirros de Batista (Párrafo tomado del libro de Marta Rojas)

-¿Que hizo usted el 26 de julio – le preguntó Fidel a Pérez Chaumont

Y este contestó : -Salí de recorrido. Esa misma tarde hubo un tiroteo en el campo con algunas bajas enemigas y unos cuantos heridos por parte de nosotros. Por la noche fui al Moncada para informarle al coronel de lo ocurrido y volví a salir ordenando en esa nueva incursión que el teniente Rico se dirigiera a la Gran Piedra, donde habían alzados; horas más tarde me refirió su labor en esa zona, hubo un encuentro y le causó bajas al enemigo; esa tarde o al día siguiente no recuerdo exactamente, otra de las patrullas que operaba bajo mis órdenes en el campo, me informó que había detenido a dos de los asaltantes por un tejar y que los condujo al Moncada. Posteriormente el teniente Sarría entregó a un grupo de detenidos capturados en una choza y entre los que se encontraba Usted precisamente-respondió el testigo.

-Dígame Comandante ¿cuántos combatientes hubo en total en esas incursiones por el campo, que Usted dice que dirigía? -preguntó Fidel, como abogado que asumía su propia defensa.

-Hubo varios. La patrulla mía tuvo tres encuentros -contestó Chaumont.

-¿Y Usted recuerda el total de muertos de esas patrullas?-

-Si – responde Chaumont- causamos al enemigo 18 bajas por muertes

-¿ Y de parte de ustedes hubo bajas, muertos o heridos?-insistió Fidel.

-Hubo uno o dos heridos- dijo el testigo

-¿Y cómo se explica Usted que del grupo nuestro no hubiera heridos sino solamente muertos?….¿Usaban acaso ustedes armas atómicas? -inquirió nuevamente Fidel.

-No señor- no usábamos armas atómicas. Nuestras armas son las del regimiento….!no asesinas como las de ustedes! -contestó colérico.

El presidente(del tribunal) llamó al orden: -comandante, trate de usar el lenguaje correcto- advirtió Nieto .

-¿Nosotros, los revolucionarios no tuvimos heridos, ni detenidos, en esos encuentros, comandante?- insistió Fidel

-No, señor, sólo muertos-respondió Pérez Chaumont

-¿Y, no le parece raro, ya que en la guerra siempre hay más heridos que muertos?-señaló reiterativo Fidel

-En esas incursiones sólo hubo muertos por parte de ustedes; algunas patrullas hicieron detenciones, pero otras tenían más puntería y ocasionaban muertos en combate-reiteró Pérez Chaumont

-Me basta- dijo Fidel indignado.

Imaginemos la escena, Fidel acusado da un golpe de palabra a uno de los más duros hombres de Batista.

Esto lo definía de una forma contundente. Aquel juicio, la historia de los revolucionarios, los jóvenes muertos en el intento de terminar con la feroz dictadura de Batista, se convertirían en llama sobre el fuego de la revolución. El gran impacto fue el discurso de defensa de Fidel que duró dos horas en ese escenario que tan bien describió Marta Rojas.

Castro había escrito su alegato cuando estaba incomunicado, en condiciones muy difíciles, donde ni siquiera podía hablar con su abogado. Preparó su defensa y su discurso en la Prisión Provincial de Oriente, a donde lo llevaron el 1 de agosto de 1953.

A partir del 25 de septiembre fue incomunicado, pero se las arregló para mantener contacto con los compañeros con ayuda de presos comunes incluso y abogados. Su alegato estaba preparado con rigurosa minuciosidad y lo memorizó. Así pudo  dejar a un lado su manuscrito y sólo se reservó las citas sobre hechos históricos de Cuba cuando fue llevado ante el tribunal.

Condenado a 15 años de prisión, se lo envió a una cárcel en Isla de Pinos, con amigos primero, y confinado solitariamente después.

