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La Caravana de la derrota

Por: Luis Báez
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Fulgencio Batista

Fulgencio Batista se fugó a Santo Domingo, donde lo esperaba el otro connotado dictador latinoamericano bendecido por el gobierno norteamericano: José Leonidas Trujillo.

Las doce campanadas del reloj anunciaban la llegada de un nuevo año: 1959. Era el 1 de enero. El Santoral marcaba el día de San Fulgencio.

El presidente de la República Fulgencio Batista era el anfitrión. Unas cincuenta personas de sus colaboradores de mayor intimidad habían sido citadas en su residencia militar del Campamento de Columbia. El pretexto: comer las doce uvas con motivo de la despedida del año 1958.

Solamente algunos pocos de los asistentes conocían realmente lo que se avecinaba. Los brindis y las salutaciones fueron fugaces.

A una señal de Batista, el general Eulogio Cantillo Porras se puso en posición firme y pidió la atención de los invitados a la que vez que planteaba: “Señor Presidente, los jefes de las Fuerzas Armadas consideramos que su renuncia a la Primera Magistratura de la Nación contribuirá a restablecer la paz que tanto necesita el país. Apelamos a su patriotismo…”

Los que no estaban en el secreto se quedaron más fríos que un témpano de hielo.

Batista no perdió tiempo en responderle: ” Renuncio forzado por las autoridades eclesiásticas, los hacendados y colonos, por los que se pasan al enemigo, por los que no han ganado ni una escaramuza frente a los barbudos…”

En su huida no tenía el valor de reconocer la gran verdad: había sido derrotado por el Ejercito Rebelde comandado por Fidel Castro.

En esos mismos momentos miles de soldados combatían en el oriente y centro del país, sin sospechar que el hombre que los había enviado a la muerte y sus superiores militares les sacrificaban para disfrazar la sorpresiva evasión.

En Oriente las tropas rebeldes preparaban el asalto final a Santiago de Cuba y ya se combatía en la ciudad de Santa Clara.

En la capital los habaneros cumplían fielmente la consigna revolucionaria de las O3C: cero club, cero cine, cero cabaret. La población a todo lo largo y ancho del país rehusaba participar en las tradicionales fiestas navideñas y de Año Nuevo.

Los rumores surgían uno detrás de otro: “Batista no se va; hay que matarlo aquí”, ” Ya cayó Santiago en poder de los guerrilleros”, “Golpes de oficiales en Columbia. Presos Tabernilla y Batista”, ” Los marines están desembarcando por Guantánamo y Nipe”, “Fuerzas Dominicanas están desembarcando por Santiago y Cienfuegos. Refuerzos de Trujillo a Batista”, “Camilo Cienfuegos a la puerta de La Habana con 500 guerrilleros”, etc.

Lo que realmente ocurría era que Santiago de Cuba, segunda ciudad en importancia del país, se encontraba rodeada por el Ejército Rebelde. Solo mantenía comunicación por mar y aire con el resto de la isla.

Los centros urbanos de Holguín, Guantánamo, Manzanillo y Bayamo, aun en poder del ejercito, se encontraban aislados entre sí, los rebeldes dominaban por completo la provincia oriental.

A su vez la provincia de Las Villas también estaba en manos de los guerrilleros, a excepción de su capital Santa Clara y Cienfuegos.

Los integrantes del Ejercito Rebelde bajo la dirección del Che Guevara quebraron las vías de comunicaciones nacionales, tanto por carretera que por ferrocarril.

La noche del 31 de diciembre una intensa batalla tenía como escenario la ciudad de Santa Clara. Se peleaba casa por casa, calle por calle, soldados y policías frente a guerrilleros y milicias revolucionarias.

No había transcurrido una semana de que el dictador tranquilizó a los integrantes de su Consejo de Ministro al plantearles de que él no desertaría del campo del honor y de la guerra ni tampoco abandonaría el país al enemigo rebelde y guerrillero.

En esos días se reunió en el Campamento de Columbia con los altos mandos militares y les anunció que en el nuevo año asumiría el mando de las tropas en operaciones y acabaría con los guerrilleros en Oriente y las Villas e inclusive se mandó hacer uniformes de campaña a la medida.

