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Martí y la manifestación estudiantil del 27 de noviembre de 1956

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Marcha de jóvenes universitarios y pueblo en La Habana, Cuba, el 27 de noviembre de 2009 en ocasión del Aniversario 138 del fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina asesinados en 1871. Foto: Sergio Abel Reyes

Marcha de jóvenes universitarios y pueblo en La Habana, Cuba, el 27 de noviembre de 2009 en ocasión del Aniversario 138 del fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina asesinados en 1871. Foto: Sergio Abel Reyes

Se aproxima, ya mañana, otro aniversario del 27 de noviembre.

Fecha histórica para todo nuestro pueblo, nuestro estudiantado y particularmente para los integrantes del sector de la salud cubana.

Encuentro un artículo que Cubadebate me publicó en el 2009 y me decido a hacer otro sobre ese tema. Desecho varios intentos pues no logro redactar algo mejor que lo que escribí hace tanto tiempo. Tanto que ya mi nieta entonces en 10mo grado cursa ahora el cuarto año de Diseño en la universidad.

Añado algo que supe más tarde al ver después de la victoria del Primero de Enero las imágenes de los policías tirando sobre los manifestantes que retornábamos a la colina, y me percaté que lo hacían escudándose de los edificios laterales de la izquierda de San Lázaro. Y era que el recientemente condecorado con la Orden de la República de Cuba, Raúl Díaz Arguelles, desde el lateral de la colina le tiraba con un M1 a los policías que nos disparaban, protegiendo así a los manifestantes como hizo antes de salir para México, Efigenio Ameijeiras.

Tampoco relaté que al llegar a la colina con mis compañeros de medicina y ver desde el Alma Máter lo que nos esperaba, pensé que era mejor bajar por 27 para eludir esa barrera que parecía desde arriba impenetrable. Sólo lo pensé. No lo comenté con nadie. Pero justo arriba de mí, encaramada al lado de la estatua, Amparo Chaple, integrante de la dirección de la FEU nos arengó antes de bajar y categóricamente dijo que había que bajar por allí y no por 27 como algunos estaban diciendo. Me dije, me leyó el pensamiento y olvidé mis planes alternativos, Tenía que ser por allí.

Entonces en el 2009 escribí:

“Mi nieta Mariela cursa el 10mo grado y me pide que le hable y busque materiales sobre el fusilamiento de los estudiantes de medicina para un trabajo que debe hacer en su escuela. Mi hija le contó que fui estudiante de medicina y participé en las manifestaciones que hacíamos en la Universidad. Me satisface contarle sobre aquellos hechos y responder sus frecuentes preguntas interrumpiendo mi relato.

Le digo que cuando tenía más o menos su edad ya tenía decidido que estudiaría Medicina y me leí casi de un tirón en la biblioteca del Instituto Edison la obra mayor de Jorge Mañach, “Martí el Apóstol.” Me marcó la infatigable labor del Apóstol, en su exilio en España, recién operado de la fístula que le causaron los grilletes, denunciando la masacre de aquellos ocho jóvenes por instigación de los voluntarios españoles y exigiendo la liberación del resto de los 45 estudiantes del primer año condenados a prisión.

Entre ellos su íntimo amigo de la infancia, Fermín Valdés Domínguez, involucrado antes con Martí en el juicio en que fue penado a seis años de trabajo forzado en las canteras. Valdés Domínguez recibió una leve condena entonces y pudo matricular medicina y fue nuevamente sancionando ahora. Se produjo una repulsa mundial ante aquella barbarie y Martí contribuyó con su verbo y pluma encendidos, obsesivamente, a presionar al gobierno español para que indultara a los prisioneros.

Más que eso, dicho suceso le arraigó la decisión de dedicarse en cuerpo y alma a la lucha por la independencia de su patria. Fue su aldabonazo.

Los versos del poema martiano “A mis hermanos muertos” escrito en Madrid en 1872, me emocionaron y solía repetir algunas de sus estrofas.

Le cuento que Fermín logró en 1887, después de liberado y de regreso a Cuba, que el hijo de Gonzalo Castañón, periodista español acérrimo enemigo de los independentistas cubanos, desmintiera públicamente la falsedad de la profanación de su sepulcro, vil excusa esgrimida para el fusilamiento de los estudiantes. Luego, escarbando él mismo en la fosa común donde lanzaron sus restos, los exhumó y depositó con honor en una tumba provisional hasta que concluyó la construcción del panteón que actualmente los cobija en el cementerio de Colón. Después, aún bajo dominio colonial de España, inició la colecta que permitió el lanzamiento del concurso arquitectónico y la construcción del actual monumento edificado en derredor del muro impactado de balas contra el que fueron fusilados en la Punta.

También le relaté la hidalguía del capitán español Federico Capdevila, defensor que les asignaron en aquel espurio juicio. Vilipendiado por sus coterráneos, incluso encarcelado por supuestos vínculos con luchadores independentistas y seguramente por su vocación de justicia, cuando fallece en Santiago de Cuba al término de la guerra contra España, sus restos fueron trasladados al mausoleo donde reposan junto a los de los ocho estudiantes que defendió.

Cuando leí por primera vez “La Historia me Absolverá” todo el documento fue una clarinada impactante y trataba de imaginarme como fue capaz Fidel de recordar en un contexto tan adverso, sin documentos de consulta y apremiado por el tiempo, los versos de dicho poema de Martí y sobre todo me conmovía la vigencia enorme de los mismos.

