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El Frank que conocí

Por: Luís A. Clergé Fabra.
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Se cumplen 61 años del asesinato de Frank País.

Una obligada aclaración debe preceder a estas vivencias. No se trata de una biografía ni los merecidos elogios que corresponden a un héroe de la talla de Frank País. Sólo pretendo expresar mis vivencias personales, a manera de testimonio, que nos acerque al aspecto humano de la persona introduciendo elementos de calidez que permita un acercamiento más intimista.

Las personas que son portadoras de una fuerte personalidad siempre dejan su impronta en los que los rodean. Más aún, Frank fue nuestro maestro y paradigma. Tal vez haya sido su vocación por el magisterio, pero lo cierto es que inculcó en nosotros valores éticos y un inmenso amor a la Patria que contribuyó decisivamente en nuestra formación revolucionaria.

Lo conocí muy temprano porque vivía a menos de cien metros de mi casa, frente a la cual pasaba cada día. Su figura llamaba la atención por su porte correcto, andar rápido y decidido, y si llegabas a mirarlo a los ojos podías descubrir la fuerza interna que emanaba de una mirada tierna y enérgica a la vez, pero sobre todo ajena a la maldad y los vicios de una sociedad que nos proponíamos cambiar.

Frank era pulcro y ponderado en el vestir. Cuando el día 29 de noviembre me citó para darme las instrucciones de acuartelamiento, estábamos frente a una tienda por departamentos, El Encanto. Sacó su pañuelo y lo miró. De inmediato entró al establecimiento y compró dos pañuelos blancos y me ofreció uno. Estaba a punto de encabezar una acción que entraría en la historia de Cuba y él lo sabía, sin embargo no podía soportar un pañuelo sucio en su bolsillo. Así era Frank, capaz de componer música, tocar el órgano, el piano, el acordeón, pintar, componer versos y expresarse en una prosa encendida típica de los jóvenes de la época. Pero esas mismas manos empuñaban el arma redentora y justiciera. Como dice la canción, “con las mismas manos de matar”.

En una ocasión, por la torpeza de una persona, se produjo un incidente desagradable con otros compañeros y en la que Frank debía tomar decisiones que, conociendo su carácter riguroso con las indisciplinas e indiscreciones, no podía augurar nada bueno. Esa vez pude apreciar el poder de penetración en el alma de los hombres, que fue su virtud y un instrumento de trabajo en el Frank organizador nato que conocimos. Enfrentando el problema fui a ver a Frank y le dije, dame un arma y lo mato ahora mismo. Sentí recorrer todo mi ser con esa mirada que escrutaba los laberintos de la verdad y la mentira, de la honestidad y la traición, de la sinceridad y el doblez. Finalmente me dijo, no hace falta, te creo. Cierto que me creyó y me estimó al punto de llevarme el 30 de Noviembre para con mi grupo darle protección al Cuartel General donde él estaría. Guardo como un tesoro la foto de Frank donde Doña Rosario escribió al dorso, para mi hijo Luís.

Pensando en Doña Rosario, mujer de estatura y temple moral extraordinario, me vienen a la memoria aquellos momentos en la sala de la casa, la Doña al piano y todos los hijos cantando “Unha noite na eira do trigo, o reflexo do branco lugar, unha nena choraba sin trégolas, os desdens dun ingrato galán”, canción popular gallega. Se llamaban entre sí filio, en gallego, y el ser HIJO significaba el respeto y la pertenencia a una familia fabulosa en la que el centro monolítico era la Doña.

Muchos años después de su muerte, me percaté de que Frank solamente era dos años mayor que yo. Era tal su aplomo, ese carisma subyugante que adornaba su personalidad, la pasión revolucionaria que lo animaba, que a mí nunca se me ocurrió cuestionar una decisión o una orden de Frank a pesar de que casi teníamos la misma edad.