El ultimo día del año por los teletipos de las agencias internacionales comenzó a circular una información brindada por la oficina de prensa del Palacio Presidencial en que se anunciaba que los rebeldes acababan de ser derrotados en Las Villas y huían a la desbandada rumbo a Oriente.

Dicho boletín falseaba por completo la realidad, pero logró sus objetivos de servir de cortina de humo para la fuga posterior sin los riesgos de un pánico militar en las guarniciones de la Capital.

El alto mando sí estaba consciente que las tropas tácticas en Oriente y Las Villas estaban derrotadas y que el fin estaba muy cerca.

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El 2 de diciembre de 1956, al producirse el desembarco de Fidel Castro por playa “Las Coloradas” en la zona de Belic, en la región de Manzanillo, Batista se encontraba jugando canasta en casa del Jorge García Montes, Primer Ministro del Gobierno.

Al conocer la noticia Batista calificó el desembarco como una “aventura local sin importancia” y que los expedicionarios con Fidel Castro al frente serían liquidados en pocos días.

En los 25 meses que duró la guerra estuvieron al frente de las operaciones: comandante Juan González; coronel Ramón Cruz Vidal; Capitán de Fragata Armando Rodríguez Alonso; comandante Joaquín Casillas Lumpuy- dos ocasiones-; coronel Pedro Barreras Pérez- dos ocasiones-; coronel Alberto del Río Chaviano; coronel García Casares; coronel Curbelo del Sol; teniente coronel Manuel Ugalde Carrillo y el General Eulogio Cantillo.

Antes de hacerse cargo de la zona de operaciones, por primera vez, el coronel Barreras en una reunión que sostuvo con Batista le preguntó que hacía con Castro si no moría en combate.

Batista le respondió:

– Quémalo, que el aire se lleve sus cenizas y nadie sepa donde está su tumba. No quiero otro Guiteras.

El 24 de febrero de 1957 el New York Times publicaba en su primera pagina el primero de una serie de tres artículos que recogía en forma documental y comentada la entrevista que el periodista Herbert Matthews le había hecho a Fidel Castro en las montañas de la Sierra Maestra.

En esta primera presentación, había fotos de los guerrilleros vistiendo el uniforme de campaña verde olivo y esgrimiendo sus armas. Entre sombras, al amparo del tupido follaje de la Sierra, se dibujaban la faz y figura del jefe rebelde.

La publicación constituyó un bombazo para el régimen. Batista personalmente tomó en sus manos el contraataque propagandístico.

Convocó en el Palacio Presidencial a algunos de sus allegados: el general Silito Tabernilla, Andrés Domingo Morales y del Castillo y Rafael Díaz Balart.

Analizaron la publicación del diario norteamericano y llegaron a la conclusión que el que aparecía en la fotografía no era Fidel Castro.

Batista mandó a buscar un taquígrafo y le dictó unas declaraciones en las que decía que ” era una entrevista apócrifa, que no se trataba de Fidel Castro y que no tenía tropas…”

A la mañana siguiente aparecieron en los periódicos habaneros, las absurdas declaraciones de Batista, pero no firmadas por él. Las puso en nombre del ministro de Defensa, Santiago Verdeja. El ministro se entero por los diarios de sus declaraciones.

Sorprendido llamó a Palacio para desmentirlas, pero fue informado que “el general Batista personalmente la había redactado por conocer bien la realidad””

Al siguiente día el New York Times respondía con una información más amplia donde aparecía Fidel Castro de frente, de espalda, de perfil y en varias posiciones con el diarista norteamericano

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Batista comenzó a tomar conciencia que tenía que irse el 17 de diciembre después de reunirse durante dos horas y treinta minutos con el embajador norteamericano Earl. T Smith.

El representante diplomático le comunicó que no podría continuar por mucho más tiempo ejerciendo un control efectivo en el país y que su Administración era partidaria de que una Junta Militar se hiciera cargo de los destinos de la nación para evitar la llegada de Fidel Castro al poder.

Los hombres escogidos por los norteamericanos eran los generales Eulogio Cantillo y Martín Díaz Tamayo, el coronel Ramón Barquín, preso en Isla de Pinos y como civil el industrial Pepín Bosch, uno de los principales dueños de la fabrica de ron Bacardí.

