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Del lejano ayer

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Una mañana del fementido invierno de 1940 aparecieron cerradas las puertas del café La Diana con el anuncio de que se construiría en el lugar un gran edificio que modernizaría la zona. Foto: Tomada de Repositorio Digital de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.

Con la clausura del café La Diana, en la esquina de Reina y Águila, se fue para siempre un mudo testigo de una Habana que pasó para no volver.

Una mañana del fementido invierno de 1940 aparecieron cerradas las puertas del establecimiento con el anuncio de que se construiría en el lugar un gran edificio que modernizaría la zona.

Había conocido el café una vida brillante y esplendorosa, amenizada durante largos años por Antonio María Romeu, el llamado Mago de las Teclas, conocido también, por su larga permanencia en el lugar, como el Bizco de La Diana, que ante el piano colocado frente a una de las puertas que daban a Águila, realizaba verdaderos prodigios con aquellos danzones que lo hicieron tan famoso.

Algo curioso ocurría en aquel sitio. Antes de la hora del almuerzo, altos oficiales del ejército español se daban cita en el lugar para tomar el aperitivo. Por la noche, en cambio, el café era de cubanos, que en los reservados del establecimiento conspiraban a favor de la independencia.

Acogía el café al elemento trasnochador que a la salida de los teatros o al final de los bailes concurría para beber “la del estribo”, o deleitarse con el arroz con pollo emblemático de la casa. Diligentes camareros, con bandejas, se movían por los estrechos pasillos, mientras que Celestino y Alfonso Menéndez, sus propietarios, alternaban con los marchantes.

En la esquina, una larga fila de coches esperaba a los posibles clientes para conducirlos a sus domicilios, rompiendo con el repiquetear de los timbres de los vehículos el silencio de las desiertas calles habaneras.

El Boulevard

El que era, tal vez en ese momento, el café más antiguo de La Habana desapareció a golpe de piqueta en noviembre de 1951.

Se trata del café Boulevard, uno de los primeros establecimientos de su tipo, se dice, que existieron en la ciudad. Se hallaba en la calle Empedrado, esquina a Aguiar y, por su ubicación, en las inmediaciones del Gobierno provincial, era un hervidero de gente a toda hora, sobre todo en las mañanas. Supone el cronista que se hallaba donde se construyó el edificio de Banco Pedroso, propiedad de la familia de ese nombre que, en 1959, llevaba más de cien años dedicada la actividad bancaria.

La plaza de San Juan de Dios, frente a la cual se hallaba el Boulevard, debe su nombre al hospital que allí funcionó, uno de los primeros que existió en La Habana, y que más que una casa de salud era “un inmenso depósito de enfermos”. En el centro del parque que sustituyó a la plaza, se erige la estatua que rinde homenaje a Miguel de Cervantes Saavedra, gloria de las letras españolas. El monumento al autor del Quijote, obra del italiano Carlo Nicoli, fue inaugurado el 1 de noviembre de 1908, por el licenciado Alfredo Zayas y Alfonso, autor de una Lexicografía antillana, que llegaría a ocupar la Presidencia de la República.

Había allí, por Empedrado, un paradero de las famosas guaguas de Estanillo que hacían viajes entre la plaza y el Cerro y Jesús del Monte. Un poco más allá, en Empedrado casi esquina a Habana, todavía desafía el tiempo la vieja casa de la compañía de seguros contra incendios el Iris (hoy una escuela), que presidía don Fernando Ortiz.

Una curiosidad. En los albores de la República, la empresa de los tranvías de La Habana puso uno de sus vehículos al servicio exclusivo de Tomás Estrada Palma, nuestro primer presidente, que en él se movía por la ciudad. Para abordarlo, debía el mandatario trasladarse hasta esta plaza, donde el tranvía en cuestión iniciaba y finalizaba su periplo con su ilustre viajero a bordo. Por cierto, el tranvía hacia una parada en Belascoaín y Neptuno a fin de que el Presidente se limpiara los zapatos con un limpiabotas que tenía su sillón frente al café El Siglo XX y que contaba entre su clientela a figuras tan ilustres como Manuel Sanguily y Rafael Montoro.

Marte y Belona

Pocos años después del Boulevard, en 1954, era demolido el café de Marte y Belona, en la esquina de Monte y Amistad. Con él desaparecía, asimismo, la “escuelita” que se mantenía en los altos de ese establecimiento, una escuelita, de las llamadas academias de baile, en la que lo que menos se hacía era enseñar a bailar.

Con la demolición de dicho edificio se demolían también cien años de historia. Se situaba en las cercanías del famoso Palacio de Aldama, hoy lamentablemente en ruinas, y de la plaza de Marte, actual Plaza de la Fraternidad Americana; un lugar de la ciudad, céntrico si lo hay, por donde han desfilado varias generaciones de habaneros; hoy abandonado, al parecer, a su suerte, pese a ubicarse a un tiro de piedra del Capitolio, sede de nuestro Parlamento unicameral.