Esa mañana del 27 de noviembre del 56 había tensión a la vez que era apreciable un ambiente patriótico y combativo. Desde lo alto de la colina universitaria veíamos a las fuerzas represivas, como una plaga azul, apostadas entre patrullas de la policía y carros de bomberos que tenían prácticamente bloqueadas la esquina de Infanta y San Lázaro por donde debíamos pasar en nuestra marcha hacia el monumento en La Punta.

Los estudiantes de Medicina nos habíamos demorado porque en nuestra escuela, radicada entonces en 25 e I, se había realizado un acto para develar en sus jardines un monumento a ellos. Allí habló Omar Fernández, presidente de la Asociación de Estudiantes de Medicina, quien hizo una breve reseña de aquel crimen y nos convocó a unirnos a la manifestación que poco después bajaría de la escalinata.

“Ahí llegan las batas blancas; podemos salir ahora” dijo alguien en el salón de la FEU, como otras veces dijo en manifestaciones anteriores José Antonio Echeverría, cuando los estudiantes de Medicina comenzábamos a engrosar, a través del hospital Calixto García, los estudiantes de otras facultades ya congregados alrededor de la estatua del Alma Máter. A la colina acudieron ese día las brigadas juveniles del MR 26 encabezadas por Jesús Suárez Gayol, herido en la refriega, que en esos momentos era su responsable nacional y que caería años después en la guerrilla del Che en Bolivia.

Pero no estaban esa mañana los que siempre encabezaban dando el ejemplo nuestras manifestaciones. José Antonio, Nuiry, Fructuoso, Anillo, Faure y otros, -algunos de ellos recién llegados de suscribir en México el trascendental acuerdo entre la FEU y el MR-26,- pues los cuadros principales del Directorio Revolucionario, casi todos dirigentes estudiantiles, ya estaban sumergidos en la clandestinidad, perseguidos con saña por el reciente ajusticiamiento del sanguinario coronel batistiano Blanco Rico y la muerte del asesino Salas Cañizares, jefe de la policía, a  la vez que preparaban la acción del 13 de Marzo, donde muchos de ellos se inmolarían.

Esta iba a ser la última manifestación. Ya José Antonio y la FEU habían decidido el cierre de la universidad. No eran tiempos de estudiar sino de luchar.

La marcha fue reprimida con brutalidad y los esbirros subían tirando con sus pistolas sobre los estudiantes que nos retirábamos después de enfrentarlos con el pecho y los puños, como registran las imágenes de aquel salvajismo.

Ya en esos momentos Fidel navegaba con mar tormentoso en el Granma. Los grupos del MR 26 de Julio en todas las provincias y del Directorio Revolucionario nos preparábamos en rigurosa clandestinidad, para el apoyo al desembarco que tuvo su acción más descollante pocos días después con el alzamiento en Santiago el 30 de noviembre.

Había arrancado la página de la autodefensa de Fidel que tenían esos poco conocidos entonces versos de Martí y se los leí o más bien declamé esa mañana, mientras caminábamos a la colina, antes de la manifestación, a mis compañeros Sergio Escalona y Justino Arrúe. Éramos alumnos del primer año de medicina y nos parecía que era nuestro deber a cualquier riesgo rendir homenaje a nuestros antecesores. Los tenía grabados cuando me asomé desde la escalinata al camino bloqueado y las recité mentalmente después en muchos momentos intensos y riesgosos de la lucha cuando caía alguno de mis compañeros:

“Cuando se muere

En brazos de la patria agradecida,

La muerte acaba, la prisión se rompe;

¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!”

Por eso mi nieta, al igual que cuando Martí las escribió, Fidel las recordó o yo te las digo ahora, hoy siguen vigentes y enarbolándose como un estandarte por millones de cubanos.”

Se han publicado 2 comentarios



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  • César dijo:

    Emotivo relato y linda relación abuelo nieta.
    Que bueno que los jóvenes estudiantes se interesen por la historia de su país y si es la de un familiar da más orgullo aún.Ojalá se pudieran recopilar las experiencias y anécdotas de todos los participante de la larga trayectoria revolucionaria cubana que ya lleva mas de un siglo; serían ricas o sencillas, muy diferentes entre sí pero todas llenas de amor patrio.

  • egp dijo:

    Tambien recordando esta fecha vino a mi memoria que un 27 de nov. del 1958 cayo en combate el capitan del ejercito revelde BRAULIO CORONEAUX , al cual el comandante Fidel le habia dado una orden precisa de no permitir con su ametralladora calibre 50 el acceso de los tanques batistianos al poblado de guisa,ese mismo dia por la tarde casi anochesiendo y estando parado en el portal del club propiedad de un primo mio, se parqueo delante de mi, a un metro de distancia, una camioneta del ejercito que traia dos cadaveres, elloslosloslos guardiasloslos

    “guardias” entraron a beber al clun y yo curioso al fin me para detras de la camioneta y pude ver a dos cadaveres, que con el tiempo identifique porfotos que uno de ellos era el valeroso capitan Braulio Coroneaux. Por la noche como era habitual llegaron algunos soldados a beber al club y dos de ellos ya conocidos por mi, fueron los que con su tanqueta, dieron muerte a los dos heroicos combatientes, lo supe, porque en su comversacion uno de ellos manifesto; “Oye con un solo disparo los hice lena a los dos” Mis palabras como homenaje a tan valeroso capitan y su ayudante. !!Gloria a nuestros martires caidos por darnos una patria libre y soberana!!

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Giraldo Mazola

Diplomático y periodista, colaborador de Cubadebate.

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