Los puntos de vista de Smith eran idénticos a los que transmitió, el 9 de diciembre, al gobierno cubano a nombre del Departamento de Estado William D. Pawley ex embajador estadounidense en el Brasil.

Finalizada la conversación con Smith, Batista se reunió a puertas cerradas con los Jefes del Estado Mayor en el despacho del segundo piso de su residencia en Columbia.

– El gobierno americano nos ha quitado el apoyo -, les anunció a la vez que impartió absoluto secreto para que la información no trascendiera a los políticos y cuadro oficiales, pues podría precipitar un colapso en las Fuerzas Armadas e incluso les planteó que no lo podían comentar ni con sus esposas.

Catorce días tuvo Batista para preparar la fuga.

El 20 le dijo al general Francisco (Silito) Tabernilla Palmero, su secretario y jefe militar de Columbia que le preguntara a su hermano Carlos Jefe de la Fuerza Aérea que de cuántos asientos se podía disponer en un momento dado, en caso de que tuvieran que marcharse con urgencia.

Al día siguiente llegó el informe donde planteaba que tendría que viajar en aviones de las “Aerovías Q” – empresa propiedad de Batista- y que podía disponer de 108 asientos.

En esos momentos los principales funcionarios del régimen, incluyendo a ministros y militares de alto rango, no tenía la más mínima idea de lo que se gestaba.

El tirano continuaba redactando los “partes operacionales” y enviándolos a los medios de comunicación. En esos despachos de prensa las fuerzas militares del Ejercito “estaban triunfando y los fidelistas huían despavoridos”.

El 22 el general Cantillo, que se encontraba al frente de las operaciones militares en Oriente, le pidió una entrevista urgente a Batista. La reunión duró tres horas. Al salir del despacho se notó que el visitante estaba preocupado y distante.

Los ayudantes militares de Batista observaron que este comenzó a caminar de un lado a otro del despacho con cara de intranquilidad. El coronel Cosme Varas le preguntó cómo marchaban las operaciones en la zona oriental.

Este sin titubear respondió:

– Cantillo puede resistir sin dificultades en Oriente.

Antes de regresar a Oriente, Cantillo recogió tres sobres conteniendo 15 mil pesos para el coronel Leopoldo Pérez Coujil, jefe militar de Camagüey y diez mil para los coroneles Manuel Ugalde Carrillo y José María Salas Cañizares. Al entregárselos les dijo:

– Esto se los envía el Presidente Batista, para el caso de que tengan que irse…

En el Campamento militar de Columbia, existía mucha tensión por el descubrimiento de varias conspiraciones. Sus autores estaban en contacto con el embajador norteamericano el que a su vez mantenía informado a Batista.

El derrumbe total del régimen se acercaba.

Ese fue el pretexto para pasar al retiro a los generales Martín Díaz Tamayo, Alberto del Río Chaviano, quien dirigió el asesinato de los atacantes del cuartel Moncada que cayeron prisioneros el 26 de Julio de 1953 y Aristides Sosa de Quesada, que meses antes propuso levantar una estatua de Batista en el Campamento militar de Columbia.

También el General Francisco Tabernilla Dolz, Jefe del Ejército, acudió a ver el Embajador Americano para ponerlo sobre aviso de los planes de Batista para abandonar el poder y la manera de integrar una Junta Militar.

El 23 visitó el Palacio Presidencial el doctor Julio Iglesias de la Torre, contratista y Administrador de la Shell Mex en Cuba. Este señor era utilizado como enlace del gobierno con la iglesia católica. Era portador de una importante información: los obispos estaban reunidos en el Palacio Cardenalicio y tenían redactada una pastoral que harían publica en Navidades donde les exigían a Batista “por el bien de Cuba” que abandonara el poder y se marchara del país.

Batista maniobró con rapidez. Por conducto de Iglesias solicitó la intervención de algunos obispos amigos. Lograron cambiar el documento. Redactaron otra Pastoral que invocaba una tregua entre “gobierno y oposición para que fueran a la concordia nacional y depusieran las pasiones por el bien de Cuba”.

