Con Mojica en La Habana

Para el 14 de diciembre de 1931 se programó la primera presentación de José Mojica en el Gran Teatro Nacional, hoy Gran Teatro Alicia Alonso. Foto: Tomada de Classic Music CDs.
Comenta Dulce María Loynaz en sus memorias que fue una suerte de locura colectiva la que se adueñó de los habaneros durante la estancia en la ciudad del cantante mexicano José Mojica.
Corría el mes de diciembre de 1931 y estaba el artista en la cúspide de la fama. La gente formaba largas filas frente a su hotel o al teatro, solo para verlo escapar rápidamente al salir, si no se escabullía antes por una puerta secreta.
Acota la poetisa que más de una vez agentes del orden tuvieron que protegerlo del entusiasmo del público, y que en ocasiones tuvo que castigar él mismo, con sus recios puños, la insolencia de algunos que llevaban su torpeza o su malignidad demasiado lejos…
La voz de oro
En aquel momento se le consideraba el mejor tenor de América Latina. A la maravilla de su voz –voz de oro, como se decía en ese tiempo– unía su tipo de galán latino que, a partir de Rodolfo Valentino, exigían los cánones melodramáticos de la época.
Su carrera cinematográfica comenzó en 1928, con películas habladas y cantadas en español como Ladrón de amor y El precio de un beso. En 1941, sin embargo, tras la muerte de su madre, abandona la vida artística. El hombre que había ganado una fortuna con sus películas y sus conciertos, se ordena sacerdote y hace voto de pobreza. Es ahora fray José Francisco de Guadalupe y se interna en La Recoleta, convento casi inaccesible en las inmensas soledades andinas. Aun así, hace cine, con la debida autorización eclesiástica, casi hasta el final de su vida. Falleció en Lima, Perú, el 20 de septiembre de 1974, a los 79 años de edad.
El afamado compositor y pianista Ernesto Lecuona lo contrató para que viniera a La Habana. Se conocieron en Hollywood. La Metro Goldwin Mayer había solicitado al cubano que colaborara en la musicalización de Canción de amor, filme protagonizado por el barítono Lawrence Tibett y la actriz mexicana Lupe Vélez, y en el que participó la orquesta de los Hermanos Palau (cubana), así como cantantes y bailarines cubanos. Lecuona intimó con Mojica y respondió a la invitación del astro mexicano para que lo visitara en la mansión que se había hecho edificar en Santa Mónica. Allí, valiéndose del gran piano de cola que resaltaba en la sala de estar, hizo el compositor una audición memorable de su obra.
En un aparte dijo a Mojica: “Tienes que ir a Cuba; tendrás un éxito enorme”, y le ofreció mil dólares por cada concierto en La Habana. Era una buena suma para una época de crisis económica, y el tenor aceptó encantado la oferta, pues necesitaba plata para apoyar al movimiento de los cristeros. Vendría junto al notable pianista Tony Sanders, que lo acompañó en sus presentaciones. Partieron del puerto de Veracruz con destino a la capital cubana. Su llegada despertó un entusiasmo poco visto antes. En sus memorias escribió:
“Desde mi arribo advertí que tenía que enfrentarme a un público amigo al que debía tratar de manera especial. La recepción que me preparó Lecuona fue sensacional. Tenía que entregarme, sin reservas, a un público entusiasta. La seriedad y compostura no encajan con los cubanos, que aman la confianza, la franqueza, y se interesan por la persona. Me lo había advertido Esperanza Iris cuando me refería el trato familiar y cálido que le daban en toda la Isla”.
A lleno completo
Para el 14 de diciembre se programó su primera presentación en el Gran Teatro Nacional, hoy Gran Teatro Alicia Alonso. Se dice que era materialmente imposible atravesar la esquina de Prado y San Rafael, donde se ubica el coliseo, y que el Parque Central estaba invadido de público y policías. Las lunetas se vendían a tres pesos, precio elevado dada la situación del país. El teatro estaba lleno a reventar. Parecía que la gente había perdido el miedo a concurrir a lugares públicos en aquellas fechas en las que se recrudecía la oposición a la dictadura del general Gerardo Machado. El régimen extremaba la represión y los grupos revolucionarios detonaban bombas y petardos y hacían funcionar la escopeta recortada. Pero todo el mundo quería ver y escuchar al tenor José Mojica. El automóvil que lo transportaba debió desplazarse con sumo cuidado en medio de una multitud que aplaudía, gritaba y exigía la presencia del cantante.
A las nueve en punto salió al escenario. Una verdadera tempestad de aplausos lo arropó durante largos minutos. Al fin empezó la música. Peri, Cavalli, Cimara, Gounod… La parte inicial del concierto transcurría de maravilla cuando desde el escenario el tenor comenzó a ver que la gente se levantaba y salía apresuradamente. Tosía, gesticulaba, se cubría la nariz con pañuelos. “Hasta mí llegaba el picante olor de las bombas lacrimógenas”, refiere el tenor en sus memorias.
No eran tales. Se trataba de las llamadas bombitas de peste, rústico adminículo que se elabora con la flor de pedo, que al reventarse produce un olor nauseabundo que va invadiendo poco a poco una habitación cerrada para mantenerse durante largos minutos e impregnarse en el olfato de quien lo huele.
El concierto debió ser suspendido. Cuando se reanudó, el ambiente estaba aún viciado por los males olores. Sanders tocó a Zeckwer y el estudio Staccato, de Rubinstein, y Mojica prosiguió con obras de Duparc, Massenet, Chausson Head y otros.
La calma parecía haberse restablecido.

En el Hotel Nacional, donde se hospedó el tenor mexicano José Mojica durante su visita a La Habana, diciembre de 1931. De pie: el periodista Miguel de Marcos, Gustavo Sánchez Galarraga, Álvaro de Regil, Ernesto Lecuona, José Mojica, Francisco Carballido y Francisco Moreno Plá. Sentado: Troy Sanders, pianista y acompañante de Mojica. Foto: Colección Funcasta, Fototeca de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí.
Cuando me vaya
El 16 de diciembre volvió Mojica al escenario del Nacional y fue todo un exitazo su interpretación de María la O, canción de Ernesto Lecuona, que nunca había sido interpretada por un hombre, solo por sopranos, y a la que hizo un arreglo especial, con recitados y declamaciones que la hacían propia para voz masculina. Recordaba el tenor:
“Por ello recibí una de las más grandes ovaciones de mi vida y esa noche María la O –que vocalmente ofrece dificultades y agudos iguales a la más escabrosa aria de ópera– quedó para siempre en el gusto del público cubano…”.
Mojica cerró una de sus presentaciones con canciones folklóricas y anónimas y esa noche incluyó en el programa Cuando me vaya, de María Grever. El 20, ofreció una audición popular con canciones mexicanas y cubanas. Ese día, Lecuona, a dos pianos con Sanders, ejecutó sus piezas La comparsa y Danza lucumí. Hubo conciertos los días 25, 26 y 28. El 30 fue de homenaje y despedida del artista visitante.
¿Por qué las bombitas?
Nunca se han esclarecido las razones que motivaron la maloliente interrupción del primer concierto de Mojica en La Habana. A diferencia de la bomba que en 1920 pusieron a Caruso en el mismo teatro, nadie se proclamó autor del hecho en los 95 años transcurridos.
El propio tenor explicó en sus memorias los posibles motivos:
“Había intereses que resentían perjuicios con el artista que dejaba sin público los demás teatros; empresas cinematográficas que creían necesario desacreditar y aun calumniar al que les causaba pérdidas; periodistas sin ética profesional que esperaban gratificaciones de mis empresarios y que, por no obtenerlas, escribieron artículos llenos de sátira y malicia.
“Hubo caricaturas que, a más que bobas, eran insultantes. El remedio que me propusieron para acallar los comentarios, era peor que la campaña de calumnia. Debería yo abofetear en público a cierto periodista; correr una aventura amorosa con una mujer casada; jugar grandes sumas en casinos clandestinos; organizar juergas y visitar casas de mala nota. Debía ser admitido como hombre mundano, no como artista de buenas costumbres”.
Hay algo cierto. Con la excepción de Pablo Álvarez de Cañas, cronista social del diario El País –era el esposo de Dulce María Loynaz– la prensa le hizo imposible la vida a Mojica durante su estancia en La Habana.
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Interesante artículo, profesor. Espero cada domingo sus escritos. Gracias por traernos pedazos de nuestra historia.