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Fidel Castro: “¡Qué se me diga si la Revolución puede ser vencida!” (+Video)

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Fidel pronuncia discurso en 1959. Foto: Lee Lockwood/Fidel Soldado de las Ideas.

A 60 años del discurso pronunciado por el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, en la Avenida Garzón de Santiago de Cuba, el 30 de noviembre de 1959, y a tres años de su desaparición física recordamos fragmentos de sus palabras aquel día sobre el alzamiento en Santiago de Cuba en 1956, la ciudad, donde según Fidel, "no en balde vinimos a iniciar la lucha contra la tiranía".

Comprendo que me enfrento a un esfuerzo sobrehumano al tratar de hablarle a una concentración tan gigantesca, en medio de las dificultades técnicas, pero espero, espero de parte de todos la mayor cooperación.

Quiero antes que nada, quiero antes que nada que el pueblo me excuse la tardanza. Me fue absolutamente imposible estar a la hora señalada para el acto, con motivo del tiempo. Con motivo de no haber podido aterrizar nuestro transporte en el aeropuerto de Santiago de Cuba, nos vimos en la necesidad de regresar hacia otro punto donde, en medio de la densa neblina, poder descender y transportarnos por carretera hacia la ciudad de Santiago de Cuba. Por eso les pido a todos que, en consideración a esa causa involuntaria, nos excusen la tardanza.

Nos ha ocurrido este 30 de noviembre lo mismo que nos ocurrió el 30 de Noviembre de 1956. Recordamos perfectamente aquel día de tanto significado para nosotros. Habíamos calculado que llegaríamos a Cuba el 30 de noviembre de 1956. Teníamos, de acuerdo con nuestros cálculos.

¿No se oye?... Realmente, este es uno de los problemas que la Revolución no ha podido superar: el problema de las concentraciones, el problema de los altoparlantes y el problema técnico de que el pueblo pueda oír aquí los actos y los discursos.

En realidad, pasamos un trabajo tremendo. Nosotros sufrimos enormemente cuando tratamos de hablarle al pueblo y no es posible que el pueblo nos pueda escuchar. Prácticamente es imposible hablar en estas condiciones, pero siempre nos pasa lo mismo. Nunca alcanza el número de altoparlantes para estas concentraciones, y posiblemente también todavía no tengan mucha experiencia los compañeros que hacen estas instalaciones y, en consecuencia, hace el pueblo un esfuerzo enorme, hacemos nosotros un esfuerzo enorme, y nosotros podemos hablar y el pueblo puede escuchar.

Vamos a ver si hacemos entre todos un gran esfuerzo, vamos a ver si hacemos un gran esfuerzo entre todos para poderles hablar y para que nos puedan escuchar.

El 30 de noviembre de 1956 veníamos nosotros cruzando las aguas del Caribe en nuestra pequeña embarcación, cuando en horas del mediodía escuchábamos por radio las primeras noticias de los combates en Santiago de Cuba.

Los dirigentes del Movimiento 26 de Julio en Santiago de Cuba, a cuya cabeza figuraba nuestro inolvidable compañero Frank País, esperaban nuestro desembarco en esa misma fecha. El Movimiento tenía instrucciones de esperar nuestro desembarco para iniciar la acción revolucionaria en la ciudad de Santiago de Cuba. Nosotros desembarcaríamos por la zona de Niquero y el Movimiento tendría la tarea de respaldar nuestro desembarco. Ciertamente las instrucciones eran esperar primero nuestra llegada; sin embargo, la impaciencia y el ardor de los compañeros de Santiago de Cuba...

Compañeros orientales: es virtualmente imposible pronunciar un discurso en estas condiciones.

Bueno, compañeros, una parte oye y una parte no oye. Ahora, la parte que oye es muy considerable. Sobre todo la parte del pueblo que está más lejos, está oyendo bien. La dificultad está en las proximidades de la tribuna con algunos altoparlantes que no están funcionando. Por eso yo le voy a pedir a todo este público que está delante de mí, a todo este público, que aunque no oiga se esté tranquilo, que ese problema casi no tiene solución. Ya ustedes saben que lo que voy a decir aquí es en favor del pueblo de todas maneras, aunque ustedes no lo puedan oír, una parte no lo pueda oír.

Y por lo demás, estén todos muy atentos, porque no sería extraño que pudiera haber algún saboteador, que con un empujoncito chiquito, en una multitud tan grande, produce inmediatamente el tumulto. ¡Estén muy atentos!, no vaya a ser que se haya colocado algún “casquito” por ahí, algún esbirro...

Puede haber algún “casquito” que se porte bien. El haber sido “casquito” no le impide que esté aquí, si se porta bien. Yo me refería a algún “casquito” batistiano, de esos que todavía no han aprendido lo que es la revolución, que en Cuba hay una revolución. Porque no tendría nada de extraño que hubiera por ahí algún chivato, algún esbirro, o algún contrarrevolucionario.

Así que los guajiros y los santiagueros todos deben estar atentos para ver quién es el que empuja, para ver quién es el que pueda dar el menor empujón ahí; que ese es el que puede estar creando dificultades. Y ustedes hagan lo posible por no moverse. ¿Saben por qué? ¿Saben por qué es muy necesario que se pueda proseguir el acto? ¿Saben por qué? Porque si no podemos proseguir el acto, si no se le puede hablar al pueblo, la reacción se va a dar un gran baño de rosas, de “Rosa Blanca”.

Ustedes no querrán que mañana los contrarrevolucionarios estén de fiesta. Ustedes no querrán que mañana los contrarrevolucionarios se sientan envalentonados porque no se haya podido. Ustedes no querrán que mañana tengamos todos que volver entristecidos a nuestro trabajo porque no se hubiese podido conmemorar dignamente los compañeros que cayeron el 30 de noviembre y los compañeros que cayeron en esta lucha por darles tierra a los campesinos, por darle trabajo y pan a nuestro pueblo, por darle libertad y soberanía a la nación cubana.