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Antes que se acabara el ultimo día del año Batista relevó a Silito Tabernilla de la Jefatura de Columbia, reemplazándolo con el

general Cantillo Porras e hizo renunciar de sus cargos en el Estado Mayor Conjunto a los Comandantes de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire.

Batista firmó e hizo firmar a los jefes recién depuestos el acta formal de su renuncia como Primer Magistrado. En el mismo se señalaba que ” el Alto Mando le exigía la renuncia para evitar a la nación mas derramamientos de sangre”.

De esta manera Cantillo quedaba en carácter de Jefe de las Fuerzas Armadas y cabeza del poder político en la Capital. Todo se estaba realizado conforme al plan previsto.

Además de los principales jefes militares se encontraban presentes algunos civiles, entre otros, Anselmo Alliegro, Presidente del Senado, Andrés Domingo y Morales del Castillo, Secretario de la Presidencia, Andrés Rivero Agüero y Gastón Godoy Loret de Mola, Presidente y Vicepresidente electos en la falsa electoral del tres de noviembre y el Primer Ministro y Canciller Gonzalo Güell.

Dos estrechos colaboradores del dictador: Santiago Rey Pernas, Ministro de Gobernación y Justo Luis del Pozo, Alcalde de La Habana que habían concurrido a tomarse una copa se cansaron de esperar en la antesala y se marcharon a sus respectivas casas, ajenos a lo que se estaba “cocinando” en el interior de la residencia.

Del Vicepresidente y Alcalde electo de la capital, Rafael Guas Inclan nadie se acordó en horas tan decisivas a pesar de que podría corresponderle ocupar la Jefatura del Estado por sustitución constitucional.

Algo parecido le ocurrió al ex Primer Ministro Jorge García Montes; a Eusebio Mujal, Secretario General de la Confederación de Trabajadores (CTC) y a otras connotadas figuras del régimen.

Sorprendidos con la noticia de la fuga de Batista muchos de sus secuaces tuvieron que agenciarse sus propios medios de escape.

A Cayo Hueso en la Florida comenzaron arribar al atardecer diversos embarcaciones procedentes de La Habana, cargadas de personeros militares y civiles de la dictadura.

Uno de ellos era el suntuoso yate presidencial Marta III, con altos jefes de la Marina de Guerra: contralmirante José Rodríguez Hernández y los comandantes Jesús Blanco y Julio Laurent, Jefe del Servicio de Inteligencia Naval. Los tres, reclamados por diversos asesinatos de revolucionarios y en la causa con motivo de la sangrienta represión llevada a cabo contra los miembros de la Marina de Guerra que se rebelaron en Cienfuegos el 5 de septiembre de 1957.

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En uno de los salones privados de la mansión presidencial se encontraba a la espera de ser recibida por Batista una delegación dominicana. Esta misión tecnico-militar estaba encabezada por el General Arturo Espaillat, Subsecretario de Defensa; el coronel John Abbes García, jefe del Servicio de Inteligencia; el Contraalmirante Didiez Burgos, Subsecretario de Marina; el coronel aviador Alvarez Albizu, Agregado Militar en Cuba, y un europeo experto en armamentos y explosivos.

Los dominicanos en unión del general cubano José Eleuterio Pedraza, al que incorporaron al servicio activo el 26 de diciembre, estaban citados por Batista, para ultimar los acuerdos sobre nuevos suministros de armamentos y un plan de refuerzos de tropas dominicanas que ofreció Trujillo a través del agregado militar cubano en Santo Domingo.

Batista no llegó a recibirlos. Se fue sin avisarles a pesar de que iba para el país de los visitantes.

Abbes era un hombre en posesión de los más grandes secretos de espionaje, conspiraciones y crímenes políticos del régimen dominicano.

Permaneció escondido en La Habana durante una semana. Fue recogido clandestinamente por una avioneta procedente de la Florida que lo trasladó a Santo Domingo. La operación costo 30 000 dólares.

En las primeras semanas de abril de 1958 el gobierno de Batista comenzó las negociaciones para comprar armas y municiones al régimen de Trujillo.

