Declaración de independencia de los Estados Unidos ¿Algo que celebrar?

Foto: EFE.
El próximo 4 de julio, se cumplen 250 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, firmada en 1776. Se trata del documento que dio origen conceptual al supuesto credo político, ideológico y moral con el que nació esa nación, hoy caracterizada por su gran tamaño, su potencial económico y tecnológico, su poderío militar y la agresividad con que históricamente ha impuesto y aun hoy impone su voluntad a naciones y pueblos más pequeños, pobres e indefensos.
Entre sus primeras palabras, el texto de la Declaración recoge la siguiente afirmación:
“Consideramos evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad;”
Se trata sin lugar a dudas de un planteamiento audaz para la época, pero también muy curioso, pues entre quienes redactaron y firmaron el texto había individuos que eran dueños de esclavos. Se trataba de varios de los hacendados más prominentes de las llamadas Trece Colonias, todos o casi todos abogados, que tenían como posesiones propias a seres humanos mayormente de origen africano obligados a trabajar bajo opresión, en contra de su voluntad, en función enriquecer a sus respectivos dueños; con su condición humana cruelmente cuestionada y privados de la libertad, de cualquier esperanza de procurar la felicidad y del poder decidir sobre sus propias vidas, es decir, privados de las “verdades” que los autores registraron como “evidentes” en el texto de la Declaración.
El presunto autor fundamental de lo que se redactó en la Declaración, Thomas Jefferson, quien posteriormente fue presidente de los Estados Unidos, poseía una dote numerosa de esclavos, entre ellos varios hijos suyos procreados con una mujer también esclava, y a los que no otorgó la condición de hombres libres hasta después de su muerte, según dejó estipulado en el testamento.
La Constitución de los Estados Unidos, oficialmente adoptada en 1787, once años después de la Declaración y tras una larga guerra de independencia contra la Corona Británica, mantuvo la institución de la esclavitud, pasándole por arriba a esa expresión según la cual “todos los hombres son creados iguales”.
No fue hasta 1865, ochenta y nueve años después de adoptarse la Declaración y como consecuencia de una cruenta guerra civil, que se aprobó la enmienda a la Constitución que finalmente abolió la esclavitud.
Se conoce que a ese paso histórico e indiscutiblemente trascendental le siguió el racismo feroz contra la población negra, la indígena y también la latinoamericana; el Ku Klux Clan, el régimen oprobioso conocido como Jim Crow que hasta hace pocas décadas impuso leyes, normas y prácticas que sometían a segmentos considerables de la población a una condición humana de inferioridad, sumisión y falta de dignidad.
Durante esos 85 años y los que restaron del siglo XIX, la nueva nación estadounidense expandió su territorio exponencialmente sobre el continente norteamericano a costa del robo, ocupación y usurpación de territorio que no le pertenecía, pues pertenecía a otros pueblos y naciones.
En el empeño, practicó el engaño, la estafa, el abuso, el asesinato y el genocidio contra las poblaciones originales del continente, uno de los crímenes más vastos y atroces de la era moderna, y escasamente documentado y comentado.
Mediante guerras de conquista, se robó una porción considerable del territorio a México e impuso su autoridad sobre las poblaciones que vivían en esos territorios. Sus actos agresivos fuera de sus actuales fronteras son material extenso para otra aproximación a este tema.
Con un estudio honesto y minucioso de la historia, es difícil concebir qué puede haber de celebración o de orgullo al cumplirse 250 años de la adopción de un documento tan prometedor y, a la vez, de aplicación tan engañosa.
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Esa declaración de plutócratas sobre los derechos del hombre no pretendía abolir la esclavitud ni garantizar el derecho a la felicidad de las clases explotadas sino abolir el modelo nobiliario existente en la metrópoli británica, al que ellos nunca pudieron acceder como descendientes de emigrantes que huyeron al nuevo mundo en busca de una vida mejor o al ser confinados como despojos humanos por sus muchos crímenes y vicios.
Como el resto de revoluciones burguesas, engañaron y utilizaron al pueblo llano en su propio beneficio haciendo del liberalismo económico y político reglas de juego que les conferían una amplia ventaja a los acaudalados plutócratas, haciendo responsables a los miembros de las clases inferiores nacionales y extranjeros de su fracaso personal y justificando su éxito en haber sido predestinados por la providencia, en un falso modelo de teología de la prosperidad, tan falso como que sus abominables crímenes, despojos de bienes y recursos y acumulación de obscena riqueza puedan tener alguna relación con una forma de gobierno democrática en que la defensa de los derechos humanos hayan tenido el menor protagonismo.
Si hubiera algo que celebrar tras 250 años de andadura violando los derechos humanos y saqueando bienes a propios y extraños al servicio de una oligarquía económica sería que, como caja de resistencia y acumulación de riqueza con la complicidad de un pueblo ultrajado y manipulado, el liberalismo económico y político ha sido enormemente exitoso. Todavía hay muchas personas en Estados Unidos y en el mundo que, a pesar de contemplar que es una dictadura del capital de doble partido, con sectores intocables que responden a un modelo de crimen organizado (economía de guerra, sanidad, narcotráfico o finanzas) y que jamás respetó la soberanía de otros pueblos con la imposición de su modelo neocolonial y sus sanciones o invasiones
genocidas a quienes lo cuestionan, no dudan en seguir calificándolo como democrático y como garante de la seguridad y los más altos ideales humanos. La estupidez humana no tiene límites.
Así es. Seguro que en las celebraciones del 4 de julio no se hablará de los batallones de pardos y negros cubanos que tuvieron un papel destacado en la guerra de independencia de las 13 Colonias de Norte América, muy ingratos y mal agradecidos son. Más tarde, en el congreso Anfitiónico de Panamá 1826 cuando Bolívar invitó al gobierno de Estados Unidos y propuso crear una fuerza para liberar a Cuba del yugo español se negaron. Le negaron la ayuda también a los gobiernos de la república en armas en 30 años de guerra en cuba.