Si Malcolm X viviera...
Detrás de la máscara angelical, el rostro ausente. Palabras dichas sin convicción, puro artificio del verbo. En el auditorio, veladas sonrisas, esfuerzos por mantener la ecuanimidad, y en no pocos corazones un repunte contenido de ira. Sobre todo cuando dice: "Sé que el Partido Republicano tiene mucho que hacer".
El calendario apunta el 23 de julio de este 2004 y la escena acontece en Detroit, Michigan, durante el foro de la Liga Nacional Urbana. El presidente candidato a la reelección George W. Bush viaja a esa ciudad para cortejar desesperadamente el voto de la comunidad afronorteamericana, la misma que ninguneó para consumar el colosal fraude que lo llevó en el 2000 a la Casa Blanca.
No ignora que en aquel año el 90 por ciento de los negros que tuvieron acceso al voto real -harto conocido es el hecho de que ese sector de la sociedad concentra la mayor cantidad de electores interdictos- lo hicieron por el candidato demócrata, y que la tendencia hacia los comicios de noviembre no solo se mantiene, sino se refuerza.
Sus asesores deben estar al tanto de la encuesta que este verano aplicaron de conjunto CBS News y BET (Black Enterteiment Television) en la que el 85 por ciento de los negros entrevistados desaprobó su gestión.
"¿Es buena cosa para la comunidad negra estar representada por un solo partido?", pregunta a los líderes de la Liga Nacional Urbana el aspirante republicano a la reelección. Y en los corrillos de este y otros foros afronorteamericanos influyentes, y a nivel de la opinión pública, Bush y compañía tratan de presentarse como "amigos" de los negros. Invita a que todos echen un vistazo a su equipo y comprueben lo bien que les va a Colin Powell, a la inefable Condoleeza Rice y al opaco secretario de Educación, Rod Paige.
Pero a muchos la memoria no les flaquea. Apenas un par de semanas antes, por no ir muy lejos, Bus se ha negado a corresponder una invitación que le hiciera la Asociación para el Progreso de la Gente de Color (NAACP) a su convención anual del 8 de julio. No estaba dispuesto a escuchar voces disidentes.
La memoria guarda la impudicia del Presidente al avalar un año atrás la decisión de la Corte Suprema de apoyar a quienes en la Universidad de Michigan se pronunciaran contra la llamada acción afirmativa en el ámbito académico, mediante la cual los negros y los latinos tendrían determinadas cuotas de acceso a los estudios superiores. Hechos como ese hicieron afirmar a Jesse Jackson que Bus era "el presidente que más se ha apartado de los derechos civiles en los últimos 50 años".
La memoria tiene fresca la unanimidad con que el congreso de la CBTU (confederación de sindicatos de trabajadores negros), efectuado del 21 al 26 de mayo en San Francisco, abrió fuego graneado contra los terribles efectos sociales del bushismo: el presidente de la asociación gremial, William T. Lucy, recordó la pérdida de 2,4 millones de empleos (para negros, blancos y latinos) en los 29 meses precedentes.
Y al referirse al tema de la guerra en Iraq, señaló cómo la Casa Blanca se las había arreglado para sustituir las inexistentes armas de destrucción masiva de Bagdad por "armas de distracción masiva empleadas para involucrarnos".
La memoria no puede obviar el creciente rechazo de la comunidad afronorteamericana a esa guerra: en todas las encuestas realizadas en lo que va de año, oscila entre un 70 y un 75 por ciento el índice de los que dicen que todas las tropas, sin excepción, deben volver a casa.
Desde luego que la situación de deterioro, marginalidad, pobreza y falta de oportunidades que padece esa comunidad responde a un grave problema estructural que va más allá de políticas coyunturales y soberbias presidenciales.
El mal de fondo radica en la incapacidad del sistema mismo para generar auténtica justicia social y superar atavismos inoculados en la propia formación de la sociedad norteamericana.
Una de las mentes más lúcidas de Norteamérica, el historiador Howard Zinn, al mirar el momento inmediatamente anterior al robo electoral de Bus en el 2000, advirtió que "Estados Unidos era el país más rico del mundo, con un 5 por ciento de la población de la Tierra, pero que consumía el 30 por ciento de lo que se producía en todo el mundo. La riqueza estaba polarizada, con un 1 por ciento de la población propietario del 35 por ciento de la riqueza. (...) En sus empobrecidas ciudades, los niños morían en un porcentaje más alto que en cualquier otro país industrializado. En un año, 1988, murieron 40 000 bebés antes de cumplir el año, con una tasa de mortalidad entre bebés afronorteamericanos dos veces mayor que entre los blancos. Para poder alcanzar, más o menos, una igualdad de oportunidades, se necesitaría una drástica redistribución de la riqueza y enormes inversiones para la creación de empleo, la salud, la educación y el medio ambiente".
Obviamente se trata de un problema mayúsculo que escapa a los vaivenes electoreros cuatrienales. Mientras el stablishment tenga como máxima la optimización de las superganancias corporativas y el complejo militar industrial absorba los enormes gastos de guerra para salud de sus bolsillos, es impensable una agenda social mínimamente seria y responsable que contemple el ejercicio de la justicia.
El pasado 19 de mayo, en Columbia, sede de la conmemoración del Día de Malcolm X, se alzó admonitoria la voz de Kevin Alexander Gray, un activista social de piel negra: "Este gobierno protege el bienestar y el poder de unos pocos privilegiados: de los Bush y los Bin Laden, de los Cheney y también de los Kerry. (...) Si Malcolm X viviera, diría que nuestro país es un problema; que Estados Unidos y su gobierno siempre se han interesado en mantener un país racial, étnica y sexualmente dividido, una nación que no es para todas sus gentes. Si Malcolm X viviera, probablemente lo volverían a matar".


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