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Saltos limpios fraguados por Fidel, la sicología, la ciencia

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Javier Sotomayor, el príncipe de las alturas. Foto: Archivo/ JIT.

No sé por qué esta noche no dejo de producir recuerdos relacionados con mi larga vida como sicólogo del deporte: imágenes de los campeonatos mundiales de atletismo en que trabajé con grandes como Ana Fidelia Quirot y su entrenador Leandro Civil, Yoelvis Quesada, Jaime Jefferson y tantos otros de quienes, tal vez, aprendí más de lo que pude enseñarles.

Pienso en grandes atletas y seres humanos. Todos desfilan por mi mente como un filme interminable. Si sigo así amaneceré sin haber pegado un ojo.

Ahora que lo pienso, persiste mi deuda con Javier Sotomayor Sanabria: publicar una obra similar a la escrita hace algunos años sobre Iván Pedroso. El tiempo ha pasado y nunca cumplimos el propósito de revelar, por ejemplo, el acoso internacional de que fue objeto por ser cubano, campeón y recordista. Se pretendió hacerlo aparecer como consumidor de  sustancias prohibidas.

Solo contadas personas supieron lo ocurrido y varias lamentablemente han fallecido, como Jesús Molina, Eduardo Pérez Caballero (Guayacol) y los doctores Mario Granda y Pedro Pérez Dueñas. Si no tomábamos la iniciativa podría desconocerse lo más interesante y digno de aquel episodio: el desvelo de un jefe de estado de la talla y responsabilidad mundial de Fidel por la preservación del prestigio de un deportista. Solo gracias a él, nuestro excelso saltador conservó su reputación frente a un grotesco intento de descrédito.

La jugada parecía maestra: se liquidaría la carrera del mejor saltador de la historia, que para disgusto de muchos adversarios era cubano. A la vez se haría creer que un diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular actuaba de forma corrupta. Enseguida especularían…

La llamada de Mayito

Anochecía cuando entró a casa una llamada telefónica. Escuché, del otro lado de la línea las siguientes palabras:

—Luis… ¿Tienes gasolina?

—Esa es una pregunta innecesaria, estimado director. Claro que no.

Así respondí, con la confianza de siempre, al doctor Mario Granda, director para entonces del Instituto de Medicina del Deporte, lamentablemente fallecido en el año 2010. Yo era el sicólogo e investigador que asesoraba la preparación del equipo nacional de atletismo.

—Bueno, pídele un poco a alguien para que vengas a mi casa ahora.

—¡Hasta Guanabacoa, a esta hora…!

—¡Oye!… Sales mañana para Francia, vía Italia, para cumplir una tarea asignada por el Comandante en Jefe. Tienes que venir a buscar tu boleto y un maletín.

Por el camino barajé las más variadas ideas, aunque prevaleció aquella de convertirme en un infiltrado en las filas enemigas. Ya me veía construyendo una historia para mi mujer e hija, pretendiendo que las cosas habían cambiado, que debía viajar al exterior para bla, bla, bla… En verdad no sabía cómo hacer creíble aquello. Me sentí ansioso y sin poder imaginarme en tales menesteres.

Por poco no llego a Guanabacoa con el poco combustible que un vecino me prestó, pero lo logré. Subí con rapidez la empinada escalera y no tuve que tocar a la puerta: estaba abierta y la mano de Mayito extendida con un bono de 20 litros.

—¡Coño, director, está usted muy bondadoso hoy! Dije a modo de broma, tratando de disimular mi real estado. ¡Bueno, diga ya! Agregué mientras me sentaba en un sofá algo desvencijado y comenzaba a degustar la espléndida limonada que en mis manos colocó la amable esposa de Mayito. Empecé a escuchar…

—Mira Tavo —dijo con tono ceremonioso—, iré directo al grano. Hoy tuve una reunión con el Comandante en Jefe… El tamaño de ese texto llenó toda la sala, aunque en voz del director parecía algo cotidiano. Continuó:

—Me citó al Consejo de Estado para hablar del laboratorio antidoping, cuyo proceso constructivo avanza a muy buen ritmo. Y sostuvo que tenemos que proteger a Sotomayor de una conspiración que se gesta para hacerlo aparecer como tramposo y cultivador del juego sucio.