En una ocasión me preguntó ¿estás armado?, al responderle afirmativamente me dijo “ven conmigo”. En esa época eso era suficiente para nosotros y lo seguí, sin preguntar ni hacer conjeturas. Se trataba de una entrevista con unas personas de no mucha confiabilidad por su errática conducta frente a los deberes para con la Revolución. Aún recuerdo como esas dos personas mucho mayores que nosotros, literalmente sentados en el borde del asiento, respondían un tanto contritos “si señor, no señor” en apenas monosílabos. Era la personalidad de Frank que, sin aspavientos ni posturas teatrales, ni frases melodramáticas, se imponía por sobre todos los que lo rodeaban.

En el curso de una conferencia que dictaba sobre Frank, un joven me preguntó algo en lo que nunca había pensado, cómo era posible que con tan pocos años fuera el jefe del Movimiento Revolucionario 26 de Julio en los llanos y ciudades de Cuba. La respuesta fue reveladora del carácter del hombre que fue nuestro jefe: Frank supo identificar y cultivar las virtudes de los jóvenes que lo siguieron en el sueño de conquistar el cielo. La virtud lo acompañó siempre y a los suyos exigía sólo eso, virtud.

A pesar de sus grandes responsabilidades y el aplomo con que se conducía en sus deberes, Frank era un joven simpático que gustaba de un buen chiste y reía con gusto. Sabía manejar con ponderación la ironía, pero cuando tenía que criticar lo hacía de frente y sin darle vueltas al asunto. Muchas veces prefería la crítica silenciosa. Podías sentir la censura cuando calladamente resolvía el problema en que te habías metido. Puedo asegurar que la lección era mucho más efectiva.

Volviendo a su carácter jovial recuerdo que en su rostro la risa se hacía dueña de su imagen. Reían sus labios y reían un instante antes sus ojos que parecían dos chispas ardientes. Recuerdo un chiste que le causó gran hilaridad. Los personajes eran italianos y en la narración del chiste en cuestión se imitaba la fonética de ese idioma. La cosa terminaba en que la mujer reclamaba que su violación había sido “forzata” y el marido respondía “ma forzata, e la suspirata y la rotacione?”. Durante meses Frank repetía “así que forzata?”, cuando quería burlarse de los desatinos en que a veces nos veíamos envueltos.

Fidel junto a Frank País, durante la primera reunión de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio, en la Finca de Epifanio Díaz campesino colaborador del Ejército Rebelde, 17 de febrero de 1957. Foto: Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado/ Sitio Fidel Soldado de las Ideas

Se cometen errores al pretender canonizar a nuestros héroes. La esencia del héroe no está en el frío mármol de una estatua, en el duro bronce de un busto, ni en el icono en que convierten en imágenes impresas la personalidad humana de un héroe. Frank no surgió de un laboratorio, no lo clonaron de un ejemplar de la cosmogonía griega, era un ser humano, joven, alegre y sencillo. Tuvo aptitudes y actitudes excepcionales, pero que en manera alguna lo convierten en algo ajeno y lejano. Por el contrario, Frank se repite cada día en nuestros jóvenes universitarios que forjan golpe a golpe el futuro que tanto soñó y nos hizo soñar a todos. Sencillamente él fue consecuente con el momento histórico que le correspondió vivir. Por eso, aunque no sea trascendente en el valor de su obra, me gusta narrar algunas anécdotas que le ponen alma humana al héroe de la estatua, del busto o de la litografía.

Tenía el hábito de pasar todos los días por la casa de Frank para juntos tomar el ómnibus en San Francisco y San Félix. Mientras lo esperaba el se aseaba con la pulcritud que lo caracterizaba. Se afeitaba en el patio de casa poniendo un espejito en el tronco de una mata de granada que había allí. Le quitaba a la máquina de afeitar la parte de abajo para que su filo fuera más incidente. En aquella época yo tenía problemas con el acné juvenil y una piel bastante sensible y verlo afeitar con tal fruición me espantaba. Parecía que le iba a sangrar la cara de tantas veces que se pasaba la máquina. El me miraba la cara de horror que yo ponía y entonces entraba su acostumbrado humor. Me miraba de reojo y decía fingiendo una gran satisfacción que rasurarse así era una verdadera delicia.