Precisamente nos hemos reunido aquí por una razón, nos hemos reunido aquí por una razón que ustedes conocen. ¿Qué quiso decir el pueblo cuando se reunió en número tan gigantesco en el día de hoy, en Santiago de Cuba? ¿Qué quiso decirle el pueblo a la reacción? ¿Qué quiso decirles el pueblo a los trujillistas, a los criminales de guerra? ¿Qué quiso decir el pueblo a los intereses extranjeros que conspiran por volver a someter a nuestro pueblo a la odiosa explotación?

¿Qué quiso decir el pueblo a los enemigos de nuestra soberanía, a los que no quieren una patria libre sino una patria sometida a los designios extraños? ¿Qué quiso decir el pueblo del castigo que merecen los traidores? ¿Qué quiso decir el pueblo a los enemigos de la reforma agraria? ¿Qué quiso decirles el pueblo a los resentidos, a los politiqueros, a los envidiosos que envidian la felicidad y la libertad que nuestro pueblo está disfrutando hoy?

¿Qué quiso decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que está haciendo la reforma agraria, que les está dando tierras a nuestros campesinos, que está convirtiendo los cuarteles en ciudades escolares, que ha creado 10 000 escuelas que estarán establecidas en el presente curso escolar y que son dos veces más escuelas en un año que todas las escuelas que habían llevado al campo en 50 años de república?

¿Qué quiso decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que acabó con el vicio, que acabó con el juego, que acabó con el contrabando, que acabó con el plan de machete, que acabó con el abuso, que acabó con las opresiones que había estado sufriendo nuestro pueblo? ¿Qué quiere decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que restableció los derechos de los trabajadores, que ha defendido al pueblo incesante y tenazmente; que ha defendido los derechos de la parte más humilde, la más sufrida, la más sacrificada y la más olvidada del pueblo?

¿Qué quiere decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que ha sabido reivindicar el nombre de la patria, y que ha sabido elevar el nombre de Cuba a la altura que hoy ocupa en la consideración de todos los pueblos del mundo, y que ha sabido defender dignamente la soberanía del país frente a todo tipo de injerencia extraña?

¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que por primera vez implantó la justicia en nuestra patria, que por primera vez castigó severamente a los que daban plan de machete en nuestros campos, a los que asesinaban a los jóvenes en las ciudades, a los obreros, y en el campo a nuestros campesinos; la revolución que tuvo el valor de castigar ejemplarmente, fusilando a los criminales de guerra que habían segado la vida de 20 000 compatriotas?

¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que ha recuperado todos los bienes que le robaron los usurpadores al país; que ha recuperado decenas y decenas de millones de pesos robados al pueblo, para aplicarlos a la reforma agraria?

¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que ha abierto todas las playas al pueblo, adonde pueden ir por igual los blancos y los negros sin discriminación de ninguna clase?

¿Que vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que lucha por ponerles fin a todas las injusticias y a todas las lacras sociales, que ha elevado en más de 100 millones de pesos el ingreso de los trabajadores, que ha rebajado el costo de la vivienda, que está haciendo casas para las familias humildes, que ha rebajado el costo de la electricidad, que ha rebajado el costo de los teléfonos, que está haciendo calles, que está haciendo carreteras, que está haciendo caminos, que está haciendo acueductos; que ha llevado la ayuda a los rincones más apartados de Cuba, desde la Península de Guanahacabibes hasta Baracoa, pasando por la Ciénaga de Zapata, por Bélic, por Yateras y por todos los rincones más olvidados de Cuba, de los cuales nunca se habían acordado los gobiernos?

¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de la revolución que acabó para siempre con el robo en nuestra patria, que ha implantado por primera vez en nuestra historia la más absoluta y cabal honradez administrativa y que está invirtiendo los recursos del pueblo en ayudar al pueblo?

¿Qué vino a decirles el pueblo a los enemigos de una revolución que está dando trabajo, a los enemigos de una revolución que se propone darles empleo a todos los cubanos para que no haya un solo cubano sin trabajo, para que no haya un solo niño sin escuela; para que no haya una sola ciudad sin hospitales, sin calles, sin acueductos; para que no haya una sola aldea o pueblo sin caminos; para que no haya sobre todo guajiros sin tierra?

¿Por qué están aquí los campesinos? ¿Por qué hay tantos sombreros de yarey? ¿Por qué hay tantos sombreros de yarey como esos que se levantan? ¡Que se levanten todos los sombreros de yarey del pueblo y los machetes!

¡Que se levanten bien alto los sombreros de yarey y los machetes! ¡Que se levanten los sombreros de yarey y los machetes para que se vea qué grandioso espectáculo, qué grandioso espectáculo de machetes y de sombreros guajiros, y se nos diga si es que puede derrotarse a esta Revolución!

¡Que se nos diga si una revolución que cuenta con tanto respaldo de sombreros de yarey, de machetes; con tanto respaldo de pueblo, con tanto respaldo de obreros, con tanto respaldo de jóvenes, con tanto respaldo de estudiantes y con tanto respaldo de personas decentes —es decir, de patriotas; es decir, de todo aquel que independientemente de su condición social respalde a esta Revolución—, que se nos diga si la Revolución puede ser derrotada!

¡Que se me diga si la Revolución puede ser vencida!

¡Que se me diga si a los guajiros les pueden quitar otra vez la tierra!

¡Que se me diga si a los guajiros les pueden dar otra vez plan de machete!

¡Que se me diga si a los guajiros les pueden arrancar otra vez los bohíos durante la noche!

¡Que se me diga si los niños se van a quedar otra vez sin escuela!

¡Que se me diga si el terror, la opresión y el crimen; si la explotación de nuestro pueblo se puede volver a implantar alguna vez en Cuba!

