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Una ola de Cuba en el jardín de Emily Dickinson

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La casa de Emily Dickinson, hoy convertida en Museo, está ubicada en el número 280 de Main Street, en Amherst, Massachusetts.

La casa de Emily Dickinson, hoy convertida en Museo, está ubicada en el número 280 de Main Street, en Amherst, Massachusetts.

He visitado este lugar cientos de veces. Sin haber estado nunca, ya he caminado la calle. Main Street comienza en el espacio rectangular conocido como The Commons, donde se organiza cada semana un mercado de granjeros venidos de los pueblos de la comarca, y termina en la casa de Emily Dickinson (1830-1886), ahora convertida en Museo.  En los 600 metros de distancia entre ambos puntos, me parece haber visto antes las cresterías de piedra de la Iglesia Unitaria Universalista, que frecuentaban en su tiempo escritores como Emerson o Thoureau, y a cuya tradición se unió ella; el camino donde resuenan cantos de coro y está adornado de tejados triangulares, chimeneas, vidrios de colores y cornisas de un rosa desvaído a la luz de la tarde.

Amherst era una ciudad tranquila y levítica de Massachusetts. Creo haberla observado, como tantos viajeros previos, asomada a la ventana de Emily en el piso alto de la casa, desde donde se ve todo el jardín y más allá los prados cercanos, la línea del ferrocarril y un bosque. De esa geografía limitada y de un entorno no mayor de una docena de personas -algunas de ellas frecuentadas tan sólo por correspondencia- esta mujer extrajo los materiales para su poesía, de una originalidad que no se agota por mucho que se haya explorado y hayan corrido océanos de tinta.

La antología de poemas de Emily Dickinson publicada por Silvina Ocampo, con prólogo de Jorge Luis Borges.

La antología de poemas de Emily Dickinson publicada por Silvina Ocampo, con prólogo de Jorge Luis Borges.

La descubrí de adolescente en la traducción que hizo Silvina Ocampo, en un libro cuya portada tiene la silueta de Emily a los 14 años y el prólogo de Jorge Luis Borges. “No hay, que yo sepa”, dijo Borges de Dickinson, “una vida más apasionada y más solitaria que la de esta mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo. En su recluida aldea de Amherst buscó la reclusión de su casa y, en su casa, la reclusión del color blanco y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía”.

La casa es el marco conocido de Emily, el más referido por sus muchísimos adoradores y biógrafos.  Borges reconocía en este espacio los rasgos más íntimos de esta escritora que publicó solo cinco poemas en vida –tres de ellos sin su consentimiento- y otros 1770 vieron la luz póstumamente bajo el auspicio de su hermana Lavinia, que descubrió, asombrada, los cuadernillos cosidos por la propia Emily con puntadas de hilo blanco, junto a los borradores de los versos trazados en pedacitos de papel, sobres de cartas destripados y envolturas de chocolate.

Si Lavinia no hubiera adorado a su hermana, esos escritos jamás se habrían publicado y si, además, nadie se hubiera reconocido en ellos, Emily Dickinson formaría parte de la multitud de inexistentes, lugar donde, paradójicamente, ella era libre y podía hacer su obra sin la molestia del ruido de sus contemporáneos y sin la severidad del entorno victoriano. Lo dijo claramente en uno de sus poemas más conocidos: “Yo soy nadie. ¿Quién eres tú?”,  que en la traducción de Silvina Ocampo sigue: “¡Qué horrible  – ser  – alguien! / Qué impudicia  –como una rana – / Decir vuestro nombre  –todo el santo día – / a un admirativo pantano”.