En la gira preparatoria para los Juegos Olímpicos de Sídney, que acaba de comenzar, estará expuesto a muchos peligros de dopaje provocado y el muchacho no merece eso. Nuestros adversarios conocen su condición de diputado a la Asamblea Nacional y su reciente inestabilidad personal, suficientes para intentar convertirlo en blanco de una provocación, de un escándalo que lo haga aparecer como un toxicómano, con perjuicio también para nuestro país. Dice el Comandante en Jefe que tenemos que salvarlo de ese intento de descrédito.

—Bueno… ¿Cómo entro yo a jugar en ese propósito? Pregunté de inmediato…

—Mañana saldrás en el primer vuelo hacia Europa. Harás escala en Roma y conectarás con otro que te llevará a Toulouse?, en Francia, pues el grupo de atletas está en un motel de esa ciudad. Es la vía más rápida. En el aeropuerto te estará esperando Guayacol, una de las contadas personas que hasta el momento tiene información del trabajo que vas a realizar. Te incorporarás en tu rol de sicólogo de manera aparentemente normal, pero tu única tarea será proteger a Sotomayor de cualquier intento de dopaje provocado.

Te dedicarás a evitar que en los controles antidoping que se realicen antes y durante los Juegos Olímpicos de Sídney Soto sea reportado como dopado por los procedimientos de detección de sustancias prohibidas.

Deberás realizar ese trabajo de la manera más anónima y discreta posible. Mientras menos personas conozcan tu verdadera función en la delegación, mejor, porque también necesitamos comprobar el momento preciso en que se produzca la agresión, el sitio y la persona que se prestó para la bajeza.

El Comandante —continuó mi director— está persuadido de que se trata de una tarea bien compleja y delicada, por eso te deja toda la libertad para que diseñes el modo concreto de proceder, a quién informar de lo que estarás haciendo cuando no quede otro remedio; cómo manejarás el asunto con el propio atleta, con su entrenador, con el médico…

Sin embargo, hay condiciones y requerimientos que invariablemente deberás cumplir. Uno de esos será no agobiarlo ni introducir presiones subjetivas que le impidan ganar la competencia olímpica. Ese será, tal vez, tu mayor reto.

—Correcto, Mayito, pero… ¿Por qué yo?, inquirí.

—Bueno, cuando estábamos reunidos y llegó el momento de decidir quién realizaría ese trabajo pensamos enseguida en el médico. Por lógica elemental, tal vez. Sin embargo, muy pronto el Comandante preguntó: ¿Y el factor sicológico del asunto, cómo lo controlaría el médico? ¿Tendría recursos científicos para evaluar cómo repercute la situación en el atleta? ¿Cómo manejaría la saturación que ha de provocar en Sotomayor un acompañamiento constante, a toda hora? ¿Podría el médico evitar que el trabajo que realice para defenderlo de un doping provocado afecte su concentración y su preparación mental a la hora de competir?

Cuando Mayito se interesó por la razón de un acompañamiento tan permanente, el Comandante respondió:

—Como tú mismo explicas, una pizca de cocaína, es decir, unos granitos son suficientes para provocar un resultado positivo en los sofisticados controles antidoping actuales. Entonces, la persona que lo custodie deberá estar junto a él todo el tiempo. Piénsalo —continuó el Comandante—: una concentración muy baja de esa sustancia podría llegar al organismo en un vaso de agua, luego de que el agresor apenas abra los dedos índice y pulgar y deje caer inadvertidamente una minúscula cantidad de la droga sobre el líquido; en un filete de pescado, en la sopa, a través de la dermis en una relación sexual… En fin, de las maneras más variadas posibles.

Y siguió recordando los planteamientos del Comandante en Jefe…

—¿Dices que podría entrar la droga a través de la transpiración durante la noche? Pues la persona que lo custodie deberá dormir en su habitación, luego de revisar el aire acondicionado para evitar que un algodoncito humedecido con una solución de agua y cocaína sea colocado en la ventanilla y haga llegar la sustancia a la piel o los bronquios del muchacho.

Será necesario acompañarlo también a la hora de desayunar, almorzar y cenar; pedir lo mismo que él e intercambiar los platos mientras se provoca con aparente relajación un cambio en el foco de atención de los demás para disimular la acción.