El suministro bélico consistía en parque de todos los calibres, morteros, granadas de morteros, bazookas, fusiles 7mm y carabinas San Cristóbal

Los pilotos cubanos conocían perfectamente el territorio y los aeropuertos dominicanos, ya que durante dos meses estuvieron haciendo cinco vuelos diarios, transportando armamentos y parque de la fabrica de armas “San Cristóbal” hasta la base aérea de Columbia.

Trujillo exigía el pago efectivo. La venta totalizó unos cinco millones de dólares.

A finales de diciembre Batista recibió al Coronel Juan A. Estevez Maymir, Agregado Militar de Cuba en la República Dominicana, quien le trajo un plan de ayuda militar.

Trujillo ofrecía aerotransportar 3, 000 soldados (tres batallones) a Las Villas y después otros 2 000 hombres a Oriente.

El plan de maniobra contemplaba un desembarco en pinzas por el norte de Las Villas (Yaguajay e Isabela de Saga), con un regimiento de 1 000 hombres cada uno.

Otra invasión de igual magnitud se produciría en Santiago de Cuba. La operación debía comenzar el 1 de enero. Al menos, ese era el plan que tenían los dominicanos.

Trujillo planteaba que eran tropas frescas, bien entrenadas y equipadas, que podía movilizarlas y enviarlas con la mayor brevedad posible en aviones de transporte.

Meses atrás, mediante el embajador dominicano en La Habana, Porfirio Rubirosa, Trujillo le había ofrecido al gobierno cubano enviarle paracaidistas dominicanos que descenderían en la Sierra Maestra y en el Escambray.

Además, de la República Dominicana, entre otros países, el régimen adquirió armas en Italia. En la segunda quincena de diciembre el gobierno recibió la ultima remesa de los 5 000 rifles “Garand” que compraron a los italianos.

El armamento fue transportado por la famosa línea aérea “Tigres Voladores” que realizaban vuelos directos entre Roma y La Habana. Descargaban la mercancía en horas de la madrugada en el aeropuerto de Columbia.

Sin descontar el armamento que recibieron de los Estados Unidos como parte de los acuerdos militares que existían entre los gobiernos norteamericano y cubano.

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En la antecámara de la fuga, Anselmo Alliegro, presidente del Congreso, se negó servir de sustituto de Batista. Alrededor de la una de la madrugada, en medio de la incertidumbre, preguntó “¿Y quien será el Presidente? Conmigo no cuenten para sustituciones constitucionales. Cedo mi privilegio. Prefiero ausentarme”.

Batista dio instrucciones a Cantillo para que ofreciera la presidencia al magistrado más antiguo del Tribunal Supremo de Justicia, a quien ni el Secretario de la Presidencia acertaba a identificar. Finalmente creyeron descubrirlo en la persona de Carlos M. Piedra Piedra.

El nerviosismo de algunos y el disgusto de otros creció cuando Silito Tabernilla, solicitó silencio y comenzó a llamar por su nombre a los privilegiados que formarían parte de la procesión del despelote. La lista había sido confeccionada por el propio Batista el 20 de diciembre.

Al iniciar el desfile hacía los autos para el corto viaje al aeropuerto de Columbia, el General Tabernilla Dolz le preguntó a Cantillo:

– General Cantillo, ¿ qué pasó en la entrevista de usted con el doctor Fidel Castro?

– General Tabernilla, el Presidente me ordenó no comentar este asunto con usted.

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El 28 de diciembre el general Cantillo acudió al encuentro del Comandante en Jefe del Ejercito Rebelde, Fidel Castro. La entrevista que duró varias horas tuvo lugar en el antiguo Central Oriente, en San Luis.

En la larga conversación analizaron profundamente la situación nacional, el curso de la revolución y el estado de las Fuerzas Armadas.

Acordaron un movimiento conjunto que debía realizarse a partir de las tres de la tarde del 31 de diciembre, comenzando con la sublevación de las tropas del Moncada, al tiempo que el Ejercito Rebelde haría su entrada en la ciudad de Santiago de Cuba.

Militares, rebeldes y pueblo en general confraternizarían, al tiempo que una proclama a la nación anunciaría esta acción revolucionaria e invitaría a las restantes guarniciones militares del país a secundar el movimiento.

