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Onelio Jorge Cardoso: Más allá de aquellas primeras ventanas…

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Onelio Jorge Cardoso

Por Bárbara Doval

Nunca logré verle de cerca. Tal vez, demoré en hallarle. Lo cierto es que desde nuestro primer encuentro ya no quise desentenderme. Han pasado muchos años desde esa primera vez. La propuesta llegó desde mi profe en la Facultad de Letras, Denia García Ronda.

Su cercanía ha multiplicado con creces las miradas a su existencia. La mía comenzó cuando me aproximé a sus tantas ventanas. Todas me parecían interesantes. Mientras me asomaba a una, enseguida quería aproximarme a las otras. Cuantas individualidades conocí a través de ellas. Cuánta sabiduría me llegó con cada uno de esos seres que se movían de aquí para allá, con autenticidad. Ya eran míos los “fantasmas” de Onelio Jorge Cardoso.

Unas y otros, personas muy vapuleadas por la vida precaria que llevaron antes de 1959, de ellos, hay quienes con entereza y porfía se erigen baluartes de dignidad. Quienes imaginaban situaciones, personajes y hasta mágicas andanzas no faltaban a esas visiones a la que usted me permitía acceder a través de sus ventanas, que se siguieron abriendo más allá de los 60 y hasta que humanamente usted pudo hacerlo.

Ahora las abrimos desde sus enseñanzas. Descubrí, aunque no como generalidad, que hay apariencias físicas que otorgan indicios esenciales, que retratan individualidades y contextos. Esos hilos invisibles usted los supo captar. Al mirar por esas tantas ventanas, descubrí movimientos, añoranzas, ademanes, sueños, éticas de vida y formas de expresión bien reconocibles. Y hasta muchos de los conflictos expuestos, salvando distancias histórico-temporales, son referentes en las conductas humanas.

Con varias de sus amistades dialogué entonces. Con todas supe de su hidalguía de espíritu, de su sencillez no sólo al escribir sino para acercarse a las demás personas. Conocí de sus ojos amparados por unos espejuelos ya clásicos que siguen escudriñando ventanas y más ventanas de humanismo. A través de ellas, podría detectar los aires de bondad, de valía o los que despedían malos olores. Nada,  que a pesar de sus espejuelos, se gastaba usted excelente vista acompañada de un olfato singular para detectar los vericuetos de los caracteres humanos.

Aprendí entonces a conversarle en la distancia. Sin saberlo se hizo mi cómplice. Y tiempo después, ya se sentaba a mi lado en las largas estancias en la Biblioteca Nacional “José Martí”. Las horas pasaban indetenibles y nuestras pláticas eran cada vez más profundas y cercanas. Allí le conocí como viajante de comercio, vendedor de medicamentos, guionista de la emisora radial Mil  Diez,  le vi haciendo preguntas y más preguntas a quienes vivían del carbón, de la pesca, de los sembrados y hasta disfruté como reía a carcajadas cada vez, que Juan Candela, hacía una de las suyas.

Con Francisca Viera (Cuca), su compañera de tantos años aprendí a entenderle mucho mejor y en los sillones de aquel balcón del Vedado, conocí anécdotas acerca de sus despistes y degusté con placer la alegría esencial de la familia Jorge Cardoso. Sus ventanas en un momento se habían mudado del campo a la ciudad, pero siempre mantuvieron la apertura necesaria para aprender de las sugerencias múltiples que trascendían en torno a quienes destilan mucha sabiduría. Cuando Estela  estuvo con “los ojos suavemente cerrados y un brazo salido del asiento como sin rumbo fijo ni propósito para nunca más” reconocí que “se acaban millones de vidas a cada vuelta del mundo y empiezan otras”.

Conocí a Pepe Lesmes un hombre “al que se le volaban los hornos” y “le gustaba oírse” como al sinsonte que se baña con su canto “porque es su propia miel y de ella se embriaga el muy dichoso” y disfruté del arte de Samuel quien “por el puro gusto” de tocar su guitarra,  despierta la sensibilidad de sus vecinos, quienes le soñaban vivo aun después de muerto,  y una “ se encantaba de lo que oía y algo más que eso: si oyéndolo ponía uno el  recuerdo sobre algo o alguien, entendía mejor su contorno y su sentido secreto”.

Con Carlitos el infante, que hace derroche de su imaginación y creatividad pude ver  como “….por allá arriba van pasando, muy altas unas nubes que parecen diablos o flores. Depende de quién  las nombre” Y me regocijaba cada vez que leía: … “Verde era todo, desde el suelo al aire y un olor a vida subiendo de las flores. Natural que la muerte se  tapara la nariz”. Francisca,  a fuerza de trabajo y optimismo es capaz de espantar a la mismísima muerte. Una comprende que su ingenio y cubanía también le llegan de un finísimo humor, no porque ahora se lo diga yo,  sino porque la agudeza y belleza de sus narraciones fueron reconocidas por espíritus contemporáneos tan altos como el suyo, por ejemplo, el del poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973).