¿Y por qué no puede implantarse? ¿Por qué? Sencillamente porque tenemos al pueblo para defenderla. Porque por mucho que se empeñen en no acabarlo de comprender, lo que deben comprender de una vez los reaccionarios y los contrarrevolucionarios es que no podrán derrotar la Revolución, porque el pueblo sabe bien, los obreros saben bien, los estudiantes saben bien y los campesinos saben bien, los estudiantes saben bien y los campesinos saben bien, como lo saben también los maestros, los profesionales y las familias cubanas, saben bien lo que significa la derrota de la Revolución.

***

Mártires del alzamiento, Otto Parellada, Tony Alomá y Pepito Tey. Foto: Radio Rebelde.

Vinimos aquí a recordar a nuestros mártires. Pero a los mártires hay que recordarlos de una manera útil, que es combatiendo a los contrarrevolucionarios y a los reaccionarios.

Venimos a recordar a nuestros mártires, y en nombre de nuestros mártires tenemos que hacer ustedes y nosotros algunos análisis sobre la Revolución.

En primer lugar, qué pasaría en nuestra patria si la Revolución fuese derrotada.

Vamos a empezar por los guajiros. Yo siempre empiezo por los guajiros, porque ustedes saben que los guajiros han sido los que han llevado siempre la peor parte en nuestra patria, los más olvidados y los más sufridos. Y por eso siempre empiezo por los guajiros.

¿Qué les pasaría a los guajiros si la Revolución fuera derrotada?

¿Qué les harían a los guajiros, a quienes nosotros les estamos dando la tierra, si otra vez aquí los esbirros volvieran a tener fusil y volvieran a tener plan de machete, y la tiranía volviera a imperar en nuestra patria?

¿Qué les harían a los guajiros? Les harían lo que les hicieron en Oro de Guisa, que en una tarde asesinaron, ¡en una sola tarde! asesinaron a 47 campesinos. Como ustedes saben, hubo una familia —la familia Argote— a la que le mataron al padre y a todos los hijos, y dejaron a la viuda completamente trastornada, enloquecida, por aquel acto de barbarie. Ustedes todos saben lo que hicieron en Ojo del Agua, que asesinaron a 30 campesinos en una tarde. Ustedes saben lo que hicieron en Peladero.

Ustedes saben lo que hicieron allá cerca de las márgenes del Cauto: esos 13 campesinos que asesinaron en una tarde y que recientemente nosotros fuimos a enterrar. Ustedes saben la cantidad de horrores que cometieron con los campesinos. Ustedes saben que muchas familias campesinas todavía no saben dónde están los huesos de sus hijos.

Ustedes saben que hubo campesinos a los que ataron a una piedra y los lanzaron al mar y no aparecieron nunca más. Ustedes saben que a un niño campesino que llevaba la leche al pueblo por la mañana lo asesinaron los masferreristas y lo enterraron con la bicicleta y con el cántaro de leche a la entrada de Manzanillo, para quitarle 30 pesos.

Yo no tengo que hablarles de esos problemas. Tal vez sí tenga que recordarles y pedirles que siempre tengan presente lo que era nuestra patria. Porque todos ustedes lo sufrieron en sus propias carnes. Todos ustedes tuvieron que vivir mucho tiempo y muchos años humillados, sufriendo todos aquellos atropellos, sufriendo todos aquellos actos de barbarie. ¡Ustedes mejor que nadie saben lo que les volvería a ocurrir a nuestros campesinos si la reacción y la contrarrevolución triunfaran alguna vez en nuestra patria!

Así que, ¿qué les pasaría a los campesinos? ¿Qué les pasaría a los obreros, a los obreros que fueron víctimas semejantes a las masacres de los campesinos, como aquella masacre de Navidades hace tres años; aquella masacre sangrienta en la zona de Holguín, en que numerosos obreros —cerca de 30 obreros— fueron asesinados en una madrugada por los esbirros de Cowley? Ustedes conocen que a los obreros se les privó de todos sus derechos: el derecho a elegir a sus dirigentes, el derecho a desfilar, el derecho a organizarse; se les privó de numerosos derechos sociales. Se les impuso a Eusebio Mujal durante siete años, que vendió a los obreros, los vendió miserablemente, para hacerse millonario a costa del sudor y de la sangre de los trabajadores.

¿Qué les pasaría a los trabajadores si la contrarrevolución triunfara? ¿Qué les pasaría a los estudiantes? Ustedes recordarán nuestros institutos, nuestras universidades. Ustedes recordarán los estudiantes asesinados, los estudiantes torturados, los estudiantes golpeados en las manifestaciones. Ustedes recordarán a la fuerza pública golpeando a los estudiantes.

Ustedes recordarán aquellos jóvenes de 15 y 16 años que amanecían triturados a golpes, que aparecían con 20 y con 30 balazos, en las calles y en los lugares solitarios de los alrededores de Santiago de Cuba, de Bayamo, de Manzanillo, de Holguín, de Guantánamo, de Victoria de las Tunas y de todos los pueblos de Cuba, aunque en mayor grado que en ninguna otra provincia en la provincia de Oriente.

Ustedes recordarán lo que sufrieron nuestras familias, todas las familias sin excepción, porque sufría tanto la familia del pobre como la familia del rico, a los que no les valían muchas veces sus influencias y a los que no les valía muchas veces su dinero para que no les asesinaran a los hijos en las calles.

Es decir que tiene que estar muy presente en nuestra memoria lo que ocurrió.

Y yo pregunto: ¿qué les pasaría a los estudiantes si la contrarrevolución triunfara? ¿Qué les pasaría a las familias si la contrarrevolución triunfara? ¿Qué volvería a pasar en Santiago, en Bayamo, en Manzanillo, en Holguín, en Guantánamo, en Victoria de las Tunas y en todas las ciudades y pueblos de Cuba si la contrarrevolución triunfara?