Si los más allegados se percataran de estas precauciones por reiteración, el custodio debe saber explicarlas sin generar pánico en el equipo. ¿Crees que el médico podría realizar esas funciones durante los 25 días que faltan para que compita en Sidney y lograr que llegue con buena preparación sicológica?

Según Mayito, luego de leer con rapidez los materiales aportados, al Comandante en Jefe se le iluminó el rostro con una idea atrevida y dijo:

—¡Ya sé! Le daremos la tarea al sicólogo. Aquí dice que el hombre posee grado científico y es leal a la Revolución, lo más importante en un momento como este. Tenemos información de que están dispuestos a entregar un millón de dólares a quien logre cumplir la odiosa tarea.

Sin demeritar a los demás compañeros —concluyó Fidel—, es obvio que el sicólogo es el hombre a quien hay que asignar esta compleja misión. Dejo en tus manos todo, Mayito. Prepara al compañero en los procedimientos que deba dominar y hacia Europa a primera hora, dijo con optimismo.

Según Mayito, nunca estuvo ante un interlocutor similar a Fidel. Nunca escuchó a alguien reflexionar con tanta agilidad, naturalidad y previsión sobre un tema de esa naturaleza.

Mientras recibía un maletín con 25 versapak —frascos plásticos para recolectar muestras de orina— y aprendía el modo de operar con esos materiales, conocí también que debía garantizar que las muestras de orina llegaran “vivas” a Sídney luego de estancias y competencias en Toulouse, Roma, Florencia, Tokio y Yokohama, sin garantía de refrigeración adecuada en ese trayecto.

Para lograr que las muestras fueran válidas, debían permanecer en temperaturas de congelación, pero los refrigeradores de las habitaciones de los hoteles apenas enfrían.

—Entonces, Mayito… ¿Cómo logro que esas muestras no se corrompan? Pregunté…

—Bueno, eso es algo que deberás improvisar por el camino. Tu creatividad será puesta a prueba y no podrás fallar. Respondió mi director de forma inclemente, antes de añadir…

—Tavo, fíjate en la responsabilidad que asumes a partir de este momento, todo lo que está en juego. Por mi parte, puedo garantizarte que estaré atento a tus llamadas, que no te costarán y que siempre habrá alguien en los siguientes teléfonos para atender tus necesidades.

Me extendió un papel con números telefónicos de las embajadas de los países por donde pasaría. Era mi deber guardar las muestras de orina en lugares improvisados, pero seguros, con la temperatura requerida y de manera no declarada.

Como parte de los controles, tenía que llevar una bitácora en la que registraría la hora en que establecían contacto con Sotomayor, el lugar y la identidad de la persona interesada.

La llegada de Toulouse

Javier Sotomayor. Foto: Archivo.

Efectivamente, en Toulouse me esperaba Guayacol, para entonces comisionado nacional de atletismo. No hablamos del tema, pero ambos sabíamos la importancia de la labor que debía realizar.

Allí tuvo lugar el primer gran inconveniente: el maletín con los versapak no llegó conmigo. Después de 25 años viajando de modo regular, sin extravío de equipaje alguno, en un momento así el maletín de marras se “perdía”… Parecía demasiado extraño.

¿Se trataba de un complot? ¿Alguien conocía mi misión y quiso afectarla? ¿Quién podría haber sido? ¿Cómo lo hizo? ¿Qué le diría a Mayito? ¿Qué clase de misionero era aquel que, a la primera oportunidad, perdía el medio fundamental de trabajo e invalidaba la importante tarea?

Fui hacia el motel con la mayor sensación de frustración e impotencia. Guayacol quiso ayudar, pero comprendió que lo mejor era quedarse callado. Reclamamos el equipaje sin mostrar demasiada ansiedad, para no despertar recelos. Traté de disimular mi angustia entre los nuestros y supongo que lo logré, pero estábamos en ascuas. Cuando todos fueron a dormir, nos quedamos en el vestíbulo tratando de encontrar una explicación y, sobre todo, de determinar cuándo informar a Mayito y qué habríamos de decirle.