Afortunadamente, se reconoce, con absoluto merecimiento, al Cuentero Mayor, aquel que nació en Calabazar de Sagua, el 11 de mayo de 1914 y tuvo el privilegio de ser un vaticinador, un ser humano que sin proponérselo se anticipaba a la realidad. Por ahí van los valores del arte, a pesar de primarios encasillamientos de su obra, como criollista o superficiales acercamientos a sus crónicas del alma humana según reconocimiento del uruguayo Mario Benedetti.

El lenguaje que usted utilizó en su cuentística combina la poesía y  la síntesis y se desliza como pez en el agua frente a los ojos atónitos de sus lectores. Sin embargo, con tantas enseñanzas de vida ganadas con la lectura de sus cuentos, siento que precisamos saldar también deudas con este tiempo que no puede pasar sin redescubrir sus reportajes con Gente de Pueblo(1962)  o Gente de nuevo pueblo (1981) como nuevos aprendizajes.

Cuentan quienes le acompañaban por esos días, que con la misma sencillez que nos hizo llegar sus cuentos, usted fue jefe de reportajes especiales en el Periódico Granma, jefe de redacción de Pueblo y Cultura y del Semanario Pionero, y hasta trabajó como guionista de documentales en el ICAIC y en la Sección Fílmica del Ejército Rebelde. De manera que ese sentir desde la piel del otro y esa habilidad para indagar que son dados al ejercicio periodístico fueron pilares de su creación toda. Decía el Gabo que la virtud fundamental que hallaba en su obra es que “en verdad, no hay una sola mentira”.

Por eso, Onelio Jorge, la cercanía a este 29 de mayo,  fecha en que hace 30 años usted alcanzó esa otra dimensión, que hace imborrable a quienes nos han transmitido conocimientos, energías, disfrute,  sentí la necesidad de continuar extendiendo la invitación a redescubrir su  versatilidad creadora más allá de esas primeras ventanas a las cuales me asomé, hace algunos años ya, como estudiante de letras.

Se han publicado 2 comentarios



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  • Felicia DM Padron dijo:

    Que bonito se expresa ella, verdad Cubadebate?!
    Si asi impartieran los conocimientos a los estudiantes en la escuela,
    ahora recordaria quien fue Onelio Jorge Cardoso, y quien es Bárbara Doval.

  • Agustín Dimas López Guevara dijo:

    El Cuentero Mayor
    Agustín Dimas López Guevara.

