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¡ Les ha estallado la guerra !

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  Estados Unidos sigue perdiendo hombres en Irak. Ayer fue atacado un convoy donde pueden haber muerto 8 militares  

La guerra es para los iraquíes

Hasta el día 1 de mayo sufrir la guerra había sido un asunto absolutamente iraquí que había durado nada menos que 12 años.

Occidente se había reservado, eso sí, la administración política y propagandística de los "riesgos pavorosos" a los que sus países estaban sometidos a causa de las supuestas armas de destrucción masiva de Irak. De ellos hablaron constantemente, Bush I, Clinton y, sobre todo, Bush II. Los dos últimos fueron siempre coreados y a veces precedidos, en su estrategia de activar el miedo y crear un "sentimiento público" favorable a la guerra, por el inefable Tony Blair(1).

Hace poco más de cuatro meses los políticos y estrategas imperiales estaban entusiasmados con su guerra relámpago. Era como la "Blitzkrieg" de Hitler sobre Polonia pero acelerada con helicópteros y aviones artillados y precedida por un infierno de bombas y misiles. La guerra se había desarrollado sin apenas resistencia y había sido totalmente unilateral en el reparto de los desastres que se le atribuyen. Ambas cosas: facilidad e impunidad, para mayor ventura de los políticos de Washington y Londres, gloria de sus guerreros y sosiego de sus poblaciones civiles.

Para acentuar el placer vandálico que podía deducirse al observar en los noticieros la alegría insolente de Bush y el animado "spin" de Blair, la guerra había permitido dosificar la destrucción flexible sobre la destrucción estrictamente programada, y el espanto "colateral" sobre el terror de los ataques aéreos interminables. Políticos y militares pentagonales probablemente se sintieron dioses con su enorme y planeada, pero también arbitraria y caprichosa, capacidad de castigo.

Esas dosificaciones y opciones, en la intensidad y en la tecnología del terror, que sobre la mesa de operaciones manejan los generales, constituyen realmente aquella "amplia gama de opciones militares con la que cuenta el presidente" según dispone textualmente la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU.

El entusiasmo de la victoria se extendía también a los excelentes resultados de la guerra en relación con la planificación minuciosa de las infraestructuras e instalaciones que tenían que ser destruidas o saqueadas.

Aunque las muestras de alegría de la población iraquí por su "liberación" no habían aparecido por ningún lado, hasta el punto de que los cámaras "incrustados" no habían podido llenar con ellas ni un solo plano, los señores de la guerra estaban radiantes. En realidad, la anunciada "apoteosis por la liberación", en Basora o Bagdad, había servido únicamente para la propaganda previa, doméstica, en el centro del Imperio. Para garantizar la total obediencia iraquí en la inmediata posguerra los estrategas habían utilizado a fondo la receta más segura del terror. Suponían, como parte de su regocijo general por el resultado de la guerra, que la población iraquí había quedado absolutamente vencida por el enorme castigo y que aceptaría sumisamente la transformación "democrática" del país: la decidida "privatización total de Irak" que bajo mando militar de las fuerzas invasoras se realizaría inmediatamente, según anunció al llegar a Bagdad el virrey Paul Brener.

La victoria es cosa nuestra

El desarrollo del plan militar para preparar la posguerra suponía la realización de tres tareas concretas que deberían implicar el cumplimiento de una previsión general: la derrota y desmoralización total del pueblo iraquí. Las primeras fueron realizadas sin mayores problemas, la previsión resultó totalmente equivocada. Las consecuencias de ese error estratégico pueden resultar catastróficas para el sostenimiento de la ocupación.

La primera de esa tareas fue que las fuerzas armadas y la organización estatal de Irak serían totalmente destruidas y eliminadas. El aparato militar que los EEUU y el RU alinearon contra Irak se empleó a fondo en el esfuerzo de destrucción y aniquilamiento. No obstante, y a la vista de los problemas posteriores de la ocupación, Rumsfeld se ha quejado amargamente de la realización parcial y no total de la primera parte de ese trabajo. Hace pocos días, en una visita a Bagdad, el feroz secretario de defensa de los EEUU manifestaba que "la caída del régimen iraquí antes de la destrucción de la totalidad de su aparato militar explica la continuidad de los ataques contra las fuerzas invasoras" y afirmaba que "los planes de guerra estadounidenses no permitieron prever correctamente el tipo de problemas a los que se enfrentan ahora". El jefe de la guerra de Bush se lamenta de lo limitado de la matanza.