Si el régimen trataba de resistir, los tanques de guerra con base en el Cuartel Moncada encabezarían el avance conjunto sobre La Habana.

El militar planteó que haría un periplo rápido a la Capital para ultimar los detalles del plan. Fidel insistió en que no viajara a La Habana y se quedara en Santiago

Cantillo se comprometió con Fidel, bajo palabra de honor, a no aceptar golpe militar alguno e impedir la fuga de Batista y de los principales asesinos del régimen, y a no hacer ningún contacto con la embajada de Estados Unidos.

El general Cantillo no cumplió el compromiso. Juzgado por los tribunales revolucionarios fue condenado a 15 años de prisión. Lo pusieron en libertad antes de cumplir la totalidad de la sanción. Posteriormente viajó a Miami donde murió.

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Protegida por una fuerte escolta arribaron al aeropuerto de Columbia numerosos automóviles. Todos de lujo. Era la caravana de la derrota. Los aviones con sus tripulaciones a bordo y los motores listos para despegar aguardaban a poca distancia.

Los más conspicuas personeros militares y civiles del régimen fueron distribuidos entre los cinco aviones. Eran unas cien personas en total.

A los dos y treinta de la madrugada, momentos antes de la orden de partida, con ceremonia militar de despedida, Batista desde la portezuela de la nave aérea, impartió las instrucciones finales al general Cantillo:

– Llama enseguida al magistrado Piedra. Convoca a una conferencia del Bloque de Prensa. Comunícate con el Embajador americano. No sueltes a los oficiales presos en Isla de Pinos, etc.

Al poco rato los DC-4 se deslizaron por la pista y fueron ganando altura. Era tal la desconfianza de Batista, que a pesar de haber anunciado que viajarían a Estados Unidos, para la torre de control de vuelos notificó que irían a Daytona Beach, Islas Nassau o Santo Domingo, pero que en el aire decidiría. Todo el vuelo se hizo a oscuras.

En el horizonte, Batista ordenó al piloto jefe de su transporte, coronel aviador Antonio Soto Rodríguez, tomar rumbo este, hacía la República Dominicana. Era el vuelo 638.

El embajador norteamericano Earl T. Smith le había comunicado que no fuera inmediatamente a los Estados Unidos y que después de tres meses le permitirían entrar sin dificultades.

Otros dos aparatos siguieron tras el primero. Los dos últimos, con los Tabernilla y los hijos mayores del Dictador, continuaron camino a la Florida.

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Pasadas las tres de la mañana el general Cantillo se personó en el Estado Mayor Conjunto para poner en practica la formula nacional previamente elaborada, cuyos elementos básicos eran:

a) Formación de una junta cívica – militar que respaldaría un gobierno de transición encabezado por Piedra en su carácter de Magistrado más antiguo del Tribunal Supremo.

b) Proclama a las Fuerzas Armadas para informarle de los últimos acontecimientos, los planes para restablecer la concordia de la nación mediante un “alto al fuego”, el cese de las operaciones militares y la organización de un gobierno de carácter transitorio.

c) Cursar órdenes a las Fuerzas Armadas para un inmediato “alto al fuego” y cese de las operaciones militares.

También se comunicó telefónicamente con el magistrado Piedra, quien dormía su casa sin sospechar que pronto se encontraría en el vórtice de los acontecimientos que sacudían la Isla.

Eran más de las tres de la madrugada cuando Cantillo le informó de su elegibilidad para cubrir reglamentariamente la vacante presidencial.

– ¿El fuego cesará inmediatamente?-, se interesó en conocer el magistrado.

– Acabo de trasmitir la orden de “alto al fuego” a todos los mandos militares-, le informó Cantillo.

– Esta bien eso, General, pero antes de poder darle una contestación definitiva deseo consultar con algunas personas de mi más absoluta confianza.

– Le invito a que nos reunamos enseguida a fin de poder discutir esta cuestión mas ampliamente. Si usted pudiera reunirse con sus amigos por acá ganaríamos tiempo, que mucho necesitamos-, concluyó Cantillo.