    En la década del sesenta, con el asombro campesino, habanizado y un barniz de lecturas, descubro la obra de Onelio Jorge Cardoso, cuando ya era considerado El Cuentero Mayor.
    Comienzo paradójicamente a identificarme e identificar personajes de sus cuentos, con conocidos que dejé allá en el campo. Tal parecía que era yo el niño ingenuo y asustadizo cuando leí Taita diga usted como, pidiéndole al padre espantar el caballo encabritado o el gallo erizado cuando en sus desenfrenos sexuales querían subirse sobre la potranca de mi tío Federico o la gallina enana de mi abuela Fidelina en aquellos primeros descubrimientos en el campo.
    De modo que me adentré en la obra de Onelio, hasta casi saber de memoria sus cuentos. Así, aquel estudiante de la Escuela Nacional de Instructores de Arte, en la especialidad de Teatro, halló otra dimensión más amplia al interpretar al padre de Visia, en una adaptación de Pedro Ángel Vera, que estrenamos en el Teatro Miramar en el pase de año del curso 1974.
    Influido por la obra de Onelio, comienzo a escribir mis primeros cuentos, al amparo de los Talleres literarios y sus encuentros debates, donde obtuve menciones y premios y, además, la suerte de conocer a los entonces jóvenes creadores: Senel Paz, Miguel Mejides, Norberto Codina, Paco Mir, Efraín Morciego, los hermanos Doblado, Roberto Manzano… Pero, sobre todo, a los ya consagrados Félix Pita, Eliseo Diego, Dora Alonso, Samuel Feijóo (quien tuvo la gentileza de publicarme mis viñetas en la revista Signos), Raúl Ferrer, El Indio Naborí, Adolfo Martí, Manuel Cofiño, Enrique Cirules, Sergio Chaple, Raúl González de Cascorro,… hasta llegar a conocer en el 78 a Onelio, con el que entablé una relación de amistad casi paternal que perdura después de su muerte.
    Ese año, presidí la delegación Artística de la recién nombrada Isla de la Juventud, al XI Festival Mundial celebrado en La Habana y asistí a un conversatorio en el Centro Internacional de Jóvenes Artistas (CIJA, que sesionaba en el edificio Central de la Dirección General de Escuelas de Arte, antiguo Country Club), donde Onelio Jorge tendría un encuentro con los creadores. De modo que fui uno de los primeros en ocupar asiento en el salón que se abarrotó a la espera, hasta que llegó El Cuentero con su guayabera blanca, sus espejuelos bifocales y su calva inconfundible, acompañado de Cuca.
    Con una voz susurrante que denotaba nerviosismo, pidió disculpas por la demora como un estudiante cuando entra tarde a clases. Enseguida lo acosaron a preguntas y él respondía, mientras fumaba y trataba de pastorear su nerviosismo, ocultando casi con los puños cerrados sus uñas carcomidas y yo, inconciente, evocando como una asociación, el cuento El Pavo, que escarbaba con las uñas cenizas y corvas los bulbos de las brujitas en el jardín: lo único feo que tenía el pavo, porque el plumaje era un abanico de vitral tornasolado que hacia desvariar cuando se pavoneaba. Por iniciativa propia o como homenaje a Cuca, leyó Francisca y la muerte.
    Luego de las opiniones, mientras bebía un vaso de agua, le pedí que leyera Abrir y cerrar los ojos, pero se excusó: había hecho un viaje desde Lima (donde ocupaba el cargo de Consejero Cultural) y del aeropuerto vino a cumplir este compromiso con la Juventud. Nos dijo que estaba muy agotado, y otra vez percibí en su voz una disculpa sentida, mientras aplaudía como todos aquella tarde de Julio.
    Pero al final mientras se despedía, casi confidencial, me preguntó por qué quería escuchar ese cuento, le dije en el apuro, mientras le daba la mano despidiéndolo, que el personaje del cuento sería inmortal, por esa facultad mágica de trasladarse en el tiempo con solo cerrar los ojos. No sé cómo me presentó a Cuca con un entusiasmo que me pareció como si los conociera de toda la vida y, casi como una recompensa, me dio su número de teléfono para que lo llamara y en otra oportunidad leerme el cuento.
    Esa tarde le di la noticia a mi mujer: «Onelio me dio el número de teléfono de su casa, para que lo llame y poder visitarlo.» Mi mujer, con nuestro hijo de dos meses en sus brazos, me advirtió, como para corregir mis impulsos afectivos, que esperara unos días por favor.
    De modo que al tercer día la ansiedad me lanzó al teléfono y llamé con la buena suerte que me sale Onelio, me identifico, y me pregunta que si puedes venir ahora, que anote la dirección. Le digo que sí, voy para allá; oigo mientras le dice a Cuca que ponga la cafetera porque viene visita.
    Recuerdo que llegué por el amplio pasillo y allá, en el fondo parado en el balcón, estaba esperándome para indicarme que subiera por la escalera de la izquierda hasta el segundo piso en la puerta verde.
    Aquella noche no me leyó el cuento, pero hablamos del campo, las costumbres, la familia, los libros, la pesca (ese divertimento que nos hizo entrar en comparaciones hasta que un día me convenció de que a él le gustaba más que a mí), los amigos, la ausencia de Tabío (el fotógrafo que lo acompañó en sus búsquedas periodísticas), de Raúl Ferrer. De él me contó, cuando, allá en el central Narcisa y el día que lo invitó a su escuelita: A un alumno que se había comportado indisciplinadamente, lo metió en el excusado y se oían gritos y unos golpes hasta que, asustado, corrió a persuadirlo y encontró a Raúl, dando golpes contra la pared y el muchacho fingiendo que era a él a quién golpeaba. Raúl le confiesa que era una estrategia para que el resto de los muchachos lo respetaran, pues tenía alumnos en cuarto grado con bigotes.