Allí reconstruyó su discurso tal como estaba en su memoria y en forma clandestina logró enviarlo en fragmentos fuera de la cárcel en cartas a Melba Hernández, Haydée Santamaría y Lidia Castro. Con la ayuda del padre de Melba, podían mecanografiar las cartas y así reconstruir el discurso, que contenía no sólo su defensa extraordinaria sino las bases doctrinarias de la Revolución y una denuncia inapelable sobre los horrores de la dictadura de Batista.

El sabía entonces que el documento tenía un enorme valor político y así lo expresaba en sus cartas. El 18 de junio de 1954, les pedía en una carta a Melba y Haydé imprimir una cantidad de ejemplares de “La Historia me Absolverá”.

“Ahí está contenido el programa y la ideología nuestra, sin lo cual no es posible pensar en nada grande; además la denuncia completa de los crímenes, que aún no se han divulgado suficientemente y es el primer deber que tenemos para los que murieron. Expresa también el papel que desempeñaron ustedes dos y que debe saberse para que ello facilite el trabajo que tienen que realizar. Hecha esta labor indispensable, viene después otra serie de trabajos de organización y proselitismo que estoy estudiando (…) Darle ahora preferencia a los gastos del discurso, para lo cual estoy seguro que muchos les ayudarán, porque es el documento más terrible que pueda publicarse contra el gobierno.”

Aconsejaba las medidas de precaución para que no se conociera el lugar donde estaban los impresos y así impedir que nadie fuera detenido por esa causa e instaba a actuar “con el mismo cuidado y discreción que si se tratase de armas.”

En realidad allí estaba el Programa revolucionario. De ahí su insistencia y ya en octubre del 53 cuando había sido condenado el folleto se estaba distribuyendo y circulaba en manos de miles de jóvenes, intelectuales y trabajadores.

Para entender lo que esto significaba es importante también establecer en el contexto en que comenzaba esta lucha revolucionaria en la isla de Cuba, cuando este país, Haití y República Dominicana eran Estados formalmente independientes, pero en realidad sujetos a la dependencia colonial de Estados Unidos, prácticamente desde que este país ascendió a su etapa imperialista. Ocupación militar, inversiones, todo estaba allí.

Precisamente esta lucha heroica surgía en un escenario donde el fascismo se consolidaba y en la década del 50 se instalaron las dictaduras de Trujillo en Republica Dominicana y de Francois Duvallier en Haití.

¿Cuántas veces se cita el contexto subregional en que nació la Revolución Cubana? Los personeros del poder imperial en el mundo, ¿imaginaron acaso que aquellos jóvenes del Moncada, decididos a lograr la liberación de su patria, estaban abriendo el camino hacia la revolución de 1959?.

Una revolución que no ha sido doblegada a pesar de los permanentes embates de ese poder. Muchos de aquellos jóvenes entregarían su vida y los sobrevivientes dieron una lección de coherencia. Algunos de ellos fueron los mismos que llegaron tres años más tarde en aquel pequeño gran barco que andaba entre las neblinas dando luces.

¿Quién podría imaginar que sobrevivientes del Moncada vendrían en el Gramma a comenzar una Revolución que sobrevive contra todos los ataques de la potencia imperial más grande del mundo, casi medio siglo después?

Estados Unidos imaginaba ese Caribe bajo su mano de hierro, cada vez más en sus manos después del golpe del 10 de marzo de 1952 del sargento Fulgencio Batista,

En Centroamérica, bajo dictaduras diversas, estaban soterradas, pero vivas, las banderas de Augusto César Sandino, de Farabundo Martí, de Morazán. Habían pasado cinco años desde el asesinato en Colombia de Jorge Eliécer Gaitán (9 de abril de 1948) y del “bogotazo” la rebelión popular contra ese crimen de la CIA. Rebelión ahogada en la sangre de casi 300 mil colombianos, de los miles que siguieron muriendo a lo largo del siglo XX y hasta hoy. En 1954 se había invadido Guatemala, para derrocar al gobierno popular de Jacobo Arbenz Guzmán, y allí comenzaría la larga noche de las dictaduras militares que produjeron en ese país las primeras desapariciones forzadas masivas, dejando como consecuencia, más de 90 mil desaparecidos y más de cien mil muertos, como se estableció en los años 90.

