La dictadura mediática de Falsimedia*: Credulidades
Rebelion
En un artículo titulado «Los ojos del Duce» explicaba Umberto Eco que en nuestro tiempo «si una dictadura ha de haber, será una dictadura mediática y no política». A partir de esa premisa está la cuestión de los métodos: «Una televisión controlada por el poder no debe necesariamente censurar las noticias». Es posible establecer un régimen mediático sin necesidad de censuras, con la «apariencia de decirlo todo». Basta -afirma Eco- saber como decirlo.
El semiólogo italiano se refiere a la práctica televisiva de enunciar primero las objeciones de la oposición para objetarlas después. «El resultado persuasivo se da por descontado: tiene razón quién habla el último». «A un régimen mediático no le hace falta meter en la cárcel sus opositores. Los reduce al silencio, más que con la censura, dejando oír sus razones en primer lugar». El factor fundamental para el buen funcionamiento de un régimen mediático a diferencia de un régimen «al estilo fascista» es que «está extendido el convencimiento de que se acepta el disenso». Es decir, y en otras palabras, funciona la credibilidad de los medios.
Podría decirse, en relación con ese factor vital para el poder, que los medios de comunicación -Falsimedia- dedican una parte de su esfuerzo a asegurarse esa credibilidad que les permite emplearse a fondo, es decir, mentir descaradamente, en los momentos en los que el sistema de poder se está jugando una batalla fundamental.
Una vez efectuada la invasión de Iraq, por ejemplo, algo que los medios considerarán siempre como irreversible -revertirlo sería aplicar el programa que ha promovido Sami Nair: los EEUU y sus aliados deben someterse a la legalidad internacional y retirarse inmediatamente de Iraq, deben aceptar el establecimiento de un gobierno provisional que represente a todas las sensibilidades iraquíes, incluidos los baazistas, y deben pagar económicamente la reconstrucción ya que ellos han destruido y invadido el país- los medios de comunicación se han esforzado por recuperar la credibilidad perdida. Para ello nos han informado cumplidamente de la demostrada inexistencia de las armas de destrucción masiva -eso sí, como algo que sólo ha quedado claro ahora-, y de la manipulación de la verdad que ha realizado el gobierno Bush -ellos prefieren hablar de exageraciones en la percepción de amenazas-. Además, los medios están favoreciendo la implicación de la ONU en la transición iraquí para la realización de una «transferencia de soberanía y una democratización creíble».
Volviendo a los métodos para aplicar un régimen mediático es evidente que las técnicas de manipulación van mucho más allá que la de establecer el sistema de prelación del que nos habla Umberto Eco.
Durante la preparación de la guerra contra Iraq uno de los método más eficaces fue el de la alteración de «la carga de la prueba», el cambio de lugar de la sospecha, la violación flagrante del principio de la presunción de la inocencia. Ante la pregunta: ¿En dónde o sobre quién recae la sospecha? Los medios respondieron unilateralmente - contra toda la lógica informativa, contra la evidencia de las informaciones- que sobre Iraq. Los EEUU construyeron una sospecha que fue admitida sin vacilaciones por los medios.
El análisis de un editorial del País, «Mentiras para la guerra», del viernes 16 de enero de 2004 -un periódico que juega con la credibilidad de alguno de los sectores que se opusieron y manifestaron contra la guerra- es muy interesante para estudiar este continuo juego perverso, entre el sostenimiento de la mentira y la recuperación de la credibilidad, de los medios de comunicación.
Habrá que recordar primero que en un memorable editorial de fecha 6 de febrero de 2003, El País se decantaba absolutamente por dar la máxima credibilidad a las ridículas acusaciones de Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU.
«EEUU ha afianzado su caso contra Sadam Hussein tras la extensa intervención de su secretario de Estado, Colin Powell...»
«retahíla de indicios que refuerzan la presunción de que el dictador iraquí ha violado la unánime resolución 1441 a través del ocultamiento de armas químicas y biológicas.»
«La exposición del jefe de la diplomacia estadounidense... ha venido a confirmar el diagnóstico de Hans Blix.. según el cual Bagdad nunca ha acabado de aceptar el desarme al que le conminó la ONU en noviembre, después de 12 años de incumplimiento.»
«De los documentos que Washington ha decidido finalmente compartir con la comunidad internacional se desprende para un observador de buena fe que Bagdad se ha embarcado antes de la llegada de los inspectores en un plan de ocultamiento y traslado de agentes químicos y biológicos, que sigue fabricando en laboratorios móviles».
Ahora, casi un año después, el editorial que nos sirve como referencia señala -sin duda para situarnos en un largo proceso de clarificación objetiva por la que tuvo que pasar el propio periódico- que «poco a poco, las sospechas de las mentiras sobre las que se montó esta guerra se van tornando en confirmaciones».
Poco a poco, las sospechas confirmadas ahora que sin duda surgieron también poco a poco, llevan a El País a asegurar que «el engaño ha sido masivo».
De todas formas las raíces del engaño masivo, las causas reales de la guerra, no aparecen por ningún lado en el editorial del País y tampoco, como veremos, las naturales consecuencias.
«Siete meses antes del 11-S Bush se propuso forzar un cambio de régimen» -nada pues sobre el petróleo, ni sobre la ocupación militar y transnacional de Iraq-. La presentación del objetivo de los EEUU como un «cambio de régimen» tiene un sentido específico que queda muy claro cuando más delante el mismo editorial habla del «abominable régimen desmantelado». Las mentiras de Bush quedan, al fin y al cabo, exculpadas y el expolio queda de nuevo encubierto.
Tampoco las conclusiones contra ese «engaño masivo» son excesivamente combativas. «Las mentiras de entonces pueden −obsérvese, sólo pueden− minar la credibilidad de algunas afirmaciones actuales de la Administración sobre aspectos de la guerra contra el terrorismo global».
Bush -viene a decir El País− merece credibilidad al fin y al cabo.
*Falsimedia: Término creado por Antonio Maira para referirse al conjunto de los medios de comunicación. Sirve para indicar lo que a su juicio es la función social más importante que estos poseen: falsear la realidad.
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