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A seis años de un cruel pretexto

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Hace seis años, el Presidente de los Estados Unidos de América convocó a una batalla global contra el terrorismo y, a partir de ese instante, convirtió al flagelo en pretexto para atroces fechorías del imperio.
Llama la atención de observadores políticos independientes la capacidad que ha demostrado el gobierno de Estados Unidos para mantener alejado del interés de la opinión pública el cúmulo de cuestionamientos que provocó desde el primer momento la versión gubernamental del pretendido ataque terrorista.
A seis años de la tragedia de las torres gemelas del World Trade Center, esas interrogantes permanecen excluidas del contenido informativo de los medios de prensa corporativos que orientan la opinión pública estadounidense y, en buena medida, la mundial.
La evidencia de vínculos económicos muy antiguos entre las familias Bush y Bin Laden; las "oportunas" apariciones de Osama y de las amenazas de Al Qaeda; las probadas mentiras sobre los vínculos de Al Qaeda con Irak; las numerosas inexactitudes contenidas en la explicación oficial inicial de lo sucedido el 11 de septiembre de 2001, y la desaparición de elementos eventualmente probatorios de graves irregularidades y manipulaciones en relación con tales hechos, parecen carecer de motivación noticiosa.
Es evidente que aquella acción terrorista que costó la vida de más de tres mil personas solo benefició a los promotores del llamado Proyecto del Nuevo Siglo Americano, explícitamente necesitados, para desplegar sus planes, de un pretexto del tipo de los que, reconocidamente, los Estados Unidos se han servido para justificar todas sus guerras imperialistas.
Es difícil explicarse cómo el gobierno de Estados Unidos pudo lograr el apoyo de la ciudadanía de su país para lanzar una guerra contra Osama Bin Laden -que se tradujo en la ocupación de dos naciones independientes a un costo de muchos billones de dólares y, solo en Irak, unas cuarenta mil bajas propias, incluyendo casi cuatro mil muertos y decenas de miles de mutilados-, cuando era sabido que la organización Al Qaeda tenía entonces menos de 430 miembros y probablemente ninguno en Irak.
La evidencia de las mentiras que la actual administración de Estados Unidos utilizó para ganar el apoyo de la opinión en Estados Unidos para la guerra contra Irak (armas de destrucción masiva, vínculos de Saddam Hussein con Osama Bin Laden y muchas otras más) tiene que ofender hondamente la dignidad de una nación que, junto con lamentar sus miles de soldados muertos y mutilados por esa guerra, soporta la vergüenza y la condena de todo el mundo por las masacres de civiles, niños y ancianos, y por los escándalos de torturas de prisioneros en que se hallan comprometidas las fuerzas armadas de su país.
Más aún, a partir de los acontecimientos del septiembre 11 de 2001, se multiplicó en los Estados Unidos el número de personas que han visto cercenados sus derechos civiles y políticos por motivos relacionados con la filiación política, el color de la piel, la procedencia social o la condición de inmigrante.
No debía sorprender el hecho de que hoy la población de los Estados Unidos se manifieste mayoritariamente por el fin de las guerras de ocupación contra Afganistán e Irak y el regreso a casa de sus tropas agresoras, lo que resulta impresionante es que aún exista algún ciudadano de esa nación que valore justificadas esas guerras lanzadas por el gobierno de la superpotencia.
Manipulado por el control de medios de información que ejercen las mismas fuerzas que son responsables de las guerras, cierto número de norteamericanos considera todavía que los torturadores de Abu Graib y otras cárceles en Irak, así como los verdugos de medio millar de prisioneros en la ilegal base militar de Estados Unidos en Guantánamo, Cuba, son ovejas negras en un ejército en el que esos males son excepcionales.
El escamoteo  de la verdad en torno a los acontecimientos en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 confirma el criterio de que, entre las primacías  de que disfrutan los ciudadanos en los Estados Unidos de América está la de ser los más engañados del mundo, aquellos cuyo derecho a conocer la verdad les es violado de manera más sistemática.
Se dice que la mayoría de los pobladores de Nueva York ha perdido desde entonces todo respeto por la prensa porque considera que fue en Estados Unidos donde se planeó y ejecutó el derribo de las torres y los medios ni siquiera se acuerdan ya de aquello.
A Anselmo Liberato, periodista dominicano residente en Nueva York que ha sufrido persecución y difamación por lo que ha investigado y escrito sobre el tema, le llama la atención que, junto con las torres gemelas, se desmoronara el edificio 7, que también formaba parte del Centro Mundial de Comercio (WTC), donde estaban enclavadas las oficina del Alcalde, el Servicio Secreto y las oficinas del consorcio ENRON, el que desfalcó a todos sus socios. "Ahí no impactó ningún avión y, sin embargo, colapsó en menos de ocho segundos. En las propias noticias de ese día, los canales televisivos mostraron a bomberos, policías y civiles hablando enfáticamente del sinnúmero de explosiones que se escuchaban al tiempo que el edificio se venía abajo."
Según el periodista dominicano, "los aviones que se estrellaron en las torres gemelas, eran aviones-misiles dirigidos por computadoras a control remoto, los cuales tenían los explosivos en las alas y en el tanque de gasolina".
Como en el Pentágono, en las torres gemelas no se encontraron restos de avión, porque que lo que impactó allí fueron aviones-misiles y ellas colapsaran por efecto de los explosivos que se colocaron según el sistema de demolición controlada que se aplica para derribar edificios sin poner en peligro al vecindario.
Si quienes controlan los hilos del poder en la gran nación norteamericana decidieran ahora abrir a la opinión pública la caja de Pandora de las Torres Gemelas a seis años del triste acontecimiento, pudiera ello se convertirse en el elemento que colme la crisis que afecta al actual Presidente y que tiene muy incómodos a los líderes del Partido Republicano abocados a elecciones y, seguramente, a buena parte del sistema corporativo y del complejo militar industrial.
Esto podría ocurrir cuando el mandatario haya dejado definitivamente de ser útil a los propósitos hegemónicos de la élite del poder estadounidense y ésta decida deshacerse de él y convertirlo en chivo expiatorio de tantos recientes fracasos de la cúspide neoconservadora.

*Manuel E. Yepe Menéndez es periodista  y se desempeña como Profesor adjunto en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana.

Septiembre de 2007

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Manuel E. Yepe

Manuel E. Yepe

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.