La segunda fue la realización de los ataques sobre las instalaciones vitales y las grandes ciudades que se consideraban necesarios para que toda su población, no sólo sus fuerzas armadas, fuese absolutamente vencida. Es el prerrequisito de las ocupaciones coloniales y también de las guerras contra las propias poblaciones(2).

La tercera tarea que el ejército invasor realizó a plenitud fue la destrucción total o la eliminación de las posibilidades de funcionamiento de las infraestructuras de transportes, comunicaciones, saneamiento, agua, electricidad, salud y educación. En general la totalidad de las de las empresas y servicios públicos del país. Todo, a excepción del petróleo, fue arrasado, dañado severamente o inutilizado, y abandonado posteriormente al saqueo.

Cuatro objetivos para nuestro Nuevo Mundo

La guerra perseguía la consecución de varios objetivos generales muy importantes para la estructuración política y económica del imperio.

En primer lugar realizar un acto de fuerza que terminase de una vez por todas con cualquier rastro de legalidad internacional en aquellas asuntos considerados estratégicos por los EEUU. La "victoria" de finales de abril estuvo a punto de consolidar este objetivo con las bendiciones de la ONU y de la Unión Europea.

En segundo lugar garantizar un cómodo y barato asiento estratégico para los Estados Unidos en Oriente Medio.

En tercer lugar la "liberalización y desregulación" total de un país tan importante como Irak, y la creación de un centro financiero y económico absolutamente dependiente para hacer posible la "globalización" del Oriente Medio. Estos dos objetivos económicos complementarios fueron anunciados inmediatamente. Paúl Brener afirmó la privatización y desregulación total de la economía y simultáneamente lanzó un sondeo con la idea de crear en la zona un Área de Libre Comercio. En la tierra arrasada todo iba a ser más fácil. La destrucción del país suponía una expropiación total a precio de ruinas, por las potencias ocupantes, y una enorme "acumulación originaria" para las multinacionales favorecidas por las concesiones. La guerra al servicio de las multinacionales tiene reglas y métodos nuevos. Vienen determinados porque la guerra, en si misma, se convierte en la parte fundamental de un proyecto de transformación económica. El "modelo militar para la revolución liberal" que se está ensayando en Irak tiene dos partes: destrucción planificada y reconstrucción libre en manos del dios Mercado. Hasta el momento el resultado es catastrófico.

Finalmente, el objetivo inmediato y el más importante de la guerra era la apropiación y privatización del petróleo con todas sus enormes consecuencias.

La UE y la ONU se suman al regocijo

La realización de ese plan fue inmediatamente bendecido por la ONU y por la UE en nombre de la "democratización". Razones no les faltaban. Suponía entre otras cosas la apropiación de los recursos energéticos y del resto del patrimonio público, y el cambio total de la organización económica del país, por las potencias ocupantes. Significaba la apropiación de la soberanía para determinar el futuro de Irak al margen de su pueblo. Irak la ejercerá una vez el país esté totalmente privatizado.

La resolución 1.483 del Consejo de Seguridad dio por buena la ocupación y la administración del país por las potencias ocupantes. Semanas después, la ONU daba la bienvenida al consejo provisional de gobierno nombrado por los EEUU.

En la euforia de la victoria, la Organización de las Naciones Unidas, centro de "resistencia" internacional a la guerra, se subió al carro del vencedor.

En cuanto a Europa, el descaro fue todavía más grande. La cumbre de Salónica, por unanimidad, aprobó una declaración en la que la Unión Europea hacía parecía buscar un equilibrio entre entre la burla siniestra y la estupidez colectiva: "la caída de Sadam ha allanado el camino para que el pueblo iraquí disfrute de un futuro pacífico, seguro y próspero".

Pocos días después de esta previsión memorable la resistencia iraquí declaraba con un bombazo la guerra a la ONU y las potencias ocupantes se daban cuenta que les había estallado la guerra.

La alarma

La alarma se oyó por duplicado.

El primer clarín fue una advertencia clara del ministro de exteriores del Reino Unido, Straw. Se dirigía públicamente al consorcio político-mediático para que tomasen nota de la magnitud del problema: "necesitamos más tropas para evitar un fracaso estratégico en Irak"(3). El ministro insinuaba a media voz la terrible posibilidad de ser derrotados por la guerrilla iraquí, y perder el control del petróleo y de los inmensos negocios de una reconstrucción concebida para el saqueo económico por las multinacionales. La sinceridad circunstancial de un Straw que había acompañado de sonrisas y cabezadas de asentimiento las afirmaciones cínicas de Blair y de Powell durante toda la preparación de la guerra, venía asegurada por el anuncio de una decisión muy preocupante: consideraba necesario que a menos tres mil soldados más reforzarán al contingente militar del Reino Unido.