El 4 de febrero de 1955, Batista tomó posesión del gobierno de Cuba para dar continuidad a su régimen dictatorial después de ser “elegido” presidente, porque sus adversarios políticos se negaron a participar en ese circo electoral. El 13 de mayo de ese mismo año firma la amnistía ante la enorme presión popular, que fue sancionada por el Congreso.

En 1955 Fidel va a México y allí precisamente se encontraría con Ernesto “Che” Guevara, que había vivido la tragedia de la invasión de Estados Unidos a Guatemala, un año antes. Destinos mágicos estos encuentros.

Pero la Revolución había nacido en aquel alegato de extraordinaria vigencia del joven abogado que desafió a la justicia del gran poder con esa pieza magistral que fue “La Historia me absolverá”. El comandante Fidel Castro entró en realidad en la historia ese día y para siempre.

Ese alegato además significaba la continuidad histórica de los revolucionarios que habían luchado por la liberación de Cuba. Era el ideario de Jose Martí. El Manifiesto de Montecristi, firmado el 25 de mayo de 1895 por Martí y Máximo Gómez, fue la llama revolucionaria imaginativa y deslumbrante que levantó a Fidel y sus compañeros de lucha y que alentó la sacrificada resistencia del pueblo cubano.

En 1955 se publicaron en el exterior versiones del discurso de Fidel. Pero en 1975 la revolucionaria Celia Sánchez decidió que se rescatara la versión original de 1954 y la de 1955 para mantener la fidelidad al texto primero. Y fue publicado por la Editorial de Ciencias Sociales. Hubo ediciones importantes con notas y análisis donde se remarcaba que el discurso de “La historia me absolverá” había cumplido largamente con la estrategia de propaganda revolucionaria y además como la mayor denuncia contra la dictadura, sus orígenes, sus causas y consecuencias, la criminalidad del régimen batistiano. Pero también el alegato fundamentaba la resistencia y la lucha de liberación. En ese discurso estaba escrita la tragedia de la sociedad cubana- que era a la postre la tragedia latinoamericana- y el programa de acción revolucionario para revertir esa situación. Se reafirmaba la continuidad revolucionaria con la lucha independentista que había quedado claramente establecida cuando Fidel Castro afirmó ante sus captores, que el autor intelectual de los hechos era José Martí. El lenguaje político era de una fuerza avasalladora, y además se esbozaban los planes de un gobierno revolucionario, con sus leyes revolucionarias y Fidel hablaba ya de la solidaridad con América Latina. Era un programa dicho en un lenguaje renovado, sin dogmatismos, abierto y sencillo para llegar al pueblo con toda la intensidad del mensaje.

Fidel Castro además destruyó los falsos argumentos jurídicos de la dictadura y cambió la perspectiva sobre el significado de aquel 26 de julio que pasó a transformase en una acción atenida al derecho de los pueblos a luchar para salvar a la República y en legítima defensa de un pueblo sometido a una dictadura brutal. El derecho a la rebelión, a la liberación.

“En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Estos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana”.

Como bien marca el gran escritor cubano Alejo Carpentier -ya fallecido-en su prólogo al libro de Marta Rojas en 1979,  sólo seis años después “de que el futuro comandante Fidel Castro dijera a sus jueces en Santiago “condenadme, no importa, la historia me absolverá”, se produjo el triunfo de la Revolución Cubana.

Falta muy poco tiempo para  que se conmemoren los 50 años del comienzo de esa Revolución, una historia de heroísmo y de enormes valores para la humanidad, un hecho luminoso para nuestra América y el mundo. Esa fecha coincidirá con el momento en que recrudecerá la agresión del imperio contra Cuba, una isla pequeña pero enorme en dignidad, situada a sólo 90 millas de la nación más poderosa de la tierra y cuyos gobiernos determinaron que la Revolución y el pueblo cubano son los “enemigos” a destruir.