Ya sabía de su “blanca soledad”, porque todas las reseñas sobre esta mujer hablan de los últimos 15 años de su vida, cuando apenas salió de su cuarto y no usó otro tipo de prenda que camisones blancos de piqué y un chal sobre sus hombros –contra la costumbre de la época, en la que se llevaban vestidos de colores austeros, rígidos corsés, tupidos velos.  En esa etapa de autorreclusión, recibía a sus pocas visitas con dos lirios, enviaba flores, semillas y pastelitos a las vecinas, y escuchaba durante horas y en silencio la música de un arpa eólica o del viento, que su primo John Graves construyó para ella y que aún sigue junto a la ventana de la única casa de ladrillos que tenía Main Street en el siglo XIX, para que la brisa juegue entre las cuerdas y los pasadizos del interior de la cajita de madera.

Lavinia contó que disfrutaban de los acordes del piano ubicado en el salón principal de la planta baja y que Emily lo oía desde “el retiro polar” de su cuarto en el primer piso, con la puerta ligeramente entornada. También decía que su hermana, durante el verano, revoloteaba en la oscura densidad de la noche, pero sin aventurarse más allá del jardín, donde estaban las plantas y los animales que se filtran en sus poemas, y el terror y la fascinación de la muerte, el fuego críptico de unas pasiones que no llegan a convertirse en actos, ni siquiera en palabras en voz alta.

En el entorno de ese jardín giran todas sus biografías. No hay una que no haya pasado por ahí para advertirnos que Emily nunca se casó y que sus amores son tan insondables como ella misma, que se describió una vez de una manera bastante singular: “Soy pequeña como un reyezuelo (un wren, pájaro diminuto), de cabello rebelde, como el caparazón de las castañas, de ojos cuyo color recuerda el jerez que queda en la copa del invitado”. Su contacto con el mundo exterior, más allá de las escasas lejanías de su jardín, era el correo. Escribía cartas en las que muchas veces incluía flores prensadas cuidadosamente que ella misma cultivaba, y poemas breves, adornados con largos guiones. En las cartas, como en los versos, el microcosmos de lo más cercano adquiere la amplitud misteriosa del universo:

El agua se aprende por la sed;
la tierra, por los océanos atravesados;
el éxtasis, por la agonía.

La paz se revela por las batallas;
el amor, por el recuerdo de los que se fueron;
los pájaros, por la nieve.

Pese a todos esos viajes a través de los libros, la sensación que tengo ahora que camino Amherst y me paro frente a The Homestead –la casa done Emily nació y murió-, es de extrañeza. Creo que si la Dickinson pasara a mi lado, no la reconocería. Sería una soltera que envejece en un pueblecito del interior rodeada de sus flores y de su perro, porque una mujer que es la Santa Teresa o la Sor Juana Inés de las letras inglesas, y el contrapunto perfecto de su contemporáneo Walt Whitman, no cabe en este lugar.

No es ella, simplemente, porque sentada en un banco de piedra del jardín me doy cuenta ahora de que he visto su rastro en muchas partes, incluida la Isla de Cuba. La más importante poeta cubana viva, Fina García Marruz, tiene fuerte aliento dickinsoniano. En su poemario Ánima viva, por ejemplo, hay versos que podrían haberse escritos en Amherst hace 150 años, o ayer, o dentro de dos siglos:

No avanza la ola siempre: retrocede
para embestir de nuevo con más fuerza.
Siempre no sube el fuego. Oscilando
en su temblor alumbra, fiel, la vela.

Definitivamente no vine hasta aquí para ver el fantasma de una mujer que no es, ni puede ser, biografía de nadie, sino, en todo caso, la biógrafa de los sentimientos de muchos. Y para que así conste, al amparo de un montecito de violetas africanas y de un par de abejas desentendidas de los asuntos terrenales, murmuro frente a la casa de Emily Dickinson los primeros versos del soneto de Fina, los únicos que a esta hora me vienen a la cabeza: “No avanza la ola siempre: retrocede…’”

Daguerrotipo de Emily Dickinson que se conserva en el Museo de Amherst.

Daguerrotipo de Emily Dickinson que se conserva en el Museo de Amherst.