¿Cómo se vería la provincia de Oriente si un Merob Sosa; si un Sánchez Mosquera, que asesinó 400 campesinos en las minas de Bueycito; si un Alberto del Río Chaviano, que asesinó a más de 70 combatientes del Moncada en una sola semana y los santiagueros son testigos excepcionales de eso...? ¿Qué ocurriría si Chaviano volviese a ser el amo de la provincia de Oriente, el amo de Santiago de Cuba? ¿Qué le ocurriría a la familia santiaguera si los masferreristas, si los chivatos, si los gangsters, si los criminales de guerra, si los esbirros, si los ladrones, si los torturadores volviesen a gobernar en nuestra patria?

Si todos estamos conscientes de eso, si todos estamos conscientes de eso, ¿qué hacen unas cuantas familias de latifundistas y de ricachones haciendo campañas contrarrevolucionarias? ¿Qué es lo que hacen unas cuantas familias de ricachones, de latifundistas y de señorones afortunados y privilegiados, haciendo campaña contrarrevolucionaria, sembrando intrigas contrarrevolucionarias y tratando de confundir a la opinión pública?

¿Qué hacen unas cuantas familias de ricachones y de latifundistas tratando de sembrar el espíritu regionalista, tratando de despertar el localismo y el egoísmo regional? ¿Qué hacen unas cuantas familias de ricachones y de latifundistas tratando de presentar a Santiago de Cuba, nada menos que la ciudad revolucionaria y heroica de Santiago de Cuba, la ciudad del 26 de Julio, la ciudad del 30 de Noviembre, la ciudad heroica que en mayor proporción dio mártires a la patria, la ciudad rebelde, la ciudad cívica, la ciudad donde nosotros hemos escrito las páginas más sentidas de nuestras vidas, los actos más generosos e idealistas de nuestras vidas; qué hacen unos cuantos ricachones hipócritas y egoístas, intolerantes e incapaces de acabar de comprender toda la justicia de la Revolución, tratando de presentar esta ciudad heroica de Santiago de Cuba como descontenta con el Gobierno Revolucionario? Yo espero que a unos cuantos reaccionarios intrigantes no se les ocurra negar que aquí está el pueblo de Santiago de Cuba y con el pueblo de Santiago de Cuba, los guajiros de la provincia de Oriente.

Yo le pregunto al pueblo de Santiago de Cuba, a este pueblo donde no en balde vinimos a iniciar la lucha contra la tiranía el 26 de Julio de 1953; a esta provincia de Oriente donde un día llegamos, cumpliendo nuestra palabra, para iniciar la guerra por la liberación de nuestro pueblo y por la Revolución que erradicara todas las injusticias; yo les pregunto a los santiagueros y les pregunto a los orientales, le pregunto a esta inmensa muchedumbre, si está o no está con el Gobierno Revolucionario.

***

Ahora bien, yo pregunto lo siguiente: ¿Qué creían que era una revolución? ¿Es que acaso creían que la Revolución era quítate tú para ponerme yo? ¿Es que acaso creían que la Revolución era para dejar las cosas como estaban en Cuba? ¿Es que acaso creían que Batista era una causa y no una consecuencia de la injusticia social?

¿Qué era Batista y qué era el ejército de Batista sino un cuerpo de guardajurados? Era un cuerpo de guardajurados al servicio de los grandes latifundios, de los grandes monopolios extranjeros, de las grandes compañías, de los grandes intereses.

¿Para qué existían los soldados sino para meterle miedo al pueblo? ¿Para qué existían las fortalezas sino para meterle miedo al pueblo? ¿Para qué existían las parejas de la guardia rural y los puestos de la guardia rural sino para que el pueblo viviera asustado?

¿Qué hacía un soldado cuando llegaba el 4 de septiembre? Iba a la casa del guajiro, ¿y qué le pedía? ¿Qué hacía el soldado y el sargento y el teniente y el capitán y todo el mundo cuando llegaba el 10 de marzo? Iban a las casas de los guajiros.

¿Qué hacía el soldado, el sargento y toda aquella gente cuando venía la Nochebuena y el Año Nuevo? Iban a la casa del guajiro a llevarse el “machito” y la gallina. ¿Y por qué el guajiro les tenía que dar el “machito” y la gallina a los soldados? Porque si no se los quitaba, porque si no se lo llevaba preso, porque si no le guardaba rencor y el día que tuviera una oportunidad lo metía en la cárcel.

¿Cuándo se llevaron preso a ningún latifundista?

¿Cuándo se llevaron a ningún gran especulador, que le cobraba la mercancía al doble de lo que valía al pueblo?

¿A quién se llevaban preso? Al infeliz. ¿Y qué hacían la pareja de la guardia rural y el sargento sino tratar de humillar al campesino, faltarle el respeto a su familia? ¿Qué hacían con sus polainas y sus machetes y sus fusiles sino querer humillar el honor de los campesinos y de las familias campesinas?

¿Y para qué existía un ejército aquí sino para defender los grandes intereses? ¿Quién tiene la culpa de que hubiera “casquitos” y de que hubiera esbirros y de que hubiera un ejército mercenario sino las compañías extranjeras, los grandes monopolios y los grandes intereses?

¿Quién tenía la culpa de la dictadura sino los grandes intereses? Ahora no me va a negar ningún contrarrevolucionario intrigante que el ejército existía en Cuba para abusar del obrero, para abusar del campesino y para abusar del infeliz. ¿Por cuánto les hubieran dado entrenamiento a los guajiros y a los obreros en aquel tiempo, y a los estudiantes? ¿Por cuánto les hubieran dado fusiles a los guajiros? ¿Y por qué no les podían dar fusiles a los guajiros?

Luego, había dictadura porque había ejército mercenario al servicio de los grandes intereses. Los grandes intereses tenían la culpa de la dictadura. Los grandes intereses tenían la culpa de los Chavianos, de los Merob Sosas, de los Mosqueras, de los Venturas, y de todos los criminales.