Alrededor de la media noche vimos entrar un automóvil al lugar. Descendió un sujeto que traía un maletín parecido al mío. Con impulsos contenidos nos acercamos al lobby y alcanzamos a escuchar mi nombre. Enseguida recuperé el equipaje, el cual se perdió de manera natural y, al ser reclamado por la línea aérea, llegó a Toulouse? en el siguiente vuelo. ¡No se trató de un complot, sino de la casualidad! Era apenas el inicio de un mes de enorme estrés.

¡A trabajar!

Desde las primeras horas de la mañana comencé a trabajar. Estuvimos varios días en aquella urbe gala y luego partimos hacia Sportilia, un excelente centro de entrenamiento en Italia. Allí lo visitó un admirador con su familia, dueño de una empresa de autobuses, según entendí. Lo invitaron a dar una vuelta y lo miré con complicidad: no podía irse sin mí. Debimos inventar una excusa plausible para que yo pudiera participar en el paseo. Sentía que mis compañeros, es decir el médico, los entrenadores y los propios deportistas, pensarían: ¡Cómo ha cambiado el sicólogo! Mírenlo metiendo cabeza para irse de paseo con el Soto…

Todo aquello me tensionaba mucho porque debía romper esquemas personales de actuación. Sin embargo, la razón de tales esfuerzos tenía suficiente fuerza como para dejar a un lado ese tipo de consideraciones. Algún día —tal vez— tendría la oportunidad de explicar mi conducta.

Un suceso de interés, entre varios, ocurrió en una competencia en Florencia, Italia, donde fue saludado por una bellísima joven. Evidentemente se trataba de una admiradora, tal vez de una amiga… De inmediato una especie de bombillo rojo se iluminó en mi excitado cerebro y me acerqué a la zona de calentamiento.

La muchacha había procurado con éxito acercársele y pude entender lo suficiente: se verían más tarde, al finalizar la competencia. En ese instante recordé el rostro de Mayito y su gesto representando una vagina, mientras enfatizaba:

—Tavo, nada de sexo. Tienes que impedir que tenga relaciones durante la gira. ¡Con nadie! Ese es el modo más expedito de contaminarlo.

¡Madre mía!, pensé. ¿Qué hago con esta mujer? Vino desde Boloña para verlo competir y acompañarlo hasta mañana. Antes de que tuviera una respuesta, después del segundo salto, Sotomayor sufrió una contractura en el cuádriceps de su pierna de despegue. Cuando escuché que debía hacer reposo me tranquilicé un poco. Ahora tenía un motivo concreto para alejar a la muchacha. Decidí llamarla…

—¿Y quién es usted para pedirme eso? Me preguntó.

—Soy el sicólogo del equipo, le expliqué con gestos amables y en la versión menos incoherente de mi desastroso italiano. Y agregué: lo que ocurre, señorita, es que el reposo debe ser total para apresurar su rehabilitación y que pueda competir al menos una vez más antes de su llegada a Sídney. Es por eso, créame, que me atrevo a pedirle esta muestra de amistad hacia él.

—Pues no se preocupe porque soy enfermera. Así que me quedaré para administrarle el tratamiento de crioterapia que le fue prescrito. Permiso eh…

Con delicadeza y evidente satisfacción me dio la espalda. ¿Qué hacer entonces? La joven acompañó al atleta y al médico hasta la habitación del primero, con cierto donaire que se alimentaba de su indiscutible profesionalidad. Su postura quedaba, por el momento, completamente cubierta. Se sabía ganadora del primer round…

Aquello me retó aún más: si de profesionalidad se trataba, la mía no quedaría rezagada. Ni corto ni perezoso, ya dentro de la habitación y después de la retirada del médico, la tomé suave pero decididamente por el brazo y la invité a tomar un refresco para explicarle algo que debía saber. Logré inhibir un poco su osadía y accedió, pero no podía cantar victoria aún.

No sé si ella supuso de qué se trataba, pero yo no tenía la menor idea de lo que iba a decirle. Entramos en una pequeña cafetería ubicada en los bajos del hotel y pronuncié la pregunta de rigor: ¿Qué deseas tomar? Y no me preocupó el costo de la aventura porque Mayito pagaría. Era lo menos que podía hacer…

Antes de que se me ocurriera algo, le escuché decir que amaba mucho su profesión, que conocía a Soto desde hacía dos años y que le había tomado mucho cariño. Lo calificó de gran amigo, aunque no aclaró qué tipo de derechos cubría esa amistad. Tampoco me interesaba mucho el dato, porque estaba decidido a ahuyentarla: sus atributos femeninos hacían comprensible mi decisión.