La Iglesia Unitaria Universalista, que frecuentaban en su tiempo escritores como Emerson o Thoureau, y a cuya tradición se unió Emily Dickinson, en Amherst. Es una institución progresista. Esta semana tenía un cartel que anunciaba.

La Iglesia Unitaria Universalista, a pocos paso de la casa de Emily Dickinson en Amherst, que frecuentaban en su tiempo escritores como Emerson o Thoureau, y a cuya tradición se unió la poeta. Esta semana, de la entrada cuelga una tela que anuncia: “Trabajamos para desmantelar el racismo”.

Otra vista de la casa-museo de Emily Dickinson.

Otra vista de la casa-museo de Emily Dickinson al caer la tarde.

Tarja que reproduce el poema de Emily Dickinson:

Tarja que reproduce un poema de Emily Dickinson de 1861: “I HELD a jewel in my fingers/ And went to sleep./ The day was warm, and winds were prosy;/ I said: “’Twill keep.”

El jardín de Emily Dickinson.

El jardín de Emily Dickinson.

El lirio tigre, de color naranja, la flor preferida de  la poeta estadounidense.

El lirio tigre, de color naranja, la flor preferida de la poeta estadounidense.

Como testigo, un montecito de violetas africanas, dos abejas y un banco de piedra en el jardín de Emily Dickinson, en Amherst.

Como testigo, un montecito de violetas africanas, dos abejas y un banco de piedra en el jardín de Emily Dickinson, en Amherst.

Se han publicado 33 comentarios



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  • Laura Gil dijo:

    Rosa Miriam, te conocia como excelente periodista, pero dejame decirte que con este articulo te has superado a ti misma, que placer leer tus sensibles lineas llenas de sentimientos y finezas de espiritu. Mil felicitaciones, por favor, no dejes de escribir nunca!

  • ActionJackson dijo:

    Sra. Elizalde: mis escasos hábitos de lectura me han impedido hasta ahora conocer de esta poetisa Dickinson, pero ha resultado tan deliciosa e inspiradora su crónica que me ha provocado indagar más sobre aquella.
    Felicidades y ¡gracias!

    • Taran dijo:

      Hace menos de una anno se publico en la ciudad de Holguin, creo que por Ediciones Holguin, un libro de poemas de Emily Dickinson, traducidos por un destacado critico y escritor holguinero.

      • Rosa Miriam dijo:

        Sí, lo conozco, “Purple Traffic”, de Rafael Ramírez, una edición bilingüe de sus poemas escogidos. Gracias por recordarlo!

  • Popi dijo:

    Bellisimo articulo. Gracias!

  • Linda dijo:

    Hermosa crónica. Sigo sin entender por qué “poeta” y no poetisa cuando hablamos de una mujer.

    • Rosa Miriam dijo:

      Es un viejo debate: poetisa, en inglés y español, se ha percibido como desdeñoso hacia la mujer que escribe poemas y las propias mujeres escritoras la rechazan, quizás porque recuerdan aquellas palabras espantosas de Clarín: “La poetisa fea, cuando no llega a poeta, no suele ser más que una fea que se hace el amor en verso a sí misma”. De todas formas, en el Diccionario se aceptan ambas palabras. Ah, y gracias a todos los que se han asomado por acá.

      • Saraí dijo:

        Me encantan tus artículos Rosa Miriam Felicidades por tu trabajo

  • laly dijo:

