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Consejos impúdicos

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La prensa escrita de todo el mundo, la televisión, la radio, los libros que se publican y los demás medios de comunicación de todo el planeta han estado, a lo largo de casi medio siglo, cargados de trabajos dirigidos exclusivamente a atacar a la revolución cubana al calor de un multimillonario estímulo en dólares que creció, en vez de disminuir, al término de la guerra fría.

Durante los años del enfrentamiento entre las dos grandes superpotencias, los presupuestos de las campañas de propaganda de Estados Unidos contra sus adversarios eran manejados por los servicios secretos. Pero, en las nuevas condiciones surgidas tras la desaparición de la Unión Soviética, la superpotencia americana puso en práctica el uso de organizaciones no gubernamentales que, sin tapujos, distribuyen presupuestos que son asignados para estos fines por el Congreso estadounidense.

Pero lo que quiero contar es algo bastante inusitado aun en las nuevas condiciones. Se trata de un trabajo periodístico titulado “La isla prisionera de los Castro”, con todas las características de los que pagan la USAID, la National Endowment for Democracy (NED) y otras ONG que son conocidas fachadas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), publicado el 21 de mayo de 2008 en el periódico conservador canadiense The National Post, de Toronto, firmado por el Embajador de los Estados Unidos en Canadá, David H. Wilkins.

Lo excepcional no es que un embajador estadounidense viole principios y prácticas del derecho internacional que proscriben la intromisión de los diplomáticos extranjeros en la política interna y externa del gobierno ante el cual están acreditados; eso casi ha sido ya impuesto por Washington como una prerrogativa exclusiva para sus representantes a partir de su condición de superpotencia única.

Lo significativo es que, dadas las características e importancia de las relaciones con Canadá, se podría suponer que el Embajador en Ottawa debía ser una persona mejor informada acerca de Cuba, un país que tiene con Canadá vínculos que debían servir de modelo de lo que, en aras de la concordia hemisférica, podrían ser en este continente las relaciones entre el Norte opulento y el Sur en lucha por el desarrollo.

Llega al colmo de la impudicia el señor embajador cuando afirma que cualquier preso político cubano puede atestiguar que el Estado cubano no cumple las provisiones sobre derechos humanos que establecen que “nadie será objeto de tortura, trato inhumano o degradante o castigo”.

Hasta los enemigos más acérrimos de la revolución cubana reconocen que solo en las fábulas que encarga y paga la CIA se aplica un trato inhumano a los prisioneros en Cuba.

Debía saber el señor embajador que Cuba es probablemente el único país de Latinoamérica donde nunca, desde 1959, ha sido torturado un prisionero, ni ha habido ejecuciones extrajudiciales.

Cuba es el único país en América Latina donde, en los últimos 49 años, no han existido fuerzas paramilitares ni escuadrones de la muerte, ni prisionero alguno ha sido encerrado sin juicio o hecho “desaparecer” al estilo de las brutales dictaduras latinoamericanas patrocinadas por los EEUU.

Solo en la Base Naval de Guantánamo encontraría en Cuba el embajador Wilkins dirigentes civiles y militares que promuevan o permitan que un prisionero sea torturado, violado sexualmente, “quebrado” mediante el uso de técnicas de depresión sensorial, aislamiento, depresión por sueño, nudismo forzoso, humillación sexual o cultural, miedo inspirado por perros entrenados, ejecución simulada y amenazas de violencia o muerte contra sus seres queridos. Son prácticas inhumanas que los asesores militares estadounidenses introdujeron en América Latina pero se dejaron de practicar en Cuba con el triunfo de la revolución en 1959.

La obcecación de Washington por tratar de obtener mediante chantajes, presiones, fraudes, engaños y amenazas una condena contra Cuba en la ya extinta Comisión de Derechos Humanos de Ginebra para justificar su criminal bloqueo económico, desacreditó la autoridad de esta agrupación internacional a tal punto que fue disuelta para dar lugar a otro cuerpo sin la hegemonía de los Estados Unidos.

Los cubanos consideran particularmente ofensivas las campañas mediáticas y diplomáticas dirigidas contra la Isla por supuestas violaciones de los derechos humanos, porque el más estricto respeto por la integridad del individuo ha sido práctica y exigencia que ha acompañado y servido a la causa revolucionaria cubana desde los años de lucha contra la dictadora de Fulgencio Batista.

Mientras las fuerzas de la tiranía, apoyadas, entrenadas y asesoradas por militares de EEUU, mataban, torturaban y cometían abusos contra los detenidos sospechosos de ser combatientes, los revolucionarios respetaban estrictamente la integridad de cada miembro de la policía gubernamental y otros militares que hacían prisioneros.

Esta conducta provocó en las fuerzas gubernamentales una marcada disposición a rendirse a los combatientes revolucionarios cuando eran conminados a ello, lo que contrastaba con la conocida actitud de los combatientes rebeldes de resistir las torturas hasta la muerte.

El más estricto respeto de los derechos humanos del enemigo ha sido probablemente uno de los más efectivos recursos en la lucha de los revolucionarios cubanos por la autodeterminación y la justicia social. Y lo sigue siendo en la actualidad.

No creo que el Embajador Wilkins pueda haber sido movido por los dineros que distribuyen USAID, la NED y otros ejecutores directos de la campaña contra Cuba que patrocina oficialmente el gobierno de los Estados Unidos.

Debe haber otras motivaciones para que empreñe de esa manera su credibilidad en una causa tan absurda como genocida.

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Manuel E. Yepe

Manuel E. Yepe

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

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