A lo largo de los años han intentado  asesinar a Fidel Castro infinidad de veces recurriendo a  increíbles planes, algunos primitivos y otros sofisticados, que siempre fracasaron.

No hace mucho tiempo en el marco de los preparativos en Estados Unidos para “preparar la transición “en Cuba, como si hablaran de su territorio y no de una república independiente, el legislador republicano Lincol Díaz Balart, de orígen cubano, convertido en un victimario de su propio país en esa cuna de lobos que es Miami, propuso públicamente asesinar al Presidente Castro así como infiltrar espías estadunidenses entre los turistas extranjeros que visitan la isla. “En Cuba se impone un magnicidio”, dijo Díaz Balart en una entrevista en Canal 41 de Miami, hablando como miembro del Congreso de Estados Unidos y proponiendo una acción terrorista, sin que hubiera una sola reacción.

Y también lo han propuesto varios republicanos como Bill McCollum. Durante años han tramado las más asombrosas conspiraciones y han confesado las acciones frustradas para asesinarlo.

En el año 2004 el presidente cubano, cuyos discursos son un seguimiento permanente de la situación interna en su país y en el mundo, envió una carta a la11ª Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo,(UNCTAD).

Lo hizo desde un país pequeño, al que la mayor potencia universal ha declarado una guerra cruel que data de casi medio siglo, con el mayor bloqueo criminal que recuerde la historia del mundo. Cuba debe crecer, desarrollarse, alimentar a la población, producir los más altos niveles de educación y de salud, y además ser la llama de la solidaridad, sometida al encierro, a la agresión constante. En los últimos años, cada puerta entreabierta sirvió para que el poderoso enemigo produzca sabotajes y prepare intervenciones e invasiones de todo tipo. Tal como lo piden sin tapujos los hombres del poder imperial.

Y, a pesar de todo eso en su carta Castro reiteró el compromiso de su país con la cooperación y dijo que no vacilará “en continuar brindando su solidaridad desinteresada y su apoyo a los pueblos del Tercer Mundo”.

La UNCTAD, fue fundada hace más de 40 años, nació-como escribió Fidel- como una “noble tentativa  del  mundo subdesarrollado por crear en el seno de Naciones Unidas, a través de un comercio racional e justo, un instrumento que sirviera a sus aspiraciones de progreso y desarrollo..”.

En esos tiempos “eran muchas las esperanzas, sobre la ingenua creencia de que las antiguas metrópolis habían adquirido conciencia del deber y la necesidad de estar de acuerdo con ese objetivo (de la ONU) Hoy el terrible flagelo del intercambio desigual apenas es mencionado en discursos y conferencias”.

Castro dio entonces las cifras de la tragedia universal recordando que en  los países pobres vivía el 85 por ciento de la población mundial, pero su participación en el comercio internacional era apenas el 25 por ciento. La deuda externa de esos países  en 1964 -año en que nació la UNCTAD- giraba en torno a los 50 billones de dólares y en el 2004 alcanzaba a 2, 6 trillones de dólares. Y dijo más: que entre 1982 y el año 2003 (21 años)el mundo pobre pagó 5,4 trillones de dólares por el servicio de la deuda, lo que significa que su deuda fue pagada más de dos veces a los países ricos.

Denunció que en el año 2003, el Tercer Mundo recibió como “ayuda oficial para el desarrollo” 54 billones de dólares. Pero ese mismo año los pobres pagaron a los ricos 436 billones por servicio de la deuda. Y mientras tanto el país más rico del mundo destinó apenas el 0,1 por ciento para este fin, sin cumplir las metas trazadas. En los pagos realizados por  países pobres no están incluidas las enormes sumas que se arrebatan por el intercambio desigual, o por los caminos sinuosos de los llamados tratados de libre comercio impuestos a las naciones “incapacitadas de competir con la sofisticada tecnología, o el monopolio casi integral de la propiedad intelectual en esos inmensos recursos de los países ricos”.