    Me lleno de tanta tristeza que una persona joven y culta y que ademas he leido se hubiera encerado, busque y encontré sus amores ocultos, cuantos sufrimiento.
    Benjamin Franklin Newton
    Nacido en Worcester el 19 de marzo de 1821 y por lo tanto diez años mayor que Emily, Benjamin F. Newton causó tan profunda impresión en la poetisa que, no bien lo hubo conocido, escribió a su amiga, vecina y futura cuñada Susan Gilbert una carta fechada en 1848 donde le dice: “He encontrado un nuevo y hermoso amigo”. Newton permaneció dos años con los Dickinson y, por los motivos que fuesen (incluida un supuesta prohibición de Edward para que siguiera frecuentando a su hija) abandonó Amherst a finales de 1849 para nunca más regresar.
    Benjamin Franklin Newton
    De vuelta en su ciudad natal se dedicó al derecho y al comercio y en 1851 se casó con Sarah Warner Rugg, 12 años mayor que él. Para estos tiempos Newton estaba ya gravemente enfermo de tuberculosis, dolencia que lo llevó a la muerte el 24 de marzo de 1853, diez meses antes de que Emily escribiese al pastor Hale preguntando por sus últimos momentos. Tenía 33 años de edad. El encanto que Newton provocó en Emily Dickinson vino de la mano de la literatura: aunque Edward Dickinson le compraba muchos libros, le pedía a la muchacha que no los leyera, porque su vieja y conservadora mentalidad puritana temía que pudiesen afectar su espíritu. Edward Dickinson despreciaba especialmente a Dickens y a Harriet Beecher Stowe, lo que la hija deploró muchos años más tarde.
    Newton, en cambio, obsequió a Emily un ejemplar de los “Poemas” de Emerson y le escribió apasionadas cartas donde, en forma velada, intentaba prepararla para su muerte inminente. Dice Emily a Thomas Higginson, hablando de una carta que había recibido de Newton: “Su carta no me emborrachó, porque ya estoy acostumbrada al ron. Me dijo que le gustaría vivir hasta que yo fuese una poeta, pero que la muerte tenía una potencia mayor que la que yo podía manejar”. Otra carta al “Maestro” dice “Mi primer amigo me escribió la semana anterior a su muerte: ´Si vivo, iré a Amherst a verte; si muero, ciertamente lo haré´”. Veintitrés años más tarde, Emily Dickinson aún seguía citando de memoria las palabras de estas últimas cartas de su joven amado. Los motivos de la “huida” de Newton a Worcester no están claros, pero el repudio de Edward Dickinson al incipiente romance no es una causa improbable. Newton era pobre, progresista y tenía tuberculosis en la fase terminal. No era, a buen seguro, la clase de partido que el juez de Amherst deseaba para su adorada hija.
    Charles Wasdworth
    Mientras Emily padecía aún, luchando con la elaboración del duelo que la muerte de Newton había desatado en ella, conoció en Filadelfia en mayo de 1854 al reverendo Charles Wadsworth, a la sazón pastor de la Iglesia Presbiteriana de Arch Street. Wadsworth tenía 40 años y estaba felizmente casado, pero igualmente causó una profunda impresión en la joven poetisa de 23: “Él fue el átomo a quien preferí entre toda la arcilla de que están hechos los hombres; él era una oscura joya, nacida de las aguas tormentosas y extraviada en alguna cresta baja”.