En lo que sería la “escuelita” de baile radicó, en los comienzos del siglo XX, el Centro Obrero, y tras la demolición del edificio, en el espacio yermo que dejó, se asentaron comerciantes procedentes de la Plaza del Vapor, cuando esta entró, asimismo, en proceso de demolición.

Mucho antes, en 1852, en el café de Marte y Belona murió, apuñalado por una mano desconocida, un tal Julián Vieux, conocido como Julián Vió, delator de Narciso López.

Allí, en 1906, en los días de la llamada guerrita de agosto de los liberales contra el presidente Estrada Palma, bebió su última copita de ginebra el mayor general Quintín Bandera, antes de tomar el coche que lo conduciría a Arroyo Arenas para encontrar la muerte alzado en armas contra el Gobierno.

Pasteles franceses

Se dice que cuando los españoles salieron de Cuba, el 1 de enero de 1899, dejaron como deuda el importe de las bandejas de pasteles que todas las tardes enviaba a comprar el capitán general para obsequiar a la infanta Eulalia, hermana del rey Alfonso XII, que se desvivía por ellos y aseguraba que le resultaban más sabrosos que los de París. Corría el mes de mayo de 1893.

Eran los pasteles de Blazy, repostero francés con establecimiento propio en la calle Obispo, frente a uno de los costados del palacio de Gobierno y al lado del local que ocupaba entonces la droguería Johnson, que al trasladarse a la esquina de Obispo y Aguiar fue ocupado por la droguería Taquechel.

Era, si no la única, la más acreditada pastelería francesa de la ciudad. Allí se daban cita por igual cubanos y españoles, extranjeros residentes y de paso, y también los integrantes de los elencos que participaban en las temporadas de ópera programadas en el Teatro Tacón. El pastelero era un francés rubio, de cara amplia, sonriente siempre, y bigotico de punta engomada, “un verdadero pastelero de opereta bufa”, según lo describe un periodista de la época.

Cuando la pastelería abría sus puertas a las ocho de la mañana ya había clientes esperando y las vidrieras quedaban vacías en un decir amén. Los que no llegaban a hacer su compra, debían volver a las dos de la tarde, pues Blazy destinaba el resto de la mañana en el despacho de los pedidos de cafés y restaurantes y también de casas particulares.

Asistía Blazy, que dominaba varios idiomas, a todas las funciones del Tacón y conocía como nadie vida y milagros de la farándula.

Un día vendió su negocio y desapareció para siempre. De sus pasteles quedó solo el recuerdo de un momento grato del tiempo viejo.

Se han publicado 8 comentarios



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  • Remberto dijo:

    Buen artículo cierto una habana que desapareció ,ya la Mónaco del caribe no existe más,marte y belona era una academia de baile que podía transformarse en un lugar de ligue era cierto he hablado con personas que fueron y había muchas personas decentes que asistían ,

  • Francisco Javier dijo:

    Estimado maestro Ciro:
    Sus crónicas de calidad inigualable, engrosan el patrimonio intangible de nuestra cultura. De Matías Pérez a Barberán y Collar o desde El Chori a Yarini, los avatares de la capital de todos los cubanos han sido descritos por usted de manera magistral y amena.
    Le agradecemos infinitamente el rescate de tanta historia de "las oscuras manos del olvido" como diría el poeta que cantó a la calzada ( más bien enorme) de Jesús del Monte.

  • Mila Cauto dijo:

    Como siempre, fantástico!!!

  • Harley dijo:

    Estimado profesor siempre aprendo de sus crónicas. Tendrá alguna relacionada con el edificio que se encuentra entre el Hotel Inglaterra y el Hotel Telégrafo frente al parque Central. Ahí existió hace unos años una Pastelería Francesa pero me interesaría saber que fue en los años antes de la Revolución porque su ubicación me da que debió ser algo emblemático.
    Gracias de antemano y siga deleitándonos con sus historias

  • Un cubano de a pie dijo:

    Como siempre excelente. Nos rescata una Habana no conocida por las nuevas generaciones.
    Con una programación de televisión tan enlatada en novelas extranjeras o cubanas que llueven sobre lo mojado, se podría pensar en darle un espacio a este intelectual, además muy buen comunicador con pinceladas de buena música cubana para trasmitir historia, para trasmitir cultura.

  • Yosoy dijo:

    Siempre un placer leer lo que nos trae el profesor Ciro Bianchi. Son verdaderas postales de la historia local. Gracias

  • Edelis dijo:

    Gracias profesor Bianchi, siempre esparciendo un chorrito más de saber. Pablo

  • Cubanito dijo:

    Siempre generan interés sus artículos. Lástima que tantas cosas se han derrumbado en la Habana. Ya muy difícil encontrarse un café, una pastelería o un edificio que no esté destruido.

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Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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