Un domingo pasé por casa de Frank después del almuerzo y me preguntó por mi plan del día, y yo anticipando alguna acción me apresuré a decirle que estaba libre. Entonces me dijo que lo acompañara y tomando un juego de parchis salimos rumbo al vecino pueblo de El Caney. Llegamos a una casa de familia acomodada que resultó ser del abogado y político Rubén Alonso, al cual conocía por ser amigo de mi padre. Estaban allí la hija o tal vez la sobrina de Alonso, no recuerdo bien, una hermosa criolla, muy joven y simpática y otra muchacha, rubia, de larga cabellera y que parecía una Valkiria salida del Wallhala de los dioses teutones. Al poco rato de juego de parchis y amena charla me percate que no se trataba de ninguna acción “heroica” y que yo no tenía nada que hacer con ese par de bellezas. La rubia resultó ser América Domitro, hermana de Taras Domitro, compañero muy cercano a Frank en los avatares insurreccionales.

Al día siguiente, como de costumbre, pasé por casa de Frank después del almuerzo para andar juntos unas cinco cuadras hasta tomar el ómnibus que nos llevaría, a él hasta el Colegio El Salvador donde impartía clases de primaria y a mí, un poco más adelante, hasta el Instituto de Segunda Enseñanza donde cursaba el cuarto año del bachillerato. Le pregunté qué con cual de las dos era su interés. Se viró hacia mí con el rostro iluminado y me preguntó a su vez, qué yo pensaba. En realidad no tenía muy claro con cual de las dos era su interés, pero me aventuré a señalar a la rubia. Y radiante de felicidad con ese brillo peculiar de sus ojos cuando estaba feliz me respondió: ¡Si!, viste que alta es, me dará hijos grandes. Y de inmediato se impuso la ética que siempre fue su divisa como hombre de bien: no digas nada todavía pues aún no he hablado con Taras.

Frank ansiaba casarse con aquella joven y esa idea jugaba en sus pensamientos y si no lo hizo entonces fue por las crecientes dificultades que le imponían las responsabilidades en la organización de todo el proyecto revolucionario. Un día que estábamos en la sala de la casa Frank expresó en voz alta sus deseos y sus propósitos de casarse con América. Jorge Sotus que estaba presente, con su acostumbrado carácter enrevesado le espetó: tú no te puedes casar, te lo prohibimos. No se en nombre de quienes hablaba este señor. La Doña que no se le escapaban estos detalles, desde ese día no podía soportar a Sotus y así me lo comentó en más de una ocasión. Sus buenas maneras le impedían decirle más de una verdad a esta persona, pero lo sacó de su corazón.


En otra ocasión, en el casi diario andar hacia el ómnibus, me pregunta: ¿Te gustan las armas? y ante la respuesta afirmativa agregó: A las armas hay que amarlas, y de seguido, con esa sonrisa chispeante y pícara agregó “y darle un besito de vez en cuando”.

Frank veía las armas no como un fin en sí, sino como el medio para hacer la Revolución. Frank era un tirador extraordinario y admiraba a los que también lo eran. A veces nos íbamos a una armería en la zona de Barracones y competíamos en el tiro al blanco. Varias veces me dijo, “eres un tirador natural”. El sabía apreciar esta cualidad y después de mucho tiempo comprendí su apreciación pues cuando disparaba confiando en ese, llamémosle instinto, tenía más éxito que cuando me concentraba demasiado en la técnica del disparo.
A veces, sin duda que de buena fe, algunas personas han pintado una imagen de Frank que lo acercan a lo que llamaríamos un “santurrón”, pero es mi opinión que siendo poseedor de un fino instinto militar, hubiera sido un brillante jefe militar en la defensa de la Revolución Socialista y en las campañas internacionalistas en Angola y Etiopía.

Pero a pesar de sus enormes responsabilidades, su irrenunciable compromiso con la Revolución y la pasión que animaban todas sus acciones, no perdía su fino humor. En una ocasión en que cumplí una misión encomendada por Frank, por cortesía, me dio las gracias. Mi juvenil inmadurez me llevó al desatino de soltarle una arenga, “el cumplimiento del deber no se agradece”, etc. Desde entonces cada vez que cumplía una misión, primero me miraba con los ojos chispeantes y sonriendo irónicamente me decía ¡Gracias! Y esperaba mi reacción. Era una travesura de joven lleno de vida y al mismo tiempo una lección de moderación al expresar ideas que no eran necesarias en ese contexto.