    También me habló de su amistad con el Indio, Dora, Félix Pita, Eliseo… (A todos luego tendría la oportunidad de visitarlos, conocerlos de cerca, establecer amistad y corroborar el afecto sincero hacia Onelio.) Entre tazas de café, cigarros y la presencia de Cuca, nos dio la una de la madrugada, lo que se repetiría durante muchas noches en varios años, cuando me acompañaba a casa en su carro a pesar de mi insistencia por marcharme temprano.
    Para esa fecha ya me había convencido de que a él la pesca le fascinaba más que a mí. Me confesó, con ese gesto típico que ha quedado en fotos y caricaturas: su mirada fija y por encima de los cristales, mientras me escudriñaba con una certeza que no admitía réplica: «No te puede gustar más que mí, porque el primer pargo que pesqué allá en Matanzas, se me pudrió en la mano de enseñárselo a la gente.»
    Así, en esas conversaciones (en las que a veces mi mujer dormitaba en la sala, porque Cuca se entretenía en el cuarto o la cocina), nos fuimos bebiendo poco a poco como un purgante, una botella de un coñac Armenio (hecho con ajíes, que bautizó con el nombre de Sofrito), regalo de uno de sus viajes por la antigua Unión Soviética.
    Me habló de Vasil Popov y las Cuitas del corazón y su temprana muerte, de su encuentro con Juan Rulfo, allá en el D. F., de lo mucho que le gustó el cuento Lubina. También de la obra de Guimaraes Rosas y El gran sertón vereda, mientras con palabras proféticas, sentenciaba: «Yo me acuerdo de las cosas antes que pasen.»
    Asimismo, de su amistad con el otro Juan (Bosch), que me llevó a conocer en la residencia de Siboney, luego de cumplir los rigores de Seguridad. Nos recibió el dominicano alto, delgado, canoso, con unos lentes montados al aire, una sonrisa afable, y se abrazaron dándose palmadas afectuosas los dos con guayaberas.
    En la terraza nos acomodó, nos brindó Ron Cacique y tabacos cubanos que degusté como un fumador empedernido y un bebedor entrenado, mientras atento escuchaba la conversación sobre libros, escritores y otras historias contadas magistralmente por el ex presidente y escritor (que trataba a Onelio como a un hermano) y éste, con su cigarro en la mano, lo tuteaba como a un muchacho.
    Hablaron de Joaquín Gutiérrez, Puerto Limón y La hoja de aire. Onelio me pidió: «Agustín, recuérdame el libro para que lo leas” Joaquín se le había dedicado. Maravilloso libro que recogí en su casa ese mismo día y leí con avidez recordando a Juan Bosch, cuando hablaba de su historia. Aún recuerdo que más o menos empezaba así: «Hay quien se enferma del corazón, la próstata o los riñones, yo me enfermé de eso, de pensar, de recordar.»
    Luego, cometí el error de prestarle el libro a Ramón Fernández Larrea y nunca más supe de él ni de Ramón, a pesar que Joaquín advertía en la dedicatoria con una caligrafía tica: A Onelio, que no te lo roben.
    Onelio tuvo conmigo atenciones que nunca olvidaré: el desprendimiento de regalarme su máquina de escribir Olimpia, en la que había escrito El caballo de coral, llevarme y recogerme en el aeropuerto cuando viajé a Nicaragua y la antigua URSS, prestarme su sobretodo para el crudo invierno moscovita, mostrarme su preocupación al acompañarme en la enfermedad de mi hijo en el Hospital Finlay, cuando los síntomas apuntaban hacia la meningo, hasta su recuperación, con una dedicación de abuelo preocupado; su confesión angustiosa por no poder escribir, aturdido por sus responsabilidades como Presidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC, pedirme que yo concluyera su cuento “La mitad del oído y la vida interior”, en lo que insistió más de una vez, algo que por supuesto nunca hice; hasta que al final comprendió que era un cuento para contarlo y no para escribirlo. Pero sobre todo, esa gran otra prueba de afecto cuando me dedicó el último cuento que escribió: “La presea”, cuando la muerte lo sorprende sentado frente a la máquina y estaba dándole los toques finales.
    Sería imposible resumir en unas cuartillas las anécdotas y conversaciones con Onelio durante más de ocho años, pero hay una que no debo dejar de mencionar. En 1984, la Dirección de Cultura de la Isla de La Juventud, en coordinación con el Teatro Juvenil Pinos Nuevos, lo invita para que reciba el homenaje que le hace el grupo por llevar cinco años en su repertorio Los Cuentos de Onelio. El Cuentero, El hambre, El cangrejo Volador y Francisca y la Muerte, y asistir al estreno del espectáculo Los Cuentos de Juan Candela, hechos con títeres por el grupo, que incluía: Los tres pichones, Pájaro Murciélago y Ratón y La serpenta.
    Aún recuerdo sus frases de elogio por la gracia con que Vivian Acosta interpretó a la madre de los tres pichones, la confección de los títeres y la frescura del montaje a cargo del hoy desaparecido Raúl Guerra. Al otro día, la dirección del núcleo organiza un acto en el salón de historia, donde me otorgarían el carné del partido, y le piden a Onelio hacer la entrega. Cuando me abraza me dice al oído: ¡Te lo ganaste primero que yo! Qué vergüenza sentí, pues no entendía cómo era posible que con su obra literaria; su vida de hombre humilde hasta la sencillez, modesto, y un amor a toda prueba a la Revolución; cualidades suficientes que no vieron los dirigentes de entonces. Desde entonces supe que El Cuentero Mayor era un comunista sin carné

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