Alrededor de las cuatro de la madrugada llegó el magistrado Piedra a Columbia. Minutos más tarde se reuniría en el Salón de Conferencias del Estado Mayor Conjunto con el General del Ejercito Libertador Enrique Loynaz del Castillo; los ex Vice Presidentes de la República Gustavo Cuervo Rubio y Raúl de Cárdenas; los cirujanos Vicente Barnet y Ricardo Nuñez Portuondo, ex candidato presidencial; los ex magistrados Fernando Alvarez Tabio y Juan B. Moré Benitez y el decano del Colegio de Abogados Alberto Blanco.

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Las naves aterrizaron temprano en la mañana en Ciudad Trujillo (Santo Domingo). El general Ramfis, hijo del generalísimo Trujillo, recibió a los proscritos en la Base Aérea de San Isidro.

Además de sus familiares más allegados Batista se encontraba acompañado de dos domésticas y 25 maletas…

Al pisar tierra dominicana se dirigió a la sede de la embajada cubana en Santiago 25, en el residencial barrio de Gascue desde donde llamó telefónicamente a Trujillo.

Durante dos semanas fue huésped del Generalísimo en el Palacio Nacional en una residencia dispuesta para los “amigos de jerarquía” que visitaban el país.

Antes que Batista, vivieron en dicha mansión, Juan Domingo Perón, de Argentina; Marcos Pérez Jiménez, de Venezuela y Rojas Pinilla, de Colombia.

Los fugitivos se fragmentaron en grupos hacía los hoteles Jaragua, La Paz y otros, en relación con la jerarquía y el botín a mano.

Trujillo recibió a Batista al segundo día de su llegada. El dictador dominicano le planteó que tenía 25 000 soldados listos para desembarcar en Oriente.

– Yo quiero hacerle la guerra a Fidel Castro. Si usted pone un millón de dólares yo pongo dos. Si usted pone cinco yo pongo diez-, le dijo Trujillo. Batista no aceptó. Aspiraba a disfrutar en tranqulidad los millones robados al tesoro público.

Trujillo le exigió a Batista el pago que le adeudaba por el envío de armas y municiones. Como el dictador cubano se negaba lo encarceló unas horas en la prisión de “La Victoria”.

Antes de salir rumbo a Portugal, Batista tuvo que abonarle a Trujillo las siguientes sumas:

a) 600 000 dólares por pagos pendientes de armamentos.

b) 800 000 dólares por pagos pendientes a traficantes de armas americanas.

c) 2 500 000 dólares por dejarle abandonar República Dominicana.

Ya pagados y a punto de partir Batista, Trujillo le subió la parada un millón más, que fue sufragado tras una demora de 24 horas. Los pagos se hacían en efectivo por Antonio Pérez Benitoa al cónsul dominicano en New York.

Pérez Benitoa era el más confiable testaferro del dictador. Ejercía el cargo de Administrador de la Aduana de La Habana. Durante el mes de diciembre realizó varios viajes a New York poniendo a buen recaudo cincuenta millones de dólares de la fortuna de Batista. En el ultimo junto con el dinero se llevó a Carlos Manuel y Alberto, hijos menores del presidente.

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A las nueve de la mañana, y después de extensas consideraciones del grupo, el magistrado Piedra aceptó la Presidencia de la República con carácter temporal, pero condicionada tal aceptación a los siguientes requisitos:

a) Ratificación y cumplimiento de la orden de “alto al fuego” dada esa madrugada por el General Cantillo, y apelación formal al mando rebelde para que adoptara igual medida.

b) No integrar un gabinete definitivo de gobierno hasta haberse obtenido la aprobación en principio del doctor Fidel Castro.

c) Que el Tribunal Supremo de Justicia le extendiera validez jurídica a su alto cargo mediante la forma de juramento constitucional.

No obstante lo anterior, Piedra comenzó integrar un Consejo de Ministros donde figuraban: Cuervo Rubio, Primer Ministro; José Manuel Cortina García, ministro de Estado (Relaciones Exteriores); el General Loynaz del Castillo, Ministro de Defensa.

Este ultimo rechazó dicha cartera ministerial pues acababa de objetar la formación de tal gobierno por entender que había uno de hecho y en fuerza con los revolucionarios triunfantes en Oriente.

