Fotorreportajes, Sociedad  »

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Durante décadas fue chofer en el puerto. Conducía camiones y tractores con pipas de agua. Fue un trabajo largo, exigente, de sol y peso, que terminó con su jubilación. Pero la jubilación, para él, no fue descanso. Después lo buscaron para ser “sereno”. No obstante, lo que terminó quedándose es este oficio: limpiar calderos y ollas hasta que vuelvan a brillar.

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A sus 73 años, Ramiro es un hombre que lleva la mecánica y la chapistería en la sangre. Nacido en Holguín, pero habanero por elección desde hace 48 años, ha dedicado su vida a reparar y construir con “todo lo que aparece”. Desde los años 70, comenzó su camino en la chapistería, arreglando refrigeradores, lavadoras y “cualquier cosa que necesitara una segunda oportunidad”.

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Los últimos 28 años Frank se los ha pasado entre mechones de cabellos ajenos. Rizados, lacios, crespos. Largos, medios, cortos. Si hay un sonido que disfruta es el del choque metálico que se produce entre las hojas de acero de las tijeras. "Si no hay amor, no hay nada", dice, tratando de explicar lo que siente por su faena.

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A sus 80 años, Eusides Moreira Utria sigue trabajando. Como un verdadero artesano, maestro del metal y el giro, talla con destreza las piezas que necesitan quienes visitan el taller, dando vida a engranajes y ejes, tornillos y tuercas. “La tornería no es una profesión muy reconocida, pero el tornero agarra cualquier pedazo de hierro y lo transforma”, añade.

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Hace algún tiempo, armó su propia ponchera en un contenedor de 20 pies, ubicado en Mulgoba, un barrio del capitalino municipio de Boyeros. Aquí hace su labor para la comunidad. Abre casi todos los días, desde bien temprano. Recibe a bicicleteros y motoristas que buscan otra oportunidad para sus ponchadas gomas. Con maestría, las revisa y repara. Se enorgullece de no tener precios abusivos.

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Arcelio Odio Rosabal, aparentemente, no hace honor a su primer apellido. Su rostro no muestra signos de maldad, solo de cansancio. Hace 40 años emprendió un viaje desde su natal municipio Palma Soriano en el oriente de Cuba hasta La Habana. Más de 800 kilómetros después se encontró con un destino de disímiles oficios.

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A pasos lentos se desanda la ciudad, cámara en mano, vista escrutadora. Y cada paso y mirada regala dinámicas, colores, escenas que a golpe de vista se hacen captar. Después del encuadre rápido, el obturador deja entrar puñado de motivos, que revelan una ciudad despierta, dinámica, buscando destinos.

Apuntes del cartulario  »

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Al igual que en la de hoy, existía en la Cuba de ayer el sujeto que se dedicaba a lo que los chinos, con su sabiduría milenaria, llaman “hacer nada”. Uno no sabía bien de qué vivían, si de las rentas o del cuento. Pudiera ser que vivieran, más que de la política, de alguna que otra “botella” que un pariente con “palanca” les consiguió.

Apuntes del cartulario  »

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A la puerta de un cementerio que se respetara aguardaban siempre dos o tres despedidores de duelo. Si en la Cuba de antaño la calidad de un traje de dril se calibraba por el número de arrugas que fuese capaz de soportar, la calidad de estos oradores de a tanto la palabra se medía por las lágrimas y suspiros que arrancaban.

La Tira de los Lectores  »

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¿A qué te dedicas? En La Tira de los Lectores esta semana queremos conocer tu trabajo. Envíanos una foto en tu puesto laboral al correo comentacubadebate@gmail.com y la publicaremos el próximo domingo en nuestro sitio web y redes sociales.

Podcast  »

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Modo Avión se adelanta y celebra, de manera muy divertida, el día de la prensa cubana, que es mañana, pero aún no tenemos contrato con el calendario y  ya saben que salimos los domingos. Este episodio será un "lo que usted nunca lee, o ve, o escucha", porque contaremos anécdotas que hemos vivido como periodistas, en coberturas,  en la hoja en blanco,  aprietos con entrevistados, equivocaciones en vivo...

Opinión, Sociedad  »

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Enfrentarse a una reparación doméstica por estos tiempos es un reto a la decencia y, a veces, hasta a la cordura. No por gusto el nieto de mi amiga, al verla llorando a lágrima viva mientras una tubería de su patio echaba agua como indetenible surtidor, trató de consolarla desde la inteligencia de sus cinco años: “Abuela, no llores más, cuando yo sea grande voy a ser arregla-tuberías”.

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