Entonces nosotros le preguntamos a la reacción: ¿Qué querían los ricos que ayudaron a la Revolución? ¿Ayudaron a la Revolución para que no tocáramos los latifundios? ¿Ayudaron a la Revolución para que no tocara los grandes intereses?

La Revolución libró el país de la tiranía, la Revolución libró al país de los criminales de guerra y de los esbirros, la Revolución libró al país de esos asesinos que mataban a los muchachos de 15, 16 años, en las calles de la ciudad. Pero la Revolución, igual que libró al país de los asesinos, tiene que librar al pueblo de las injusticias también, tiene que librar al pueblo de la explotación, tiene que librar al pueblo de los latifundios, tiene que ayudar al pueblo a que pueda vivir decorosamente, tiene que darles tierras a los guajiros y tiene que sacrificar los intereses que sea necesario con tal de ayudar al pueblo, porque si no, no sería revolución.

Aquí hay unos cuantos ricos —y afortunadamente no todos, porque siempre hay alguna que otra excepción—, hay un buen número de ricachones aquí, sobre todo en Santiago de Cuba, que como dieron unos cuantos pesos para la Revolución y ayudaron en algo durante la Revolución, ahora se creen que ellos son dueños de la Revolución, ahora se creen que ellos son los que hicieron la Revolución. Y andan por ahí de lo más ofendidos, de lo más disgustados, porque la Revolución ha hecho reforma agraria, porque la Revolución rebajó los alquileres, porque la Revolución abre playas para el pueblo y porque la Revolución está haciendo medidas justas en beneficio del pueblo.

Eran revolucionarios nada más que para que la Revolución no fuera revolución, y se daban muchos golpes de pecho de revolucionarios. Y ahora, como hicieron algo durante la Revolución, como efectivamente hicieron algo, pues ahora son los primeros que se pintan de revolucionarios descontentos, haciendo campañas contrarrevolucionarias.

Ustedes saben que yo siempre les he dicho la verdad. Ustedes saben que yo siempre le diré la verdad al pueblo. Ustedes saben que yo siempre he hablado claro. Ustedes recuerdan incluso cuál fue siempre mi proceder antes del 10 de Marzo. Ustedes saben las veces que vine a Santiago de Cuba, ustedes saben las veces que le hablé a Santiago de Cuba.

Ustedes recordarán aquella ocasión en que dije que, si algún día nuestra patria volviera a caer en manos de la tiranía, tomaríamos los fusiles para resolver los problemas de Cuba revolucionariamente. Ustedes saben que siempre cumplí mi palabra. Ustedes saben que siempre he sido leal con el pueblo.

Ustedes saben que nunca he andado con hipocresías ni nunca he andado con mentiras, y siempre me he esforzado por explicarle al pueblo y enseñarle al pueblo lo poco que dentro de mis posibilidades esté enseñarle, para quitarle la venda y abrirle al pueblo los ojos a las realidades de su patria.

Y lo que pasa en Santiago de Cuba es que, siendo la ciudad rebelde por excelencia, revolucionaria por excelencia, tenemos la desgracia de que unos cuantos ricachones ayudaron aquí a la Revolución, porque ahora es una desgracia. Más valía —y lo digo sinceramente—, más valía que no nos hubieran ayudado, porque lo curioso es que estos señores ni ganaron la guerra ni ayudaron a ganarla; ellos hicieron lo poquito que les pareció conveniente hacer.

Frank País García, quien dirigió el alzamiento. Foto: Radio Rebelde.

¿Saben estos señores quiénes ganaron la guerra?

¡El pueblo! La guerra no la hicieron unos cuantos ricachones. Lo que nosotros pudimos contar de ayuda económica, durante todo el tiempo que duró la Revolución hasta el final, de lo que dieron los ricos, fue muy poca cosa. La Revolución pudo contar con fondos suficientes...

Ustedes conocen perfectamente bien la historia de la Revolución. Ustedes conocen perfectamente bien la historia del 26 de Julio. Ustedes recordarán cómo un gran número de compañeros nuestros fueron asesinados después de la derrota, y cómo el resto tuvo que ir al exilio o tuvimos que pasarnos cerca de dos años en la cárcel. Ustedes recuerdan la historia del exilio, cómo se recogió el dinero de la Revolución: centavito a centavito entre los exiliados se recogió el primer dinero de la Revolución y centavito a centavito se recogieron en el pueblo los primeros fondos de la Revolución.

Ustedes saben lo que ocurrió el 30 de noviembre. Ustedes saben el esfuerzo heroico que hicieron aquí los compañeros de Santiago de Cuba al mando de Frank País. Ustedes saben el sacrificio heroico de Tey, de Parellada, de Alomá y de los demás compañeros que murieron por esos días.

Ustedes recordarán que éramos nosotros un grupo solamente. Ustedes recordarán los meses que estuvimos en la Sierra Maestra solos, sin recursos, sin armas apenas, con muy pocas balas.

Ustedes saben el tiempo que duró esa lucha, y nosotros, en definitiva, vinimos a tener grandes recursos cuando ocupábamos un área grande del territorio nacional y establecimos impuestos a los centrales azucareros y a los grandes cultivos agrícolas. Cuando nosotros pudimos establecer impuestos fue cuando logramos recaudar fondos suficientes.

Los ricos ayudaron, pero ayudaron con bastante poca cosa: ayudaron con algún dinero y ayudaron con algunas casas, y ayudaron incluso chismeando un poco, ayudaron chismeando un poco, regando “bolas”, etcétera, que es lo que ahora quieren hacer contra la Revolución los muy equivocados, los muy tontos, los muy infelices. Los muy infelices que no se dan cuenta que no es lo mismo estar luchando contra una tiranía, que no es lo mismo estar luchando contra aquel régimen de robo, de latrocinio, de crimen, de injusticia, que estar luchando contra una Revolución que tiene a todo el pueblo.

