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Mentiras, perversidad y el mito de los servicios de inteligencia occidentales

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  El «biomentiroso» John Bolton  

Los embusteros de la comunidad de «inteligencia» de occidente retomaron nuevamente el tema la semana pasada. El Subsecretario norteamericano de Estado para el Control de Armas, John Bolton, uno más en la camarilla de neoconservadores de Donald Rumsfeld que apoyan a Israel, testificó ante los incuestionables defensores de Israel que patrocinan el Syria Accountability Act (Ley de Responsabilidad Siria).  
 
El Sr. Bolton, quien en una ocasión acusó de manera absurda a Cuba de tener un programa de armas biológicas, acusó ahora a Siria de mantener una reserva de gas sarín y de trabajar en la fabricación de gas VX y de armas biológicas. Al respecto, el congresista Eliot Engel dijo: «no me sorprendería si las armas de exterminio en masa que no hemos podido encontrar en Irak hubieran sido llevadas a Siria y estuvieran aún hoy allí». Para conocer sobre Bagdad, infórmese sobre lo que ocurre en Damasco. 
 
Algunos, de hecho muchos de estos disparates provienen del engañoso servicio de inteligencia de Israel, que sí posee armas de exterminio en masa; aunque la imaginativa intervención de Engel podría estar motivada por la reclamación que hiciera un funcionario de los servicios de inteligencia estadounidenses en Bagdad el pasado mes de abril.  
 
Engel insistía en que Irak había transferido sus inexistentes armas de exterminio en masa por ferrocarril hacia Siria – esto antes de que le mostraran un mapa en que se demuestra que la única línea férrea que conecta a Irak con Siria atraviesa Turquía. 
 
Pero ¿por qué, por qué seguimos aceptando esta basura? ¿Por qué seguimos siquiera prestando atención a lo que dicen los denominados servicios de inteligencia que de manera tan rutinaria y cruenta se equivocan? Durante la investigación que encabezara Lord Hutton se suscitó el debate sobre si las armas químicas Iraquíes servían para ser colocadas en mísiles – la famosa advertencia de los «45 minutos» contenida en los engañosos «documentos» de Tony Blair- o si, como nos informó el presuntuoso Sr. John Scarlett, eran armas a emplear en el «campo de batalla». Mientras estaba absolutamente claro que el Sr. Scarlett le permitió a Downing Street maniobrar con el texto a manera de sugerir la primera de las dos versiones, la realidad es que ambas eran totalmente falsas. Irak no sólo no poseía armas de exterminio en masa, sino que ni siquiera tenía una versión para campo de batalla.   

Aún así le permitimos a estos tontos salirse con la suya. Por ejemplo, nadie interrumpió al Sr. Blair cuando llegó a Irak en el verano y dijo que no podíamos decir que no hubieran armas de exterminio en masa porque «debemos esperar a que los 1,400 investigadores norteamericanos, británicos y australianos enviados a Irak en busca de armas culminen su labor». Pero ¿por qué, por el amor de Dios, no pudo él ser lo suficientemente paciente para permitirle a los competentes inspectores de armas de la ONU terminar su trabajo antes de lanzar su ilegal invasión? Según parece, sólo ahora tenemos que ser pacientes y al parecer tendremos que seguir siéndolo porque el equipo de inspectores en quienes el Sr. Blair ha depositado desesperado todas sus esperanzas está a punto de anunciar que no ha encontrado armas de exterminio en masa.  
 
Los embusteros de los servicios de inteligencia, por supuesto, se han equivocado desde un inicio. ¿Recuerdan todas esas bombas que lanzamos sobre personas inocentes porque había una posibilidad – sólo la posibilidad – de matar a Saddam? Todo esto comenzó en 1991, cuando lanzamos un misil contra un refugio antiaéreo en Amariya, Bagdad y matamos a más de 400 civiles.  
 