    Charles Wasdworth
    Si bien no es seguro que Emily haya sentido una fuerte atracción erótica hacia Newton, no existe duda alguna de que durante toda su vida posterior estuvo profundamente enamorada de Wadsworth. El pastor murió el 1 de abril de 1882, mientras que Newton falleció un 24 de marzo. En otoño de ese mismo año ella escribió:
    “Agosto me ha dado las cosas más importantes; abril me ha robado la mayoría de ellas”‘.
    Al pie del texto se lee la siguiente y angustiosa pregunta:
    “¿Es Dios enemigo del amor?”.
    Al cumplirse el primer año de la muerte de Charles Wadsworth escribió:
    “Toda otra sorpresa a la larga se vuelve monótona, pero la muerte del hombre amado llena todos los momentos y el ahora. El amor no tiene para mí más que una fecha: 1º de abril, ayer, hoy y siempre”.Si a partir de estas confesiones queda claro el enorme impacto amoroso que Wadsworth tuvo sobre la vida de Dickinson, no hay prueba alguna de que ella haya sido importante para él. Tímido y reservado, no existe constancia de que se haya fijado en Emily en aquellas oportunidades. Sin embargo, el único cuadro que colgaba en la habitación de la poetisa era un retrato en daguerrotipo del pastor de Filadelfia. Es interesante destacar que el profundo y eterno amor de Emily se generó y consolidó en sólo tres entrevistas (aunque hay indicios de un cuarto posible encuentro). Su hermana Lavinia, que vivió con ella toda su vida, por ejemplo, jamás conoció a Charles Wadsworth hasta la última vez. Derivado de que no quedan documentos de las dos primeras ocasiones en que Wadsworth se encontró con Emily, es el hecho de que nunca conoceremos los verdaderos motivos por los que el pastor abandonó la Costa Este de los Estados Unidos y se fue a predicar a San Francisco en la primavera de 1861, en plena Guerra Civil. Pero ella nunca lo olvidó. En 1869 Dickinson se enteró de que Wadsworth estaba de regreso en Filadelfia, y comenzó a escribirle cartas en 1870.
    Pero pasaron veinte años antes de que volvieran a verse. Una tarde del verano de 1880, Wadsworth golpeó a la puerta de la casa de los Dickinson. Lavinia abrió y llamó a Emily a la puerta. Al ver a su amado, se produjo el siguiente diálogo, perfectamente documentado por Wicher. Emily le dijo:
    —¿Por qué no me ha avisado que venía, a fin de prepararme para su visita?,
    a lo que el reverendo respondió
    —Es que yo mismo no lo sabía. Me bajé del púlpito y me metí en el tren.
    Ella le preguntó, refiriéndose al trayecto entre Filadelfia y Amherst:
    —¿Y cuánto ha tardado?.
    —Veinte años, susurró el presbítero.
    Charles Wadsworth murió dos años después, cuando Emily tenía 51 años, dejándola sumida en la más absoluta desesperación.
    Muerte
    Falleció a los 55 años a causa de la enfermedad de Bright el 15 de mayo de 1886. En su tumba se pueden leer las palabras: “Me llaman”. En vida tan solo fueron publicados 5 de sus poemas en absoluto anonimato, su obra permaneció oculta hasta su fallecimiento, donde se encontraron unos 2.000 poemas.

  • nopasarán dijo:

    Rosa Miriam, me ha dejado Usted conmovido. ¡Qué manera de escribir y qué sensibilidad! Sin palabras para felicitarla. Su artículo no puede ser comentado, sólo puede ser sentido y atesorado en el alma, más allá de las palabras.
    Aparte que admiro profundamente el Transcendentalismo del siglo XIX americano, y a personas que usted atinadamente menciona ahí como Emerson y Thoureau, siempre he sentido una simpatía íntima por la señora Dickinson, cuyo caso es tan intrigante, pero que además despierta una gran compasión. Ella toda su vida la puso por escrito, privándose del contacto humano, pienso que por alguna enfermedad que ignoro.
    Por eso es que el pueblo cubano no puede ser anti-norteamericano, aunque nuestra vocación anti-imperialista y anti-colonialista no nos la quite nadie, pues está en nuestro ADN desde Guamá. Por personas tan dulces como la Dickinson, y por cierto me viene a la mente alguien que también fue mujer norteamericana escritora, y de gran calibre humano: Helen Keller.
    Para el pueblo norteamericano, mis simpatías. Para el arte universal, mi adoración. Para Usted, querida compañera, todos mis respetos. Los seres humanos podremos no entendernos en política, pero los sentimientos son universales. ¿Estaría loco aquél que dijo que la poesía salvaría al mundo? Pues yo creo que no. Caso de dudas, preguntarle a Martí, revolucionario, organizador y poeta, ¡siempre poeta!
    Gracias por este bellísimo artículo-grito del alma.

