El buchito de café

Son múltiples los beneficios del café.
Hacia 1830, cuando Cuba era todavía colonia española, los criollos empezaron a tratar de diferenciarse de los peninsulares. Nacía la nacionalidad cubana y el café tinto se imponía al chocolate, se preferían los frijoles negros a los garbanzos y el arroz sustituía al pan que los españoles mojaban en los guisos. Desechaban los cubanos las corridas de toros para decidirse por las peleas de gallos y, con tal de acentuar la diferencia, pintaban las fachadas de sus casas con colores diferentes.
Desde entonces el café ha sido parte de la vida cotidiana del cubano. Al amanecer, el olor del café recién colado inunda la casa y se escurre por el vecindario.
Muchos podrán prescindir del desayuno, pero no de la taza de café para comenzar el dia con buen signo. Puede prepararse, y se agradece, a cualquier hora.
Y es un rasgo común en todos los sectores sociales de la Isla demostrar hospitalidad con el ofrecimiento de una taza de café. Aun en tiempos de escasez, como los que vivimos, es rara la casa cubana donde no se brinde al visitante la preciada infusión, ese cafecito, como le llaman algunos con acento carioso, que a veces se bebe de pie, en la misma cocina, junto al fogón, y que la mayoría, que lo prefiere fuerte y amargo, empina la taza para sorber el último buchito.
El tabaco era ya cubano cuando llegó Colon. La caña de azúcar fue traída a estas tierras por el propio Almirante. El café, en cambio, comenzó a cultivarse desde 1748 cuando el contador José Antonio Gelabert trajo de Haití las primeras plantas que sembró en su finca del Wajay, localidad habanera donde se erigió un monumento al grano de café, que debe ser único en el mundo. Pero desde mucho antes el polvo se expendía en las boticas, pues, como en el resto de mundo, fueron los médicos los que contribuyeron a extender su gusto al recetarlo, al igual que el tabaco, para curar casi todos los males.
Las primeras casas de café, las hoy llamadas cafeterías, afloraron en La Habana entre 1762 cuando los ingleses ocuparon la ciudad, y 1776, con la independencia de las 13 colonias de Norteamérica. El primero de ellos, dice el sabio cubano Fernando Ortiz, fue el café Taberna, en una de las esquinas de la Plaza Vieja. Le siguieron otros, pero ya en 1772, la autoridad colonial dictaba un bando que los regulaba. No escapaba a sus ojos y oídos que dichos establecimientos eran también sitios de reunión de enemigos de la corona española. De ahí que Ortiz pudiera afirmar que el café en Cuba fue espíritu filibustero, hereje, liberal y separatista.
En 1592, cuando el rey Felipe II, de España, concedió a La Habana el título de ciudad, abrían sus puertas en esta villa 80 tabernas. Los bares proliferaron aquí a partir e de 1810; los cafés se incrementaron con la llegada del hielo (1807) y por esa misma fecha un establecimiento como La Fuente de Ricla ponía de moda el refresco de cola .
El café se convirtió en hábito en la Isla. Tiene una función socializadora. Equipara gustos y estilos sociales. Aviva las ideas y alivia la fatiga y el cansancio. Asegura, acabado de colar, un nivel más alto de antioxidantes que muchas frutas y vegetales, es laxante y diurético y, aleja los riesgos del Aizheimer y el Parrkison. En las religiones cubanas de origen africano deviene elemento aglutinador de fuerzas espirituales y sociales.
Pasó a la literatura, la plástica, la música y hay en Cuba cocteles elaborados a base de café y recetas de cocina que lo incluyen.
Es el aroma y el sabor que nos acompañan.
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Se colo en nuestras vidas a modo de motor de arranque del día, agazajo al invitado, pretexto para la charla, elevador del estado de ánimo y olor agradable que presagia instante feliz. Gracias profesor Ciro.