Y en todo ese formidable discurso habló del pillaje, la explotación inmisericorde de nuestros pueblos, la especulación financiera, la invasión cultural y de los robos imposibles de enumerar, pero que significan el avasallamiento permanente y el genocidio que nos han impuesto.

Castro recordó que todo el dinero  del mundo va a Estados Unidos para que ese país se proteja de la inestabilidad monetaria y la fiebre especulativa, que provoca su propio orden económico. Habló de las consecuencias de la globalización neoliberal para recordar las cifras del hambre en el mundo y decir “lo que se practica contra la humanidad, es un crimen permanente de genocidio”:

Como aquella vez en los tribunales de Santiago de Cuba, Castro resumió buena parte de sus denuncias donde asume la voz de los millones de analfabetos, y de las decenas de millones condenados a morir por la injusticia mundial y que suman más que las víctimas de las dos guerras mundiales pasadas.

“Esto pasa todos los días, a toda hora, sin que ninguno de los líderes del mundo desarrollado y rico dedique una palabra a esa situación” dijo en su reflexión y su demanda.

Como alguna vez en los años 1985 cuando advirtió que la deuda externa sería incobrable e impagable, al comenzar el siglo XXI advirtó que la humanidad tiene más de 6.350 millones de habitantes, que deben ser vestidos, calzados, alimentados, albergados y educados y que esa cifra ascenderá inevitablemente a diez mil millones en 50 años y para entonces no habrá reservas de combustible probadas o a probar en un planeta que tardó 300 millones de años para crearlas y la contaminación de las aguas y la atmósfera, y la destrucción con que el capitalismo avanza como un huracán destructor de todo lo vivo.

“El sistema imperialista que hoy impera, para donde inevitablemente fue evolucionando la sociedad capitalista desarrollada, ya llegó a un orden económico global neoliberal tan impiadosamente irracional e injusto, que es insustentable. Y los pueblos se van a rebelar contra esto”.

Razonó además que no se necesita que traten de inventar partidos, ideologías o agentes subversivos y desestabilizadores de Cuba y Venezuela, para detener “esa justa y única posibilidad de sobrevivencia que es la rebelión de los pueblos.”.

Fidel se refirió también a las sociedades de consumo y lo que esto ha significado para producir ignorancia política y económica generalizada, mediante manipulación de “la publicidad comercial y política a través de fabulosos medios que creó la ciencia”.

Denunció asimismo los peligros que amenazan al mundo cuando existen decenas de millares de armas, diez veces más poderosas y precisas que la bomba atómica que fue arrojada sobre Hiroshima, más de 60 años atrás, cuando por primera vez en la historia el hombre ha desarrollado la capacidad técnica para su total destrucción.

Y en esa misma carta conmocionante advirtió sobre  las temibles guerras preventivas y la amenaza del uso de las armas más sofisticadas en cualquier lugar del mundo, “una barbarie que empalidece” a la que se proclamó en “los días tenebrosos del nazismo”.

Guerras de conquista y de sádicos métodos de tortura, que recuerdan las imágenes divulgadas después de la guerra mundial. Nada dejó en el tintero Fidel Castro en su carta a UNCTAD. Habló de cómo se socavan y debilitan los organismos que deben asegurar la democratización y la paz en el mundo.

“O cambia la situación mundial o la especie corre el riesgo de extinción. Los pueblos serán ingobernables y no existen métodos represivos, torturas, desapariciones y asesinatos en masa que podrán impedirlo, porque luchan por la soibrevivencia de sus hijos y de los hijos de sus hijos y estos no estarán solamente en el Tercer Mundo sino igualmente lo harán todas las personas del mundo rico”.

Por eso vale en estos tiempos de retornos coloniales, de salvajismo imperial, en que sólo la dignidad nos puede salvar del abismo y el genocidio, releer “La historia me absolverá” y los textos acumulados a través de los años donde Fidel recoge y reaviva la llama de la dignidad humana.