También por aquellos días habíamos convertido la casa de Vilma Espín en un verdadero cuartel, pero el riesgo era cada vez mayor y se impuso un régimen de discreción que suponía el menor tiempo posible de permanencia en aquella casa. Por mi parte, creía que si salía rápido me iba perder de algo y, un tanto arrogante, que podría salvar a Frank si se produjese un enfrentamiento con el enemigo. Entonces Frank hacía uso de su pedagogía sui géneris para inmaduros y me decía con una sonrisita jugueteando en sus labios, “¿Bueno…?”, luego hacía el saludo militar para despedirme y cuando tercamente ignoraba sus indirectas volvía a hacer el saludo militar pero sosteniéndose el brazo derecho con el izquierdo fingiendo que llevaba una eternidad haciendo el saludo y esperando que yo me marchara.

Organizador nato preparó las acciones del 30 de Noviembre de 1956, después de una tenaz estructuración de los grupos comprometidos, además de una incansable búsqueda de los medios bélicos y de apoyo para la acción.

Ya en la casa que había sido seleccionada como la sede del Estado Mayor de la insurrección armada, Frank me entregó su arma, una sub ametralladora Thompson, y con ella hacía guardia en una de las ventanas superiores del edificio, un poco antes de que estallaran los combates en la ciudad. En ese instante los efectivos de un patrullero de la policía detuvieron a un jovencito que evidentemente hacía las compras mañaneras para su casa, cargado de bolsas de papel y envoltorios. Eran un blanco fácil y le pedí a Frank la orden de disparar. Quedó unos instantes en silencio, meditaba la orden, como corresponde a un buen jefe y no dejarse llevar por un logro fácil. Frank decidió no poner en riesgo la ubicación del Estado Mayor ni la vida de aquel jovencito, que seguramente nunca ha sabido el riesgo que corrió de verse en fuego cruzado en aquel momento. Unos minutos después pasaron los carros del grupo de Pepito Tey que se dirigían hacia la Estación de la Policía Nacional que se encontraba a unas pocas cuadras de distancia. Los vivas a la Revolución y a Fidel de Pepito y sus hombres atrajeron a Frank hacia mi ventana para responder a toda voz ¡viva! Como una pincelada surrealista me sentí anonadado ante la visión de un rollo de soga que salió de una de las puertas del carro y rodaba por la calle, como si saliera del sombrero de un mago. Frank se viró hacia mi y luego mirando a los otros compañeros que se habían acercado exclamó enardecido de emoción, vibrante, feliz: ¡“Ya estamos”! Para todos era claro que nos anunciaba que ya estábamos en combate por el sueño que surgió en el Moncada y que aún no se detiene.

El 30 de noviembre, cuando Santiago de Cuba se vistió de verde olivo, resaltaron claramente tres grandes protagonistas.

Primero, Fidel Castro porque fue el que nos mostró el camino para cambiar todo lo que soñábamos. Debe recordarse que en aquel entonces las figuras, como vedette de vodevil en la política nacional, eran Carlos Prío, Aureliano Sánchez Arango, Toni Varona y otros defenestrados del gobierno anterior y pretendidos revolucionarios de pacotilla de la oposición, como Millo Ochoa.

El aval ganado por Fidel en el asalto a la sede del Regimiento ubicado en el Cuartel Moncada se veía empañado por la alharaca orquestada por estos “salvadores” de la Patria. Por otra parte la República venía de una triste etapa de frustraciones y desencuentros con la justicia, desde el 1868 y 1895 hasta la Revolución de 1933, que como afirmaba Raúl Roa, nuestro Canciller de la Dignidad, se fue a bolina. ¿En quién creer después de la muerte de Guiteras y en medio de la Guerra Fría? Fue Fidel quien mostró el camino y propuso el Programa de cambios y después del Moncada no había otra vía que la lucha armada. Frank nos lo inculcó desde siempre, renacía la esperanza. Frank y Fidel fueron los forjadores de la esperanza y los artífices de la marcha. Mi respeto por Fidel y mi incondicional subordinación a su Proyecto, desde entonces, se lo debo a Frank.

