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Elecciones presidenciales en Estados Unidos

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Las elecciones presidenciales en los Estados Unidos constituyen la esencia de su democracia. La ciudadanía disfruta cada cuatro años del derecho a escoger a la máxima autoridad de esa nación entre dos candidatos propuestos por sendos partidos políticos que garantizan el ejercicio real del poder por una cúpula que no se somete a elecciones de tipo alguno, integrada por las grandes corporaciones transnacionales y el complejo militar industrial.

Las campañas electorales de los aspirantes a ser nominados candidatos por los dos partidos políticos integrados en el sistema -el republicano y el demócrata- cuestan muchos cientos de millones de dólares, aportados casi todos por entidades empresariales que forman parte de la élite del poder, con interés en apoyar a uno, algunos o todos los aspirantes para así garantizarse compromisos con el/los triunfador(es) y una mayor influencia en las decisiones del gobierno, dentro de la continuidad del sistema.

El evento comicial que tendrá lugar el 4 de noviembre de 2008 será la quincuagésima quinta elección presidencial consecutiva celebrada a lo largo de los últimos 220 años. Se elegirá al presidente y al vicepresidente de los Estados Unidos por un período de cuatro años, a contar desde enero 20 de 2009 en que tomarán posesión. En estos comicios también serán electos los 435 miembros de la Cámara de Representantes y 34 de los 50 miembros del Senado.

Los mecanismos para la validación del voto popular, implantados en 1788 y modificados en 1832, son singulares y complejos, siempre destinados a asegurar la protección de los intereses de la clase dominante garantizando la preponderancia de los partidos que la representan, en realidad un único partido con dos discursos que solo difieren en algunos matices.

George W. Bush no ha sido el primer presidente de los Estados Unidos electo con una cantidad de votos a su favor inferior que la de su oponente. No son los votos populares los que eligen a los máximos dirigentes de esa nación, sino "votos electorales" repartidos a los estados que forman la Unión, emitidos y contados en el Colegio Electoral nacional. Todos los votos electorales de un estado se computan en el Colegio a favor del candidato ganador en aquel territorio, de ahí que haya estados más "importantes" que otros.

Los mecanismos para la asignación a los estados del número de votos electorales que les corresponde rara vez se discuten por la prensa o la opinión pública.   Si esto último ocurriera, podría destaparse una caja de Pandora a favor de una representación justa de la opinión pública capaz de desembocar en una demanda a favor del voto popular directo.

En la actualidad, los votos electorales se reparten a los estados según el conteo de habitantes del censo más reciente. La   propuesta de reforma más en boga hoy consiste en que sea de acuerdo a la cantidad de congresistas de cada estado. En la práctica, lo que interesa al "establishment" es garantizar la preponderancia de los partidos y ello lo aporta el método actual y también el nuevo, cualquiera que sea el que al final resulte.

Para ser electos, el Presidente y el Vicepresidente necesitan la mayoría (270) de los 538 votos electorales repartidos entre los estados.

El costo de las campañas presidenciales de los dos partidos que se alternan en el gobierno en Estados Unidos creció de $449 millones en 1996 a $650 millones en 2000, y $1001 millones en 2004. Se calcula que para tomar parte en la carrera comicial de 2008 cada candidato necesitará recaudar no menos de $100 millones antes que concluya el año 2007.

Las leyes federales exigen que los aspirantes a candidatura creen e inscriban sus comités especiales de campaña antes de comenzar a recibir las contribuciones y que informen sistemáticamente acerca de los fondos que recauden para las elecciones primarias.

Para recaudar fondos, los comités de campañas deber interactuar con la gran prensa y con los grandes negocios, ambos bajo el control de los mismos intereses que son los mismos que manejan los hilos de todo el espectáculo. La divulgación por los medios de discursos, debates y opiniones acerca de las posibilidades de los aspirantes mediante notas, comentarios, pronósticos y reportes de encuestas -reales o manipuladas- estimula las contribuciones y ésta la publicidad. Y así sucesivamente hasta el final de la ruta en la que habrán quedado fuera decenas de aspirantes y muchos millones de dólares desperdiciados.

Los dos partidos de gobierno celebran convenciones nacionales para las que se eligen delegados en "caucuses" (reuniones de lideres parlamentarios de un partido) y convenciones estaduales, así como en elecciones primarias directas. Cuando en agosto de 2008 (los republicanos) y en septiembre (los demócratas) celebren sus convenciones nacionales, ya en realidad ambos partidos habrán seleccionado a sus candidatos presidenciales sobre la base de las primarias de marzo de 2008 en las que los elegidos serán quienes hayan aportado el mayor número de delegados con vistas a lograr su nominación en las convenciones respectivas.

Un mes antes, el 5 de febrero de 2008, habrán efectuado sus primarias estaduales unos 20 estados que, en conjunto, reúnen la mitad de la población de los Estados Unidos y ya la suerte de los aspirantes estará echada.

Y, finalmente, el 4 de noviembre de 2008 los ciudadanos con derecho al voto en los 50 estados y el Distrito de Columbia irán a las urnas para elegir… a los miembros del Colegio Electoral nacional.

El citado Colegio Electoral nacional recién constituido se reunirá el día 15 de diciembre para, a su vez, elegir al Presidente y el Vicepresidente de los Estados Unidos de América, depositando a favor de uno u otro candidato de los partidos el número total de los votos electorales que tienen asignados.

Si ninguno de los candidatos obtuviera en el Colegio Electoral el número de votos exigido, la elección del Presidente tendría lugar en la Cámara de Representantes y, la del Vicepresidente, en el Senado. En ambas instancias, cada estado ejercería un solo voto.

Está claro que si ocurriera por algún extraño fenómeno -como pasó en 1825 y 1937- que un candidato que no represente a uno de los dos partidos que se alternan en el gobierno obtuviera el mayor número de votos electorales, cuando la facultad de elección llegue al Congreso, se unirían allí republicanos y demócratas para elegir al que mejores resultados hubiera obtenido de entre los candidatos del sistema "bipartidista".

Todo está previsto para que no haya casualidad ni voluntad popular que ponga en peligro la continuidad del sistema de dominio del gran capital y el complejo militar-industrial.  

Aquí está la raíz del enorme abstencionismo. ¡Es como en la Grecia antigua: una democracia excluyente que se vende como paradigma universal!

*Manuel E. Yepe Menéndez es periodista y se desempeña como Profesor adjunto en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana.  

Agosto de 2007

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Manuel E. Yepe

Manuel E. Yepe

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.