Y entonces, ¿qué ocurrió? Ocurrió que muchos de esos ricos decían que nosotros, los que estábamos en la Sierra, éramos unos muchachos muy jóvenes, que no sabíamos de gobierno, que nosotros sí estábamos buenos para pelear en la Sierra, para morir; que aquellos guajiritos infelices que engrosaron las filas del Ejército Rebelde, y todos esos muchachos valerosos que luchaban en las calles de Santiago de Cuba y en las ciudades de la república en la lucha clandestina, eran unos muchachos nuevos, muy inexpertos, muy irresponsables.

Que lo que teníamos que hacer era, desde luego, pasar mucho trabajo, pasar mucho frío, pasar mucha hambre; resistir muchos bombardeos, resistir muchos esfuerzos, resistir muchas privaciones y estar 95 meses allá, luchando contra un ejército que tenía cañones, y tenía aviones, y tenía tanques, y tenía armas automáticas, y tenía comida, y tenía dinero, y tenía vías de comunicación y lo tenía todo, mientras nosotros no teníamos apenas ni una capa de agua con que guarecernos de las lluvias, mientras nosotros pasábamos todo género de frío y de hambre. Porque pasamos tres inviernos, pasamos tres inviernos en las montañas, que ustedes saben el frío que hace en las montañas.

Y ellos creían que, como ellos eran los que habían podido ir a las universidades, como ellos eran los de la “high life”, como ellos eran los que sabían jugar “póker” y sabían jugar “bridge”, y usaban perfumes de París y veían revistas extranjeras y sabían de modas y sabían de todas esas ridiculeces; como sabían de la última moda de “Christian Dior” y como sabían del último pasodoble o del último “cha-cha-cha”, o del último “rock and roll” que bailaban en tierras extranjeras; como sabían ser adulones cuando querían ser adulones, como sabían ser intrigantes cuando querían ser intrigantes, como tenían más preparación cultural —aunque no tenían preparación de la vida... Porque sabían de muchas de esas cosas, pero no tenían idea de las miserias del guajiro ni tenían ideas de las miserias del pobre. Desde luego que sabían mucho de todo aquello, pero no sabían nada de la realidad de la vida. Entonces ellos creían que, cuando la Revolución triunfara, nosotros íbamos a tocar a las puertas de sus casas a pedirles que nos perdonaran por haber tenido la osadía de intentar hacer una revolución, y entonces ir allí a pedir consejitos. ¡Querían que nosotros les pidiéramos consejitos!

Desde luego, el consejito que querían darnos era el consejito de que no debíamos hacer la reforma agraria así y así que acabara con el latifundio. Los consejitos que querían darnos eran que no tocáramos las tierras de las grandes compañías extranjeras. Los consejitos que querían darnos eran de que “guataquéaramos” mucho a los norteamericanos y siguiéramos la política de sumisión de siempre. Los consejitos que querían darnos eran que no hiciéramos medidas radicales, porque, claro, todas las leyes revolucionarias iban a afectar al latifundista, al especulador, al garrotero, al extorsionista, a los intereses extranjeros, y a los privilegios de unas cuantas familias que han sido aquí las que han tenido de todo, mientras el pueblo no tenía ni escuelas ni tenía hospitales ni tenía caminos ni tenía casas ni tenía ropa ni tenía zapatos ni tenía una medicina cuando los hijos o la familia se enfermaran.

Entonces ese grupito de familias privilegiadas que ayudaron con unas cuantas limosnas a la Revolución, esperaban que al acabarse la Revolución nosotros los llamaríamos a ellos para que nos dijeran lo que teníamos que hacer.

Pero realmente ellos no tenían que enseñarnos a nosotros cómo hacer una revolución, ellos no tenían que enseñarnos a nosotros qué eran las cosas que le convenían al pueblo y cuáles eran las medidas de justicia que debíamos dictar en favor del pueblo. Ellos no tenían que enseñarnos a nosotros nada sobre leyes revolucionarias, como no nos enseñaron nada de cómo se hacía la guerra. Porque la guerra no vinieron ellos a enseñárnosla, la guerra la tuvimos que aprender solos, y la tuvimos que aprender pasando mucho trabajo.

Y si ellos de verdad hubieran estado con la Revolución, no se habrían ido a pasear durante la Revolución ni se habrían dedicado a vivir opíparamente como vivieron. ¡Se habrían ido también a la Sierra Maestra a pasar trabajos con nosotros, a sufrir bombardeos igual que nosotros, a sufrir privaciones igual que nosotros, y a morir igual que estaban muriendo los combatientes, principalmente campesinos, la mayor parte del Ejército Rebelde!

Y eso es sencillamente lo que ha ocurrido aquí en Santiago de Cuba.

Brazalete rojo y negro del M-26-7 que se exhibiera por primera vez el 30 de noviembre. Foto: ACN.

¿Y quién sabe más sino el que sabe lo que es la miseria? ¿Quién sabe más sino el que sabe lo que es el dolor? ¿Quién sabe más sino quien sabe lo que es la humillación? ¿Quién sabe más sino quien sabe lo que es la injusticia porque la ha sufrido, sino quien sabe lo que es el abuso porque lo ha sufrido; quien sabe lo que es perder un hijo, perder un hermano, perder la madre, porque no pudo salvarla, porque no tenía nada, porque no tenía ayuda ni nadie lo ayudó? ¿Quién sabe más que quien ha tenido que padecer esos dolores?

¿Quién sabe más que el que ha tenido que sufrir el dolor de que no sabe leer ni escribir? ¿Quién no ha visto lo que sufre el hombre que no sabe leer ni escribir? Se siente infeliz, se siente adolorido. Y sencillamente él no tiene la culpa, porque él no tiene la culpa de que no haya tenido escuela, él no tiene la culpa de que su “papacito” no haya sido rico, él no tiene la culpa de que ningún gobierno le haya ido a llevar allí un maestro.

