Ana Luisa Curbelo León: “Un maestro, aun fuera de la escuela, nunca deja de ser maestro”

Ana Luisa Curbelo León ha hecho del magisterio la razón de su existencia. Foto: Cortesía de la entrevistada.
Hay oficios que se ejercen y otros que se encarnan. El magisterio pertenece a estos últimos. No es solo una profesión: es una manera de mirar el mundo, de habitar la cotidianidad y de relacionarse con los otros. No se queda en el aula ni termina cuando suena el timbre: acompaña, moldea, interroga y sostiene. En Cuba, ser maestro ha sido –y sigue siendo– una forma de responsabilidad social, de vocación cívica y de entrega cotidiana.
En el Día del Educador, Cubadebate conversa con Ana Luisa Curbelo León, espirituana, maestra de corazón y de herencia, cuya vida ha estado atravesada –desde la infancia– por la vocación de enseñar. Con 32 años de labor ininterrumpida en la escuela, hoy se desempeña como secretaria docente en una primaria, sin alejarse jamás de los niños ni de la esencia del aula.
Su historia es también la de una tradición familiar, la de una mujer que aprendió a enseñar jugando, que heredó libros y medios de enseñanza, que convirtió el arte, los valores y la empatía en herramientas pedagógicas, y que defiende, con convicción serena, la presencia insustituible del maestro humano en tiempos de pantallas y tecnologías.
Para Ana Luisa, el magisterio no termina al salir del aula. “Un maestro, aun fuera de la escuela, nunca deja de ser maestro”, afirma. La experiencia y los años hacen que la mirada de los otros también cambie: muchos observan, respetan y admiran, porque reconocen en el docente a alguien que ha dedicado su vida a educar.
Esa vocación se expresa en los actos más cotidianos. En las colas, en los espacios públicos donde todos acuden para adquirir lo necesario, la paciencia se impone y, muchas veces, surge la necesidad de ayudar a organizar. El maestro –dice– siempre intenta enseñar, educar y facilitar, incluso sin proponérselo: arreglando una fila, orientando a alguien, cuidando pequeños detalles.
En el hogar ocurre algo similar. La experiencia pedagógica aporta calma, capacidad de escucha y muchos consejos, porque el docente conoce la psicología de las distintas edades. No es raro –explica– que ese trabajo se extienda a la familia, a los amigos, a los vecinos y a cualquier persona que necesite orientación basada en los conocimientos adquiridos en la práctica y en el estudio.
Porque el maestro, subraya, nunca deja de prepararse. Buscar lo contemporáneo, acercarse a nuevas investigaciones, actualizarse constantemente es parte del compromiso con los alumnos, con los compañeros y con todo el que necesite ayuda.
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Ana Luisa Curbelo León ha hecho del magisterio la razón de su existencia. Foto: Cortesía de la entrevistada.
Ana Luisa suele decir que nació maestra. La afirmación no es casual. En su familia el magisterio siempre fue visto como una carrera hermosa. Su abuela y su abuelo así lo entendieron cuando decidieron que sus tres hijas estudiaran en la Escuela Normal de Santa Clara. Allí se formaron su madre y sus dos tías, quienes dedicaron toda su vida a la enseñanza.
La tradición continuó con primas que también abrazaron la profesión, como Teresa León Marín, ya jubilada, pero –como aclara Ana Luisa– maestra para siempre, porque nunca se deja de serlo.
Desde niña, su vocación se manifestó en el juego. Acompañaba a su madre a la escuela, observaba las preparaciones, las actividades, los métodos. Prestaba atención a todo. En el aula colocaba sus muñecos como alumnos y repetía lo que escuchaba, lo que aprendía de su madre y de sus tías.
Cuando ellas se retiraron, le dejaron materiales guardados durante años. Libros, medios de enseñanza, recursos que Ana Luisa conservó y compartió con sus compañeras. Siempre tuvo con qué enseñar, y la certeza de que ese sería su camino.
Estar en el aula le encanta: atender a los niños, observar cada detalle, comprender la dinámica familiar, escuchar a los padres cuando buscan ayuda o consejo. Disfruta acompañar, orientar y ayudar a resolver los problemas de los alumnos. “Siempre me ha gustado mucho ser maestra y ejercer esta profesión”, confiesa.
—¿Cómo definiría el núcleo de lo que significa para usted ser maestra?
“Ser maestra es educar, instruir, aconsejar, orientar, acompañar, dar el ejemplo, ayudar, estar presente, crear y actuar. Es formar parte de la vida de los alumnos.
“En el aula actual el maestro debe hacer mucho más para lograr la concentración de los niños, sobre todo ante la competencia de los medios audiovisuales y el teléfono celular. Por eso es necesario buscar estrategias, motivar, reinventarse. Y cuando los estudiantes reconocen ese esfuerzo es mayor la motivación”.
—¿Hubo algún momento en que dudó seriamente de su vocación?
“Sí. Hubo un tiempo en que pensé en dejar el magisterio. Incluso imaginé trabajar en un museo, porque allí también se enseña y se aprende. Una mañana me miré al espejo y me dije que iba a empezar otra vida. Nunca pedí la baja, pero la idea era real”.
Según cuenta Ana Luisa, la reflexión decisiva llegó con varias preguntas: “¿Y a quién vas a enseñar ahora? ¿Quién soportaría que siguiera orientando, enseñando y diciendo cómo comportarse?” Esa duda la llevó a una certeza: no quería irse.
Un maestro fuera de la escuela y lejos de los niños –afirma– no es feliz. Cuando el magisterio se lleva en el corazón, no se encuentra paz en otro lugar. Para sentirse bien hay que estar donde a uno le gusta.
Ese mismo día se dijo que no se iría a ningún lado. Hoy acumula 32 años de trabajo escolar y se desempeña como secretaria docente en una primaria, siempre cerca de los niños, recibiendo y devolviendo cariño cada día.
—Si tuviera que describir su estilo docente, ¿cómo lo haría?
“Participativo”.
Ana Luisa cree profundamente en la voz de los niños: en que expresen criterios, comenten actividades, compartan ideas y expliquen por qué piensan de determinada manera. Recuerda una frase de Martí que la acompaña siempre: los niños saben más de lo que parece.
A partir de lo que expresan los alumnos –explica– se construye la instrucción y la educación, siempre con los valores como eje central. No solo pensando en el futuro, sino en toda la vida.
En sus clases, las actividades relacionadas con la formación de valores ocupan un lugar esencial. Los textos, las moralejas, los intercambios colectivos. Le gusta que los niños opinen, ejemplifiquen, dialoguen. El protagonismo debe ser de ellos.
—¿Ha tenido que enseñar contenidos que no estaban en el plan de estudios?
“Durante años he trabajado la resiliencia en el aula. La vida obliga a ello. Las dinámicas familiares han cambiado, los problemas no son los mismos de antes y el maestro debe comprender esas realidades para poder incidir positivamente”.
Ana Luisa habla de sensibilidad, de diferencias materiales, de humildad y sencillez. De enseñar a ponerse en el lugar del otro. Incluso al aplicar una medida correctiva, suele preguntar: ‘Si tú fueras el maestro, ¿qué harías?’.
“El objetivo siempre es fomentar la empatía, la unión, el altruismo. Que los niños se conozcan, se ayuden y aprendan a pensar de otra manera”.
—¿Cómo equilibra la carga emocional del magisterio con la vida personal?
“Cuando la docencia se equilibra con el hogar, no pesa. Aunque el trabajo se lleve a casa y el cansancio exista, el maestro busca el momento. Rara vez alguien llega al aula sin preparación. La experiencia ayuda. Con los años se aprende a autoprepararse, a optimizar recursos. Tal vez los medios no sean los mejores, pero cumplen su propósito: que los estudiantes aprendan”.
—Si fuera arquitecta del aprendizaje, ¿por dónde empezaría?
“Por los valores. Ellos permiten relaciones sanas, amor a la naturaleza, a la Patria, al aprendizaje, a los otros. Cuando esa base se forma temprano, la instrucción se asimila mejor. Dignidad, responsabilidad, honestidad, humildad, sencillez. Por ahí debe comenzar todo”.
La música, la poesía y el arte –universal y cubano– han sido herramientas constantes en su aula. Museos, canciones, pensamientos, fotografías, obras de Abela y Víctor Manuel. Sentir, interpretar, escribir a partir de lo observado. Para Ana Luisa, el arte educa y sensibiliza.
Su ritual es simple y poderoso: pensar en la escuela al despertar. Saber que los niños esperan. Que, aunque no siempre se cumplen las expectativas, existe la certeza de ser necesaria.
Ana Luisa sueña con continuidad. Con aulas donde siempre haya alguien haciendo el bien. Confía en una educación cada vez más perfeccionada, pero insiste: más allá de pantallas y tecnologías, el maestro humano debe estar presente. Orientar, explicar, debatir. “El maestro no debe dejar de estar nunca”, afirma.
Cuando se le pregunta qué es lo que más ama del magisterio, no duda: educar con amor, paciencia y dedicación; escuchar; aprender de los alumnos. Todo.
En la voz serena de Ana Luisa Curbelo León se reconoce a la maestra que nunca ha salido del aula, incluso cuando el aula cambia de forma o de horario. Su historia recuerda que enseñar sigue siendo un acto profundamente humano; que la escuela cubana se sostiene en maestros que creen en los valores como cimiento, en la empatía como método y en la presencia humana como esencia irrenunciable.
Quizás por eso, cuando habla del futuro, no imagina aulas sin maestros, sino maestros más preparados, más humanos y más presentes. Porque, como ella misma afirma, más allá de cualquier tecnología, el maestro debe estar. Y mientras esté, habrá educación, y la escuela seguirá siendo un lugar donde vale la pena creer.

Ana Luisa Curbelo León ha hecho del magisterio la razón de su existencia. Foto: Cortesía de la entrevistada.
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Felicidades para UD por tan linda labor, siempre he dicho que el maestro y el dr son las dos profesiones más lindas del mundo,quien no recuerda a sus maestros, gracias a Dios mi hija es dra,pero siempre quise que fuera maestra, felicidades a todos los maestros de Cuba los estimo y los respeto mucho feliz navidad y próspero año nuevo
Excelente artículo, un homenaje a Ana Luisa y a la profesión. Fuí alumno de su madre, amigo de ella en su infancia y la juventud, pude apreciar su desempeño como maestra en la escuela Julio Antonio Mella y luego tuve la suerte de trabajar con ella la Escuela Elemental Arte de Sancti Spíritus. Una persona excepcional. Un privilegio para ese centro contar con la ella. Felicidades a ella y a todos los maestros cubanos.
Muchas Felicidades Ana!!!!!
Es una lastima que en muchos paises no se le de todo el valor que lleva ser maestro. Se les paga poco y no se les dan todas las condiciones para que realicen su trabajo. Un ejemplo positivo es Korea del Sur, donde para acceder a estudiar la carrera de magisterio hay que tener un minimo de puntuacion de 97 en la escala de 100 y son los profesionales mejor pagados.