Milagrosamente, mi argumento central resultó convincente: Soto debía dormir el mayor tiempo posible y su presencia le impediría hacerlo por elemental cortesía. La intenté tranquilizar explicándole que el fisioterapeuta tenía la misión de administrarle el tratamiento de hielo durante el tiempo que el médico había indicado. Sentí alivio cuando aprecié en su ahora dulce rostro el efecto disuasivo de mi explicación.

—Está bien, lo dejaré descansar, dijo. Y me vino el alma al cuerpo. Pero la tranquilidad desapareció en cuanto volvió a hablar: el problema es que me tengo que quedar en su habitación, pues debo trabajar mañana y perdí el último tren a Boloña.

¡Todo pareció volver a empezar! Pero cierta agilidad mental que desconocía poseer me salvó: no te preocupes, te quedas en mi habitación. Yo casi ni duermo, dije sin pensar.

La joven entró en mi cuarto dispuesta a darse un baño y yo aproveché para alejarme y relajar un poco. Cuando regresé estaba arropada en la cama, viendo televisión y dándome las más sinceras gracias.

—No te preocupes, qué menos puedo hacer por ti, respondí mientras preparaba mi ducha. Cuando terminé, le pregunté a qué hora saldría su tren y accedió a decir —ya somnolienta— que creía que a las siete de la mañana.

—Entonces te llamaré a las cinco. ¿Te parece?

—La verdad es usted la persona más amable que he conocido. ¡¡¡Pero no!!! ¿Qué hace? Usted no puede dormir en ese incómodo sofá. No lo puedo permitir. Venga para acá, la cama es grande…

¡Nada más y nada menos! ¿Acostarme a menos de un metro de ella? ¿Qué pensaría Soto de mí si alguien le dijera? Pero insistió con tanta sinceridad que no me quedó otra alternativa que recostarme en un extremo de la cama, que por cierto no era tan ancha como parecía. ¡Qué cosas hay que vivir!

A las cinco de la mañana sonó mi alarma. La desperté delicadamente y salí de la habitación hasta verla aparecer poco después en el pasillo. Mis torturas estaban por terminar. La acompañé hasta el vestíbulo, me dio un abrazo, me miró con indulgencia y dijo: “gracias por todo. No olvidaré su amabilidad”.

Antes de meterse en el taxi, sacó de su bolso un pulóver rojo muy bonito y lo colocó en mis manos: para su esposa, dijo. Y se marchó, dejándome con una compleja combinación de sentimientos. Nunca más la vi. Cuando le conté a Soto lo ocurrido, sostuvo con risa estruendosa: ¡Así que me traicionaron…!

Javier llegó en buenas condiciones a la competencia de Yokohama, en Japón. La contractura cedió y logró saltar 2.30 metros, a pocos días de entrar en la villa olímpica. Pero la preservación de las muestras de orina corría riesgos.

En los países de Europa resolví el problema con relativa facilidad, pero en Japón ningún gerente de hotel entendió que debía ayudarme a guardar una sustancia que necesitaba ser refrigerada. Los italianos y franceses respondieron tras apelativos amistosos y ofertas de copas, pero la idiosincrasia de los asiáticos les impedía reaccionar igual.

No entiendo, me decían, para eso hay frigoríficos. No es posible complacerlo, señor. Y se retiraban de “marcha atrás”, con reverencias reiteradas, pero sin resolver la situación.

La solución fue llamar a nuestra embajada en Tokio, como me había indicado Mayito. Los compañeros de esa misión se encargaron de viajar diariamente hacia Yokohama para recoger las muestras de orina y garantizar su conservación.

Solo volví a tener todo el material en mis manos el día de la partida hacia Sídney, momento en que sentí un extraordinario alivio.

Recuerdo que no dejaba de pensar en cuán “cuadraos” eran los japoneses. Incluso el día que nos retirábamos hacia Australia no aceptaron que los equipajes fueran concentrados en el asiento trasero del autobús. Según ellos, esa solución a lo “cubano” no era correcta y exigieron trasladarlos a un camión con lona traído expresamente para la ocasión.