Segundo, Frank brilló en aquellos días, por su talento, su serenidad y su capacidad organizativa. Fue el alma y brazo de aquella gesta que contaba con más sueños que medios para ejecutarla. Sin contar que ninguno de nosotros, ni el propio Fidel que dirigió la extraordinaria y épica campaña de la Sierra Maestra, habíamos cursado una escuela militar, ninguno era graduado de West Point, Sait Cyr o Frunze, sin embargo hicimos la guerra y vencimos. Entre los gigantes que condujeron la lucha armada Frank está y estará entre los primeros.

Tercero, el pueblo de Santiago de Cuba que abrió sus puertas y sus corazones para salvaguardar a los combatientes. La masacre del Moncada estaba aún fresca en la memoria de los santiagueros y estaban decididos a que no se repitiera. Ese día fueron cómplices furtivos de las acciones. Luego esa complicidad silenciosa se convirtió en militancia masiva de todo el pueblo. Es justo que Santiago sea la ciudad Heroína de Cuba.

Recuerdo algunos momentos de ese día 30 en el Cuartel General de la Insurrección que había comenzado con las acciones contra los bastiones militares de la ciudad. Frank sereno y brillante dirigiendo y al tanto de todos los detalles. Su tristeza con la caída de Pepito Tey su segundo al mando, su inquietud bien controlada por la ausencia de noticias sobre el desembarco de Fidel. En medio de esa situación y las tensiones, a un compañero se les escapó un tiro muy cerca de donde hablábamos Frank, Sotus, Vazquesito y yo. Frank sin mostrar sobresalto, se viró lentamente hacia el compañero y le dijo: Ten más cuidado, pudiste habernos matado. Por su parte, Sotus interrogaba una y otra vez a Frank qué le había dicho Fidel en México sobre la hora de llegada. Sin cambiar la expresión ni alterar su voz Frank le repetía, una vez más, que Fidel debía llegar por un punto de la costa sur entre cinco y siete de la mañana por la zona de Niquero.

Las noticias que no llegaban y las que llegaban apuntaban a que estábamos virtualmente rodeados, hicieron que Frank tomara la sabia decisión de ordenar la retirada y preservar las estructuras del Movimiento.

Tres días después salí de mi escondite a buscar a Frank, con el firme propósito de retomar la lucha. Encaminé mis pasos hacia casa de Vilma Espín y le pregunté si sabía como encontrar a Frank. Sonriendo me dijo, sí, está aquí, pasa. Eso Vilma no lo olvidaba y a mi me llenaba de orgullo saber que había sido el primero en reportarse para recomenzar. Al pasar tantos años de esa acción estoy persuadido que mi decisión de no darme por vencido y estar dispuesto a continuar la lucha, a pesar del revés, se lo debo a Frank que nos inculcó la virtud de la tenacidad revolucionaria, del amor y la convicción por lo que creíamos. Sin dudas Frank fue un excelente maestro, pues no solo era capaz de transmitir conocimiento, eso es enseñar, sino que también nos formó y educó como revolucionarios consecuentes.

Apenas había pasado un mes después del 30 de Noviembre y ya habíamos logrado estructurar de nuevo el Movimiento. En aquellos días Taras y yo desplegamos una actividad intensa y riesgosa, pues virtualmente se había desarticulado la cadena de mando de la organización clandestina. Reorganizamos los grupos, recopilábamos las armas que habían sido salvadas después del 30 de Noviembre, se adquirían nuevas armas. En una de esas ocasiones llevamos para casa de Vilma, donde Frank dirigía todo el trabajo clandestino, dos escopetas de repetición enmascaradas en una bonita caja. Al llegar vimos que Frank y Haydee Santamaría conversaban con un compañero al cual ninguno de los dos conocíamos. Al vernos llegar Frank nos abordó y preguntó qué traíamos. Taras quiso hacerle una broma y le respondió que una ametralladora. Frank resplandeció de júbilo y le comentó al desconocido lo bien que marchaban las cosas. Resultó que se trataba de Faustino Pérez uno de los jefes nacionales del Movimiento Revolucionario 26 de Julio que había llegado con en el yate Granma y que acababa de llegar de la Sierra Maestra enviado por Fidel, el primero que lo hacía, para coordinar las acciones y el refuerzo a la menguada tropa del Granma después del fatal combate de Alegría de Pío.