  • qbano dijo:

    Rosa Miriam, me uno a lo que dice Laura, te fuiste de las expectativas. Has escrito palabras que instruyen y construyen, muy bonito articulo. La primera vez que lei “El ahogado mas hermoso del mundo”, de Garcia Marquez, me dejo esta misma sensacion, de que la cultura sin dudas, nos puede conducir a un mundo mas justo y por tanto, mejor. Gracias por este momento.

  • Maria Victoria Valdes Rodda dijo:

    Bellisimo texto, tal cual nos tiene acostumbrado Rosa Miriam.

  • MCC dijo:

    Sinceramente, no pensé que Rosa Miriam escribiera tan bien. Comecé a percibirlo con su artículo sobre New York. Este acaba de confirmarme su talento. Felicidades, y por favor continúa deleitándonos con tu prosa. Me encantó conocer sobre la vida de Emily Dickinson. Trataré de encontrar sus poemas, pues tú nos has motivado a ello.

  • Alicia Hernández dijo:

    brillante, excelente, sigue escribiendo por favor

  • hanze dijo:

    en la edición pasada del festival de las artes del ISA, los estudiantes de segundo año de actuación-teatrología-dramaturgia presentaron un espectáculo: “emily” en la sala raquel revuelta. la puesta estaba basada en ella, en sus textos y vida. enhorabuena!! para el grupo La Quinta Rueda.

  • Rosa C: Báez @LaPolillaCubana dijo:

    Gracias, Rosi, por este poema en prosa que has sabido darnos en homenaje a la sin par Emily D.
    Te dejo mi preferido, su poema que llevo grabado como a fuego vivo en mi pecho:

    “Si consigo impedir que un corazón se rompa,
    no habré vivido en vano.
    Si consigo aliviar el sufrimiento de una vida
    o calmar un dolor
    o ayudar a un petirrojo exánime
    a volver a su nido,
    no habré vivido en vano”.

  • Noël dijo:

    Me encanta la Dickinson desde siempre. Bello artículo, bello recorda a Emily y los abejorros, lástima de insensibilidad y vulgaridad en este país (Cuba), donde el 98,5 % de la población desconoce quién es la ermitaña de Amherst…

  • Isabel Martínez Brito dijo:

    Rosa Miriam, admiro tu forma de explicar estos hallazgos, y la sensibilidad con que lo haz hecho. Felicidades, sigue por ese camino!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  • sara dijo:

    Qué sensibilidad y deleite el tuyo al hablarnos de la Dickenson, su casa, su ventana, sus amores no vividos, su jardín…. Hacía mucho no leía nada de ella. Hermosa crónica. Gracias Rosy, gracias, gracias

  • rosalia dijo:

    Me ha encantado tu artículo sobre Emily ,es una lástima que no he leído nada de ella .
    Tu descripción del lugar me ha transportado allá ,que lindo.

  • susan barton dijo:

    Infórmense: Purple Traffic fue publiacdo en Holguín, pero no por Ediciones Holguín sino por Ediciones La Luz

  • CONTINO dijo:

    Miriam te admiro!!!!

    luego te invito, de ser posible en lancha, llegar a Regla y visitar donde vivió sus últimos años Luisa Pérez de Zambrana

  • vladimir dijo:

    Precioso trabajo para una exquisita poetisa.

  • Jose R Oro dijo:

    Maravilloso articulo, impresionante sensibilidad. Esta usted llevando a Cuba insospechadas interioridades de New York y ahora de Nueva Inglaterra. Muchas felicitaciones!

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Rosa Miriam Elizalde

Rosa Miriam Elizalde

Periodista cubana y editora del sitio Cubadebate. Es Doctora en Ciencias de la Comunicación y autora o coautora de los libros “Antes de que se me olvide”, “Jineteros en La Habana”, “Clic Internet” y “Chávez Nuestro”, entre otros. En twitter: @elizalderosa

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