Me pareció exagerado e innecesario todo aquello, pero sin duda el impetuoso desarrollo alcanzado por los nipones se debe a su férrea disciplina y orden social.

Sidney

Javier Sotomayor. Foto: Archivo.

Al arribar a la capital olímpica en aquellos momentos, pensé que mi responsabilidad había terminado. Entregué a Mayito el maletín con las muestras vivas, completas, y con la bitácora muy clara. Sin embargo, no fue así. En aquel escenario continuaban las amenazas, incluso más complicadas por la cercanía del momento cumbre y la cantidad de personas que nos rodeaban.

Mayito llamaba constantemente mi atención frente a supuestos peligros: el voluntario que le acercaba una botella de agua sin que confirmáramos estuviera sellada; el periodista que le ofrecía un refresco, la fisioterapeuta que le mostraba las bondades de una crema…

Yo tenía un entrenamiento de semanas, pero Mayito apenas entraba en contacto con la problemática. Lo comprendí y tomé medidas para, sin desdeñar ninguna de sus observaciones, otorgarle un valor menos emocional al asunto que ahora cambiaba de configuración.

Tenía que economizar energías para llegar con autodominio al final, pues Soto demoraría en competir y la función de refractar y asimilar las presiones a él dirigidas cobraba más importancia con la cercanía del momento competitivo.

Por otra parte, el entrenador y otros técnicos se preocupaban ahora más por mi eterna compañía y parecían olvidar que estaba preparado para manejar ese tipo de situaciones. Era evidente que la inminente justa les ponía los “pelos de punta”.

¡Cuánta razón había tenido el Comandante en Jefe al asignar al sicólogo la misión! ¡Cuánto agradecí que confiara en mí, pero sobre todo en mi profesión! Con la experiencia vivida quedé completamente persuadido de su cabal comprensión de la sicología, y de su confianza en esa disciplina para la construcción de la nueva sociedad.

Por fin llegó el día de la competencia decisiva. Soto obtuvo la medalla de plata con un brinco de 2.32 metros, bajo la lluvia. El resultado del estudio antidoping fue negativo. El reconocimiento necesariamente discreto del entonces presidente del Inder, Humberto Rodríguez, compensó el estrés experimentado en aquella inolvidable gira.

Sin embargo, el mayor estímulo me esperaba al pie de la escalerilla del avión que nos transportó de regreso a Cuba. El Comandante en Jefe, vestido con un elegante traje oscuro, nos dio la bienvenida. Recuerdo que Humberto, al llegar yo frente a él, me presentó como el sicólogo que había custodiado a Sotomayor frente al intento de dopaje provocado.

Hubo una fotografía, pero no la del instante en que Fidel reaccionó y me transmitió en un abrazo todo su reconocimiento. Estaba muy contento por haber impedido aquella acción hostil que habría destruido la vida de un verdadero orgullo de Cuba.

(Tomado de JIT)

Se han publicado 6 comentarios



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  • Isi dijo:

    ! Verdad que era un caballo, hasta el más mínimo detalle lo preveía con exactitud demoledora!

  • Miguelito dijo:

    Hermosa historia, bravo por la valentia y cuidar a ina gloria cubana.
    Heemoso relato

  • El Pillo Maniguero dijo:

    Felicidades compatriota, bella y difícil misión cumplida

  • Pastor dijo:

    Tremendo testimonio. Las cosas que no se conocen de como nos defendemos del imperio.

  • VerdeOlivo y Barbú dijo:

    Excelente cronica!! Escrito estilo novela d espionaje Felicidades a su autor q sin ser periodista ni escritor nos ha revelado una amena historia cargada d suspenso thriller, intrigas y fidelidad a la RC. Genial!! Sobre todo el hecho en sí x lo q fraguaban los enemigos d la RC y la proverbial visión y ferrea defensa d Fidel d la RC y sus conquistas

  • Diana Salazar Fernández dijo:

    Excelente, las páginas escritas por los cubanos son heroicas. La psicología deportiva se enorgullece con este ejemplo.
    No dejes de escribirlo, las nuevas y estas generaciones deben saber que nuestros resultados van acompañado de la grandeza de hombres y mujeres patrióticas de mucho amor y defensa de nuestra soberanía en todos los campos de acción. . Gracias

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