Cuando nos enteramos de quien era esa persona y que Frank se había puesto tan alegre, Taras quería morirse. Así era el respeto que sentíamos por él y que a pesar de existir relaciones íntimas y fraternas no nos permitíamos poner en ridículo a nuestro Jefe.

El 26 de Enero, en vísperas de la fecha querida de todos los cubanos, el 28 de Enero Martiano, era también el cumple bodas de Enriqueta Marañón y Antonio Parada, los padres de Lucía Parada, ella y su padre Antonio fueron destacados militantes del Movimiento y que en esos días iniciaban una incomparable labor revolucionaria junto a nosotros. Le comenté a Frank que debía pasar a felicitarlos y que ella había preparado un pastel. Frank me dijo que quería ir y así lo hicimos, armados y listos para lo que fuere. Ya en la casa, en un simpático tocadiscos portátil que Frank había traído de la Habana, escuchamos y cantamos el himno nacional, en franco desafío a la represión que lejos de cesar iba en aumento. Pero ahí no terminaba la temeridad, todos los compañeros y varias amigas de la familia, jóvenes que después escribieron páginas heroicas en la lucha revolucionaria, nos fuimos al cine Aguilera para ver una de las superproducciones hollywoodense, creo que Ben Hur, de la época. ¿Se trataba de un riesgo innecesario, una temeridad inmadura? Comprendí que Frank nos daba una lección de serenidad y desafío. Un revolucionario ante todo debe ser audaz, en las ideas y en la acción. Le decíamos a la Dictadura que ellos detentaban el poder, que perseguían con saña a los revolucionarios, pero que nos burlábamos de ellos y que la calle definitivamente era nuestra.

Después que la situación se agravó en extremo pude hablar muy pocas veces con Frank.
Unos días antes de ese terrible día del 30 de julio, Frank me pidió le enviara una ametralladora que yo guardaba. Ya presentía la amenaza que lo cercaba.

El 30 de julio fue un día aciago para mi. Estaba convaleciente de una crisis hipertensiva en casa de la familia Parada. Asela de los Santos y Lucía salieron a buscar unas telas verde olivo para confeccionar uniformes para la guerrilla. Quise acompañarlas pero no me lo permitieron. Por su parte Parada cargó una fragua para fundir metales con los que fabricar los cascos de las granadas artesanales con las que nos abastecíamos; tampoco me admitieron con ellos por mi estado de salud. Cuando me sentía más solo y a la vez frustrado por la inactividad, un vecino, el padre de Moraima Guash, me avisó que había visto un inusual despliegue militar en una zona de la ciudad que de inmediato asocie con la casa de Pujol. Fui a casa de una compañera donde había teléfono y llame a la casa donde se escondían Vilma y Agustín Navarrete. Me respondió este último y ahogado por el llanto me dice “!es él, cayó!”. Por su estado de ánimo me di cuenta que no podía sacarle más y volví a marcar el número. Esta vez salió Vilma y con esa serenidad que siempre la caracterizó me dijo: “parece que Frank está cercado, mira a ver si puedes hacer algo”. De inmediato me llevé un automóvil tomando las llaves sin ningún permiso ni aviso y recogí a los mejores y más fogueados hombres de mi grupo, Romanidy, Carbonell y Ceferino como chofer. Nos armamos con una Thompson, una cal. 12 recortada y una pistola Star de ráfagas y partimos para la zona donde ocurría el cerco.

Al llegar a la esquina del callejón del muro me pasó a una distancia de unos pocos metros el Coronel Salas Cañizares, “Masacre”, seguido de otro carro de la policía especial tripulada por Randich, quien hacía unos pocos minutos identificó a Frank y en definitiva con esta acción decretó su muerte y la de Pujol. Este sujeto había cursado estudios en la Escuela Normal para Maestros donde también estudió Frank y nos conocía perfectamente a todos los jóvenes revolucionarios de Santiago de Cuba. Se cruzaron nuestras miradas al tiempo que aprestábamos las armas. Pero para sorpresa nuestra bajó la cabeza. Evidentemente aún estaba anonadado por la monstruosidad que acababa de cometer.

