Ciro Bianchi
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En la esquina de Luz y Damas vivió el hacendado Joaquín Garro, víctima de un hecho de sangre famoso en La Habana colonial. Salió Garro en un atardecer de su ingenio azucarero y llegó muerto a su casa. Había sido apuñalado en el camino. Un joven negro, que viajó de incógnito en la sopanda de la volanta y que fue sorprendido al descender del vehículo, fue acusado de crimen y ahorcado pese a sus protestas de inocencia.
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En 1929 La Habana contaba con 43 902 casas, y de ellas, había 4 500 vacías. Se educaban en las escuelas púbicas 55 401 alumnos repartidos en 775 aulas atendidas por 832 maestros. La población habanera era de 580 950 habitantes. Contaba la ciudad con 1 028 calles, incluyendo diez grandes avenidas. Rodaban por ellas 26 650 vehículos.
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La vida teatral habanera fue muy intensa durante las tres primaras décadas del siglo XX. Se daba el caso de que noche a noche ocho teatros abrían sus puertas para presentar distintos géneros teatrales. No era raro entonces el empeño de compañías europeas de venir a Cuba a “hacer la América”. Si triunfaban aquí, tenían garantizado el éxito en otras latitudes latinoamericanas.
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En Cuba, en 1950, ejercían poco màs de 4 900 médicos. De ellos, unos 3 000 ejercían en la Habana. Pinar del Río era cubierta por 188 médicos y 219 galenos atendían a los matanceros. Las Villas disponía de 503 médicos para una población de casi un millón de habitantes, y en Camagüey laboraban 312 de esos profesionales.
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Se opuso a los ocupantes ingleses, se negó a pagar las contribuciones de guerra que exigían los invasores y ordenó al clero que no colaborase con ellos. Pedro Agustín Morell de Santa Cruz y de Lora, Obispo de Cuba, era irascible y tenía la boca dura y no demoró en convertirse en la cabeza visible de la oposición abierta al extranjero.
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Como “un mozo inteligente y bien plantado” lo retrata Alejo Carpentier en una crónica que publicó en la revista Carteles. Interpretaba la música, dice el autor de ‘Los pasos perdidos’, como debía interpretarse, con “su voz potente y bien timbrada que no se perdía en alardes de virtuosísimo estéril”. Era un hombre elegante y con una suerte loca con las mujeres.
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No cree el cronista que sean muchos los habaneros que sepan que la calle Revillagigedo, en esta capital, deba su nombre a un gobernador español de mano dura cuyas excelentes dotes como gobernante se vieron eclipsadas por una codicia y una altivez censurables y que hicieron que ganara el epíteto de tirano. Asumió el mando de la Isla el 18 de marzo de 1734 y durante los once años que se mantuvo como gobernador general de la Colonia fue inmune a críticas y denuncias del patriciado criollo.
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Se trata de una hermosa mansión sin portales. No puede compararse con la mansión del Marqués de Aguas Claras y mucho menos con la del Marqués de Arcos, que no solo es, al decir de Joaquín Weis, el inmueble más interesante de los que rodean la Plaza de la Catedral, sino el tipo más perfecto de casa colonial que nos queda.
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Los primeros taxis o boteros aparecieron en La Habana en 1836 y las guaguas circularon a partir de 1840. Años antes, a comienzos del siglo XIX, se introdujeron los quitrines, pero su uso no se generalizó hasta 1820. Para entonces los coches, pese a conocerse aquí desde el siglo XVIII, eran pocos y en 1840 solo existían el del Capitán General y el que los sacerdotes de la Catedral utilizaban para visitar a los enfermos.
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El doctor Nowack, que así se nombraba el personaje, llegó a La Habana en febrero de 1906 y predijo el cataclismo en cuanto pisó tierra. Enseguida se dividieron las opiniones. El periódico La Lucha tomó en serio el vaticinio del vienés, difundiéndolo y calorizándolo, mientras que otro periódico, El Mundo, lo tiraba a broma, y el Diario de la Marina lo combatía muy seriamente.
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