Y su actuales “Reflexiones” conque continúa desde su lugar de recuperación enseñando a enseñar, desmenuzando los momentos políticos actuales, las características del imperio, las nuevas ideas que marcan el debate. Habla al mundo a través esas “Reflexiones” con una sinceridad sobrecogedora, como un anuncio de los nuevos tiempos y una demostración inequívoca de la sobrevivencia de la dialéctica.

Cuba es una eterna llama de vida donde  un pueblo de extraordinaria valentía, protagoniza una hazaña de resistencia que permanecerá como un legado para la humanidad a  través de los siglos. Y más aún en estos tiempos donde cinco jóvenes cubanos que intentaban impedir el terrorismo organizado desde Miami contra su país, se han convertido en rehenes del imperio y en héroes de Nuestra América.

Esta América, donde los pueblos, han protagonizado una y otra vez heroicas resurrecciones y luchas y hemos aprendido la lección de la revolución cubana.

Hemos aprendido que un pueblo sólo puede resistir como lo ha hecho el cubano si hay una dirigencia de valores tan eternos como requieren todas las circunstancias.

Y es ahí donde aparece la figura  del Comandante Fidel Castro y sus palabras que surgen de nuestra propia historia, de las entrañas de América Latina, y nos acompañan todos los días en cada gesto de dignidad, de resistencia y solidaridad. Cuba nos dice que “sí se puede” y se debe poder hoy cuando se juega el futuro de América Latina, porque no es posible otro siglo perdido con un regreso colonial violento.

Volver a leer “La historia me absolverá” nos muestra que la continuidad y coherencia han sido la base de la resistencia en Cuba. Que una isla situada a 90 millas de su agresor, nada menos que la mayor potencia del mundo, sobreviva a todo lo actuado por ese enemigo, es un hecho único, que sobrevivirá a todos los tiempos.

Esa misma dinámica de la historia habrá borrado y sumido en los sótanos del olvido a los traidores, los pusilánimes, los mediocres, los cobardes, los sirvientes de ese poder. “La Historia me Absolverá” es un texto de canto a la vida y la dignidad, un espejo-lago donde mirarse para ponerse de pie y andar. Gracias a Fidel por la vida que nos sopló para siempre.

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  • Dardo Ribas dijo:

    IMPRESIONANTE ANÁLISIS DE STELLA CALLONI

    No tengo capacidad intelectual para agregar o comentar.

    Sólo expresar mi absoluta identificación con los conceptos vertidos.

    Una clase magistral que debería leerse o debatirse en las aulas universitarias y como parte de un programa de reflexión dirigido a edificar un mundo nuevo donde, finalmente, impere la paz, la concordia y la justicia social; tirando al basurero de la historia toda la mugre indecente con que el capitalismo y el imperialismo han enlodado a la Humanidad.

    Me impresionó la frase final.

    No me refiero a su bella construcción, sino al contenido.

    Eso es así, porque esas palabras encierran, sintetizan, lo que siento a esta altura de mi vida…

    “Gracias a Fidel por la vida que nos sopló para siempre.”

    También gracias a ti, Stella, por educarnos con la cristalina fe de tus convicciones -que son las nuestras-, y por ayudarnos a espantar el escepticismo, la idea nociva del inmovilismo fatalista que nos quiere inculcar el enemigo de los pueblos, en su pretensión miserable de que la Revolución es una utopía.

    Fidel es la sucesión de Lenin. El guía, el conductor, el padre. Las masas, concientizadas, el esclarecido ejército para poner de rodillas a la canalla de este mundo.

    Uno recuerda aquel afiche o dibujo que mostraba a Lenin con una escoba en la mano, barriendo toda la basura del planeta y percibe, sin dudarlo, que no dejarán de aparecer sus reemplazantes en tan edificante y maravillosa tarea.

    Un abrazo para ti desde la costa atlántica.

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Stella Calloni

Stella Calloni

Periodista argentina y corresponsal en su país del diario La Jornada. Es autora de “Los años del Cóndor”.

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