Todavía no me convencía que Frank hubiera muerto y me bajé del carro para explorar. Infortunadamente la tragedia ya se había consumado. Habían llamado a un carro de bomberos para que limpiara la sangre de nuestros compañeros que como un grito de denuncia y rebeldía, manchaba la acera de aquel callejón.

De regreso al carro donde me aguardaban mis compañeros veo venir a Doña Rosario acompañada de América Domitro y Graciela Aguiar. Las malas noticias a veces vuelan más rápido de lo que quisiéramos. Parecía una escena surrealista. Todos los vecinos guardaban un respetuoso silencio al paso de las tres mujeres, las miradas entre solidarias y piadosas convergían en ellas. Al verme Doña Rosario se dirigió a mi y sólo me preguntó: “¿mijo, es verdad?”. No podía engañar a esta mujer de carácter excepcional. Si Doña, es cierto, fue la respuesta. Un sollozo brotó del pecho de las tres, como si hubiera estado cautivo por mucho tiempo. Pero de inmediato la Doña se recuperó y arrastró por los brazos a las muchachas, mientras decía “aquí no, delante de la gente no”. Y se fueron las tres arrastrando una pena inmensa que no era posible medir y mucho menos comprender.

Consumada la tragedia Doña Rosario comenzó a realizar desesperados esfuerzos para recuperar el cadáver de su hijo. La ayudó el Dr. Manuel Prieto Aragón, uno de los médicos forenses de la ciudad. Este era un hombrecito regordete, pequeñito y con la cabeza calva surcada por viejas cicatrices, según decían, ocasionadas con vitriolo que le había vertido una novia celosa. A pesar de su figura simpática era un hombre de gran valor, entereza y muy decidido. Siempre fue un valioso colaborador. En aquellos días pude reconstruir una escena fabulosa. Salas Cañizares era un tipo enorme, con una cara caballuna y una estampa que habría hecho las delicias de Lombroso. Prieto parado de puntillas para tratar de llegarle cerca al coronel le espetaba “ya lo mataste, devuélvele el cadáver a su madre”. Parece que Salas pensó que era cierto lo que le decía el médico y accedió a devolver el cadáver. Error que estoy seguro lamentó después, pues no era capaz de imaginar lo que el pueblo de Santiago de Cuba haría en respuesta del asesinato de su héroe.

Una vez que asumimos la enorme tragedia se reunió la dirección del Movimiento y se decidió pedirle a Doña Rosario el permiso para trasladar a Frank de su casa a la casa de su novia América, donde su inevitable entierro sería de mayor impacto para la población que bullía de odio a la tiranía por el monstruoso crimen. Era tarea difícil por estar desbordada la represión y por pedirle algo que podría lastimar profundamente a la Doña.

Finalmente me eligieron a mí para que fuera a esa triste encomienda, tal vez por mi relación casi familiar con ella. Cuando llegue a la casa de Frank el espectáculo no era agradable. Algunos amigos habían capitalizado aquello como si fuera una Feria. Algunos de buena fe, otros por ser gente de poca monta espiritual. En aquella época yo no tenia mucho tacto para esas cosas y después de decirle par de frases, cierto que un tanto amenazantes, y mirarle a los ojos para que pudiera apreciar mi decisión, saque del juego a aquel payaso que se había abrogado la “organización” del velorio y me acerque a Doña Rosario que me miró con aquellos ojos grandes y hermosos que también fueron legado materno a sus hijos. Ningún padre quiere a un hijo más que al otro, pero sí cada uno tiene un significado particular. Esa madre había perdido en solamente un mes a los dos hijos más significativos. Al más pequeño, la última alegría que llegó a la familia y al mayor, sostén de la familia, pilar del futuro. ¿Cómo decirle a esa madre, dame el cadáver de tu hijo que la Revolución lo necesita?