Los americanos intentaban asesinar a Saddam, pero él no se encontraba allí – y nunca había estado allí. Nunca hemos pedido disculpas por tamaña barbarie y no me sorprendió que el Secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, escogiera visitar Halabja -el escenario donde Saddam masacró a 8,000 kurdos mediante el uso de sustancias químicas- en su viaje a Irak este mes y se olvidara del refugio en Amariya. De hecho, el único interés que los americanos han mostrado en ese espantoso lugar en Bagdad fue registrarlo en busca de armas. 
 
Al final de la invasión de este año contra Irak, los americanos anunciaron que habían bombardeado un edificio en el distrito de Mansour, en Bagdad, pensando que Saddam quizás estaría allí. Una vez más se equivocaron, no estaba allí. Dieciséis civiles resultaron muertos, incluido un bebé menor de un año. Tampoco nos hemos disculpado nunca por esta atrocidad. Según se conoció ahora, Donald Rumsfeld tenía que autorizar personalmente cualquier ataque aéreo cuando existía la posibilidad de que murieran más de 30 civiles. De hecho, se propusieron más de 50 ataques de este tipo – y el Sr. Rumsfeld autorizó todos y cada uno de ellos. 
 
Y esto no acaba aquí. La semana pasada, los americanos utilizaron dos aviones jet para lanzar un ataque nocturno contra una casa de vivienda en Fallujah y luego anunciaron que habían dado muerte a un francotirador. De hecho, está ahora claro que mataron a tres miembros de una familia totalmente inocente. El hecho ocurrió a escasas tres millas del lugar donde soldados supuestamente de la 82 División Aerotransportada dieron muerte, en una carretera oscura, a ocho policías Iraquíes que trabajaban con ellos, un acto que aún no se ha explicado y que sólo se reconoció de mala gana dos días después de la matanza. 
 
Y todo ese tiempo, la campaña de mentiras no ha cesado. Irak está mejorando, se vuelve más segura, y democrática. Todo es mentira. Los neoconservadores de Washington aún creen la basura que publicó el Wall Street Journal en febrero pasado, que «el camino hacia un Medio Oriente más pacífico no es Jerusalén, sino Bagdad». En el American Enterprise Institute, uno de los más peligrosos centros de «tanques pensantes» – como me gusta llamarlos – donde están los neoconservadores, Reuel Marc, un ex funcionario de la CIA dijo en febrero y cito: «mientras más villano se vuelva Sharon, más fuerte será nuestra imagen en el Medio Oriente.» 
 
Imbuidos de toda esa fantasía nos fuimos a la guerra, así como los ruso fueron a la guerra contra Chechenia. Ahora el Sr. Blair está vendiendo la idea de que la guerra entre los soldados ebrios y rapaces de Rusia y los brutales villanos de Chechenia debe verse «en el contexto de la lucha contra el terrorismo internacional». En el pasado mes de junio, Blair intentó incluso adular a ese gran maestro del espionaje y ex agente de la antigua KGB, Vladimir Putin, diciendo que algunos de los más sanguinarios luchadores que combatían a las fuerzas de Estados Unidos y del Reino Unido en Irak eran «chechenios.»  
 
Era mentira. No se ha encontrado luchador chechenio alguno en Irak. De hecho, los iraquíes se sorprendieron al escuchar que gente tan exótica apareciera por aquí – los chechenios no se parecen a los árabes, ni siquiera hablan su idioma. Pero el Sr. Blair volvió a salirse con la suya. 
 
No creo que vayamos a invadir a Siria. No hay suficiente petróleo allí por lo cuál valga la pena invadirla. Pero estamos tan hastiados de toda esta idiotez de las armas de exterminio en masa, que no creo que nadie -excepto los Blairs, los Bushes y sus idiotas súbditos – realmente lo crea. En cuanto a «la comunidad de inteligencia», quizá sea éste el momento de desmantelarla para siempre.

(Tomado de The Independent)

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Robert Fisk

Robert Fisk

Periodista inglés. Corresponsal para el Oriente Medio del diario británico «The Independent».