Desde Washington la alarma de Bush llegó de otra manera todavía más clara: la petición de aprobación por el Congreso de un gasto extraordinario de 87 mil millones de dólares para "estabilizar Irak y Afganistán". De esa gigantesca cantidad, 66 mil millones se dedicarán a gastos militares y de "inteligencia", y el resto, 21 millones de dólares, a gastos de " reconstrucción", es decir al pago de contratos a las multinacionales designadas digitalmente por el gobierno de los Estados Unidos.

Además de la llamada de auxilio que supone la petición de ese enorme ajuste presupuestario Bush se dirigió a las Naciones Unidas con una reclamación sorprendente: "la ONU tiene la responsabilidad de ayudar a estabilizar a Iraq".

La propaganda

Mientras esto ocurría en el frente muy real de los ejércitos reforzados y de los gastos militares de urgencia, Bush y Blair reiteraban su discurso devaluado, pero todavía eficaz, para mantener alineada con la guerra a una parte de su opinión pública.

El día 4 de septiembre, Blair, recién salido de la comparecencia ante el juez Hutton, reiniciaba su trabajo de mentir sin rubor alguno:

"Creo que lo que hemos hecho en Irak es justo, no es el momento de vacilar sino de redoblar los esfuerzos". "Las fuerzas estadounidenses y británicas no están contra el pueblo iraquí, sino que junto con "la gran mayoría de los iraquíes" se enfrentan a "un grupo reducido de partidarios de Saddam Hussein y una cantidad creciente de grupos terroristas llegados del exterior". (LJ 5 sep) El día 7, Bush completaba el discurso neofascista insistiendo en que Irak es el primer frente de la lucha contra el terrorismo:

"Los enemigos de la libertad están haciendo un desesperado intento en Irak, y es allí donde deben ser derrotados. Esto llevará tiempo y requiere sacrificio".

"Nuestra estrategia en Irak tiene tres objetivos: eliminar a los terroristas, recoger el apoyo de otros países para crear un Irak libre y ayudar a los iraquíes a asumir la responsabilidad de su propia defensa y de su futuro".

La maniobra

La maniobra es clara. Ahora se trata de resucitar a la ONU y colocar otra vez en un primer plano ficticio al Consejo de Seguridad, para respaldar la política de EEUU o su supuesto retorno al "multilateralismo".

Europa había dado su asentimiento pleno a los métodos y a los objetivos de los Estados Unidos. Sin embargo el problema ya no es la necesidad de hacer un juego de malabarista que simule modificar la penosa situación de la ONU y la actitud absolutamente prepotente de Washington. El problema es mucho más serio. Por eso no lo resuelven las cínicas palabras de Paul Wolfowith: "los EEUU están dispuestos a compartir la autoridad política con sus aliados..."

El problema es que más allá del juego de la propaganda y el engaño masivo hay una realidad inocultable.

El país conquistado sin contemplaciones se les está sublevando de punta a punta, de credo a credo.
 
(1)Ya he hablado en otra ocasión de Blair como maestro de cinismo. En los ámbitos británicos de Falsimedia, al arte de manipular ejercido por Blair desde los medios de comunicación, se le llama eufemísticamente "spin". Pero es mucho más que eso, Blair llegó a ser un experto en terrorismo informativo lanzando alarmas sobre la posibilidad de ataques de ántrax a Londres.

(2) En estas últimas semanas el viceprimerministro de Israel, Ehud Olmert, y tres generales genocidas argentinos -Díaz Bessone, Harguindeguy y Bignone-, han hecho declaraciones públicas a favor del terror generalizado contra la población civil identificando sus métodos con los de EEUU. (Para Olmert véase la Jornada, 10 de septiembre, para los generales argentinos Página 12, 31 agosto.
El objetivo estratégico de derrotar a fondo a la población hasta la desmoralización absoluta ha sido proclamado por Sharón. Ver, entre otros, "La estrategia de expulsión de Sharón" y "Palestina: la UE, el copyright y los terroristas", en http://antoniomaira.iespana.es

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Antonio Maira

Antonio Maira

Dirige el diario digital InSurgente y es uno de los editores principales de la publicación Cadiz Rebelde. Vive en Cádiz.