Me acerqué a la Doña y luego de darle un beso, muy quedamente y con la voz temblándome y ahogando mi garganta le dije, Doña, dice Vilma que si usted permite que traslademos a Frank para casa de América. La respuesta me ha dado impulso para seguir adelante en muchas ocasiones: “Hijo, ustedes pueden hacer lo que quieran, ¡FRANK ES DE USTEDES!”

Si Doña Rosario, Frank es nuestro y de todos los cubanos y si no fueran suficientes todas las razones sociales, políticas y económicas para defender esta Revolución, bien vale la pena combatir hasta las últimas consecuencias para defender la tierra que guarda a hombres como Frank.

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  • Dante dijo:

    Grande Frank, un ejemplo de valentía sin límites Gloria eterna a él y sus compañeros caídosun día como hoy. El día 30 fun un día de mala suerte para la familia.

  • Adrián Eduardo dijo:

    Tremenda crónica. Debian publicarla en Granma y JR. Y es cierto lo que dice…nuestros héroes no pueden ser de mármol…porque no eran asi en vida.

  • Esgardo Iván dijo:

    Luís A. Clergé Fabra, mis respetos para usted por acercarme a un Frank que conociste y que las clases de historia no pudieran despertar la visualización de esa época y de los hijos de la ciudad santiaguera de esa etapa de la historia…Creo estar viendolo caminando, dirigiendo, organizando y hasta jugando parchís, tu cercanía a él te da el mérito moral para contar en breves líneas la grandeza de un joven, de una generación y de un país….Mis respetos, Esgardo Iván

  • Reynaldo Cabrera dijo:

    Excelente, nos muestra la parte humano y poco conocida de nuestros luchadores por al libertad de este pais.

  • Yenier dijo:

    Una narración conmovedora sobre un gran hijo de la patria. Suspiré profundamente y contuve una lágrima.

  • Chikungunya dijo:

    Muy grande Frank País, quisiera saber, se preguntó una vez, que se hizo Taras Domitro, el hermano de América.

  • Maribel dijo:

    Quer hermoso testimonio!!! Que manera tan efectiva de contar la historia! gracias

  • Ing : Yurina Acosta Martínez dijo:

    Debía ser publicada en el Juv.Rebelde, en el Períodico Granma, etc, me emocione mucho con su lectura, y salieron lágrimas de mis ojos, siempre lo he admirado, por su coraje, Valentía , por ser un virtuoso estratega, por ello tenia la confianza completa de Fidel, pero estimo que conocemos muy poco de toda su corta, pero profunda vida.
    Gloria eterna a él y los compañeros caídos en la lucha contra la Tiranía a través de la Historia.!

  • rogiro dijo:

    triste y emocionante

  • David dijo:

    No he podido aguantar nunca las lagrimas cada vez que he leído lo sucedido aquel fatídico 30 de julio, dígalo o cuentelo quien o quienes sean, la dignidad y respeto de “Dona” hacia el pensamiento y voluntad de sus hijos, ademas del desprendimiento del cuerpo de aquel que aun se respeta, pero esas palabras enormes ¡FRANK ES DE USTEDES!” creo que debieron ponerlas como epitafio en su sepulcro. Gloria y vida eterna a nuestros mártires gloriosos.

  • Nelson dijo:

    Excelente narración, se me apretó el pecho. Grande nuestro Frank, lástima que no pudo continuar la lucha y ver el triunfo por el que tanto luchó. Había que tenerlos bien puestos como tú los tuviste!!!!!!!!

  • Taba dijo:

    Compañero Luis. Es un honor leer algo escrito por usted que fue, es y será compañero de Frank. Para todo revolucionario nacido después del triunfo de la Revolución, leer esas notas escritas por usted, constituye un aliento para seguir siempre al lado de la Revolución, por la que lucharon y murieron tantos hombres y mujeres. Frank es un ejemplo para las juventudes de Cuba y el mundo y considero que escritos como el suyo deben seguir llegando a los jóvenes, para que conozcan sobre hombres como usted y como nuestro querido Frank. Muchas gracias a usted. Sería un gran honor poder conocerlo.

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Luís A. Clergé Fabra.

Combatiente clandestino en Santiago de Cuba, a las órdenes de Frank País, y, posteriormente, combatiente del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra