O’Reilly

Calle O’Reilly. Imagen: Tomada de Habana Radio.
O’Reilly es una de las calles más antiguas de la ciudad. Cuando La Habana era chiquita y tenía solo cuatro calles, una de ellas era O’Reilly. Se llamó Honda y Del Sumidero. Y también Del Basurero, por el fin al que la destinaban los vecinos, y tuvo además el nombre de calle De la Aduana, por haber estado situadas en ella, en la proximidad de los muelles, las dependencias de ese departamento. Se le dio el nombre oficial de Presidente Zayas, pero se dice que el propio mandatario no se mostró satisfecho con el guatacazo porque, matero como era, sabía que nadie llamaría así a esta calle por más que las tarjetas lo proclamaran en cada esquina. Zayas tiene su calle en la Loma de Chaple, y O’Reilly fue, es y seguirá siendo O’Reilly.
Hasta 1915 O’Reilly fue, junto con Obispo, la meca del comercio y la moda, calles del viseo matinal por la que el habanero discurría para ver y para que lo vieran. En el espacio comprendido de O’Reilly hasta Amargura –y desde Mercaderes hasta Compostela– se hallaba el llamado Distrito Bancario, es decir, nuestro pequeño Wall Street, sede de los bancos principales, edificios majestuosos, y con fachadas de columnas monumentales, que no dejaban dudas sobre la solidez, la riqueza y la eternidad de las instituciones que albergaban, aunque algunas de ellas se desmoronaran como castillos de naipes en tiempos de crisis.
Entre otros bancos, en O’Reilly encontraban asiento el Previsora Latinoamericana, entidad constituida con capital mexicano, el Banco Financiero, manejado por Julio Lobo, el Banco de Nueva Escocia, el Banco Garrigó, que surgió en Santiago de las Vegas y fue ampliándose y consolidándose; el Banco Godoy Zayán y Banco Godoy Zayán de capitalización y ahorro, ubicados ambos en el edificio de La Metropolitana, inmueble de oficinas y sede de importantes compañías y agencias de seguros. Inmediato a ese edificio se hallaba otro banco, The First National City Bank of New York.
El espacio del banco norteamericano y de La Metropolitana es el que ocupaban la iglesia y el convento de Santa Catalina de Sena, fundados en 1688 por el obispo Diego Avelino de Compostela a pedido de las hermanas Aréchaga, que querían profesar como monjas dominicas. La iglesia y la sacristía ocupaban el lado sur del edificio, es decir, se asomaban a la calle O’Reilly. En ella ofició Félix Varela por lo menos en dos ocasiones. Una, como subdiácono y otra como presbítero cuando el 8 de diciembre de 1813 pronunció el sermón de la festividad de la Purísima Concepción. Tenía cerca la casa de sus padres, en Obispo entre Aguacate y Villegas. Una tía de Varela fue Madre Superiora del convento.
La congregación religiosa radicó allí hasta 1918, cuando se trasladó a un inmueble más amplio, con una bella iglesia de estilo gótico, en la manzana enmarcada por las calles Paseo, A, 23 y 25, en El Vedado, edificio que hace no tantos años fue destinado a otros fines por el Arzobispado de La Habana. El viejo convento fue demolido en 1921, "sin que nada se perdiera con ello, pues carecía de todo valor artístico", aseveraba el historiador Emilio Roig.
Es, aseguran especialistas, la calle de los fotógrafos, "un afamado y tradicional corredor comercial habanero que ofreció espacio y asidero a la fotografía casi desde la introducción de la técnica y el oficio en la Isla (1840)". Había en O’Reilly numerosos bufetes de abogados, oficinas de líneas de navegación, ópticas, cafés como el de Revoredo, frecuentado en los años 50 por José Lezama Lima y hoteles como Lafayette, en cuyo restaurante tuvieron lugar los almuerzos sabáticos del grupo Minorista, con Martínez Villena, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Alejo Carpentier, Gómez Wangüemert, Juan Marinello y Conrado Massaguer, entre otros, como asistentes habituales. Ese restaurante, ya en la década del 70, y después, se hizo célebre por sus chorizos con papas. Fue allí, se dice, -y es dato que el cronista no ha contrastado- donde se creó el Cubanito, gustado coctel que se elabora con ron blanco, jugo de tomate, jugo de limón, salsa inglesa y salsa picante y se puntea con salsa antes de servir en un vaso que se enfrió con varios cubos de hielo. De este lugar queda en la fachada de lo que fue el restaurante, su anuncio lumínico que no anuncia ya ni ilumina. Tenía cierta animación esa zona.
En O’Reilly casi esquina a Aguiar radicaba la Librería Martí, en cuyas vidrieras vio el cronista, a fines de los años 60, ediciones príncipes de Góngora, Quevedo, Cervantes y de otras glorias del Siglo de Oro español. Se vendía a 300 pesos cada ejemplar y Lezama, que animaba una especie de tertulia en el fondo de ese comercio, terminó comprándolos todos para pagarlos a plazo. Hoy esos 300 pesos nos parecerán ridículos, pero era en la época una suma digna de tomarse en cuenta.
Contiguo a la Librería Martí abría sus puertas un establecimiento con el pomposo nombre de La Bolsa de Muebles, propiedad de Humberto Tous, de la familia que, también con oficinas en O’Reilly, se dedicaba a la importación de equipos de oficina. Seguía otra librería, La Económica, "tapadera", se decía, del Partido Socialista Popular, que garantizaba siempre un rato agradable al visitante, comprara o no comprara los libros en oferta. Cuando el cronista comenzó a visitarla, hacia 1967, todavía tenía en existencia ejemplares de Analecta del reloj (1953) de Lezama, y de Un verano en Tenerife (1958) de Dulce María Loynaz. No se leía entonces tanto como ahora.
En La Económica adquirió el autor de esta página los tomos que entonces le faltaban de las Obras Completas, de José Martí. Lo hizo con sus primeros honorarios como periodista, hará pronto 60 años. Podría yo ahora repetir con Rubén Darío: "Qué viejo soy, Dios mío, qué viejo soy". Pero quiero suponer que no es tan así. Sucede que empecé en el periódico El Mundo, -en su página editorial- con solo 17 años.
Esta calle debe su nombre a que por ella hizo su entrada en la ciudad el general Alejandro O’Reilly, subinspector de las tropas españolas, en 1763, cuando España recuperó la capital de la Isla tras la ocupación inglesa. El militar permaneció en Cuba mientras reorganizaba el ejército. Más tarde vino su hijo, se afincó aquí y creó una familia que, en la Colonia y en la República, sobresalió por su posición preminente, los cargos desempeñados y sus acciones benéficas.


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