Sencillamente yo lo digo por mi experiencia personal. Yo pude ir a una universidad sencillamente porque pertenecía a una familia que contaba con esos recursos abundantes para poderme mandar a la universidad. Yo fui un privilegiado.

Es decir que yo tuve esa oportunidad; pero la oportunidad que yo tuve de ir al instituto y de ir a la universidad no la tuvieron los hijos de los carreteros de aquella finca, no la tuvieron los hijos de los obreros de aquella finca. Y en una finca donde había cientos de obreros, ningún hijo de aquellos obreros, de aquellos campesinos, pudo ir a la universidad. ¡Ni un solo hijo, de aquellos cientos de niños que yo conocí cuando era muchacho, pudo ir a los institutos! Ni uno solo de ellos, si acaso, pudo pasar de quinto grado, y posiblemente el 60% de ellos no aprendieron ni a leer ni a escribir.

Yo creo que ese dato es demasiado elocuente para que se comprenda que es verdad: que el poder estudiar, que el poder tener una medicina, que el poder ir a una universidad, eso solo ha sido cosa de privilegiados y nunca del pueblo pobre y humilde.

Y sencillamente me puedo sentir satisfecho, puedo darles las gracias a los guajiros, porque los guajiros me pagaron la universidad y me pagaron el instituto, porque los guajiros me pagaron la educación, porque ellos trabajando allí hicieron posible con su trabajo que sencillamente yo pudiera estudiar.

Y el poder estudiar me dio luz suficiente, y me dio luz suficiente para comprender las injusticias sociales. Y me siento muy orgulloso y me siento muy honrado en no ser un latifundista, en no ser un reaccionario, sino en ser un revolucionario, un defensor del pueblo. Me siento muy orgulloso de serlo y de sentirlo hasta en la fibra más profunda de mi corazón y de mis sentimientos.

Me siento orgulloso de lo poco que he podido hacer por el pueblo y por los campesinos. Me siento orgulloso de haber firmado como Primer Ministro del Gobierno Revolucionario la Ley de Reforma Agraria.

***

Museo de la lucha clandestina en Santiago de Cuba. Foto: ACN.

Pero lo que uno se pregunta es: ¿quiénes necesitaban de la Revolución? Los que no tenían nada: esos niños que no tenían ni zapatos que ponerse, esas familias que no tenían trabajo, esos obreros que no tenían empleo, esos campesinos que no tenían tierras, esos enfermos que no tenían hospitales, esos analfabetos que no tenían escuelas ni maestros; esos pueblecitos que no tenían calles, que no tenían caminos, que no tenían comunicación, que no tenían vida. Esos sí necesitaban de nosotros, y a esos es a los que nosotros hemos ayudado.

Luego, cuando venga un intrigante contrarrevolucionario y se acerque a un ciudadano a hablar mal del gobierno, hay que averiguar quién era y qué tenía, y por qué está hablando contra el Gobierno Revolucionario, porque ese, ese no se trae nada bueno; ese no está contra la Revolución por gusto. Porque por algo está el pueblo con la Revolución; porque ha sido buena con el pueblo.

Por algo el pueblo no estaba con la dictadura, por algo el pueblo no estaba con los gobiernos ladrones, por algo el pueblo no estaba con los gobiernos inmorales. ¿Por qué? Porque habían sido malos con el pueblo.

Y si el pueblo viene, si los guajiros caminan millas y millas y leguas y leguas a caballo; si los hombres salieron desde hace días y han pasado hasta hambre —porque eran demasiados aquí en la ciudad—; si han venido en camiones desde las 6:00, las 5:00 y las 4:00 de la mañana desde los más apartados rincones de la provincia; si han estado de pie horas enteras, porque yo no pude venir aquí a causa del mal tiempo —porque fue imposible aterrizar— y me han tenido que esperar cinco horas; y si no se ha ido nadie, si han estado ahí, ¿por qué es? Porque saben que la Revolución los está ayudando, porque saben que el gobierno los está ayudando, porque saben que no andamos con politiquería.

El guajiro y el obrero y el pueblo saben que antes venían los políticos a los mítines. ¿Y a qué venían? A hacer promesas. Venían a pedir el voto, venían a alabar al pueblo para que el pueblo les diera algo. Y nosotros no hemos estado en política. No hemos estado viniendo a ver al pueblo para decirle: “dénos el voto”, ni nada de eso. Hemos estado haciendo por el pueblo, luchando por el pueblo.

Y cuando reunimos al pueblo, es para decirle que despierte; es para decirle que observe, que analice, que aclare su conciencia revolucionaria cada vez más y que esté claro, que esté claro para poder seguir llevando adelante esta Revolución.

Cuando hemos reunido a todo el pueblo es para defender al pueblo, es para defender las leyes revolucionarias, es para rendir homenaje a nuestros mártires; es para mantener encendida la fe y la llama de la Revolución, es para mantener encendido el entusiasmo, es para mantener encendido el espíritu de lucha; es para darles la batalla a los reaccionarios, a los intrigantes, a los contrarrevolucionarios, a los trujillistas, a los defensores de los grandes intereses y de los grandes privilegios en nuestra patria.

Así que el pueblo sabe eso. Por eso viene, por eso se está horas aquí parado. Sabe que no se le va a pedir nada. Y cuando se le pide algo, es para la reforma agraria o para comprar aviones. Y no se le pide, ¡mentira! ¡No se le pide! ¡Ha sido el pueblo siempre el que ha ido espontáneamente a ofrecer!

Es decir que el pueblo es sobradamente inteligente, y lo mismo que sabía distinguir entre los gobernantes inmorales, sabe distinguir entre los hombres que quieren servirlo. Porque ninguno de nosotros estamos aquí por ningún interés: ni nos interesa el dinero, ni nos interesa nada.