En horas de la mañana se reunieron igualmente en el Estado Mayor del Ejercito, Columbia, los directores del Bloque de Prensa- propietarios de los principales periódicos del país- con Piedra y Cantillo.

Mientras los noticieros radiales cubanos informaban del derrumbe del régimen batistiano los rotativos estadounidenses amanecieron ese mañana bajo grandes titulares y cintillos resaltando “la rotunda victoria de las tropas de Batista sobre los guerrilleros en Las Villas”.

A las 11 a.m. el grupo de personalidades presidido por Piedra, con el que se estaba organizando el gobierno de transición, se dirigió al Palacio Presidencial para formalizar la toma de juramento ante la representación del Tribunal Supremo de Justicia y celebrar el primer consejo de gobierno. Allí se le unió José Manuel Cortina.

Actuando en calidad de Presidente Provisional, el magistrado Piedra dio a conocer a los representantes de la prensa nacional e internacional una alocución dirigida al pueblo de Cuba, los Institutos Armados y el Ejercito Rebelde. En resumen, Piedra anunciaba que asumía la Presidencia por continuidad constitucional.

En horas del mediodía, cumpliendo las instrucciones emitidas por el Comandante en Jefe Fidel Castro a través de la emisora Radio Rebelde, se inició una huelga general revolucionaria que paralizó todas las actividades en el país.

En medio de esta situación, numerosos revolucionarios que se encontraban presos en el Castillo del Príncipe protagonizaron una fuga en masa.

Mientras tanto, el Supervisor Militar del presidio de Isla de Pinos se negaba a liberar a los presos políticos. Finalmente lograron obtener la libertad al atardecer.

A su vez los magistrados integrantes del Pleno del Tribunal Supremo se reunieron a fin de resolver la solicitud de convalidación jurídica del nuevo gobierno encabezado por Piedra.

Sorpresivamente, el Pleno del Tribunal Supremo resolvió que no había lugar al pedimento de Piedra, al tiempo que extendía legalidad al también magistrado Manuel Urrutia como Presidente Provisional Revolucionario.

Poco antes de la dos de la tarde, Piedra cansado de esperar por sus colegas del Supremo que habían de tomarle el juramento de rigor, preguntó telefónicamente la razón de la tardanza.

Es en ese momento en que le comunican extraoficialmente la irrevocable decisión tomada unánimemente por el Pleno del Tribunal.

Ante esta situación Piedra le informó a Cantillo la imposibilidad de permanecer en el cargo y marchó de regreso para su hogar.

Ignorante de lo que estaba ocurriendo, el embajador norteamericano Earl Smith en unión de los jefes de las misiones diplomáticas de España, Brasil, Chile y la Santa Sede llegó a la mansión ejecutiva con el propósito de presentar sus respetos y cambiar impresiones con el nuevo Presidente.

Al arribar se llevaron un gran fiasco. La nación estaba sin Presidente. Piedra (murió en la Habana en agosto de 1988 a los 93 años) ya había abandonado los predios presidenciales. Por segunda ocasión en menos de 24 horas, la mansión ejecutiva perdía a su principal inquilino.

El ocho de enero, Fidel Castro entraba en la Capital después de un triunfal recorrido de Oriente a Occidente. Una nueva etapa se abría para el pueblo cubano.

Fuentes:

  • José Suarez Nuñez entrevista con el autor.
  • José Suarez Nuñez: “El gran culpable”.
  • Raúl Acosta Rubio: “Todos culpables”.
  • Ramón Barquín: “Las luchas guerrilleras en Cuba”.
  • Earl T. Smith: “El cuarto piso”
  • Fulgencio Batista: “Respuesta”.
  • Sección en Cuba de la Revista Bohemia.

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Luis Báez

Luis Báez

Periodista y escritor. Autor de cerca de 20 libros entre los que se destacan: Secretos de Generales, El mérido de estar vivo, Miami: donde el tiempo se detuvo, Preguntas Indiscretas, Más esperanza que fe, Absuelto por la Historia, Chávez nuestro, Así es Fidel y Evo espuma de plata. Premio Nacional de Periodismo José Marti en el año 2003