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El último adiós al mejor de todos

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Alí.

Alí.

Con gritos, aplausos, pancartas y flores, miles de vecinos del estado de Kentucky saludaron a lo largo de 30 kilómetros al cortejo que trasladó el cuerpo del mítico excampeón del mundo de los pesos completos y defensor de los derechos civiles, Muhammad Ali, fallecido el viernes pasado, tras sufrir Parkinson durante años.

La procesión arrancó casi una hora después de lo planeado y recorrió la ciudad natal de quien había nacido con el nombre de Cassius Marcellus Clay, y que luego cambió cuando se convirtió en musulmán. Pasaron por delante de la casa en la que creció, el Centro Ali, el Center for African American Heritage (que refleja la vida de los negros en Kentucky) y por el Bulevar Ali, antes de llegar al cementerio Cave Hill.

En un ambiente festivo, aplaudieron, se tomaron fotos y entonaron al unísono el nombre de Ali en una mañana soleada de Louisville. Toya Johnson, una mujer que reside en el barrio en el que creció el exboxeador dijo: “Le habría encantado que la gente se reuniera como hoy y eso es lo que estamos haciendo. He llegado temprano para estar segura de poder situar mi silla en la sombra. Él encarnaba el espíritu de este barrio, los jóvenes siempre le han tomado como ejemplo”.

La procesión contaba con una veintena de limusinas que transportaban a los hijos y los nietos de Muhammad Ali, así como a las personalidades que llevaron su féretro: el actor Will Smith y los excampeones del mundo de los pesos pesados Lennox Lewis y Mike Tyson.

El expresidente Bill Clinton y el comediante Billy Cristal serán algunos de los oradores durante la ceremonia final, para la que fueron distribuidas gratuitamente 15.500 entradas. “Mi héroe estaba prisionero de su cuerpo -dijo a la AFP Fred Dillon, un taxista local-. Ahora él ya puede volar como una mariposa.”

Se han publicado 2 comentarios



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  • CUBAMÍA dijo:

    Un ejemplo que vive Muhamed Alí.

  • luis viamontes dijo:

    La primera pelea de Alí que pude presenciar en vivo no fue contra un oponente real, fue contra la base del pedestal que debía encender la llama olímpica en Atlanta, en 1996. Con notable esfuerzo encendió una estructura que se elevó luego por un cable hasta el pebetero; en la lona, por el momento, quedó fuera de combate aquel Parkinson que a la larga iba a derrotarlo, mensajero de la invicta muerte. El estadio entero lo ovacionó de pie y algo innombrable me sacudió ante el televisor. Por supuesto que había oído hablar de él, de su fallido encuentro con el gran Teo (ojalá se hubiese concretado), de su insolente “vuelo como una mariposa y pico como una abeja”, sus pronósticos de en qué round iba a terminar la pelea, la negativa a pelear en Viet-Nam y la medalla olímpica perdida en el río. Luego vi las peleas contra Frazier, Liston, Spinks y Foreman. Entonces fue que comprendí de verdad el porqué de aquel mito de carne y hueso. Para mí no hay dudas: es el más grande. La calidad de sus contrarios lo avalan; es un parte-aguas: hay un antes y un después de Alí. Hay millones que han oído hablar de él, aún sin haberlo visto pelear nunca, como solía sucederme a mí. De vez en cuando pasan por la vida atletas extraordinarios: un Babe Ruth, Michael Jordan, Pelé, Maradona, Jackie Robinson, Javier Sotomayor, Bubka. Ellos dejan al retirarse la sensación de haber visto algo irrepetible, tan grande que no parece de este mundo. Alí sobresale entre todos ellos.

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