Nos interesa, sencillamente, cumplir con nuestro deber, con nuestro deber de ayudar a la nación, con un deber para con nuestros semejantes, con un deber para con nuestra patria, como ya lo han hecho muchos hombres. Como lo hicieron los que murieron, como lo hicieron los apóstoles de nuestra independencia, como lo hizo Maceo, como lo hizo Máximo Gómez, como lo hizo Martí; como lo hicieron aquellos hombres: Céspedes, Agramonte, y todos los que iniciaron la lucha por la independencia de nuestra patria.

Nosotros nos sentimos obligados con nuestros muertos, nosotros nos sentimos obligados con nuestros mártires. Ellos cayeron por hacer estas mismas cosas. Ellos dieron su vida, nosotros tenemos, pues, que realizar esta obra. Tenemos que seguir adelante; tenemos que cumplir con los que cayeron en la guerra, los que cayeron antes de la guerra, los que cayeron en los campos de batallas, los que están enterrados en las montañas de la Sierra Maestra y los que están enterrados en el cementerio de Santa Ifigenia, y los que nadie sabe dónde están enterrados, porque los desaparecieron en el mar o los desaparecieron en algún lugar solitario.

Ellos cayeron por esos ideales y nosotros tenemos un deber de hermanos para con ellos, como tenemos un deber de hermanos para con los que hemos tenido la desgracia, hemos tenido el infortunio tremendo de perder a lo largo de todo este proceso.

Porque tenemos un deber humano con los compañeros caídos, porque tenemos un deber humano con nuestro pueblo, porque tenemos un deber con nuestra conciencia, es por lo que nos esforzamos, es por lo que trabajamos.

***

Reafirmo mi convicción de que Cuba marchará adelante, de que Cuba tiene un gran destino y tiene un gran pueblo que se merece las glorias que se está ganando con su heroísmo en la guerra, con su virtud en la paz, y con el valor que volverá a demostrar mil veces si mil veces necesario fuera empuñar las armas de nuevo.

Reafirmo mi convicción de que la patria es invencible, de que la patria está en condiciones de afrontar todos los obstáculos y reafirmo la convicción y la fe que tuve, no hoy, cuando veo un mar de cabezas en torno a esta tribuna:

la fe que tuve cuando éramos solo un puñado de hombres, la fe que tuve en las celdas solitarias de las cárceles, la fe que tuve en los momentos difíciles, sobre este mar de cabezas orientales, sobre este mar de sombreros guajiros, sobre este mar de cabezas negras y blancas, sobre este mar de machetes, sobre este mar de pueblo.

Y reafirmo mi sentimiento y mi entusiasmo. Y por ese mismo sentimiento de reconocimiento, por esa misma alegría interna, por esa inmensa satisfacción de los que —como nosotros— no aspiramos a otra cosa que a la satisfacción de cumplir con el deber; con esa infinita satisfacción de ver cómo ha respondido Santiago de Cuba y cómo ha respondido Oriente; y al ver esta prueba de respaldo, al ver este premio de reconocimiento y de solidaridad, al ver este recuerdo devoto por los gloriosos caídos, al ver este reconocimiento de nuestro pueblo hacia sus mártires, al ver este entusiasmo y al ver este respaldo, solo me resta expresar una palabra, una palabra para los orientales, que es la misma palabra que yo he escuchado muchas veces de boca del pueblo: ¡Gracias, santiagueros! ¡Gracias, orientales!

En video, fragmentos del discurso

Se han publicado 4 comentarios



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  • Rafael Emilio Cervantes Martínez dijo:

    La Revolución no podrá ser vencida jamás. Su Obra, su pensamiento, su ejemplo, sus valores son hace mucho tiempo fuente de inspiración de millones de personas en todo el mundo. La agresividad del imperialismo hacia ella, que no ha cesado nunca, la engrandece aún más, porque no puede no provocar sentimientos de asombro, de admiración y hasta de
    incredulidad la enorme resistencia ante todo el arsenal probado de acciones en su contra, resiliencia, se ha dado por llamar éso, la resiliencia política del Caguairan, la firmeza de principios de un pueblo que defiende su Revolución, que no se deja confundir, ni se podrá dejar nunca de confundir, guiado por las ideas de Fidel que es nuestra síntesis superior de Martí y de la doctrina científica del marxismo, del socialismo, del comunismo y que él abrazó en la forma de Marxismo— leninismo.

  • María de Jesús Sánchez Bouza dijo:

    Bello discurso. La patria tiene que estarte agradecida siempre, lo que somos hoy se lo debemos a nuestro querido comandante, ante este planeta lleno de injusticias donde el imperialismo es la desgracia de la humanidad. Fidel por siempre, estás con nosotros.

  • mercedes dijo:

    Emocionante discurso, como todos los del Comandante en Jefe. Sé las dificultades con la pensa escrita, pero es la que llega más a los que no tienen internet, deberían publicarse estos discursos en suplementos una vez a la semana, la gente los leerá gustosa, y las enseñanzas de Fidel valen para todos los tiempos porque siempre hay mercenarios y oportunistas, y el pueblo necesita tener presente la memoria histórica, jamás olvidar la historia.

  • Oneforall dijo:

    Gracias, Cubadebate y al sitio Fidel Soldado de las Ideas por mantener siempre vivo el pensamiento de nuestro invicto Comandante en Jefe, publicando sin cesar, día a día, todo su legado a través de sus propias palabras al pueblo. Su magnífica oratoria es poderosa arma ideológica de educación de las masas para sembrar conciencia en la aguda y creciente batalla por las mentes de los individuos a escala global, Batalla de Ideas como él mismo la definió. Gracias por todo, Fidel!! Seguimos en combate!!

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Fidel Castro Ruz

Fidel Castro Ruz

Líder histórico de la Revolución Cubana. Nació en Birán el 13 de agosto de 1926 y murió en La Habana, el 25 de noviembre de 2016. Ha escrito numerosos artículos, reflexiones y libros sobre la situación mundial, la historia de Cuba y su actualidad.

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